Contaba ayer Dadan Narval aquí mismo que él se siente fatal con esa parte de nosotros que critica despiadadamente a los futbolistas. Al hilo de esto, es interesante detenerse en dos tipos muy particular de crítica que de tanto repetirse se han convertido casi en tópico, y que no tendrían nada de particular si no fuera porque son prácticamente opuestas, y casi se invalidan una a la otra.
El primer tipo concierne a un modelo bastante concreto de goleador, que juega en un equipo grande y que, bien por un estilo tosco, por no haber rendido en partidos concretos o debido a motivos sin determinar genera división de opiniones entre el público. Es casi seguro que en el coro de voces que lo denuesta, surge alguna que proclama: “Este tipo marca tantos chicharros porque juega en el Madrid/Barcelona. Si en lugar de estar aquí estuviera en el equipo X no le hacía un gol ni al arco iris”. Habitualmente, suele escucharse la frase en cuestión después de una actuación discreta del individuo, aunque arietes hay por ahí que polarizan tanto la opinión que el personal se atreve a soltar la diatriba incluso tras un hat-trick.
A la inversa, asistimos en muchas ocasiones a exhibiciones de los delanteros de equipos pequeños, y en tales casos siempre surge la posibilidad o hipótesis de que el chaval pueda destacar en un equipo de mayor nivel. Entonces el argumento crítico desarrolla la idea previa, pero justamente al revés: “Este se infla aquí porque todo el equipo juega para él, ya verías en un grande, siendo uno más, cómo no huele la bola”. Lo divertido es que, con frecuencia, la misma persona que le aplica el argumento al Higuaín de turno no tiene ningún tipo de rubor en aplicárselo a cualquier Güiza de la vida de que venga destacando en un recién ascendido.
Lo curioso es que ambos argumentos, que son casi opuestos, presentan aristas suficientes para ser rebatidos, o al menos matizados. El primero, por ejemplo; podemos estar de acuerdo en que un equipo grande va a generar más ocasiones de gol que uno de menor nivel. Sin embargo, las consecuencias del fallo tampoco son las mismas. En un club con relevancia mediática, la presión que se cierne sobre el futbolista que ha realizado dos malos partidos es enorme y, como bien explicaba Dadan, no mucha gente está preparada para soportarla. No hay dudas de que se vive mejor sin ella. Pero además, en cuanto un delantero de uno de estos equipos baja un poco el pistón, suele haber alguien en el banquillo de alto nivel presto a quitarle el puesto, o al menos a discutírselo; una virtud del poderoso que raramente aparece en el modesto, pues el gol es lo más cotizado y, por tanto, lo que más dinero cuesta. Y una cosa más: para jugar en un grande, sin excepción, antes has debido demostrar que sabías hacerlo en el pequeño. Aunque fuera un filial.
El otro tipo de crítica de plantea desde un ángulo diferente. Por una parte, puede ser bueno que el equipo juegue para su delantero franquicia y le ceda el balón siempre que pueda crear una ocasión de peligro; pero por otro, eso facilita mucho la labor defensiva del contrario, que podrá dedicarle al elemento peligroso una atención más personalizada que a cualquiera de sus compañeros. Además, es de suponer que hallándose en un equipo de menor calidad, recibirá en promedio menos balones, y muchos de los que lleguen no lo harán en buenas condiciones. Finalmente, tampoco son extraños los futbolistas técnicos que expresan lo mejor de sí mismos en el juego asociativo y cuyas virtudes se ocultan, por tanto, cuando los que le rodean son poco menos que unos tuercebotas.
Es muy posible que no haya una verdad absoluta que cierre esta debate, y que si existe, se acerque más al término medio, a los detalles o a las consideraciones individuales.En general, uno tendería a pensar, por una simple cuestión de lógica, que los mejores delanteros estarán en los equipos grandes, que además siempre contratan a los mejores jugadores de los pequeños. Está claro que el que llega arriba al menos posee una virtud decisiva, sea el instinto, la técnica, la potencia o la velocidad. Cuando el jugador dé el salto será cuando comprobemos si golea con la misma facilidad teniendo encima dos marcadores en vez de uno, si puede aprovechar esa salida explosiva con la mitad de espacio, y utilizar su corpachón frente a defensas que pesan 20 kilos más y saben usarlos. Además, también sabremos si es competitivo, tiene cabeza y puede mentalizarse de que el puesto ya no es suyo y debe lucharlo cada semana.
Inversamente, si es el delantero contrastado el que baja un escalón, comprobaremos si se faja igual por la permanencia de lo que lo hizo por el título, si puede lucirse igual bajando balones que antes cuando los recibía rasos, y si mueve el balón en los patatales con la misma clase con la que lo hacía en las alfombras verdes.
Como casi todo en fútbol, dependerá del hombre que hay dentro de la camiseta.






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#1 NIPO dijo,
3 diciembre 2011 12:01 am
Muy buen artículo. Es un tema muy manido el del delantero y el estilo de juego que “le conviene” Yo al fin y al cabo, soy de los que pienso que hay delanteros de equipos grandes y otros que necesitan ser la estrella. Como para serlo en un gran equipo hay que ser de lo mejorcito del mundo, muchos se conforman con destacar en equipos más modestos