Comparaciones


Si quieres destruir la carrera de un futbolista, solo has de marcarle una comparación de listón imposible. Yo entonces no era consciente de eso, pero mi infancia deportiva y quizá la no deportiva murieron cuando llegaron Antonio y Vicente a un entrenamiento y me dijeron que una de su clase quería conocerme, porque estaba enamorada de Raúl González Blanco y le habían dicho que yo era igual que Raúl González Blanco, que en este caso aún es peor la historia porque mi parecido ni siquiera era futbolístico, simplemente compartíamos nariz judía, aire enclenque, golpeo pastoso de zurda y piernas desgarbadas. Dicho lo cual yo pensé qué clase de loca era aquella que querían endosarme, y cagado de miedo fui dando largas hasta que se esfumó por fin el acoso. De ahí no levanté cabeza. Con el tiempo, Raúl tampoco.

Vicente era delantero y las enchufaba todas, así que a nadie le pareció extraño que se hiciera llamar Romario: se lo había ganado a pulso. Creo que aún éramos cadetes cuando se puso a trabajar en la obra, se fabricó una espalda de ariete y el fútbol se convirtió a la vez que la vida en asunto serio: marcaba lo mismo frente al portero pero cada vez de manera menos divertida, menos vaselinas de las suyas, menos artisteo, más choque, más correr y sudar y más pierna fuerte en la pelea. Vicente siguió jugando cuando yo ya me había rendido. De vez en cuando veía su nombre en los periódicos, en las páginas de los equipos de Regional, el Romario del extrarradio, y ahí vuelvo a la losa de la comparación maldita. Antonio por su parte era brasileño, y recuerdo la tarde en la que Vicente lo trajo de su barrio. Que viniera un brasileño a jugar en el Unisport Marjalería nos parecía de un exotismo maravilloso. Cómo iba a ser malo un brasileño, era infantilmente imposible aquello. En el primer partido Antonio hizo una chilena sin venir mucho a cuento, y juraría que fue la primera y la última chilena que vi en un campo de tierra, pero en la grada, entre los padres, se escuchó a posteriori un ¡oh! muy futbolero, en plan “no podía ser otro, es brasileño”, como en la tele cuando Esteva se volvía loco con cualquier chorrada de Robinho, el nuevo Pelé, por cierto, otro daño colateral de la afición a comparar y esas cosas.

Esteva acuñó también el concepto “Messi español”, en referencia a Diego Capel, que ahora nos entra la risa pero había que echarle valor entonces para contradecir aquello, como ahora con la fiebre runner, que dentro de unos años me daréis la razón pero de momento cada vez que los insulto pierdo seguidores en Twitter. Que la moda wok ya ha pasado, pero ahí siguen los runners. Que la moda de las camisas de cuadros también, pero ahí siguen los runners. Que la moda de la power balance ya es historia, pero ahí siguen los runners, que no paran, corriendo incluso con ella en la muñeca.

Pero ojo, meterte con los runners tiene un problema. Si llegado el caso has de huir a la carrera, te pillan seguro.

La moda Capel también pasó, pobre. Hubo un torneo sub no sé cuántos con un horario estupendo, en pleno verano, que caía justo tras los partidos de la Copa América y antes del encierro de San Fermín. Recién había vuelto yo de Erasmus y conservaba el espíritu: venían los colegas por la noche y, aunque al aparecer Capel en pantalla ya íbamos borrachos, o quizá por eso justamente, enseguida lo calamos. Nada, un mentiroso del fútbol que miraba el suelo para sortear contrarios igual que mi padre miraba el del salón de casa esquivando nuestras latas de cerveza, que es triste eso de que tu padre se vaya a trabajar y tu sigas bebiendo en el sofá con tus amigos, pero aún es más triste que la primera apuesta de Del Bosque tras heredar en 2008 la selección campeona de Europa fuera convocar al artista Capel, que por supuesto fue el Dandy en la crónica del As si no me falla la memoria, y hoy ya nadie se acuerda ni pide perdón por ello.

Por cierto, aquellos días, cuando me despertaba por la tarde, mi padre había vuelto a llenar de cervezas la nevera, que eso es un padre como Dios manda; y así he salido yo, de paso, claro.

De Capel me acordé hace poco, así nació este texto. Se me ocurrió un chiste en el proceso y lo voy a estrenar aquí en exclusiva.

– ¿Sabes que Capel ha batido el récord de asistencias?
– ¿En serio?
– Sí, de veces que han tenido que entrar a atenderle las asistencias.

Enrique Ballester, el Félix el Gato de la blogosfera.

Castellón, 1983. Escribo en el diario Levante. A veces de fútbol y a veces de música. He publicado un libro. Se llama Infrafútbol.

6 Comments

  1. j1nka

    23 de octubre de 2014 a las 3:11 pm

    Te iba a felicitar por el texto, pero ha sido leer el chiste y me han entrado segundos pensamientos al respecto…Bueno va, enhorabuena. Me ha encantado (el artículo, no el chiste).

  2. David

    23 de octubre de 2014 a las 3:26 pm

    De los peores artículos que os he leído nunca. Absurdo desde principio a fin.

  3. Gustavo

    23 de octubre de 2014 a las 7:10 pm

    Cronista y no comediante; no lo repetire mas, que no es un mal chiste.

  4. Steve

    23 de octubre de 2014 a las 8:51 pm

    La historia me ha parecido buena y bien redactada. En cuanto al chiste, es muy malo, pero no de ese tipo de chistes que parecen malos y hacen gracia no, el chiste es malo, malo, malo.

  5. Full Norbert

    24 de octubre de 2014 a las 2:18 am

    Celebro que tengas la osadía de meterte con los runners, no sabes la brasa que es escuchar la sección de El Partido de las 12 con el señor Chema Martínez haciéndose el graciosete. Y más que que te metas con ellos que eso puede ser más o menos discutible y que cada uno haga con su vida lo que le plazca, lo que sí me parece importante señalar, es la estupidez de poner términos anglosajones a todo. Tócate las narices: ahora hacemos running y somos runners y no salimos a correr ni hacemos atletismo. Como la tontería del footing, que no tenía ningún sentido lingüístico.
    En fin, un placer volver a leerte.

  6. emedepan

    25 de octubre de 2014 a las 9:23 am

    Ni puta idea de running.