Violencia y medidas

ultras rusia

Sacada de su inoperante letargo por las desagradables consecuencias directas del efecto acción-reacción, la sociedad española parece haber tomado conciencia real del preocupante problema de la violencia en torno al fútbol a raíz de los graves disturbios con resultado de muerte acaecidos el pasado domingo en la previa del Atlético de Madrid – Deportivo. Puede sorprender el hecho de que todo el país llevase años mirando hacia otro lado cuando el problema era bien palpable. La realidad, bien conocida por cualquier aficionado más o menos habitual de cualquier estadio, es que el fútbol ha dado cobijo durante mucho tiempo a diversos grupúsculos que, amparados en la masa anónima y excusados en la celebración de una manifestación deportiva, han podido dar rienda suelta e impune a sus conductas delictivas a través de figuras que casi podrían ser enmarcadas dentro del tipo penal de la asociación ilícita. Como si fuese una cosa menor se hizo la vista gorda. Se miró hacia otro lado porque, al fin y al cabo, era un problema ‘casi anecdótico’ que solamente afectaba a ‘cuatro tarados que van al fútbol’. Y por ahí vino el primer grave error, por el desprecio del problema.

No se puede obviar el fuerte componente sociológico que encierra el asunto de la violencia vinculada al fútbol. El comportamiento de una hinchada, como reflejo de la sociedad en la que habita, debe mucho a las influencias que pueda recibir de su entorno. El trasfondo problemático es que la sociedad española ha terminado por asumir e interiorizar la violencia, ya sea verbal o incluso física, como un elemento propio de nuestra existencia diaria. Cuando las consecuencias de la misma son invisibles o no se hacen apenas notar, el problema es como si no existiese. Basta con que la cosa se desmadre y que la opinión pública reciba un duro escarmiento en su conciencia, para que el asunto deje de ser baladí y se convierta en un monstruo de siete cabezas contra el que hay que luchar con todo el armamento del estado de Derecho.

Inglaterra

Como cuna y germen del movimiento hooligan, Inglaterra ha padecido muy gravemente a lo largo de las últimas décadas, especialmente durante los años de mayor inestabilidad social en los setenta y ochenta, las consecuencias de los desmanes de numerosos grupos violentos asociados al fútbol. Sin embargo, la adopción de medidas radicales surgida a raíz de la tragedia de Hillsborough en 1989, han convertido a los estadios ingleses, dos décadas después, en unos de los más amigables del continente.

Bien es cierto que el caso de Sheffield y sus noventa y seis víctimas mortales no tuvo nada que ver con el movimiento hooligan, ni tan siquiera con un episodio de violencia, pero las consecuencias que aquella desgraciada avalancha trajo consigo en materia de seguridad en las gradas, junto a episodios como el de Heysel en 1985, sofocaron en buena medida el espíritu violento latente en los estadios ingleses. El Gobierno editó, apoyado en el conocido Informe Taylor, una Guía de Seguridad en recintos deportivos, cuya aplicación se hizo obligatoria para todos los clubes deportivos profesionales. Se creó en 1990 la Comisión de Seguridad en los estadios de la FA con Chris Whalley al frente. Rápidamente, se abogó por una renovación profunda de los estadios ingleses, suprimiendo aquellas vallas metálicas que dos décadas atrás se habían visto obligados a instalar en los graderíos como medida disuasoria de las violentas intenciones del hooliganism. Aquella desaparición del principal elemento de control físico que existía hasta la fecha dentro de los estadios fue acogida con ciertos recelos iniciales, pero la respuesta del público fue extraordinaria. Haciendo gala de una profunda madurez, el espectador medio inglés borró de su conciencia cualquier atisbo de violencia en relación con el espectáculo deportivo. Fue como si abrieran las puertas de las jaulas de las fieras y éstas, en lugar de escaparse y sembrar el pánico por doquier, hubieran acabado arrinconadas en la marginalidad por un público sano y entusiasta deseoso de poder disfrutar de su equipo en paz.

En la actualidad, con una unidad policial especial dedicada a la vigilancia de aquellos hinchas catalogados como violentos o conflictivos y con más de dos mil personas en todo el país a las que se les ha prohibido judicialmente la entrada en espectáculos deportivos por haber protagonizado episodios de violencia, apenas subsiste algún pequeño brote de conflicto en ocasiones aisladas, como los disturbios que siguieron el Newcastle-Sunderland de 2013, o en partidos de extrema rivalidad histórica, como el West Ham-Millwall de la Copa de la Liga de 2009.

