Problemas menores

atmPasó hace casi dos años cuando el sancionado fue el F.C. Barcelona y vuelve a ocurrir ahora que el castigo recae en Atlético y Real Madrid, así que, para empezar, hay un punto que debe quedar claro desde el principio: el hecho de que la normativa de la FIFA referente a los traspasos e inscripción de futbolistas menores de edad, que intenta resolver con tres breves párrafos la compleja problemática del asunto, sea una chapuza manifiestamente mejorable no es un motivo jurídico de peso que justifique su incumplimiento. Tampoco quiero entrar en el debate sobre la propia justicia de la sanción: para eso están los tribunales y, si como ayer se apresuró a declarar el Real Madrid, los casos sancionados no merecen serlo, no dudo de que el TAS acabará dando la razón a los clubes. Pero, de momento, lo que sabemos desde que en 2013 se empezó a estudiar el caso del Barça es que en España, por la inestimable incompetencia de la RFEF y sus territoriales, cumplir esa norma no era lo habitual. Y ahora (como hace casi dos años) llegan los lamentos.

No tengo ninguna duda de que las atenciones y la formación integral que reciben los niños y adolescentes extranjeros que juegan en las canteras de F.C. Barcelona, Real Madrid y Atlético de Madrid (así como en las de Valencia y Villarreal, que todo indica que serán los siguientes en ser sancionados) son de primerísimo nivel, ciertamente envidiables. Pero, como una vez me dijo un antiguo canterano de uno de esos equipos, en el mundo no todos los clubes son como Barça y Madrid. De hecho, estadísticamente son la excepción. Con su estricta e insuficiente normativa, la FIFA pretende evitar que se repitan los cientos de casos de niños que eran vilmente engañados y explotados por intermediarios mafiosos, y también usados y tirados como pañuelos desechables por muchos clubes, especialmente europeos. Ante la dificultad para contemplar en una norma todas las posibilidades (y hacerlo de una manera que permitiera su vigilancia y control de forma operativa por parte de un organismo como este), la FIFA optó por tirar por la calle de en medio y prohibió (casi) todos los fichajes internacionales de menores, protegiendo de paso a los equipos en los que empiezan a formarse las futuras estrellas y que veían como cualquier grande podía llevarse a su mayor promesa ofreciéndole un simple cambio de residencia. Así se logró, y es un hecho, evitar muchos abusos, pero desde el punto de vista humano también es obvio que con esa tajante ley se pierde la oportunidad de ofrecer una vida mejor a muchos niños talentosos que simplemente nacieron en un lugar menos favorecido.

No creo que nadie pueda oponerse a esta instrumentalización del fútbol como herramienta de redención, y parece evidente que la actual norma de la FIFA entra en conflicto con innumerables leyes nacionales e internacionales sobre migración y derechos infantiles. Pero tampoco conviene olvidar que, a diferencia de otras actividades artísticas o meramente académicas con las que a menudo se le compara al hablar de este asunto, el fútbol es competición y, sobre todo, industria. Porque no se puede pasar por alto el hecho de que cuando un equipo ficha a un niño de 12 años (sea del barrio de al lado o de la otra punta del planeta) no está pensando altruistamente en darle un futuro educativo de primer nivel, sino en captar antes que nadie y a bajo precio (aunque con elevado riesgo de equivocarse) al próximo crack de su deporte. Mientras las estructuras del negocio y del mercado futbolísticos sigan haciendo que los jugadores sean considerados activos propiedad de sus clubes, el niño es una potencial fuente de ingresos que, en un futuro, podría ayudar a la entidad a alcanzar sus objetivos competitivos y económicos.

