Fio Maravilha, un mito hecho música

João es ya un norteamericano más. Se ha empapado de la cultura del trabajo, tan ajena a sus orígenes, y se ha convertido en un self-made man ejemplar. Lleva casi treinta años haciendo y repartiendo pizzas en el área de San Francisco, a donde llegó en la década de los ochenta con la magia de su pie izquierdo como único y ligero equipaje. Supo aprovechar las oportunidades y aprender a ganarse la vida en un país abierto a los emprendedores con agallas. João llegó a Estados Unidos para jugar al fútbol. O al soccer. Corrían los años ochenta y el gigante norteamericano intentaba crear el caldo de cultivo ideal para el desarrollo de un deporte que hacía furor en los países de procedencia de la mayoría de los inmigrantes que comenzaban a llegar a las principales ciudades del país en busca de una vida mejor que la que les ofrecía su tierra. Fue entonces, en mitad de aquella oleada que pretendía introducir el fútbol en una sociedad inhóspita, cuando João Batista de Sales (Minas Gerais, Brasil, 1945) decidió dar un giro radical a su vida y echar raíces en la tierra prometida. Así llegó a San Francisco, previo paso por Nueva York y Los Ángeles, para acabar colgando sus ya maltrechas botas en el San Francisco Mercury, un pequeño y extravagante equipo semi amateur tan efímero como aquella primigenia fiebre por el soccer.

Pero aquellas botas cuarteadas y desgastadas que un buen día de la primavera de 1985 acabaron sus días colgadas de la percha de un vestuario de San Francisco, acompasadas por el suave balanceo que indicaba el fin de sus correrías, acumulaban una cantidad ingente de kilómetros y un buen número de goles y jugadas para el recuerdo en los mejores escenarios. Aquellas botas tenían una bonita historia detrás de ellas. Una historia que muy pocos de los que asistieron a sus últimos días conocían.

Porque hubo un día en el que João Batista de Sales, el modesto futbolista brasileño que aterrizó en Estados Unidos para ayudar a convencer al país más poderoso e influyente del mundo de las bondades del deporte más practicado del planeta, consiguió levantar y aunar el grito de júbilo de los cien mil torçedores del mítico Maracaná. Hubo un día en el que, gracias a su fútbol anárquico, efectista y barroco, fue ídolo y leyenda del Flamengo. Hubo un día en el que João, el pizzero mulato de brillante dentadura postiza y leve cojera, fue Fio Maravilha.

Desdentado por efecto de la caña de azúcar y de la mala alimentación, el joven João llegó al Flamengo cuando apenas contaba quince años, con el sueño, compartido con millones de compatriotas, de llegar a ser alguien en el mundo del fútbol. Sin llegar a ser nunca un extraordinario futbolista, algo tuvo que tener para llegar a permanecer hasta nueve temporadas en el club de regatas de Gávea. Dicen las crónicas y los testimonios de quienes le vieron jugar con la rubro-negra del Fla que fue un delantero técnico, por ello se ganó el apodo entre la torçida de Fio Maravilha, pero extravagante, desordenado y poco académico. Capaz de lo mejor y de lo peor, en ocasiones intrascendente pero, en otras, tremendamente determinante y resolutivo gracias a su capacidad técnica. Así sucedió en la noche del sábado 15 de enero de 1972.


Fio Maravilha, segundo por la derecha agachado, en una formación de Flamengo en la década de los setenta.

El Benfica lisboeta, dominador del fútbol portugués de la época, visitaba Brasil en una gira de encuentros amistosos que le llevó a medirse al Flamengo sobre el césped del monumental Maracaná, en el Torneo Internacional de Verano organizado por el club carioca. El partido, disputado e igualado, discurría ya por su segunda mitad y el Fla de Mário Lobo Zagallo parecía incapaz de abrir la defensa que defendía la meta portuguesa. Fue entonces, con el partido ya sesteando hacia su tramo final, cuando la hinchada local que abarrotaba el graderío comenzó a corear con insistencia el nombre de su ídolo, de Fio Maravilha. La insistencia abrumadora de la torçida del Urubu hizo claudicar al sabio Zagallo, quien dio entrada al querido João en el minuto treinta y tres del segundo tiempo, convencido de que ya nadie podría levantar aquel empate. Y fue entonces cuando se produjo uno de esos acontecimientos inesperados y extraordinarios que, de vez en cuando, acuden puntuales para contribuir a forjar la historia de este deporte. Fio Maravilha recibió la pelota cerca del área rival, encaró a dos defensas benfiquistas a los que consiguió driblar con habilidad y se plantó ante la efigie de José Henrique, meta lisboeta, del que pudo deshacerse con un quiebro inverosímil para acabar marcando un gol de antología que daba la victoria al equipo brasileño ante el coloso europeo.

La arquibancada de Maracaná era un clamor. El ídolo había vuelto a regalar una de esas insólitas jugadas que tan de vez en cuando salían de sus botas. Y allí, en mitad de aquella hinchada apelotonada en pie, saltaba y festejaba, como un miembro más de la Nação Rubro Negra, Jorge Ben Jor, probablemente uno de los músicos brasileños más importantes y reconocidos de la historia, quien vio en aquella perla de Fio un argumento ideal para una nueva composición musical.

‘Fio Maravilha’ se convirtió en un éxito inmediato, especialmente entre los entusiasmados seguidores del Fla, que pronto adoptaron las estrofas de Jorge Ben Jor para sus cánticos más habituales. Sin embargo, no todo iba a quedarse ahí. Mal asesorado por un abogado sediento de fama y dinero, el futbolista, quien ya afrontaba el tramo final de su carrera deportiva, decidió llevar al compositor a los tribunales por hacer un uso no autorizado de su nombre y su imagen en la letra de la popular canción. Tras un proceloso y muy costoso proceso judicial, la justicia brasileña terminó sentenciando en favor del músico y obligando a un ya retirado Fio a abonar las cuantiosas costas judiciales ocasionadas a lo largo de los años. Jorge Ben, en prueba de su buena fe, decidió adaptar el título de su canción a las circunstancias y renombrarla como ‘Filho Maravilha’, suprimiendo cualquier mención al exfutbolista.

João Batista de Sales, o, si así lo prefieren, Fio Maravilha, no ha cambiado mucho su vida desde que decidió hacer las maletas a principios de los años ochenta y dejar atrás su Brasil natal con destino a Estados Unidos. Sigue regentando su negocio de pizzas como un inmigrante más y pasa sus horas muertas entrenando a un equipo infantil, para no perder el contacto con el fútbol. Quedan muy lejos sus años de gloria, sus tiempos de ídolo de una torçida rendida incondicionalmente a él pero, para aquellos que no tuvimos la fortuna de poder verle jugar, nos queda el recuerdo de una canción atemporal. Un homenaje singular con la voz, la letra y la música de Jorge Ben Jor. Fio Maravilha, nós gostamos de você…

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

1 Comentario

  1. Jonik

    12 de julio de 2012 a las 12:35 am

    Por dios, qué gozada leer algo de la musa de una de las canciones futboleras más bonitas jamás escritas! La versión de Diogo Poças, a ritmo de lounge, brutal, pero la original es un clasicazo. Eskerrik asko Borja,beti horrela.