Italia

Italia pasa por ser uno de los países de Europa Occidental más problemáticos en cuanto a la violencia en el fútbol se refiere de los últimos años. La oleada de incidentes vivida durante los años noventa y la pasada década (once muertos en los diez últimos años) obligaron a las autoridades italianas a recrudecer la normativa de acceso a espectáculos deportivos. Hasta las más recientes adopciones de medidas, las famosas curvas de los estadios italianos eran un reducto de delincuencia, corrupción y extorsionadores profesionales que habían conseguido hacer de los clubes de fútbol su cuartel general y de los miles de seguidores radicales que aglutinaban sus grupos su pequeño ejército personal, algo muy similar a lo que, aún a día de hoy, se vive en Argentina y en otros países del continente sudamericano.

Fue el asesinato en el año 2007 del inspector jefe de la policía de Catania, Filippo Raciti, en mitad de los graves y violentos disturbios ocasionados tras la disputa de un Catania-Palermo, lo que disparó definitivamente la señal de alarma en la sociedad italiana. La dictadura de la violencia en el fútbol, que durante décadas había hecho suyos la mayor parte de los estadios transalpinos, había cruzado la línea prohibida.

Se introdujo en el calcio la plena aplicación del Decreto Pisanu, que establecía la prohibición de viajar a otros estadios siguiendo al equipo en determinados encuentros de especial riesgo. Además, se incluía la prohibición de acceder a recintos deportivos (Divieto di accedere alle manifestazioni sportive) a aquellos seguidores relacionados con episodios de violencia (durante tres años, o de cinco a ocho años más obligación de presentarse en comisaria durante la disputa del partido, en los casos de reincidencia). Asimismo, en la campaña 2009/10 se implantó con no poca polémica la conocida como Tessera del Tifoso, una especie de carnet del hincha que posibilita a sus poseedores (y únicamente pueden serlo aquellos que no han participado en conflictos) a viajar siguiendo al equipo por la geografía italiana así como a poder entrar en la zona reservada a la afición visitante en los estadios rivales.

Por si fuera poco, el modelo de seguridad italiano ha apostado por las entradas nominativas, en las que aparece inscrito el nombre de su portador y legítimo propietario, para evitar así casos de reventa y de acceso incontrolado a las instalaciones deportivas. No obstante, y aunque las medidas adoptadas han resultado bastante efectivas, la violencia entre hinchadas rivales aún persiste fuera de los estadios, aunque quizá ya poco o nada tenga que ver con el propio fútbol.

Mientras el problema de la violencia relacionada con el fútbol parece cada vez más controlado en Inglaterra, Italia, Alemania o Francia, una peligrosa oleada arrecia desde Europa del este. No es infrecuente tener constancia de violentísimos enfrentamientos entre aficiones rivales en las ligas rusa, polaca o búlgara. Allí el problema, generalmente alimentado por fuertes sentimientos nacionalistas y xenófobos, aún está dando sus primeros pasos. Será difícil, por desgracia, que no vaya a más.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

5 Comments

  1. Leon

    4 de diciembre de 2014 a las 11:41 pm

    Borja, siento ser muy pesimista. La exhibición de incompetencia, inmoralidad y mentiras de, quienes tienen en su mano poner soluciones encima de la mesa para el problema de la violencia en el futbol, me hacen pensar que esto no tiene arreglo. Al menos en este país y por mucho tiempo.
    Directivos de clubes, directivos de la Liga y la Federación, responsables de policía, organizaciones políticas, muchos periodistas de renombre y sin duda los propios ultras… todos contribuyen de una u otra forma al coctel de violencia semanal. En categoría profesional, pero tambien en categorías inferiores. Hasta que un día hay un muerto y toca exhibición de hipocresía. Tres meses y todo olvidado, porque toda la pose de estos días se pasará. Y volveremos a lo de siempre.
    ¿quien va a arreglar esto? ¿la ciencia infusa?

    Por cierto, el lenguaje no es inocente. No ha habido una muerte como dicen interesadamente bastantes medios, lo que ha habido es un asesinato, que es diferente.

