Llega este Madribarça no diré que de incógnito, pero sà de tapadillo, sin demasiadas alharacas, manteniendo un perfil bajo en la prensa y en las conversaciones entre aficionados. No se respira ambiente de partido grande, no hay demasiada expectación por ver si al final Messi juega o no juega, si Cristiano y Bale aparecen o no, si Benzema vuelve a ser futbolista o se mantiene en el banquillo de los imputados, si BenÃtez y Luis Enrique deciden inventarse algo o salen con lo(s) de siempre. Los atentados de ParÃs lo han trastocado todo, y es normal que asà sea. No es sólo el lógico duelo por las vÃctimas de la masacre: por primera vez en mucho tiempo, el deporte (y el fútbol en concreto) ha tomado consciencia de que también está en la diana. Pensándolo frÃamente, es hasta extraño que hubiera tardado tanto tiempo en verse azotado por la barbarie terrorista: su importancia simbólica en el corazón del viejo continente (no es muy descabellado decir que en los últimos 70 años ha hecho más por la unión entre los pueblos de Europa que todos los tratados polÃticos de la UE) y, sobre todo, su capacidad de congregación lo convierten en un goloso objetivo para cualquier descerebrado dispuesto a llamar la atención hacia su causa o, simplemente, hacer daño a una civilización enemiga.
El terrorismo yihadista tiene una particularidad, y es que suele permitirnos construir un relato a la medida, básicamente porque los ejecutores suelen destruir las principales pruebas para conocer la verdad, y que son ellos mismos. No sabemos, y es probable que nunca lo sepamos a ciencia cierta, si el objetivo de los que se volaron durante el pasado Francia-Alemania era provocar una masacre en el estadio y sus alrededores o simplemente desviar la atención policial del foco de su principal acción. Tampoco es que importe demasiado. Nos quedaremos, como siempre, con lo que podrÃa haber pasado, para intentar evitar que pase de verdad en un futuro. Aunque eso tampoco nos garantizará que no ocurra nunca: si algún dÃa ocurriera, lloraremos a los caÃdos y volveremos a aprender de los errores para que la probabilidad de que vuelva a ocurrir se reduzca aún más.
Me consta, como a todos, que los esfuerzos policiales para garantizar la seguridad en los estadios, aunque serán extraordinarios este sábado, llevan años aplicándose con éxito. Las bombas del pasado viernes en Saint-Denis sólo han supuesto, para los encargados de estos asuntos, un serio toque de atención, la confirmación de que lo inimaginable a veces ocurre de verdad y hay que mantener siempre la concentración, como hizo ese portero del Stade de France cuando un tipo sospechoso intentó acceder al campo a la media hora de juego. Sin este dramático precedente es probable que no se hubieran suspendido dos partidos internacionales y que Raja Nainggolan no hubiera sido retenido por la policÃa belga por las sospechas de varios transeúntes, pero eso no quiere decir que hubiera habido menos seguridad en torno al fútbol. Simplemente se ha elevado, puntualmente, el listón del riesgo que se entiende asumible.
En una sociedad que ha elegido como principio fundamental el derecho a la vida, actos de terrorismo masivo como los que acabamos de sufrir en ParÃs nos conmueven profundamente, porque nos hacen ser conscientes de la fragilidad real de ese fundamento. EstadÃsticamente, sin embargo, 100, 200 o 500 muertos indiscriminados cada 10 años resultan un precio sumamente bajo a pagar por nuestra forma de entender el mundo y la propia existencia. Nadie aquà quiere convertirse en mártir de esta sociedad, pero de momento ése es uno más de los pequeños riesgos que corremos a diario por seguir con lo que entendemos como vida cotidiana.  Al fin y al cabo, la vida es una constante toma de decisiones en la que sólo hay un único final posible: nuestra propia muerte. Cada cual elige los riesgos que quiere asumir al vivirla, pero nada de lo que haga le evitará acabar como todos los demás.
A estas alturas de la pelÃcula ya sabemos que los terroristas pueden estrellar un avión contra un edificio (o hacerlo estallar en pleno vuelo), que pueden volar un tren o acribillar a balazos una sala de fiestas. Y no por eso hemos dejado, ni vamos a dejar, de tomar trenes y aviones o de ir a restaurantes y conciertos: el riesgo nos sigue pareciendo bastante asumible. También sabemos, y ahora ya somos todos plenamente conscientes, que podrÃan volar un estadio con 80.000 personas dentro. ¿Quién va a dejar de ir al fútbol por eso? La vida sigue, y el balón no deja de rodar.
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