Camisetas clásicas: diferentes

Yo debía de tener por aquel entonces unos insolentes y descolocados 15 ó 16 años. Una edad idónea para dar volantazos en la vida, vaya. No sé exactamente por qué, pero probablemente el motivo fuera considerablemente banal. Casi con toda probabilidad estuviera relacionado con algún flequillo femenino, me atrevo a insinuar. El caso es que aproximadamente a esa edad fue cuando decidí que quería ir un poco más lejos, que no quería conformarme con el insípido y repetitivo menú diario. Y no lo hice por esnobismo ni por hacerme el diferente, no. Lo hice por pura convicción, porque creía que más allá de lo que se nos escupía a diario por televisión, radio y prensa en general tenía que haber un desconocido e inhóspito mundo maravilloso. Algo inigualable esperando a ser descubierto. Tenía 15 años, no me lo tengáis demasiado en cuenta.

De la mano de Classic Football Shirts, la tienda especializada en camisetas antiguas, nos acercamos al fútbol con una perspectiva diferente, desde los uniformes con los que se ha construído la historia del deporte rey.

Y así ocurrió, cómo no, con la música, con la literatura, con el cine e incluso con el arte. Como en una especie de cadena sinfín, descubrir un sonido maravilloso procedente de cualquier poblacho del interior de California, un ritmo envolvente surgido de las entrañas de Bristol o una fábula coloreada y animada por un fulano francés siempre te llevaba a dar un paso más allá. En una actitud muy propia de la edad, siempre querías conocer más. Una cosa te llevaba a la otra y así, además de enriquecer inconscientemente tu acervo cultural, pasabas esas interminables horas muertas que van desde que te empiezan a gustar las tías y hasta que la vida te da una hostia y te pone en tu sitio. Eso que llaman adolescencia, vamos.

Sin embargo, y al contrario que muchos de mis congéneres con los que comencé a compartir aquellas inquietudes culturales, mis ansias de conocimiento y distinción encontraron un cruce del que se desprendía un camino, estrecho y oscuro, que muy pocos de mis colegas quisieron conocer conmigo. Cuando te empezabas a cortar afeitándote esa ridícula sombra que crecía bajo la nariz, eras del Athletic, como mucho del Barça y, ya si te querías jugar la vida en cada esquina, del Madrid. No había más opciones. Y no las había, porque no se conocían. En el colegio o instituto veías muchas camisetas del Athletic Club, alguna del Barça y, muy de vez en cuando, algún tropezón en forma milanista, juventina o interista, colosal trofeo, sin duda, del clásico viaje de estudios. Yo quería la de la Lazio. A mí me llamaba aquel azul celeste, aquella imponente aquila al estilo de las Legio romanas. Era diferente. Todo el mundo conocía a Roberto Baggio o a Dejan Savicevic, pero casi nadie sabía quién era Diego Fuser o, sí, el mismo, Roberto Di Matteo. Mi gozo en un pozo: no la encontré en ninguno de los turísticos rincones de Italia a los que me llevó aquel autobús infernal.

Pero a mí no me pareció bien conformarme. No quería exhibir los mismos colores que la masa social de mi entorno. Quería distinguirme, como cualquier chaval de esa edad. Y mi momento de gloria llegó con la camiseta que desató definitivamente mi pasión por el coleccionismo. Dos meses después de que el Blackburn Rovers conquistase contra todo pronóstico la Premier League de la mano de Alan Shearer, Tim Sherwood o Colin Hendry, mi vecino estaba de vuelta de su verano inglés con una indescriptible camiseta con el Arte et Labore y la rosa roja bordados en el pecho. No sé si aprendió mucho inglés o no en aquel mesecito que se pasó en Inglaterra, pero su vuelta me alegró la existencia en aquellas tediosas semanas. Nunca confié en que fuera a cumplir con mi encargo, y menos aún, en que aquel ‘una camiseta cualquiera, la que tú prefieras’ con el que le había despedido un mes antes se acabase convirtiendo en algo que jamás habría esperado y que iba a conseguir, además de verdad, diferenciarme del resto de mis colegas. La camiseta más indie del patio de aquel colegio.

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Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. b.barba @ diariosdefutbol.com

5 Comments

  1. Sincalzon

    20 de abril de 2012 a las 4:03 pm

    Y qué colegio era ese en el que te jugabas la vida por ser del Real? Me resulta raro eso, y más hoy en día en el que apenas se pasa del bipartidismo. Espero que no estuviese mezclado con una cuestión política.
    Salud!!

  2. Granpepillo

    20 de abril de 2012 a las 6:58 pm

    La camiseta del Blackburn fue un icono para toda mi generación, el atleti saco una copia de tercera equitación, el año después del doblete.

  3. Irvine

    20 de abril de 2012 a las 7:18 pm

    Lo dice porque ser del Madrid en Bilbao (supongo que serás de Bilbao, o al menos Bizkaia) era casi sacrilegio, ser del Barça era pasable, pero del Real Madrid, el archienemigo por antonomasia del Athletic, era algo que no podía suceder y si sucedía, las burlas eran “obligatorias”. Al menos en los noventa (y decadas previas supongo) un madridista era una rara avis en Bilbao.

  4. pauzizou

    20 de abril de 2012 a las 7:38 pm

    yo recuerdo perfectamente una camiseta de la lazio que trajo un amigo en 8 de EGB, de hecho es muy probable que sea la primera camiseta extranjera de la que tengo un recuerdo nitido…y tambien me impresiono el color y el aguila. recuerdo que se la habia traido a un amigo su hermano mayor de un viaje de final de curso…

    que tiempo egb, futbol en el patio, pcfutbol…..sniff sniff

  5. Maese Orangutan

    20 de abril de 2012 a las 7:39 pm

    Pues como ser culé en Castilla en la época Pre-Cruyff. En mi clase, de 30 chavales, eran 20 del Madrid, 3 del Atleti, 2 del Barça, 4 niñas y un rarito. Los dos que éramos del Barça somos amigos desde hace 28 años.