Las lágrimas de Léo

baptistao lagrimas

Después de la marcha de Diego Costa y Michu, el Rayo Vallecano de la 2012/2013 necesitaba un referente y a Léo Baptistao, de veinte años recién cumplidos por entonces, no le impresionó el reto. El canterano destacó pronto por su descaro y velocidad y, aunque sus cifras goleadores no alcanzaron ni de lejos las de sus ilustres predecesores (ese año fue Piti quien tomó el relevo anotador), su irrupción en la élite fue lo suficientemente convincente como para que el Atlético de Madrid apostara por su fichaje. Condiciones para destacar parecía que le sobraban, pero ese salto fue quizás demasiado grande, demasiado pronto.

A nadie le debe de resultar sencillo entrar en el férreo bloque de Simeone, y más complicado todavía debió de ser tener que intentarlo siendo un pipiolo y justo cuando el equipo pegaba el estirón que lo llevó a ganar la Liga y tener la Champions cogida por una oreja. Con Diego Costa, Villa y Raúl García por delante y sólo un puñado de minutos jugados en tres meses, en enero Léo escogió (o le escogieron) una plaza difícil desde la que intentar remontar el vuelo. En Heliópolis sí fue un fijo en las alineaciones, pero ni las polémicas condiciones económicas de su llegada ni, obviamente, la situación deportiva del Betis facilitaron las cosas. Con sólo un gol en diecisiete partidos, Baptistao regresaba a Madrid con un enorme interrogante sobre su futuro y una única certeza: en un Atleti campeón no había sitio para él.

En esas circunstancias, volver al lugar en el que todo empezó suele resultar una opción tan tentadora como peligrosa. Regresar a casa, al equipo en el que creciste, con el entrenador que te puso y te dio su confianza por primera vez supone una vuelta a la seguridad de lo conocido; pero lo que no siempre se mide con precisión en esos retornos es que, generalmente, todo suele ser ya distinto a como se recordaba. Este verano, un Rayo obligado a reinventarse año tras año ha reforzado especialmente su parcela ofensiva, con jugadores de nivel para todas las posiciones del ataque. La competencia para Léo iba a ser dura y entre la afición, antes entregada incondicionalmente a su figura, había dudas entre acoger al hijo pródigo con los brazos abiertos o recriminarle sus calabazas del año pasado, cuando los franjirrojos no estaban mucho menos necesitados de sus servicios que un Betis que, simple y dolorosamente para el Rayo, puso más dinero. El suyo era, por tanto un reto doble, casi triple: reencontrarse consigo mismo y con su juego, hacerse un hueco en el equipo y recuperar la confianza ciega de la grada. Claro, que, bien pensado, todo eso suele ir encadenado.

La Liga empezó pero, después de cuatro partidos marcados por la irregularidad individual y colectiva, la sensación era la de que nada terminaba de arrancar. Hasta el miércoles. Tenía que ser en un día laborable cuando este equipo de barrio obrero se pusiera manos a la obra en esto de ganar partidos. Y tenía que ser, claro, Léo Baptistao quien hiciera el trabajo. Tras batir por segunda vez a Gorka Iraizoz, mientras sus compañeros le rodeaban y el júbilo se extendía por todo Vallecas, el joven brasileño no pudo evitar romper a llorar. Las suyas son lágrimas por la alegría de un gol en el último minuto que supone una ansiada y necesaria victoria, sí, pero también (y sobre todo) son lágrimas de liberación por la rabia acumulada tras un año de sinsabores, por la necesidad de reivindicarte ante quienes más te quieren y más te exigen. Lágrimas por estar otra vez en casa y sentirte de nuevo importante. Por intuir que ha llegado, otra vez, la hora de volar, y de hacer que Vallecas vuele contigo.

En DDF| Samba vallecana

Palencia, 1984. Nunca llegué a debutar en Primera.