Todo muere menos el fútbol. Se van los amigos con sus bufandas a otra parte. Desaparecen los abuelos y los padres que nos acompañaban al partido. Se mudan lejos los hermanos con los que dábamos patadas al balón sobre el cemento triste de las ciudades. Se van las parejas que compartían espacio a regañadientes frente a la televisión. Muere la pasión, muere hasta el entusiasmo, mutamos como forofos, nos reblandecemos, hasta despreciamos este deporte bárbaro que una vez lo fue todo. Somos pacientes pero no idiotas. Renunciamos cuando las derrotas se encadenan, se eternizan una tras otra, cuando los equipos se hunden en la brea, cuando descubrimos categorías cloacales bajo nosotros y olvidamos lo que sucede sobre el universo verde de los campos. Damos la espalda a lo que fue nuestro. Pero en otro plano, a nuestras espaldas, el fútbol sigue impasible, esperando que de nuevo retomemos el gusto por el balón y los colores, como un hijo de puta paciente que sabe que caeremos de nuevo en sus caprichosas zarpas. Tranquilo, a sabiendas de que todo es un enfado temporal, un apretar de puños que dura lo que un pestañeo, una cinta de nubes que nos cubre la frente durante semanas, tal vez meses. Todo se acaba menos el fútbol, todo es mudable menos el fútbol.
De la mano de Classic Football Shirts , la tienda especializada en camisetas antiguas, nos acercamos al fútbol con una perspectiva diferente, desde los uniformes con los que se ha construído la historia del deporte rey.
Hay camisetas que son prisioneras de esa guerra. Escondidas en los altillos, amordazadas con bolsas del Carrefour en alguna maleta desconchada, alimentadas con alcanfor y frío. Son muchos los tejidos que nos sugieren el desierto de los palcos y el desfile siniestro por los vomitorios. Comprarlas ahora, de segunda mano, es hurgar en la herida. Pero somos tan modernos que últimamente hasta celebramos lo que nos dolió. Igual que cuando bebemos cantamos canciones de Shakira o los indies reivindican lo que una vez nos resultó hortera, ahora todos tenemos cierto cariño a los perdedores, a lo nefasto. Hablar de Spasic, con lo que sufrimos ese gol torturado, o recordar el codazo de Tassotti como una muesca corajuda en nuestras vidas y no como un episodio amargo de nuestra existencia. La victoria nos insensibiliza, la derrota nos emociona. Ganar es una exigencia vacía, perder es una liturgia compartida. Abrazarse con el resultado en contra es amor, abrazarse cuando nuestro equipo marca es cinismo. Como la exaltación de la amistad en las noches etílicas, falso como el cumplido pésame a un desconocido. Nunca me cansaré de reivindicar la decepción por encima de la alegría. Como un cristianismo balompédico, como un peculiar valle de lágrimas con áreas y porterías. Soy así de vulgar. Será el frío de diciembre, será que voy preparándome el cuerpo para una derrota contra el Barça en casa, será que la Selección ya no maravilla, será que los perdedores han llenado más páginas que los héroes en mis novelas preferidas.
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#1 cityground dijo,
2 diciembre 2011 11:11 am
Muy bueno el texto, me ha gustado.
#2 sogorb dijo,
2 diciembre 2011 7:53 pm
“La victoria nos insensibiliza, la derrota nos emociona. Ganar es una exigencia vacía, perder es una liturgia compartida. Abrazarse con el resultado en contra es amor, abrazarse cuando nuestro equipo marca es cinismo”
Soy del barça y español, el barça y la selección llevan años insensibilizandome.
Así que sí, el texto es buenísimo y cierto.
#3 pele dijo,
3 diciembre 2011 2:01 pm
llevas razon #2 hasta que no perdamos no me volvera a surgir ese algo que te hace pegarte al televisor