Corría la temporada 79/80 y a Michael John Robinson le faltaba poco para ser internacional con Irlanda, y mucho para encabezar el mejor programa de la televisión española. La foto ya habla por sí sola. Michael exhibe sonrisa de jugón, directamente heredada de su padre, que apoya la mano en el hombro que deja libre su madre, que gira la muñeca para verter el líquido de la tetera en la taza más próxima, mientras el hijo prometedor y soltero trincha sin piedad el pollo de rigor. La entrañable escena familiar de Sunday roast se complementa con un cuestionario tan banal como revelador. Así era Michael en el límite de los setenta con los ochenta y así sería, imaginamos, su cumpleaños favorito.
Robinson subiría a su VW Passat molón y se acercaría al entrenamiento del Buccaneer FC, el equipo en el que ponía en práctica aquello que luego nos enseñó en el mítico Atocha del El Día Después original. Allí se acercaría su ídolo Kevin Keegan, en la primera sorpresa del día. El saludo sería tal que “hey, soy Kevin, me han dicho que eres muy bueno, casi tanto como yo” y, tras el abrazo sincero, empezaría la jornada, basada en los pilares confesos de la felicidad del protagonista. A saber: “ganar, marcar goles y dormir”. Y a evitar: “la mala comida y la gente ignorante”.
Michael se despediría de Keegan con lágrimas en los ojos, se saltaría el entrenamiento con el Manchester City y viajaría de inmediato a su país preferido, Holanda, donde comería un steak al punto. Sin pasarse, porque reconoce que “su peso” es su mayor oponente. Ojo. En el viaje de vuelta revisaría un par de capítulos de Coronation Street y, al llegar, le esperaría un concierto privado de Genesis y Earth Wind and Fire. Tras la sobredosis de rock progresivo, tendría que despertar a Susan George, que se había quedado dormida, la pobre, su actriz fetiche, que le cantaría el Happy Birthday to you ante la atenta mirada del colega Donald Sutherland, con el que se bebería un gin tonic (y lo del gin tonic es aportación mía).
Por último, después de despedir uno a uno a sus amigos (“creo que tengo demasiados”) se reunirían en comandita sus grandes influencias y anhelos: Alan Kelly, el ayudante del manager en su época en el Preston, y Ron Grenwood, entonces seleccionador inglés, que le entregaría el regalo más preciado (y siempre incumplido): la confirmación del debut con Inglaterra.
Antes de dormir, rememoraría de nuevo su mejor partido: el doblete goleador en el 2-2 contra Sheffield United. Después, y sin entender nada todavía, soñaría con un mapa en un idioma extraño, y con ese pueblo que suena a siseo imposible de encontrar… Algo así como Osasuna.
Foto: elaboración cutre/propia del libro recopilatorio Studs!, original del archivo de la revista Shoot!







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#1 Mariano dijo,
27 enero 2012 2:46 pm
Muy bueno el artículo! Grandes recuerdos de El Día Después.
Una cosa: Osasuna, ¿Pueblo?
#2 Sergio dijo,
28 enero 2012 8:00 am
Mariano, según el propio Robinson, cuando le confirmaron que fichaba por Osasuna “se puso a buscar Osasuna en un mapa”
#3 George Man City dijo,
28 enero 2012 2:54 pm
¡Dios mío, la camiseta! Menuda preciosidad, una Umbro del City de los 70, con el escudo de armas de la ciudad, es decir, hecha para una final… Y eso que Robinson creo que no jugó ninguna con el City. ¡Vendería mi alma al diablo por esa camiseta!
#4 pele dijo,
28 enero 2012 4:08 pm
el puto amo robinson siento el improperio
#5 Dirceu dijo,
28 enero 2012 4:58 pm
Michael Robinson es una de las personas más simpáticas que “conozco”. No es que se lo haga, es que lo es.P Es imposible fingir siempre. Se le nota siempre contento. Transmite felicidad y, aunque el castellano se le sigue resistiendo un poco, sus comentarios tienen la virtud de que nunca son anodinos. Además, sus dificultades con nuestra lengua también le dan un puntillo divertido a sus intervenciones.
Hace años le vi en un aeropuerto tomando un tentempié y otra vez, ahora que me acuerdo, estuve en una cena en que entregaba los premios de una asociación empresarial (vamos, que hacía lo que el famoseo llama un “bolo”). Cualquiera de las dos veces me hubiera gustado saludarle; pero no quise ser el típico pelma que se comporta como si se hubiera encontrado con su primo o quizás fue sólo timidez.
Saludos futboleros,
D
#6 pavel dijo,
29 enero 2012 12:30 pm
Dirceu, a mí Robin me transmite lo mismo. Me parece el Kapuscinsky del fútbol, un tío cojonudo, optimista y reflexivo, capaz de explicar realidades que los demás no percibimos. Espero que no cambie.
P.D. En la afoto, Robin parece más chileno o filipino que inglés.