La foto tenía un precio

arbeloa foto jese

Hubo un tiempo, no hace tanto, en el que hacer una foto costaba dinero. Primero había que adquirir la máquina; luego, los carretes y las pilas para el flash; después había que pagar a alguien para que revelara las imágenes (salvo que en el paso 1 hubieras optado por una Polaroid, en cuyo caso el presupuesto de carretes y revelado se te iba en cartuchos de impresión); y, por último, había que comprar un álbum (o un marco) en el que archivar las fotografías, porque uno no realizaba una inversión como esa para acabar dejando que las fotos amarillearan amontonadas en un sobre de papel. Además de dinero, en todo ese proceso se invertía un tiempo precioso; bien pensado, nunca un concepto como el de “instantánea” estuvo tan mal empleado: podían pasar semanas, meses, incluso años, hasta ver por vez primera el resultado de tu disparo.

Eran tiempos en los que uno se tomaba muy en serio lo de hacer una foto, porque había mil cosas que podían ir mal: podía salirte movida, o demasiado oscura, o con una cabeza cortada, o con un dedo en el objetivo, y nunca lo sabrías hasta que ya fuera demasiado tarde, cuando tuvieras todas las fotos en la mano. No era extraño acabar descartando buena parte de las que recibías reveladas, y eso si conseguías evitar que la película entera se velara en la siempre compleja operación de cambio de carrete. Además, esos carretes sólo permitían un número muy limitado de intentos (y que, para complicar más las cosas, no siempre coincidía con el que indicaba la caja) y no se podían desperdiciar así como así. Cada disparo era una bala gastada, una oportunidad menos para poder inmortalizar otra imagen futura de quizás mayor trascendencia sin tener que comprar otro carrete. Un coste de oportunidad, por definirlo en términos económicos, que había que plantearse antes de apretar el botón. Así que los selfies, que ya existían aunque no supiéramos cómo llamarlos, quedaban reservados en exclusiva para los auténticos maestros del encuadre a ciegas, o para esas fotos experimentales con las que intentabas apurar el final del carrete y descubrir si en él entraban las veinticuatro imágenes prometidas o alguna más.

Pero todo eso desapareció primero con las cámaras digitales y luego con las cámaras integradas en los teléfonos móviles. Una vez comprado el aparato, sacar fotos es gratis y el único límite lo ponen la duración de las baterías, la capacidad de almacenamiento y las dotes artísticas de cada cual. Ahora todos llevamos una cámara en el bolsillo y no dudamos en usarla, no sólo para ejercer como ávidos reporteros a la caza de la imagen más curiosa e impactante, sino para retratar asuntos de enorme importancia como puedan ser nuestros pies, los platos que nos vamos a comer o las cervezas que nos acabamos de tomar. Y atardeceres. Muchos atardeceres. Ya no hay que esperar para ver el resultado y puedes hacer mil probaturas hasta conseguir la imagen deseada; si no la consigues de forma natural, siempre puedes arreglarla con algún programilla de edición. El auge de las redes sociales ha hecho el resto, creando una auténtica burbuja de la comunicación gráfica: sin gastar un céntimo más, uno puede acabar una breve escapada de fin de semana con fotos suficientes como para bloquear Facebook o que Instagram le reporte por spam. Pero que no nos cuesten dinero de manera inmediata no quiere decir que no podamos acabar pagando un alto precio por ellas.

Porque gracias al avance tecnológico también ha desaparecido el filtro moral previo al disparo que suponía saber que alguien tendría que revelar aquella foto. En los viejos tiempos, tu fotografía la veía también alguien completamente ajeno a ti, antes incluso que tú y que todas las personas con las que quisieras compartirla, y eso hacía que la mayoría de nosotros evitara tomar ciertas imágenes que desnudaran (literalmente o no) nuestra intimidad al encargado de la tienda del barrio o a cualquier desconocido del laboratorio de revelado. Sin embargo, eliminado ese incómodo intermediario, somos libres para desplegar toda nuestra creatividad y mostrarnos ante el objetivo sin ningún pudor, tal y como somos (o como Photoshop y los filtros nos dejen). Más aún: por alguna extraña razón que se me escapa, no tenemos ningún reparo en mostrárselo al mundo de manera inmediata, sin ser del todo conscientes de cómo puede acabar afectándonos esa exhibición.

Y resulta curioso que muchos personajes públicos, habitualmente celosos de su vida privada y teóricamente rodeados de agentes y expertos de todo pelaje, no pongan demasiado cuidado en las fotos e información que comparten en las redes sociales. Confundiendo inmediatez y cercanía con una ausencia casi total de criterio para entender qué cosas mejoran su imagen pública y cuáles no (y eso, en este mundillo del artisteo y del deporte profesional, es dinero), todo el planeta puede deleitarse (u horrorizarse) con escenas que antes nunca hubieran sido plasmadas en papel fotográfico o, al menos, nunca hubieran sido publicadas por sus propios protagonistas. Fotos, por no ir más allá de diciembre, como las de las largas y despreocupadas vacaciones de Dani Alves, o las de la juerga de Kokorin con dos strippers, o las de la mansión Playboy de Ronaldinho, o la de esos perritos juguetones que le hicieron desear a Michael Owen una feliz prenochevieja. Por eso, como propósito para este 2015, para hacer de este mundo un lugar mejor y de las redes sociales un sitio en el que no pasar vergüenza ajena, planteo recuperar esa vieja mentalidad: no saquemos (y publiquemos) nunca una foto por la que no estemos dispuestos a pagar un precio. Supongo que Gervinho ya lo hace.

Palencia, 1984. Nunca llegué a debutar en Primera.

3 Comments

  1. alfredo

    5 de enero de 2015 a las 5:12 pm

    Suscribo 100 x ciento este artículo.
    Solo aplausos de reconocimiento cual espectador de un buen discurso. Nada más

  2. Full Norbert

    5 de enero de 2015 a las 10:52 pm

    Aunque dejé a medias los estudios de fotografía, me siento identificado con el peñazo absoluto de cargar el carrete en el cuarto oscuro, de sacarlo con cuidado para meterlo en el tanque de revelado y de la obsesión insana de: dios santo, no quiero ver una puñetera luz, o incluso el mínimo haz de luz que se colaba debajo de la puerta era algo a temer.
    Yo también recuerdo esas vacaciones con mis padres en las que había dos tipos de comentarios: no hagas foto a eso, que no vale la pena que quedan pocas fotos en el carrete y la otra: ¿para qué quieres un carrete de 36 fotos? ¡Son muchísimas!

  3. Óscar Díez

    7 de enero de 2015 a las 7:56 pm

    @alfredo Y nada menos. Muchas gracias

    @Full Norbert Así pasaba luego, que en el carrete de 36 se te acababan juntando las fotos de las Navidades con las de dos cumpleaños, la excursión a Segovia y las vacaciones de verano… Y no pasaba nada