La prueba y el fracaso

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Cuando estaba en el colegio, había un niño en clase que lo sabía todo. No solo lo sabía todo y sacaba unas notas para enmarcar, sino que además era un verdadero prodigio jugando al fútbol, al baloncesto y a todo lo que se propusiese. El hijoputa de Fernando era un jodido niño odiosamente perfecto. Era el protegido, la referencia, el señalado por los profesores cuando había que invitar a alguna oveja descarriada a seguir un determinado ejemplo. Y, como era normal, era envidiosamente detestado por el resto de la clase hasta el punto de que todos sus compañeros deseabamos, de algún modo u otro, su fracaso en público, su escarnio. Era como nuestra pequeña venganza por años de, reconozcámoslo, involuntaria comparación con su intachable figura. Cada vez que Fernando era puesto a prueba por algún profesor, el resto de la clase se relamía esperando un traspié que nunca llegaba. Se hacía un silencio tenso, con la carcajada preparada para estallar ante el fallo, pero aquel cerebrito se las sabía todas. Jamás fue pillado en un renuncio o en un despiste y acabó la EGB con el expediente más inmaculado e impoluto que uno pueda imaginarse.

Admito que hubo un tiempo en el que deseé con todas mis fuerzas el fracaso de Pep Guardiola. Porque Pep era como Fernando. El idealizado, el referente, el ejemplar. El perfecto. Y la perfección resulta repulsiva porque siempre termina dejando a aquellos que no podemos ni siquiera soñar con alcanzarla en evidencia. Cada vez que Guardiola era sometido a examen, cada vez que un partido de la máxima tensión salía al paso de su FC Barcelona para evaluar sus extraordinarias aptitudes como técnico, no éramos pocos los que aguardábamos con disimulada tensión su hipotético fracaso. Como deseando ver al genio entregado, admitiendo su incapacidad y teniendo que tragar el sapo de su imperfección para regocijo de todos los que envidiábamos su gestión, su modo de trabajo y sus resultados.

Hoy Guardiola ha sido convocado para una de esas ocasiones en las que aquellos que parecen tener cuentas pendientes con él afilan cuchillos en espera del desenlace. El proyecto de su Bayern se examina en convocatoria de gracia ante un Oporto que ya sorprendió a los bávaros en la ida (3-1) y que llega a tierras muniquesas convencido de poder escarbar en las debilidades locales. Es, tal vez, el partido más importante al que se ha enfrentado Pep desde que llegase a Alemania hace año y medio. Porque el equipo se encuentra inmerso en un ambiente enrarecido tras la reciente polémica con los servicios médicos del club a raíz de la plaga de lesiones que asola la plantilla y porque caer en cuartos de final de la Liga de Campeones ante un rival considerado como notablemente inferior sería un rotundo fracaso que haría tambalear peligrosamente los cimientos del proyecto del catalán en Múnich. Es una de esas ocasiones en las que la clase entera hubiese mantenido la respiración, cruzando sonrisas maliciosas en espera del deseado ridículo de Fernando. Aquel cabroncete que se las sabía todas.

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8 Comments

  1. Gontxo

    21 de abril de 2015 a las 3:51 pm

    Genial artículo.

  2. HReyes

    21 de abril de 2015 a las 8:29 pm

    Y que fue del cabroncete de Fernando? Me dejo intrigado.

  3. Full Norbert

    21 de abril de 2015 a las 10:51 pm

    Se las sigue sabiendo. 6-1.

  4. Dr. K

    22 de abril de 2015 a las 1:37 pm

    Borja, como alguien que fue un Fernando en EGB (y en BUP, y en…), te voy a decir que te la machaques con dos piedras. Si la excelencia de otros te molesta, la reacción correcta es trabajar para superar tus carencias, no estar con el hacha preparada para cuando los genios tropiecen.

  5. Borja Barba

    22 de abril de 2015 a las 4:18 pm

    Dr. K

    ¿ Y si «Fernando» fuera un recurso literario? ¿Y si «Fernando» realmente no fuese «Fernando»? Para autoencumbrarte de esa manera esperaba que hubieses podido sopesar esa posibilidad… 😉

  6. Arbeloa Clearwater Revival

    23 de abril de 2015 a las 12:19 am

    @Dr. K

    Bueno, bueno. Cómo está el patio.

  7. Dr. K

    23 de abril de 2015 a las 2:51 pm

    Vale, pongamos que «Fernando» sea un recurso literario. Aún así, te voy a seguir diciendo lo mismo, porque reconoces haber respaldado la mentalidad de que «la culpa de mi mediocridad la tiene el bueno por ser bueno». Yo lucho día a día por desterrar este tipo de actitudes entre mis alumnos, y me jode un huevo leer cosas como «la perfección resulta repulsiva porque siempre termina dejando a aquellos que no podemos ni siquiera soñar con alcanzarla en evidencia». Aquí los únicos que se dejan en evidencia a sí mismos son los que empiezan a echarle la culpa al empedrado.

    En mi tiempo libre, me dedico al atletismo en ruta. Los días de carrera, si he entrenado bien, igual puedo acabar un 10000 en 40 minutos raspados. En mi grupo de entrenamiento hay un tipo con un físico privilegiado que suele andar por los 34 minutos y poco, teniendo ya casi 45 años y un trabajo con una demanda física bastante más fuerte que la que tengo yo en el mío. El día finalmente consiguió bajar de los 34 minutos, mi primera reacción fue sacar el móvil y felicitarle públicamente en facebook. ¿Quizás le tendría que haber mandado a la mierda por hacer una marca imposiblemente fuera de mi alcance?

  8. Pacheco

    26 de abril de 2015 a las 4:07 pm

    «Borja, como alguien que fue un Fernando en EGB (y en BUP, y en…), te voy a decir que te la machaques con dos piedras»

    LOL

    No hay más preguntas, señoría.