Recordado Wilfred

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El cáncer se ha llevado para siempre al mítico portero rayista Wilfred Agbonavbare. Carismático y entrañable como pocos, marcó a una generación de aficionados de la Franja y de toda España. En el día de su muerte, Iván Rodríguez, periodista y fiel seguidor del club vallecano, escribe unas palabras en su memoria. Descansa en paz, portero.

Hace 25 años no se veían muchas personas de raza negra por nuestras ciudades. Los concejales se tiznaban con betún para desfilar como Baltasar el 5 de enero, y no era raro que los bebés se pusieran nerviosos, por lo raro de la situación, ante las carantoñas de un subsahariano. Los comentaristas deportivos se afanaban con eufemismos del tipo ‘de color’ o ‘morenito’, y los hinchas adoptábamos cariñosamente –como quien sienta a un pobre a su mesa en Nochebuena- al africano que nuestro secretario técnico sumaba a la causa.

Así llegó Wilfred a Vallecas. Año 1990, con el Rayo Vallecano recién descendido a la División de Plata tras una desastrosa temporada en la élite, en la que el equipo logró sólo un punto lejos de su estadio. En el arco de aquel equipo se desempeñaban Ángel Férez, con pasado en la cantera madridista y hoy entrenador de porteros de la UD Almería, y Jacinto Villalvilla, quien años más tarde dejaría huella vistiendo la casaca verde del CD Toledo. Villalvilla abandonó la disciplina franjirroja con el descenso, y dejó su sitio a un nigeriano llegado a prueba que había convencido al staff técnico, dirigido entonces por otro mito de Vallecas, Felines. Se trataba de Wilfred Agbonavbare. ‘Willy’, a aquel lado de la M-30. Por aquel entonces y sin los beneficios de la Ley Bosman, las plazas de extranjero se vendían muy caras para una posición tradicionalmente muy bien cubierta por el producto nacional.

‘Buenos días, cabroncete’

Los jugadores no tenían asignado dorsal fijo, y sus nombres no aparecían aún en la camiseta, de modo que siempre llamaban la atención de los chavales aquellos que podías reconocer fácilmente de un golpe de vista. En Vallecas muchos se fijaban en Mario Gimeno, un mediocampista de larga melena rubia y considerable corpulencia con presencia esporádica en el primer equipo, cuya carrera se vio truncada por las lesiones. Willy llegó a Madrid en busca de una oportunidad que le habían negado en el Brentford inglés. Humilde, tímido hasta el extremo, sin hablar una palabra de castellano, aguantó las novatadas y bromas de compañeros como Antonio Calderón, quien le animaba a saludar al míster con un ‘buenos días, cabroncete‘. Felines, poco amigo de desayunarse con las chanzas del fenomenal interior zurdo, reprendía al gaditano y disculpaba al portero engañado.

Una pantera bajo palos, no tardó en imponer su calidad y adueñarse del dorsal número uno. Protagonista de dos ascensos, fijo en las alineaciones de Eusebio Ríos, Camacho, Vidal o Paquito. Como los Cinco magníficos del Zaragoza o el Madrid de La Quinta, quien escribe estas líneas aún recita de carrerilla aquella alineación del nuevo matagigantes del 92: Wilfred; Cota, Josete, Miguel, Paco; Pablo, Calderón, Visnjić, Pizo Gómez; Pedro Riesco y Anton Polster. Real y Atlético mordieron el polvo en Vallecas; el Dream Team de Cruyff remontó in extremis un 3-1 para arañar un honroso punto del Nuevo Estadio.

Aquel año, Camacho acabó rindiéndose a la evidencia y a la calidad del nigeriano, sentando en el banquillo a todo un Campeón Olímpico en Barcelona 92, Toni Jiménez. ‘¡Willy, Willy!‘ atronaba la grada, jaleando al ídolo, tras cada vuelo del nigeriano evitando el gol visitante. Recordaré mientras viva la espléndida atajada a libre directo de Martín Vázquez, en la derrota madridista en Vallecas por dos a cero, en el día de la Constitución de 1992. La instantánea, retratada en la centésima exacta por el fotógrafo de Marca, adornó la carpeta escolar de mi hermano, que más tarde heredé, durante largos años.

