La escuela italiana

bergomi

Este artículo forma parte del libro ‘Cultura(s) del fútbol’, una obra multidisciplinar coordinada en 2008 por Galder Reguera y Luis V. Solar en la que tomaron parte autores y deportistas, como Santiago Segurola, Juan Villoro, Andoni Zubizarreta, Xabier Azkargorta, Juanma Lillo, Patxi Alonso, Pablo Nacach, Patxi Laceros, Miguel Gutiérrez o Borja Barba o el propio Enric González. Pasados unos años de su publicación, hemos querido compartir este texto con vosotros, aquí, en DDF. Para ello, contamos con el permiso de su autor, que hoy mismo presenta su último libro «Memorias Líquidas», en Madrid. Como clave de lectura, hay que tener en cuenta que el mismo se escribió a finales de 2007

En un extremo, Inglaterra. En el otro, Italia. En esta época global no existen ya estilos puros, pero sobreviven los conceptos. Y, de una forma platónica, en cada escuela futbolística europea conviven, en porcentajes distintos, los dos arquetipos antitéticos del continente: juego contra trabajo, empuje contra especulación, alegría contra disciplina, empeño contra estrategia. Inglaterra contra Italia.

La diferencia aflora claramente en los entrenamientos y en los vestuarios. Fabio Capello, uno de los máximos defensores de la escuela italiana, se sorprende por la gravedad con que los futbolistas de su país acuden a los entrenamientos. “Se toman el entrenamiento como un trabajo y se nota que preferirían estar en cualquier otra parte, haciendo cualquier otra cosa”, dice Capello. Para los ingleses, en cambio, la preparación es un simple entretenimiento físico, no demasiado importante, que se realiza entre bromas y puede compatibilizarse con una resaca de medianas proporciones.

Gianluca Vialli, un ex futbolista italiano que ejerció como técnico del Chelsea, compara, en su libro “The italian job”, el ánimo previo al partido en los vestuarios de ambos países: “En Italia reinaba un silencio de tumba: parecía que estuviéramos en una iglesia o en una biblioteca. Todo el mundo se concentraba y la tensión podía cortarse con un cuchillo. Era todo dramáticamente serio y falto de alegría. En Inglaterra, por el contrario, parecía que estuviéramos en una discoteca, con la música a todo volumen, risas y bromas; los jugadores estaban completamente relajados y a la vez dispuestos a dar el máximo”.

Teoricemos sobre las raíces de esas diferencias. Y empecemos por lo que significa el deporte. Para los ingleses, inventores del término “sport”, lo esencial es el juego, la participación, el esfuerzo. Para los italianos, el componente competitivo resulta mucho más importante. Mientras los ingleses creen en la generosidad y el “fair play”, los italianos creen en la astucia y la victoria.

Esa diferencia cultural se complementa con las diferencias sociales. Aunque el fútbol nunca ha sido del gusto de la aristocracia y la “upper class” inglesas, más interesadas en el cricket, el rugby y el tenis (en las selectas y carísimas “public schools” nadie da patadas a un balón si no es oval), el público de los estadios ingleses incluye ricos y pobres, intelectuales y paletos. En el campo, sin embargo, y salvo rarísimas excepciones, sólo hay hijos de obreros e hijos de futbolistas. El trabajo, la cerveza y la bronca son los valores imperantes.

En Italia, en cambio, el fútbol representa una alternativa profesional interesante para los hijos de la burguesía. Jugadores como Del Piero, Pirlo o Vialli nacieron en familias muy acomodadas. Y acudieron desde pequeños a una de las muchísimas escuelas de fútbol que funcionan por toda Italia. Mientras los niños ingleses juegan en equipos que se limitan a eso, a jugar, los niños italianos son sometidos a charlas teóricas y largos ensayos de estrategia. Mientras los niños ingleses corren, los niños italianos perfeccionan la técnica individual y trabajan obsesivamente las cuestiones tácticas. La omnipresencia de la escuela de fútbol (generalmente un negoción para sus propietarios) forma parte de las peculiaridades italianas.