Por eso, cuando se habla de modificar la normativa sobre estos fichajes de menores (cosa que, insisto, a mí también me parece imprescindible), no podemos quedarnos solamente en el aspecto humano o formativo. Está bien que si un club garantiza una estabilidad económica, afectiva y académica a sus chavales pueda traerse a todo aquel que considere oportuno, pero cuidado: si no se toca nada más, abrir la puerta a que cualquier club pueda fichar a cualquier niño de cualquier edad de cualquier parte del mundo conduciría a una especie de carrera armamentística entre los grandes equipos (que ya se produce, aunque a baja intensidad) que podría tener funestas consecuencias competitivas. Porque, aun asumiendo que muchos de esos críos seleccionados no llegarán a ser futbolistas profesionales, y que la inmensa mayoría de los que lo consigan acabarán jugando para otros equipos, las auténticas joyas, los cracks diferenciales, se quedarán presumiblemente en el club que los descubrió con 10, 12 o 15 años y se los trajo casi gratis, aumentando así las dificultades para competir con ellos en el primer nivel.

Y es que el volumen de tierra a remover para encontrar esa pepita de oro es tan enorme que está sólo al alcance de los poderosos, los que pueden permitirse peinar el globo para traerse a docenas o cientos de chavales sabiendo que el coste será fácilmente recuperable, bien porque el tamaño comercial del club haga asumible ese gasto, bien por la venta de esos otros jugadores que no den el nivel para quedarse en la primera plantilla. Esos grandes clubes competirían entre ellos encarnizadamente por hacerse con los mejores preadolescentes del mundo (tal vez incluso tasándolos, lo que sin duda despertaría otros debates: ¿qué precio puede tener un niño?); mientras tanto, los equipos modestos apenas podrían mirar más allá de su área local de influencia, zona en la ya sabemos que también actúan (y rapiñan) los grandes. Estaríamos, de nuevo, ante una forma de globalización que puede beneficiar al conjunto de la industria, pues permitiría mejorar la detección y aumentar la llegada y promoción de talento de cualquier parte del mundo, pero de la que sacarían un especial partido quienes tengan ya de salida una posición ventajosa. Tiempos modernos.

Así que tenemos el dilema servido, y es el mundo del fútbol el que debe decidir qué camino tomar. ¿Dejamos las cosas como están, protegiendo a un gran número de menores de la explotación a costa de sacrificar las oportunidades de algunos niños extraordinariamente dotados para el fútbol? ¿Permitimos excepciones a los clubes que tengan más recursos, poniendo por encima de la “salud” competitiva de la industria los derechos de esos menores talentosos y las oportunidades vitales que sin duda reciben más allá del fútbol? Está claro que la solución es compleja y no podrá quedarse en tres párrafos, como ahora. Quizás una salida, seguramente traumática, sea revisar todo el sistema de cantera: separarlo del mundo profesional al estilo estadounidense, donde institutos y universidades forman y el Draft reparte el resultado de esa labor entre los equipos profesionales (para que los intercambios comerciales sólo se hagan con protagonistas ya adultos y en igualdad de oportunidades para todos los equipos) podría ser una opción. Aunque tampoco se pueden obviar los problemas y fraudes que genera el modelo NCAA, ya que, básicamente, estaríamos desplazando la competición por captar menores de los clubes profesionales a otros agentes, que serían responsables de darles una formación integral, sí, pero a los que habría que controlar igual de cerca para evitar abusos.

En fin. Sólo pretendo ampliar un poco el foco del debate, porque (como imagino que ahora ven en la FIFA) hasta las mejores intenciones pueden tener consecuencias indeseables en las que no habíamos reparado. Y, como dije al principio, la actual norma no parece la más acertada y habrá que estudiar las posibles alternativas y convencer a quien sea menester para cambiarla, pero, mientras siga vigente, la única opción es cumplirla. Como va a hacer el Barça con su nuevo proyecto para La Masía, presentado (qué casualidad) precisamente ayer.

 

Palencia, 1984. Nunca llegué a debutar en Primera.

4 Comments

  1. Kurono

    15 de enero de 2016 a las 7:33 pm

    ¿Alguien recuerda el triste caso de Nii Lamptey? En una época en que la revista “Time” prácticamente no tenía ni idea de fútbol (soccer para los estadounidenses), publicó un reportaje sobre el heredero ghanés de Pelé. Para el 2006, cuando Ghana disputaba su primer Mundial, Lamptey de 32 años, ya llevaba casi una década sin ser convocado y nadie se llevó las manos a la cabeza por esto. Antonio Caliendo, el agente de Lamptey, únicamente deseaba traspasar al “Pelé africano” a cualquier equipo que le pagara su comisión. Este individuo (Caliendo) llegaba al extremo de robarle parte del salario al pobre Lamptey, práctica que Ron Atkinson denunció y logró evitar.

