La lucha del Shakhtar

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Dice Darijo Srna, el capitán, que él ya ha vivido una guerra y siente especialmente todo lo que está ocurriendo en Donetsk. “Sé que en estos momentos la vida de nuestros seguidores es mucho más difícil que la nuestra”, afirmaba el croata hace un par de semanas en el Magazine televisivo de la UEFA Champions League. El Shakhtar Donetsk vive hoy en un hotel de Kiev, ciudad en la que disputa sus partidos de liga como local, a más de 700 kilómetros al noroeste de su hogar; en la Champions recibe a sus contrincantes aún más lejos, en Lviv, otros 600 kilómetros más al oeste. Probablemente siga sin servir para hacernos una idea, pero es como si el Cádiz tuviera que jugar la liga en Zaragoza y la Champions en Lyon. No es una situación sencilla para los futbolistas, pero peor lo pasan sus aficionados: los combates prosiguen en la región este de Ucrania, pese a los anuncios de alto el fuego, y las bombas continúan destruyendo el espectacular Donbass Arena (esta misma semana un vídeo mostraba como una enorme plancha de cristal se desprendía de su fachada y estaba a punto de acabar con la vida de una niña) y muchas otras construcciones de la ciudad, como el aeropuerto levantado expresamente para la Eurocopa de 2012.

Rinat Akhmetov, el multimillonario dueño del club y de las principales industrias de la zona, es también uno de los personajes clave en la vertiente política del conflicto. Después de ser objeto, en un primer momento, de acusaciones de financiar a los separatistas, los planes expropiatorios de los rebeldes prorrusos y las contribuciones económicas y humanitarias de Akhmetov a las víctimas del conflicto parecen haber dejado claro que aboga por una Ucrania unida, lo cual ha ayudado a que su equipo, que ya contaba con numerosos aficionados fuera del Donbass, reciba una cálida acogida en el resto del país. Pese al lógico miedo al conflicto, Akhmetov fue capaz de mantener intacta la plantilla del Shakhtar durante el verano: el traslado a la capital y las garantías económicas ofrecidas por el propietario tranquilizaron lo suficiente a los jugadores como para evitar la desbandada.

La personalidad de Mircea Lucescu, que después de diez años al mando del equipo aún siente que no ha conseguido sacarle todo su potencial, también ayudó para que los futbolistas se convencieran de que merecía la pena seguir adelante. A su Shakhtar Donetsk le faltan aún muchas metas por alcanzar: unas semifinales de Champions, por ejemplo. No parece algo descabellado, y no sólo por los siete goles del martes en Bielorrusia, que han encarrilado su clasificación para octavos. Este destierro motivado por una guerra que ya no acapara titulares pero que tampoco cesa recuerda, salvando las distancias, al caso del Partizan de Belgrado, que conquistó la Copa de Europa de baloncesto de 1992 desde su exilio en Fuenlabrada. En este tipo de situaciones, o los equipos crecen encontrando fuerzas en las dificultades y motivación en el sufrimiento de sus aficionados, o se hunden sin remedio, poseídos por la tristeza y el abatimiento. Mientras desde los despachos y el vestuario se pide la paz, en el terreno de juego el Shakhtar ha optado por luchar. http://www.tb-credit.ru/znk.html