La reciente “revolución cultural” del fútbol inglés, protagonizada por equipos como el Chelsea (con técnicos continentales como Gullit, Vialli, Ranieri y ahora Mourinho) y, sobre todo, el Arsenal, de la mano del francés Arsène Wenger, ha sido el cambio más portentoso registrado en el fútbol contemporáneo. Hace poco más de una década, hasta mediados de los 90, el Arsenal encarnaba lo mejor (el esfuerzo) y lo peor (el patadón adelante) del arquetipo británico. El Arsenal exageraba hasta tal punto sus características locales, que en ciertas cosas parecía italiano: durante años, en las gradas se gritó “One nil to Arsenal”. Uno a cero para el Arsenal.

Desprovisto de la exuberancia propia de otros clubes (Manchester United y Liverpool, por ejemplo) y de la tradición “intelectual” (es decir, de balón raso y jugada inteligente) inculcada por Brian Clough en varias generaciones del Nottingham Forest, el juego del Arsenal resultaba difícilmente soportable. Lo reconoce Nick Hornby, celebérrimo seguidor de los “gunners” y autor del libro “Fever pitch”, autobiografía de un “hooligan”: “El Arsenal era realmente horrible”.

Para George Graham, técnico histórico de los “gunners” del norte de Londres, el 4-4-2 que desde los 60 caracterizaba a los equipos ingleses era casi una religión. Los defensas tenían la obligación de despejar el balón, a ser posible hacia los delanteros; a los centrocampistas correspondía ver pasar el balón sobre sus cabezas, cuando atacaban, y cortar los avances contrarios, cuando se defendía. Los externos debían correr la banda, sin separar jamás los pies de la línea de cal, y centrar al área cuando tenían ocasión. Los delanteros corrían y remataban, preferentemente de cabeza. En realidad, el estilo inglés exigía, en el Arsenal y en todos los demás equipos, una disciplina táctica exagerada, casi frustrante.

Se llegó a eso por el aislamiento. Los ingleses permanecían convencidos de que, como inventores del fútbol moderno, su estilo era forzosamente más genuino y, en último extremo, mejor que el del continente. El famoso destrozo realizado por la selección de Hungría en Wembley ante la selección de Inglaterra (3-6 en 1953) suscitó algunas dudas sobre la tradición autóctona, pero la victoria en el Mundial de 1966, conseguida gracias a una generación de óptimos jugadores (Charlton, Moore, etcétera), al uso indiscriminado de un perro de presa como Stiles y a la benevolencia de los árbitros, reforzó las convicciones por otro cuarto de siglo.

Hizo falta que irrumpiera en Inglaterra la televisión de pago de Rupert Murdoch, inundando de dinero la nueva Premier League (1992), y que la policía afrontara con la máxima severidad la violencia que imperaba en las gradas y alrededor de los estadios, para que el fútbol hiciera autocrítica. La consecuencia fue una invasión de jugadores y técnicos continentales. La “sangre nueva” hizo posible la adopción de sistemas tácticos alternativos al 4-4-2 y el balón empezó a correr, de vez en cuando, pegado a la hierba.

La tradición italiana es muy distinta. Cuando técnicos y empleados de las empresas inglesas empezaron a difundir el fútbol por el continente, a finales del siglo XIX, Italia era un país enamorado del ciclismo. El fútbol fue adoptado, inicialmente, por estudiantes y jóvenes de la burguesía. Algo parecido pasó en España. El “calcio” (literalmente, “patada”) sólo alcanzó más popularidad que el ciclismo en los años 30, gracias a las dos victorias mundialistas de la época fascista (1934 y 1938). En la posguerra, los equipos italianos asumieron la función de banderas, de signos de pertenencia en una época confusa y difícil, marcada por la singular experiencia bélica (los italianos fueron a la vez perdedores y vencedores, porque cambiaron de bando tras la invasión aliada y la caída de Mussolini), las migraciones masivas y la pérdida de las identidades locales. La reindustrialización llevó hacia el norte a millones de meridionales. Turín, la antigua y selecta capital de los Saboya, se convirtió en la primera ciudad siciliana. Milán adoptó las hechuras de un gigante metropolitano con gente de todas las procedencias. En una época de alienación intensa, los italianos se abrazaron a la iglesia católica (los democristianos), a la política (los comunistas) y a un equipo de fútbol (todos sin excepción).