    Entiendo que en muchos clubes captan niños y adolescentes de África y Sudamérica (principalmente) y luego, cuando el jugador no es tan bueno, o simplemente no le ven futuro, los botan sin mayores protecciones y esta es la parte mala. Por otro lado, la sanción confirma que muchos clubes hacen lo mismo que el Barcelona (y no sólo en España, ahí está el Chelsea con su media centena de jugadores cedidos o el Arsenal y sus tretas, incluso el Ajax o los clubes de Europa Oriental debería reevaluar que están haciendo mal) y por otra, que el alcance de la “letra muerta” es demasiado.

  2. Fran

    15 de enero de 2016 a las 8:37 pm

    Entramos en un tema moral difícil de valorar. Pero podría ser tan sencillo hacer una encuesta entre esos jugadores que han sido captados jovenes que no han llegado a profesionales con el atractivo de jugar al fútbol y garantizarse una buena educación preguntando si se sienten satisfechos pese a no haber llegado a profesionales o por el contrario se sienten estafados.

    O preguntar con el tiempo a los jugadores sancionados si eso les ha ayudado. No creo que vean a la Fifa como un benefactor que les haya salvado.

    Para mí la acción formativa (tanto a nivel de futbol como de educacion) que realizan los clubes es una accion buena moralmente pero hay que enmarcarla dentro de la selva deportiva. Esta acción es un medio cuyo fin son los resultados y el beneficio económico.

  3. Sin Balón

    16 de enero de 2016 a las 11:42 am

    La norma de la FIFA tiene un buen fondo y es necesaria. Lo que es inexplicable es que dentro de la norma no se deje ningún tipo de margen para la interpretación, para poder diferenciar entre aquellos clubes que aún estando fuera de la misma consiguen el propósito que la norma persigue.

  4. Cristian*

    18 de enero de 2016 a las 12:43 pm

    La Norma de la FIFA es totalmente absurda y ridícula, porque precisamente, ya pasaron casos similares en el caso del Barça, y ahora le pasa al Real Madrid con los hiujos de Zinedine Zidane: Son europeos, menores de 16, y no pueden jugar en las categorías inferiores del Madrid sólo porque su padre trabaja en el Real Madrid. La normativa exige que los niños deben residir en el país por motivos ajenos al fútbol desde (no se cuánto tiempo exáctamente) X antes de poder fichar por algún club.

    La normativa, para poder defender a los niños no debería incurrir en nada de eso, si no, simplemente exigir que los clubes no pudieran hacer lo que han hecho otros equipos como el caso del Nápoles; fichan a un menor de edad, y deben hacerse cargo de ese menor a todos los niveles hasta que cumpla la mayoría de edad, garantizando su formación académica, futbolística, y manutención.
    La normativa FIFA no garantiza nada de ello.
    Ahora resulta que por la nueva normativa, chicos que tendrían la oportunidad de formarse futbolísiticamente en Europa, ya sea porque sus padres pueden permitirse económicamente esa situación, ya sea porque los padres se vieron en situación de venir al país por cualquier motivo, sea o no relacionado con el deporte, se encuentras con enormes complicaciones para poder inscribirse en ningún equipo para poder jugar.
    En otras palabras; si naciste en Nueva York, Sidney, Buenos Aires, Seúl, o Sri Lanka y eres menor de edad, y llegaste al país porque venías con tus padres, el fútbol se te debe vetar, o debes esperar a ser mayor de edad para tener la opción de empezar a formarte. Así parece que reza la nueva normativa FIFA…. Y entonces, que alguien me explique hacia dónde vamos con estas premisas, que me parecen terriblemente xenófobas, tal y como están ahora mismo, o al menos, por cómo las estoy entendiendo a través de los comunicados de prensa.
    Sobre las soluciones, eso ya sería un debate demasiado extenso en sí mismo.