Contemporáneo de Gerrard

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La primera vez que tuve conocimiento de que en el Liverpool jugaba Steven Gerrard fue en septiembre de 1999. Yo tenía por costumbre ir a ver los partidos a un pub irlandés que está en el centro de Madrid y que suele tener buen ambiente de fútbol. Me acompañaba en aquella época mi amigo Roberto, compañero de universidad que solía apuntarse a este tipo de historias sin pensárselo dos veces. Aquella jornada fue la primera de la temporada para nosotros. No pasaba como ahora, que te ves el partido que quieras cada fin de semana. Había que adaptarse a las parrillas televisivas. Tampoco había tanta información ni, por supuesto, tanto experto capaz de anticipar el éxito o el fracaso de cualquier chico menor de veinte años que estuviese desarrollándose en el fútbol base del conjunto que fuera. Básicamente, no sabíamos nada. Sólo que el rival era el Everton. Normal que cuando en el minutos 66 apareció para sustituir a Robbie Fowler un chico llamado Steven Gerrard, Roberto y yo nos mirásemos con cara de no entender nada de lo que estaba pasando.

Por el nombre, pensamos que Gerrard sería un fichaje más de los que había hecho Gerard Houllier ese año (cambió media plantilla de la noche a la mañana llevándose por delante a gente como David James o Paul Ince). Así es. Nos sonaba a algo francés y decidimos ubicar al chaval en ese ámbito geográfico, para empezar. La composición de lugar definitiva llegó en el minuto 90. El tal Gerrard le dio una patada a uno del Everton que casi lo mandó al hospital. Por fortuna no fue así. Ahora bien, a Gerrard sí que le mandaron al vestuario. Lógico. Roja directa. El encuentro terminó con derrota para los nuestros por 0-1 y Roberto y yo concluimos que Gerrard era malísimo. Y así estuvimos hasta que unas semanas más tarde, viendo unos resúmenes de esos que emitían por la noche en uno de los canales de pago, salieron unas imágenes de Gerrard poniendo un centro maravilloso desde la banda derecha. Recuerdo que a la mañana siguiente, cuando vi a Roberto en clase, le comenté que lo mismo nos habíamos equivocado en el juicio al futbolista.

No nos equivocamos en 2002, con el Liverpool de visita en Madrid para jugar el torneo del centenario del Real Madrid. Entrenaron en la antigua Ciudad Deportiva y nos acercamos a hacernos fotos con los jugadores y a pedir unos autógrafos otro amigo, Amador, y yo. La gran atracción era Michael Owen, pero nosotros ya sabíamos que el bueno era Gerrard. Él también debía saberlo porque salió el último de los vestuarios, haciendo esperar no sólo a los aficionados, sino también a sus compañeros que llevaban un buen rato subidos al autobús. Le paramos como pudimos y nos inmortalizamos junto a él (es la imagen que acompaña el texto). A Owen le dejemos pasar. Además estaba lesionado y su papel en esa expedición fue secundario. A Gerrard, sin embargo, le acabó aplaudiendo el Bernabéu.

Desde entonces la figura de Gerrard fue creciendo más y más hasta convertirse en el gran capitán, héroe de Estambul, de la final de Copa de 2006, y personaje de leyenda en su retirada. Yo le reconocí sus logros pero nunca me sentí del todo identificado con él. Sus flirteos con el Chelsea no se los perdoné nunca. El primero fue en el verano de 2004 y se resolvió con una rueda de prensa en la que anunciaron que dejaría de utilizar el número 17 para lucir el 8. Su cara en la comparecencia ante los medios era un poema. Doce meses después se repitió el follón. Aquí sí estuvo a punto de irse y eso que acababa de ganar la Champions. Le convenció su padre, al parecer. Los directivos del club estaban de vacaciones. Muy preocupados, vaya. Yo, mientras tanto, aprendía la lección de que comprarse las camisetas personalizadas con los datos de la estrella de turno es una de las mayores estupideces que puedes cometer en tu vida. Obviamente, llegados a ese punto yo ya tenía la mía de Gerrard con el defenestrado dígito a la espalda que, por cierto, la metía en un barreño con leche a modo de superstición la noche antes de que empezase la liga.

Desconozco dónde está esa prenda y el resto de replicas que compraba cuando era pequeño. Supongo que en alguna bolsa con ropa de las que guardé en mi última mudanza pero debo confesar que, en el próximo traslado de vivienda, me apetece recuperarla. Más allá de manías personales, Gerrard es lo único que nos quedaba del presente por lo que sentir orgullo. Con su marcha, perdemos eso y, además, contemplamos el futuro en un estado de confusión absoluto. Algo parecido a lo que sentimos Roberto y yo en esa primera vez en la que le vimos jugar. Lo malo aquí es que no tiene pinta de que lo que viene vaya a cambiar de la manera en que lo hizo entonces. Y por eso tengo la necesidad, como digo, de sacar esa equipación vieja. Para por lo menos decir que yo fui contemporáneo de Gerrard. Y decir también que pensé que era un torpe. Claro.

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Contacto: juan.liverpool@gmail.com

1 Comentario

  1. Aniol

    15 de junio de 2015 a las 3:29 pm

    Gran articulo, si señor.

    Cuando empiezas a pensar en los futbolistas que has visto crecer y que ahora ya se retiran, te entra una nostalgia difícil de explicar.

    Grande Gerrard, el fútbol es maravilloso.