Italia es el país del “campanilismo”, un término referido al campanario de la iglesia del pueblo que el diccionario traduce, de forma lamentablemente restrictiva, como “patriotería”. El sentimiento nacional nunca se ha impuesto con la misma claridad que en las viejas naciones europeas (Francia, Inglaterra o incluso España) porque Italia es relativamente joven (se formó en 1870) y sufre la marca histórica de muchísimos siglos de ocupación extranjera y de dominio de la autoridad papal. Más allá de la perenne división entre el norte rico y el sur pobre, el italiano cree en su ciudad o en su barrio. La práctica “campanilista” supone un odio feroz hacia el vecino (Livorno-Siena, Nápoles-Avellino, Juventus-Torino, Roma-Lazio, Milan-Inter, etcétera), más intenso que en cualquier otro país, y una necesidad absoluta, fisiológica, de vencerle. Cuando los clubes de fútbol se convirtieron en banderas identitarias, adoptaron como valor supremo la victoria. El juego, el mérito y demás consideraciones quedaron relegadas a una función secundaria. Sólo vale ganar y mofarse del vencido.

Las cosas ya eran así en el Medioevo. La historia italiana está compuesta por una constelación de guerras civiles más o menos larvadas (Colonna-Orsini, guelfos-gibelinos) y de rivalidades tan enconadas como incomprensibles.

El “calcio”, como el fútbol argentino, se juega con picardía. La pérdida de tiempo, la falta técnica, la presión sobre el árbitro, la guerrilla física o psicológica (basta pensar en Materazzi y sus provocaciones para pillar la idea), el oportunismo y la pura chiripa son aplaudidos como suertes esenciales del juego. Suele decirse que la mejor victoria contra el peor rival es el 1-0 en el último minuto de penalti injusto. En Italia, esa es una verdad de fe.

La picardía, sin embargo, acaba conduciendo a cuestiones más complejas. En un país históricamente caracterizado por la resistencia pasiva al invasor (muy, muy pasiva: la cuestión siempre fue sacarle al extranjero todo el dinero posible, a base de sonrisas y grandilocuencia verbal, y procurar que enredara poco en los “affari” locales), el discurso futbolístico se orientó inexorablemente hacia una filosofía parecida a la del judo: aprovechar las acometidas del rival para derribarle con su propia fuerza. La idea del “catenaccio” (candado), nacida en el Servette suizo pero inmediatamente introducida en Italia por el técnico Nereo Rocco (desde 1947 en la Triestina, luego en el Padova y el Milan) y perfeccionada por el argentino Helenio Herrera (Inter), no era sólo una táctica ultradefensiva. Equipos como el Milan y el Inter practicaban el “catenaccio”, utilizaban un “hombre libre” por detrás de la defensa de cuatro marcadores y exigían un intenso trabajo de destrucción a sus centrocampistas, pero no aspiraban al empate sin goles. Eran clubes grandes y querían ganar. El objetivo era exasperar al contrario, dejarle el balón y el esfuerzo, y rematarlo en un contragolpe.

La mejor representación conceptual del “catenaccio” la ofreció un boxeador inteligente, Muhammad Ali, en el combate de Kinshasa (1974) contra un boxeador fortísimo, George Foreman. Ali se apoyó contra las cuerdas, se cubrió con los brazos y dejó que Foreman pegara sin cesar, un asalto tras otro. Foreman se cansó de pegar antes que Ali de encajar, y a éste le bastó un esfuerzo final (el contraataque de última hora) para vencer por KO.

