Samba vallecana

Un perfecto desconocido. Hasta hace apenas tres meses, a Leonardo Carrilho Baptistão (Santos, Brasil, 1992) podías cruzártelo por la calle sin que nada llamase tu atención. Un chaval espigado más paseando por el barrio de Vallecas, uno igual que tantos. Pero Léo Baptistão no era un chico normal. No al menos el típico que se planta el chándal del Rayito para ir a pasar la mañana sentado en el respaldo de un banco del parque mientras ve la vida pasar. Nos empezamos a dar cuenta de ello muy pronto, ya en la segunda jornada liguera. Un regalo en forma de pase de gol para Piti y el tanto definitivo de la victoria ante el Betis en el Villamarín. Desde entonces, todo fue rodado. Ahí había futbolista.

Leo aterrizó en Vallecas como podía haberlo hecho en cualquier otro rincón de España. De la mano de un familiar afincado en Madrid, el adolescente Baptistão llegó a nuestro país con la idea de probar fortuna y hacer carrera en el mundo del fútbol. O, para ser más exactos, en el del fútbol sala, modalidad a la que estaba acostumbrado en su país de origen. Con dieciséis años, el hoy futbolista del Rayo Vallecano llegó a Getafe para probar con su equipo de categoría juvenil, donde no lograron ver el potencial que encerraba en sus piernas. Rebotado desde el sur de la capital llegó hasta el este, al barrio de Vallecas. Los técnicos vallecanos sí vieron lo que no acertaron a ver los getafenses: Léo tenía condiciones, lo único que hacía falta era trabajarlas un poco para esculpirlas y sacar rendimiento de ellas. Era futbolista. Había que apostar por su formación.

Y dio igual que en el camino apareciesen multitud de impedimentos. Ni siquiera fue un obstáculo insalvable el que tuviera que empezar durante media temporada jugando en el Rayo San Fernando de fútbol sala juvenil. No importaba que arrancase su rodaje en el parquet. Lo único importante era darle confianza, demostrarle que en Vallecas tenía su casa y que el Rayo iba a esperar por él. Que la entidad rayista creyese de verdad, y con todas las consecuencias, en lo que tenía entre manos debió de ser fundamental para que Léo rechazase los ofrecimientos de clubes como el Villarreal o incluso el Real Madrid por incorporarlo a sus equipos de fútbol base. Un extraño sentido de la fidelidad y el respeto por quien le había dado la oportunidad de incorporarse a la vida en España como uno más. No es cosa habitual.

Tampoco las lesiones (una lesión de clavícula en la pretemporada del pasado ejercicio dio al traste con sus opciones de formar en el conjunto entonces aún dirigido por Sandoval) consiguieron cortar su progresión. El Rayo siguió creyendo firmemente en él. Prueba de ello es que renovó hace ahora un año, siendo aún el desconocido al que aludía anteriormente, por cuatro temporadas y fijándose una cláusula de rescisión en su contrato con la entidad franjirroja de ocho millones de euros. Podrían haber parecido disparatados entonces, un mal chiste. Hoy, después de seis goles en Primera y tras descubrir a toda España una zancada ágil y potente, una habilidad inusual para salir del uno contra uno y un cambio de ritmo demoledor, a nadie le suena ya a broma pesada. Se antojan incluso cortos.

En DDF| Rayo Vallecano, una nueva ilusión

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com