Blackpool

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En Blackpool hay una torre que está considerada como una de las atracciones turísticas del país. No sé muy bien por qué, la verdad. Inspirada en la torre Eiffel, la realidad es que lo único que tiene del monumento francés es que está hecha de hierro. Por lo demás, poca cosa. Es cierto que se le da un aire, pero es más en las fotos que cuando estás allí. Yo todo esto lo supe luego. Cuando ya había ido. Antes también pensaba que el sitio merecía la pena. Ciudad costera, con tradición futbolística y un elemento arquitectónico singular. Había que ir sí o sí. Me equivocaba. La historia se parece a la de George Best que en el año 61 y siendo todavía aprendiz con el Manchester United, fue a jugar allí una eliminatoria de la copa juvenil y pidió quedarse a hacer noche para conocer un poco mejor la localidad. Al igual que yo, el joven Best creía que Blackpool era otra cosa. Pero no. Lo que pasa es que mientras que yo me fui del pueblo casi de inmediato, Best tuvo tiempo de vivir algo para contar, más allá de lo de que no merece mucho la pena dejarse caer por esos lares.

Lo que le pasó a Best fue que durante su estancia le acompañaron dos compañeros, uno de los cuales pensó que gastarse en los locales de la zona todo el dinero que le había dado el club para pagar el hostal en el que harían noche sería una buena idea. Se lo comentó a los otros en el desayuno. Que no tenía para la habitación, que estaba sin blanca. Se quedaron pensando por unos minutos ideando un plan que les pudiera sacar del apuro. Y concluyeron lo que a continuación se expone:

Los que todavía tenían capital, rendirían cuentas con la pensión y se llevarían en su salida las ropas del que estaba tieso. Éste, por su parte, aparecería en la recepción diez minutos después vestido para ir a nadar, en bañador y con la toalla al hombro. Aprovecharía entonces para comunicarle a la dueña que se iba a pegar un baño y que luego volvía. Obviamente, no volvería nunca. Después de reunirse con sus compinches que le esperaban a la vuelta de la esquina y ponerse el traje de ciudadano que le estaban guardando, abandonaría Blackpool junto a ellos como si no hubiera pasado nada.

La fuga fue exitosa y nunca más se habló de ello hasta que, dos años más tarde y siendo ya profesionales, volvieron los tres al lugar de los hechos. Se les ocurrió entonces que podrían acercarse por la residencia para saldar la deuda contraída y de paso, tener el detalle de regalarle flores y bombones a la mujer. Y así lo hicieron. Antes del partido se personaron en el lugar con el convencimiento de estar haciendo, esta vez sí, lo correcto. Por ello, llamaron al timbre imaginando que serían recibidos con gratitud dada su honestidad. Lo que se encontraron, sin embargo, fue algo muy distinto: cuando la señora abrió la puerta, se desmayó nada más verlos. Muy apurados y con la ayuda del marido, pudieron reanimarla echándola agua en la cara. De haber sabido que les esperaba una reprimenda, lo mismo se hubieran evitado los auxilios. Porque habiendo comprobado que la vida de su esposa no corría peligro, el hombre se dirigió a ellos muy enfadado y, fijando la mirada en el falso bañista, le gritó:

«Â¡Tú, joven gilipollas! ¡Pensábamos que te habías ahogado!»

Nota | La historia la cuenta George Best en el libro «The Best of Times», publicado en 1994

Contacto: juan.liverpool@gmail.com

1 Comentario

  1. Jan

    23 de septiembre de 2014 a las 2:54 pm

    ¡Deliciosa anécdota! ¡Gracias Juan!