Cuando se intenta convertir en debilidad la fuerza del contrario, conviene conocer bien la mecánica del juego y sus límites. Con el tiempo, los italianos han adquirido una excepcional maestría táctica. A eso han ayudado las escuelas de fútbol anteriormente citadas; la habilidad estratégica, en cualquier caso, forma parte desde siempre del código genético del “calcio”.

Pocos equipos son capaces de cambiar de registro. Quienes funcionan con un 4-3-3 sufren al cambiar a un 4-4-2 o al “sistema español” (así se conoce en Italia) del 4-2-3-1. Los pocos equipos capaces de transformarse, y de hacerlo eficazmente varias veces durante un partido, son italianos. Jose Mourinho, técnico del Chelsea, subraya esa característica del “calcio”: “Los italianos piensan el fútbol en función del adversario y cambian su juego en consecuencia”. Marcello Lippi, ex técnico de la Juventus y de la selección italiana campeona del mundo en 2006, considera que el “calcio” es “tácticamente pragmático”. Y afirma: “Los entrenadores italianos somos muy sofisticados tácticamente; probablemente somos, en ese terreno, los más evolucionados del mundo”. Un dato curioso: en la Serie A italiana no hay, desde 2003, ningún técnico extranjero. Rafa Benítez, técnico del Liverpool, dedicó años a estudiar los sistemas de trabajo del “calcio”, especialmente los del Milan, y habla un italiano estupendo. Es muy posible que esa experiencia le sirviera para vencer en la espectacular final de la Liga de Campeones de 2006, precisamente frente al Milan, que alcanzó una ventaja de tres goles y acabó cayendo en los penaltis: justo lo que, en teoría, no le puede ocurrir jamás a un equipo del “calcio”.

La “sofisticación táctica” de los entrenadores se corresponde necesariamente con la capacidad de los futbolistas para comprender y aprovechar ese recurso. En ese sentido, el Milan constituye una institución emblemática. Todos los clubes italianos de primer nivel entrenan mañana y tarde, muchas más horas que en Inglaterra o en España; todos dedican mucho tiempo a desarrollar tácticas y a ensayar jugadas a balón parado; todos trabajan hasta el hastío el fuera de juego, la presión, los marcajes.

Pero el Milan lleva el “enfoque científico” a extremos desconocidos. No sólo por el MilanLab, el centro médico que vigila la salud, el metabolismo y el estado físico de los futbolistas, y que hace posibles metamorfosis como la de Pirlo (llegó como mediapunta liviano y hoy es un mediocentro de piernas fuertes), longevidades como las de Maldini, Costacurta y Cafú, y adelgazamientos (de momento) como el de Ronaldo. La ciencia del Milan se hizo manifiesta en la semifinal de Liga de Campeones contra el Manchester United, en 2007: el equipo italiano no tenía, en ese enfrentamiento, mejores futbolistas que el equipo inglés, salvo quizá Kaká; sus futbolistas, en cambio, sabían mucho más acerca del fútbol que sus rivales de Manchester. Comprendieron cómo había que jugar en cada momento, se adaptaron mejor al barro y, en general, dieron una lección (3-0 en San Siro) a los “Diablos Rojos”.

