El título más difícil del mundo

Cinco años después de su último título liguero, el Chelsea volvió a alzar el trofeo de la Premier League para romper la hegemonía mancuniana del presente lustro. Y lo hizo de manera absolutamente merecida. En estos tiempos en los que parece que los títulos no solo se tienen que ganar, sino que además se tienen que merecer, el equipo dirigido por José Mourinho fue, con diferencia, el primero de los meritorios presentados a concurso. Líder sin interrupción desde la primera jornada, sufriendo únicamente dos derrotas en lo que llevamos de torneo, dominó la competición de principio a fin y realmente no vio peligrar su candidatura en ningún momento de la temporada. No hubo rival que pudiese competir en regularidad y en solidez con los Blues.

Un arranque de temporada estratosférico, con Cesc Fàbregas y Diego Costa en su mejor nivel y formando un dueto de ensueño, fue más que suficiente para llegar al cambio de año en ventajosa posición. El catalán encontró el acomodo ideal en los esquemas de Mourinho en tiempo récord. Se vio protagonista y supo asumir el rol con naturalidad. Asistido por un Fàbregas desatado, Diego Costa parecía confirmar la idoneidad de su contratación jornada tras jornada. Después vendría el bajón, las lesiones encadenadas y, cómo no, la puesta en entredicho de su aportación en el global de la temporada. Pero el papel del hispano-brasileño en el arranque fue absolutamente decisivo.

Se habló mucho a lo largo de todo el año de un Chelsea aburrido. Aburrido sí, pero tremendamente efectivo. El equipo de Mourinho volvió a ser ese motor diésel prácticamente infalible, sin estridencias, sin resultados desorbitados, siempre en el rango de revoluciones ideal. Sin sobresalientes, pero tampoco suspensos. Saliendo airoso allí donde sus principales rivales por el título tropezaban y apoyado siempre en una rocosa defensa a la mourinhista manera, con un John Terry rejuvenecido y un centro del campo blindado sobre la figura de Matic. Cimientos sólidos y ejecución de la obra sin barroquismos, ciñéndose a lo arquitectónicamente necesario para que el edificio del Chelsea se elevara más que los del resto sin riesgo de derrumbe.

No cabe, pues, hablar de un título escasamente merecido. No existe duda sobre el trabajo de Mourinho en el torneo de la regularidad (sí cabrían, sin embargo, en competición europea). Sus méritos son notorios y evidentes… pero también se aprovechan de los deméritos ajenos. De un City con una plantilla carísima pero dudosamente aprovechable y dirigido por un técnico estigmatizado por la derrota. De un Arsenal tan irregular como de costumbre y en el que Wenger cada vez tiene la silla más carcomida. De un United en plena reconstrucción y al que van Gaal tardó cuatro meses en encontrar el reglaje que le hiciera, al menos, carburar y dejar de quemar carbonilla. Por eso sorprende más, si cabe, que en el momento de la victoria, en el espacio reservado para las celebraciones, para la alegría y para las palmaditas en la espalda a los chicos por el trabajo bien hecho, José Mourinho volviera a la trinchera.

Es un sentimiento especial, porque no soy la persona más inteligente del mundo cuando escojo país y equipo en el que entrenar. Pude haber escogido otro país y otro club en el que ganar ligas fuese más sencillo, pero escogí la liga más complicada de ganar de Europa‘. A Mourinho le traiciona con frecuencia la querencia por su propia caricatura. Se empeña en ceñirse a un papel innecesario y que no hace ningún bien a su imagen pública. Lo de ayer, deslizando el recadito y tratando de acumular una dosis extra de méritos cuando solo un necio le negaría su protagonismo en el título del Chelsea, raya en lo enfermizo y demuestra que el portugués está mucho más preocupado por sus críticos de lo que él mismo trata de hacer creer. El Chelsea de Hazard, de Courtois, de Fàbregas, de Oscar y, por supuesto, de José Mourinho es el justísimo campeón de la Premier League 2014/15. Todo lo demás es folklore.

En DDF| Sus segundos años

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Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

2 Comments

  1. theblues

    4 de mayo de 2015 a las 2:49 pm

    En general estoy de acuerdo con el artículo, pero no entiendo esta frase: “y, cómo no, la puesta en entredicho de su aportación en el global de la temporada”. Creo que, aún con los innumerables problemas físicos y con la sanción tras rearbitraje, nadie en Inglaterra duda de que Diego Costa (19 goles en 23 partidos, la mayor parte de ellos de gran importancia) ha sido fundamental en el título del Chelsea. El salto cualitativo que supuso frente al Torres-Etoo-Ba de la temporada pasada fue enorme.

  2. el grankanido

    4 de mayo de 2015 a las 11:00 pm

    Tanto mourinho como Cristiano, tienen exactamente el mismo rasgo de caracter, son absolutistas y no soportan la mas minima sombra.Uno tiene a Leo Messi y el otro a Josep Guardiola, para un ego tan exajerado, es terrible coincidir en el tiempo con dos figuras tan imponentes y con competencias tan grandes. Pero es lo que hay, la vida es asi.Siempre hay uno mas guapo, mas alto, mas fuerte y mejor que tu.No digo que messi y guardiola sean mejores que los otros dos, pero aquellos dos, se comportan como si asi fuera, con sus salidas de tono.