Actos solemnes

Dice el diccionario de la RAE que una liturgia es un ‘ritual de ceremonias o actos solemnes‘ y, discúlpenme la bravata, en Bilbao, entendemos un poco de actos solemnes cuando se trata de fútbol. Porque los partidos importantes los empezamos a jugar, cada uno a su particular manera, varias horas antes de que el balón empiece a rodar. Ya desde primera hora de la mañana el ambiente es diferente en la ciudad. No hay un solo bar sin su bandera rojiblanca ondeante en la puerta, como queriendo recordar a todo el que pase por delante del establecimiento que es día señalado y que todos los bilbainos (con diptongo) tenemos un compromiso ineludible a última hora de la tarde. La espera es tensa, nerviosa, y el día transcurre lento como el fluir de la Ría porque es imposible aislarse del ambiente de fútbol por mucho que uno pretenda centrarse en sus quehaceres cotidianos. En Bilbao acaba interesándoles el fútbol incluso a quienes no les interesa lo más mínimo.

Salir del portal de casa es como meterse en el vestuario. Saltas a la calle con tu camiseta, y esto es innegociable tengas diez años o sesenta, y sin más equipaje que las llaves y un bocadillo, porque realmente no necesitas más y es mejor ir ligero. Pozas está hasta arriba. Los corrillos formados a lo largo de más cuatrocientos metros de calle ejercen de charla táctica, de preparación del partido, de líneas cruzadas en una pizarra a la que ya casi nadie atiende porque la misión de las miles de personas que hacemos la espera más llevadera cerveza en mano tiende más a lo pasional que a lo cerebral. Queda poco menos de una hora para que el árbitro pegue ese silbatazo que el ensordecedor ambiente jamás te permite escuchar y que indica que el balón debe ponerse en juego.

Se da la circunstancia de que la calle Licenciado Poza transcurre prácticamente en paralelo a algo tan genuinamente bilbaíno como la Ría. En días de partido, además, la función entre el céntrico vial y la corriente que sirve de desembocadura del río Nervión es muy similar. Ambas se encargan de transportar una masa incontenible, agua una y personas la otra, hacia su destino final. Porque así como la Ría conduce las aguas dulces a su encuentro con las saladas en su salida al mar Cantábrico por El Abra, Pozas conduce a la marea humana teñida de rojo y blanco hasta San Mamés. Hasta el viejo, durante cien años, y hasta el nuevo ahora. Todo en un lento peregrinar. Es el calentamiento progresivo. El rondo para soltar piernas y aliviar la tensión. Los primeros toques de balón. La intensidad del esfuerzo aumenta conforme se va acercando el coloso al final de la calle. Y es que es un coloso, realmente. El nuevo San Mamés luce un aspecto sobrecogedor, entre sorprendente e intimidatorio. A medida que uno se aproxima, el estadio se expande ante la mirada gigantesco, resplandeciente, magnético. Cuando uno emboca su puerta de entrada al recinto, atraído en los últimos metros por una especia de fuerza de gravedad, el cuerpo ya está preparado para darlo todo. Ya nada ocupa tu mente.

Y es al abrirse paso desde las entrañas de las graderías y visualizar por primera vez el brillo del verde ahí abajo cuando uno sabe que ya, por fin, empieza su partido, el que lleva todo el día esperando. Que si Beñat remata fuera ahí vas a estar tú para darle una animosa palmada en la espalda y gritarle que ya llegarán más ocasiones. Que si Balenziaga se pone nervioso y se le escapa ese control sencillo, no le va a faltar un grito de ánimo y confianza. Que si De Marcos se deja la vida, como haría cualquiera de los cincuenta mil que allí estamos, por salvar un balón que se pierde por la banda te vas a romper las palmas de las manos agradeciendo su esfuerzo. Que si esa mole musculada que el rival ha plantado en el centro del campo carga con fuerza contra Muniain, vas a correr a encararte con él y dar la cara por el que lleva la misma camiseta que tú. Y que si Aduriz marca… ¡ay! si Aduriz marca…

Y creo que esa comunión mágica que convierte al equipo y la grada en un todo indisoluble, esa cercanía y similitud entre jugador y aficionado, es lo que nos hace tomarnos el partido como un compromiso personal, como una labor más dentro de nuestro particular ejercicio diario de bilbainismo. Pensándolo en frío y con la frecuencia cardiaca recuperando ya su ritmo habitual, el hecho de que catorce chavales nacidos en un radio aproximado de unos doscientos kilómetros a la redonda hayan conseguido meterse entre los 32 mejores equipos de Europa debe ser considerado como una auténtica proeza en el fútbol actual. El Athletic Club no es más que nadie, ni tampoco pretende serlo. Tampoco ansía ser visto como un caso especialísimo en el panorama futbolístico moderno. Pero es un motivo de enorme peso para que todos los bilbainos (otra vez con diptongo) nos sintamos orgullosísimos del grupo que ha tenido la fortuna de poder representarnos a todos sobre el césped.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

1 Comentario

  1. Gustavo

    30 de agosto de 2014 a las 10:06 pm

    Vaya comunion, vaya masivo sentimiento de pertenencia… que envidia.