Basta ver por televisión tres partidos de las tres principales ligas europeas (Premier, Liga y Serie A) para captar que el juego es el mismo pero se juega distinto. Fijémonos en la pantalla inglesa: abundan las carreras, las sorpresas, los despejes en la misma línea de gol, los balones largos, los disparos; en general, se trata de un espectáculo muy entretenido. Pasemos a la pantalla española: la primera impresión es la de que faltan jugadores, porque se ven más espacios y los futbolistas disponen de más tiempo para pensar y realizar jugadas elegantes; en general, el espectáculo es brillante. ¿Y la pantalla italiana? En un sentido estricto, resulta la menos divertida. Hay pocos espacios, mucha simulación y muchas faltas técnicas, y sólo los delanteros se permiten alguna frivolidad. Las “bicicletas” y los regates inútiles en territorio de nadie apenas se consienten. En un país en el que la forma domina sobradamente sobre el fondo, en el que se aprecia la frivolidad y en el que hacer “bella figura” es el objetivo primordial del ciudadano cuando sale de casa, el fútbol se empeña en la contradicción y se concentra en lo esencial.

El “calcio” tiene algo de ajedrez. Más que la inspiración, cuentan la práctica y el conocimiento de las variantes: si el rival se despliega con una apertura siciliana, hay que conocer los puntos débiles de esa apertura y tener previstos con antelación todos sus posibles desarrollos. Por eso mismo, porque el “calcio” cuenta con toda esa carga táctica, los futbolistas de pies torpes disponen de margen para mejorar. Un Gattuso no habría llegado a debutar en el Real Madrid o el Barcelona; quizá sí en el Manchester United o en el Liverpool, por su fortaleza física y mental. Gattuso, como muchos antes que él (Di Livio, Pesotto, o hasta un brasileño como Emerson), ha desarrollado una exitosa carrera gracias a la fuerza, el carácter y, sobre todo, la capacidad para adaptarse a distintas situaciones tácticas. Con los años y el entrenamiento, Gattuso ha aprendido a centrar pasablemente y a pasar el balón a más de cinco metros de distancia: Pero sigue siendo un peón especializado, un producto típico del “calcio”.

Materazzi puede parecer solamente un central violento, provocador y con tendencia al descontrol; con el tiempo, sin embargo, ha adquirido una colocación y una capacidad de anticipación (en las dos áreas) que no quedan muy lejos de las de Baresi. Un muchacho sin especial talento en los pies pero con disciplina, voluntad y sentido táctico puede triunfar en el “calcio”. Un joven de gran talento pero refractario a la disciplina colectiva topa de inmediato con dificultades, e incluso si es lo bastante bueno como para imponerse será siempre una rareza, una pieza de mal encaje. No hace falta pensar en exageraciones como Cassano. Baggio, Zola, Mancini, fueron genios tolerados, jugadores a los que se dejaba a su aire, con reticencias, porque disponían de una capacidad creativa o resolutiva más allá de discusiones. Ese papel lo desempeña hoy Ibrahimovic.

Frente al rígido “ajedrez” italiano, el entusiasta fútbol inglés resulta idóneo para asimilar locos extraordinarios, especialmente en los extremos: el desaparecido Best y el inefable Cantona, por citar dos ejemplos, dieron años de felicidad a los seguidores del Manchester United.

El fútbol global, con su frenesí de importaciones y exportaciones, con la expansión de la Liga de Campeones y con la transformación de los clubes en sociedades mercantiles del sector del espectáculo, está acabando poco a poco con las diferencias. Existen aún, pero se converge hacia un modelo único. Y ese modelo tiene mucho de italiano.

Fue Silvio Berlusconi quien inventó el fútbol-“glamour”. El Milan de Sacchi, Gullit, Van Basten, Rijkaard y Baresi dio un paso decisivo cuando, con ocasión de un encuentro europeo con el Real Madrid, decidió alojarse en el hotel Ritz. Aquel Milan era ya un grupo de figurines, vestidos a medida y peinados por estilistas, cuando Beckham andaba aún en pantalón corto. Fue en Italia donde se empezó a explotar con éxito la imagen publicitaria de los futbolistas, donde los jugadores desplazaron a actores y cantantes de las portadas de la prensa rosa y donde nació un fenómeno económico basado en el fútbol, pero ajeno al juego en sí.

