Jean Tarrou no existió. Y, sin embargo, cambió mi vida.
Me pasa desde pequeño. No puedo evitar sentir una cercanía especial con la gente que es juzgada, con las personas que por una razón u otra –un error, un delito- se ven sometidas a un pleito público. Sean o no culpables, una parte de mí se pone en su lugar, me fuerza a intentar comprender el dolor de sentirse solo ante la mirada inflexiblemente acusadora de los demás.
No conozco la razón de esta tendencia mía. Sospecho sin embargo que, como en tantas otras cosas, en ella mucho tiene que ver el fútbol. La mayoría de mis recuerdos como jugador prematuramente retirado son dolorosos. Uno de los más intensamente desagradables es el del murmullo de los otros padres de compañeros de equipo cuando el balón llegaba a mis pies, sus comentarios que se clavaban en mí como flechas envenenadas, sus lamentos por mi falta de capacidades. Nunca olvidaré su crueldad, el hecho de que de alguna manera convirtieran mi mayor pasión en un continuo juicio. Llegó un punto en que cada vez que un balón se acercaba a mí, no sentía más que miradas en mi nuca: la del entrenador (que exigía ganar, ganar, ganar), la de mis compañeros (los mejores sobre el verde siempre fueron los que peor se comportaban fuera), la de sus padres, a veces la del mío (a quien quería demostrar algo que él no me pedía)… en una palabra: el público.
El reverso de este sentimiento de empatía con quien es juzgado es la repugnancia insoportable que se hace conmigo cuando compruebo con qué facilidad la gente exige justicia en forma de cabezas ajenas, el amargor y desazón que siento, la pérdida de la fe en el hombre que me aborda cada vez que atiendo a la sed de sangre de mis semejantes. La imagen más inmunda es la de la turba enfurecida que ajusticia al ladrón, al asesino, al violador. Pero hasta llegara a ella hay toda una gama de grises: esos que defienden la pena de muerte, el grupo de personas anónimas intentando agredir al reo en la puerta del juzgado, el fiscal exigiendo que no haya piedad.
Dentro de esa escala de grises, en la parte más baja, probablemente sin peso real, pero sí con un importante (para mí) calado social, está el público de fútbol. Lo reconozco en voz alta: en lo que a la grada respecta, cada vez soporto menos en lo que estamos convirtiendo este espectáculo. No hablo del insulto, de la agresión verbal. Eso no tiene justificación. Hablo de la crueldad y la falta de comprensión con la que tratamos a los actores de este magnífico deporte que es el fútbol, el juicio inmediato y sin posibilidad de réplica al que son sometidos los jugadores, árbitros, entrenadores, cada día, cada domingo.
Alguien justificará que va con el sueldo… pero no habrá comprendido el matiz. Yo no digo que no puedas hacerlo, que no puedas acudir al campo y grites a tu jugador que no sabe jugar, que es malo, que lo mandabas a la obra. Haz lo que te dé la gana. Lo que digo es que es una manifestación de una parte de nuestra manera de ser que me repugna: la incapacidad empática para ponerse en el lugar del otro. Y digo que en ese lugar (la grada), cada vez es más común, cada vez está más asumido, que el juicio insensible, fulminante, es la forma de relación jugador-espectador.
Yo no lo creo.
Hace años publiqué un texto aquí que se titulaba “La presión, la mirada del otro” que ilustraba con el video que también encabeza este artículo. En el mismo argumentaba, de la mano del filósofo Emmanuel Lévinas, que una parte de nuestro yo se construye a partir de la imagen que la mirada del otro proyecta sobre mí, que los demás son el espejo en el que compruebo mi identidad y que en fútbol esto se agudiza al máximo. Ir ahora a un estadio y pensar en el lateral izquierdo que recorre la banda entre el juicio de dos mil personas que están esperando un mínimo error para grabárselo a fuego, para tatuárselo de tal manera que nunca lo olvide.
Como Titi Camara en el video, cada día son más los futbolistas, árbitros, entrenadores que sucumben a la presión del público. Después, nos echamos las manos a la cabeza y lloramos los peores casos hasta que un nuevo balón se escapa de las manos a un portero, un árbitro pita otro penalti inexistente, un mister, con su mejor intención, alinea a un mediocampista de delantero (como si los jugadores nacieran con una etiqueta que les impidiera jugar en otro puesto).
Decía que Jean Tarrou me había cambiado la vida. Es un personaje de “La Peste”, de Albert Camus. Su historia, desvelada al final del libro (y que no voy a contar aquí), su relación con su padre, el origen de su silencio y de su modo de ver el mundo, iluminó mi manera de entender el hecho del juicio humano cuando recae sobre otros semejantes.
Termino con una sospecha: creo que demasiadas veces se ha interpretado desde el punto de vista positivo la famosa sentencia de Albert Camus “Todo lo que sé acerca de la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”. No tengo muy claro que ese “todo lo que sé” se refiera a algo positivo, cuando quizá sea todo lo contrario. No en vano, suya también es esta otra sentencia: “La única manera de equivocarse es hacer sufrir”.






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#1 LosPajarosPican dijo,
30 noviembre 2011 6:51 pm
Cuando un post hace replantearte la forma en la que ves una de las pasiones de tu vida (sólo 5 minutos de lectura, no más), primero te avergüenzas por haber sido tan estúpido tanto tiempo, luego te das las gracias a tí mismo y te redimes por tener ese nivel de tolerancia que te hace no creer en ninguna verdad absoluta, después te prometes ser mejor persona (mejor aficionado), no ser tan sectario y radical y finalmente te das cuenta de que el culpable de todo eso es un cabroncete llamado Dadán, que escribe como los santos ángeles.
La madre que le parió.
#2 Futìle dijo,
30 noviembre 2011 11:36 pm
Traspasáis las barreras del fútbol. Enhorabuena por saber plasmar tan bien lo que pensáis.
Saludos.
#3 Full Norbert dijo,
1 diciembre 2011 3:58 am
Interesante post, con una interesante reflexión. Como bien dices, el fútbol tiene un peso social más bajo que un juicio. Por eso, es más fácil sentir empatía con el reo que con el futbolista, porque te llega mucho más. Aunque es bueno replantearnos nuestras actitudes como público de fútbol y es doloroso cuando te dirigen improperios hacia ti, sinceramente, poco se puede cambiar y yo no lo voy a hacer. Esos gritos, esa manera de meterse con un jugador o con un entrenador, en el fondo tienen un mensaje positivo: tienes que mejorar sí o sí, porque yo (y miles como yo) queremos que seas el mejor, para que gane nuestro equipo. Es otra manera de entender esos improperios.
#4 Robert Martínez dijo,
1 diciembre 2011 1:25 pm
El escarnio es la venganza de los cobardes.
#5 El grande en el pequeño, o el pequeño en el grande » Diarios de Futbol dijo,
1 diciembre 2011 4:42 pm
[...] ayer Dadan Narval aquí mismo que él se siente fatal con esa parte de nosotros que critica despiadadamente a los futbolistas. Al [...]