La humildad hecha portero

Previo al advenimiento del maldito fútbol moderno, los aficionados, y en particular la chavalería, podíamos acercarnos a nuestros ídolos y pedirles fotografías y autógrafos. Nuestros héroes, mundanos aún entonces, se detenían al cruzar Payaso Fofó y nos regalaban una firma, medio minuto de conversación y una sonrisa que Wilfred dibujaba de oreja a oreja antes de subirse en su modesto R-11. ¿A qué futbolista de Primera puedes encontrarte hoy haciendo la compra en el híper del barrio? ¿Cuántos futbolistas del Rayo viven hoy entre los límites del viejo Vallecas, Puente y Villa, sin contar el moderno Ensanche?
Se perdió la cañita de después del entrenamiento en el Bar Myriam, en la calle Sierra del Cadí, a escasos doscientos metros del coliseo de la Albufera. Wilfred se despidió de la franja en el 96, y colgó los guantes al siguiente verano tras un efímero paso por el Écija Balompié. Tras su marcha, llegaron las televisiones, la burbuja, los millones y el odioso fútbol moderno en el que la Policía blinda a los héroes del pueblo con vallas y prohibiciones. En Vallecas siempre circularon habladurías sobre las modestas ganancias del portero, su generosidad con los demás, de la que muchos pudieron sacar tajada. Para colmo, el cáncer dio la primera dentellada en la persona de su pareja. Pese a sacrificar buena parte de sus recursos, nada se pudo hacer. En palabras de Jesús Diego Cota, eterno capitán, Willy se acostumbró a su vida anónima, a vivir lejos del fútbol y ganarse el pan con honradez siendo mozo de carga en Barajas, o dejándose la piel de sol a sol en una empresa de mensajería.

La muerte, el maldito cáncer, se anticipó a la solidaridad. Doña Carmen cedió la mitad de lo recaudado para que los hijos de Willy pudieran volar desde Nigeria a España y despedirse de su padre en vida; el Rayo se afanó en agilizar la burocracia con el Consulado y Asuntos Exteriores, pero la enfermedad fue más rápida que nadie. Hoy Wilfred, nuestro Willy, nos deja con sólo 48 años, quién sabe si guardando fresco en el recuerdo la modesta gloria que Vallecas le brindó, y la felicidad que a muchos nos trajo. Hoy volvemos a recordar a un portero de leyenda, exponente de un fútbol elevado a mito que añoramos y que probablemente nunca volverá. El viernes Vallecas volverá a corear a su ídolo, y el número uno estará allí para escucharlo. Hasta siempre, Willy.

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5 Comments

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  2. Leon

    27 de Enero de 2015 a las 8:45 pm

    Una pena, un jugador que los aficionados de los 80 y 90 no olvidamos. Esplendido el recordatorio de Ivan.

    Los deportivistas siempre recordaremos como Wilfred cerró con candado la puerta en el Depor-Rayo de 1994. Y muchos pensamos que fue ese día y no el del penalti del Valencia cuando se nos escapó aquella liga de 1994. Aquello tenía que pasar.
    Grande Wilfred y Grande el Rayo equipo muy querido en Riazor.

  3. Felix 1.3

    27 de Enero de 2015 a las 8:56 pm

    Creo que el mejor legado que puede dejar un futbolista es que le escriban textos de cariño sincero como este. Lejos de records, títulos o millones, personas como Wilfred representan el aroma a fútbol vetusto que, como dice el artículo y sintiéndolo mucho, parece que ya no volverá. Descanse en paz.

  4. jose luis

    28 de Enero de 2015 a las 5:28 pm

    ¿Quién de mi generación no se acuerda de Wilfred “Willy”, ese porterazo que tuvo el rayo? Aunque fuera del equipo rival te caía simpático, es cuestión de carisma, y el lo tenía, y mucho.

    No sé qué escribir, estoy triste, muy triste, e inevitablemente me siento un poco más viejo al enterarme de su muerte.

    El artículo de Iván es maravilloso, aquellos sí que fueron buenos tiempos, entonces no recuerdo tanta polémica por el balón de oro ni tantas otras chorradas que ahora parecen (o quieren que nos parezcan) tan importantes.

    Os dejo este enlace

    http://www.marca.com/blogs/la-liga-hecha-un-cromo/2015/01/20/paralo-willy.HTML

    Descansa en paz Willy

  5. tubilando

    28 de Enero de 2015 a las 11:51 pm

    Recuerdo la contraportada del Marca de un día del verano de su llegada, una foto de Wilfred y abajo se reseñaba que aunque se esperaba que Wilfred fuese un pufo, resulta que había sorprendido a los técnicos por el nivel mostrado.
    Es verdad que no era frecuente la presencia de jugadores de raza negra, y en especial africanos en nuestra liga. N´kono, algunos marroquíes del Mallorca y poco más (Keita y Biri Biri son de los 70). Era la época en la que comenzamos a conocer a jugadores nigerianos. El Castilla fichó a Mutiu, entre otros.
    Aparte del exotismo que representaba en su momento, era un buen portero que tuvo momentos brillantes en Primera División. Se retiró a los 31 años, una edad temprana para un portero. Entiendo que su propensión a engordar tuvo bastante que ver. Fue internacional y participó en el Mundial de USA-94. Por cierto, de aquella histórica selección también nos dejó Yekini.
    Le estoy dando vueltas al tema de los hijos. ¿Sólo la señora desahuciada se ofreció para costear el billete de sus hijos? Una historia cruel, su mujer fallece de cáncer, él se arruina al intentar su curación, también enferma y no puede cumplir el deseo de ver a sus hijos antes de morir por solo una horas. Crueldad.