365 días y medio después

Real Avilés - Cartagena

Cabe la posibilidad de que mucha gente no entienda este artículo. Incluso cabe la posibilidad de que muchos no sepan tampoco de lo que estoy hablando. No les culpo por ello. Siempre he entendido el fútbol como una emoción incomprensible y divina, tan cercana a la vida como a la muerte. Algo que escapa a nuestra consciencia y nos sitúa en un grado de naturaleza salvaje cercana a los primeros homínidos que poblaron la tierra. Exaltamos nuestros sentidos mas primarios cuando vemos un partido porque el fútbol como deporte nos hace retraernos a nuestros orígenes. Nos convertimos en unos divertidos homo-sapiens. Seres que establecían sociedades, que habitaban en comunidad, y que poseían una marcada identidad de pertenencia. Identidad de pertenencia, que bella frase.

Desde la antigüedad todo pueblo atacaba o se defendía en comunidad, por muy pequeña que fuese dicha comunidad. Siempre he pensado que en 300, el ejército espartano era un conjunto de Tercera, intentando ascender a Segunda en dos años. Un Mollerussa de su época. Solo de esa forma entiendo la historia del valiente Leónidas y sus soldados. Identidad de pertenencia elevado a la enésima potencia al servicio de Hollywood.

No fue hasta la antigua Roma y las batallas en el Coliseo Romano cuando nació la idea de los play-off de ascenso. Los dichosos play-off de ascenso. Otros grupos de homo-sapiens juegan en Europa, en Coliseos mucho más grandes y majestuosos. Imponentes en muchos casos. Tan solo unos pocos sufrimos en nuestras carnes las batallas entre gladiadores sobre la arena del circo que es la Segunda B. Esas batallas épicas del mes de Junio, que impregnan de sangre, sudor y lágrimas nuestros ojos. Ávidos de combate, deseamos que nuestro gladiador favorito combata y se lleve la victoria. Los emperadores romanos fueron, por ello, los creadores de los play-off.

Continuando en una línea regular de tiempo, llegamos a un 1 de Junio de 2014. Hace 365 días y medio. Un día como otro cualquiera para gran parte de la población. Quedaban pocos días para el Mundial, el gran evento deportivo del año. Poco me importaba. Sudando, de forma nerviosa, aguardaba en mi salón el paso de las horas hasta que llegasen las 18:45. En aquel instante comenzó un viaje de dos horas por el tiempo que me llevó a convertirme en homo-sapiens, gladiador y guerrero espartano. A las 20:50 la sonrisa era tal que apenas podía abrir los ojos. Los vecinos se asomaban asombrados a las ventanas intentando adivinar la procedencia de aquellos gritos guturales. Me encerré en el baño para derramar las primeras lágrimas de ilusión y poder escribir un mensaje en el teléfono móvil dirigido a otra persona de mi comunidad: “Lo tenemos casi hecho y lo vamos a conseguir”. El Real Avilés había ganado 2-0 al Llagostera. De forma objetiva, éramos el gladiador más en forma de todos los que había visto en la temporada. Era el año, nuestro año. Mi año. Estábamos a tres pasos de lograrlo, y todo indicaba que así iba a ser. El mayor sueño de mi vida estaba a cuatro horas y media.

Ayer fue 1 de junio de 2015. Decía Jose Luis Sampedro que “Las batallas hay que darlas se ganen o se pierdan”. Siete días después de aquel día de gloria dimos batalla, y perdimos. Desde entonces no volví a encerrarme en el baño. No volví a llorar de ilusión. Los gladiadores que nos habían llevado allí se fueron. Los espartanos entramos en un proceso depresivo del que ni Leónidas habría sido capaz sacarnos. No volví a convertirme en homo-sapiens en toda la temporada. El fútbol había dejado de tener sentido. Llegaron las lluvias y los vientos soplaron el presente dejando al descubierto un halo de melancolía. Pasaron los meses sin poder sacar de mi cabeza aquel pueblo gerundense. «Tranquilo, otro año será» es una frase que le vale a muchos equipos acostumbrados a esto, no a nosotros. En mi interior estaba seguro que era ese año, o ninguno. Recordé al bravo defensa Karmona del Alavés en aquella mítica final contra el Liverpool y sus palabras finalizado el partido. Al verle absolutamente desconsolado llorando como un niño, Iñaki Cano a pie de campo le dijo «No pasa nada Karmona, otra vez será«. Karmona apenas podía hablar. Tan solo repetía «No habrá otra vez, no habrá otra vez«, consciente de que los milagros son difíciles de repetir. Aquellas lágrimas de Karmona se diluyeron bajo la lluvia de Dortmund, esa misma que regó nuestros terrenos de juego toda la temporada convirtiendo en barro la arena del Coliseo. Con el equipo en barrena las lluvias del invierno cesaron, y con ellas la temporada. El viejo circo romano estaba de vuelta. Play-off. En este caso, de descenso.

En un viaje eterno por la carretera del desencanto llegué al verde artificial donde asistiría al amargo desenlace de un final anunciado. Cantaban los pájaros, brillaba el sol sobre un cielo azul que homenajeaba nuestros colores. Y en un marco incomparable todo acabó. En un abrir y cerrar de ojos que duró un año, todo había finalizado. Nadie nos advirtió que el play-off fuese de desaparición y no de descenso, como así será con bastante probabilidad. Muchos años a tu lado, camiseta, para que ahora el vil dinero acabe contigo. Muchos años sufriéndote y llorándote para que años de gestión deleznables acaben contigo.

Eldense - Real Avilés

Acabado el partido me fui al coche y sonó “Cielo” de Delafé y las Flores Azules. “Verde es la flor antes de tornarse color” decía la letra. Cogí el móvil con lágrimas de emoción en los ojos y escribí “Lo tenemos casi hecho y lo vamos a conseguir”.Sonreí. A lo lejos, se vislumbra la creación de un pequeño gladiador que recupere los valores de los viejos Coliseos, que reescriba la historia, que nos haga unirnos para olvidar el vil metal, los representantes y los poderes accionariales. Porque si los homo-sapiens pudieron crear una comunidad, nosotros podremos crear vida. Crear pasión. Crear fútbol. Crear identidad de pertenencia.

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1 Comentario

  1. michael Pote

    2 de junio de 2015 a las 9:05 pm

    Regresáis al sitio donde os merecéis. Los ascensos se ganan en el campp y no en los despachos.