  2. Borja Barba

    4 de diciembre de 2014 a las 11:52 pm

    León

    Penalmente tiene todos los números para ser calificado como asesinato, desde luego, y así lo dije ya el mismo domingo. El elemento alevoso parece demasiado evidente.

    Sorprende que nadie haya tratado de enmarcar a estos grupos dentro del tipo penal de la asociación ilícita. La sensación es de escasa seriedad.

  3. Leon

    5 de diciembre de 2014 a las 7:29 am

    Que un tipo de la catadura moral de Tebas esté al frente de la manifestación no augura nada bueno.
    Muchos periodistas que viven de incendiar a diario a la gente con un fanatismo propio de los ultras que ahora critican con gesto compungido y voz grave es una burla a la decencia.
    Cuando llegue el día, que llegará, que en el campo de uno de los grandes se arme o haya violencia verbal (de la que dicen que será motivo de suspensión o cierre) veremos donde quedan todas las palabras indignadas de estos días. No hay huevos para hacerlo. No lo ha habido hasta ahora ni con incidentes graves en esos estadios. Y serán los mismos que hoy se ponen estupendos los que dirán que es una vergüenza perjudicar a una sana afición por lo que hagan cuatro.
    Eso sí, si es de un equipo pequeño no pasa nada. El linchamiento que se está haciendo con el Depor y su gente, comparado con la suavidad con la que se trata al Atletico es un ejemplo vergonzoso.
    Hipocresía pura lo de esta semana.

  4. Kurono

    5 de diciembre de 2014 a las 7:54 am

    Medidas son relativamente fáciles de tomar, sólo hay que tener valor. Un Florentino Pérez, Gil Marín, el Sr. Lim o Bartomeu (por mencionar los más importantes) tienen el suficiente dinero para tener seguridad personal, son figuras públicas, las bandas de hooligans no podrían actuar contra ellos, tienen todas las de perder. Los dirigentes son los principales responsables para acabar la violencia en el fútbol, impidiendo que entren los grupos violentos a los estadios, dando parte a las autoridades sobre sospechosos, prohibiendo que tengan privilegios y prebendas (todos saben que los U.S, F.A. y Boixos contaban con boletos para los partidos, que en los estadios había cuartos donde guardaban su indumentaria y armas). Es inaceptable que un tipo como Lendoiro vaya al funeral de «Jhonny», sujeto con varios antecedentes criminales a sus espaldas, teniendo este bastante culpa de lo ocurrido (recorrió como 600km para pegarse una paliza). O aquellas declaraciones de los «Srs.» Mendoza, Gaspart o Gil y Gil sobre los grupos ultras, declarándolos casi como «lo mejor de su equipo». Celebro que el Sr. Tebas, aunque sea luego de tantísimo tiempo sin hacer nada, decida tomar una acción punitiva contra Lendoiro; ahora es momento que las autoridades policiales sean más cautas y responsables sobre estos temas. Pero hule mucho a tan sólo pantalla de humo y distracción.

  5. Jan

    10 de diciembre de 2014 a las 4:30 pm

    Discrepo con el retrato de la situación. No creo que el fútbol español esté aquejado de un grave problema de violencia. Desde la experiencia como aficionado que acude al estadio cada dos semanas, creo que las medidas de seguridad que rodean a un evento deportivo de primer nivel en nuestro país llegan en ocasiones a ser incluso exageradas. Nunca, ni siquiera de visitante, he acudido con miedo a un partido de fútbol.

    En cuanto al suceso que ha provocado este catastrofismo y alarma social, echo de menos que las biempensantes mentes de los González, Lama, Carreño y demás voceros dediquen un minuto a analizar la tremenda metedura de pata de Policía, Delegación del Gobierno y encargados de seguridad. Menos de tres meses después de un encontronazo Frente Atlético-Biris, Riazor Blues (con excelente relación con ultras sevillistas) llega al Calderón. Lo que cualquiera que haya leído más de dos líneas acerca del movimiento ultra puede intuir, a la Policía se le escapa.

    Hay que combatir la violencia, pero no creo que quepa ser un paranoico. Ni todos los ultras son violentos, ni en todos los partidos se pone un muerto sobre la mesa. Pero matar moscas a cañonazos a base de alarma social es muy fácil, en vez de depurar responsabilidades y, ahora sí, controlar a los 400-500 descerebrados a los que sí cabe desterrar para siempre de los estadios y la sociedad.