Esto, en cuanto a la superficie. La esencia del fútbol europeo vira también hacia el “calcio”: Mourinho, Benítez o el propio Rijkaard, formado por Sacchi y Capello, pertenecen a la “escuela italiana”; los métodos de entrenamiento personalizados, la profundización en los esquemas tácticos, el cuidado por los detalles y el uso intensivo de la más avanzada tecnología médica son igualmente de origen italiano.

Dicen que el fútbol romántico sólo se aprende en la calle. Muy pocos niños europeos pueden permitirse hoy ese lujo: en la calle falta espacio y seguridad. Quedan las inagotables canteras de las favelas brasileñas y los suburbios argentinos, de donde salen regularmente nuevos fenómenos. Y queda la inmensa mina africana. Pero Kaká, el brasileño más brillante del momento, nunca jugó en la calle. Y Messi, el nuevo fenómeno argentino, es un producto de laboratorio creado y formado en Barcelona.

El fútbol del siglo XXI será un híbrido. Heredará genes de todas las escuelas europeas, americanas y africanas. Quizá tenga también algo de asiático. En la intimidad, sin embargo, hablará italiano.

15 Comments

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  2. sandra

    23 de enero de 2013 a las 9:50 am

    Great!that is Football culture!

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    23 de enero de 2013 a las 9:53 am

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  4. Miguelbuke

    23 de enero de 2013 a las 12:36 pm

    Demasiado nivel como para merecer leer ésto gratis.

  5. Kurono

    23 de enero de 2013 a las 7:08 pm

    Una excelente semblanza del «calcio» y de como entender la mentalidad italiana de juego.

    Es paradójico que Inglaterra, cuna del fútbol no sea ni el equipo más dominado ni siquiera en Europa y que la mayoría de sus clubes más exitosos en eras recientes han tenido mucho que ver con la presencia de técnicos extranjeros o no ingleses: desde Ferguson (más instruido en la escuela del «Passing Game» escosés que en el «Kick and Rush» más ranciamente inglés), hasta el paradigma del «ganar a la italiana» Fabio Capello en la selección inglesa, sin olvidar a Wegener, Viali, Guillit, Ranieri, Mourinho, Benitez y Villas-Boas).

  6. colon

    23 de enero de 2013 a las 9:27 pm

    lo mejor sería combinar los dos estilos, aunque hay algo en que los dos se parecen y es que los dos estilos siendo distintos son igual de competitivos, partiendo de un punto de partida distinto, consiguen lo mismo que es ganar los partidos.

    ver blog en despegue.

  7. tubilando

    24 de enero de 2013 a las 12:36 am

    Leyendo el texto he recordado al Arsenal pre-Wenger, aquellos laterales, Dixon y Winterburn y sus centros larguísimos a los delanteros, en especial Alan Smith. Hoy cualquier equipo de la Premier League sabe jugar mínimamente el balón, aunque siguen existiendo jugadores tan básicos como Andy Carroll.
    Me disgusta el fútbol híbrido que anuncia Enric González, sin las diferencias locales.
    El texto es de 2007, antes de la irrupción de Guardiola, al que supongo que también incluirá en la «escuela italiana».

  8. Álvaro Lamela

    24 de enero de 2013 a las 11:49 am

    Estoy plenamente de acuerdo con el #4. Los diarios deportivos cuestan dinero y ofrecen cada vez menos. En cambio, en internet encuentras joyas (como esta web) a precio de ganga, gratis.

  9. Milanista

    24 de enero de 2013 a las 2:59 pm

    Guardiola es el paradigma de ese futbol hibrido que señala este espectacular texto.

    Guardiola aprendió lo mejor del futbol total de Cruyff y el entusiasmo inglés inculcado por Bobby Robson, y lo tactico aprendido por Van Gaal, Capello y Mazzone.

    Ahora, el tema a discutir es el hecho de que los italianos perdieron fuerza al ser hibridos
    Italia ya no ofrece ese gran futbol tactico que ofreció en los 90 y la primera mitad de la decada pasada.

  10. Partenopei

    28 de enero de 2013 a las 8:09 pm

    Evidentemente el fútbol de hoy adquiere el carácter italiano… pero desde hace tiempo! La competición se iguala a la virtud técnica y es ahí donde entra, la táctica italiana. Aún así, hay que valorar la gran aportación del calcio, pero no por encima de otros modelos como el juego combinativo español, o el juego físico inglés! Yo soy de los que piensa que fútbol no es algo único o que en un futuro se va hablar más de un estilo y menos hoy en día… Creo que el fútbol crece cambia siempre… y siempre da de todo y por todas partes! Messi era una fiera desde niño en las canchas argentinas… y kaka Seguramente jugo mucho mucho en las playas de brasil…. Eso es lo fascinante del fútbol… que no habla un idioma!!

  11. Partenopei

    28 de enero de 2013 a las 8:13 pm

    Añadiría un valor al fútbol italiano!! No solo la competición, si no con la Pasión con la que se vive!! Esto creo es lo que les hace olvidarse de la forma en la que se juega!! A mi sinceramente me encanta… y esta muy interesante este año la Liga!

  12. pavel

    28 de enero de 2013 a las 10:22 pm

    Como siempre, es un disfrute leer los artículos de González. Sin embargo, tengo mis dudas de que el fútbol del futuro converja hacia el calcio; la escuela holandesa, y sus ilustres epígonos (Barcelona y España), ha demostrado que un fútbol orientado a la posesión puede ser dominante en el futuro. Evidentemente, el artículo es anterior a la eclosión de estas dos escuadras míticas. Por otra parte, igual que en el fútbol actual aún es muy difícil contrarrestar a un equipo que domine absolutamente la posesión (Barcelona, España), en un hipotético universo dominado por el juego de posición, un equipo vertiginoso como el Madrid se los comería a todos con patatas, por ingenuos, previsibles y lentos.

  13. juan

    29 de enero de 2013 a las 6:54 am

    Creo que el mayor antecedente del barcelona no es el ajax de cruyff o la holanda de los años setenta,sino el milan de arrigo sacchi.primero, la holanda de michels antes que en un juego de posesion,basaba su superioridad en el fisico y la movilidad, y en muchos casos en el fuera de juego,que era utilizado precisamente porque la posesion en holanda era sinonimo de ataque, por lo que quedaban sumamente descompensados en defensa, aunque tambien era frecuente que lo utilizaran para inutilizar los ataques rivales y recuperar la psoesion. lo que hace sacchi es utilizar la posesion para defenderse, que es exactamente lo que hace el barcelona,lo que trae como consecuencia una relativizacion absoluta del dualismo ataque-defensa, ya que las funciones y tacticas que se utilizaban para atacar ahora sirven tambien para defender,con el agregado que se distribuye mejor el desgaste fisico y el espacio, lo que produce una superioridad tanto numerica como de resistencia.Quizas en eso tenga relacion el futbol del barcelona y la holanda de cruyff,en la absoluta aceptacion de la necesidad de ser superior fisicamente que el rival, sin que ello signifiqe sacrificar la capacidad tecnica de los jugadores,ya que eso es lo que permite sostener esa superioridad.messi representa ahora ese juego absolutamente tecnico y a la vez fisico,como antes lo represento gullit.todo eso me lleva a pensar que si bien la holanda de michels es un antecedente del futbol moderno en general,el milan de sacchi es quien finalmente le da forma al futbol al futbol mas actual y quien tiene mas elementos en comun con el barcelona que el propio «dream team» de los noventas,un equipo demasiado caotico como para compararse a la obsesion tactcia del actual barcelona.

  14. Paula E. Bayless

    15 de mayo de 2013 a las 11:28 am

    J’aime cette phrase, comme un fan de football, le port maillot du psg pas cher regarder le match de leur équipe favorite est comment bonne chose. “basta pensar en Materazzi y sus provocaciones para pillar la idea”

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