La tristeza llegaba anunciada por los tres pitidos que el árbitro entonaba en el minuto noventa y algo. Cuando después de dar por terminado el encuentro con aquel sonido, el trencilla se giraba y estirando ambos brazos señalaba el túnel de vestuarios y los jugadores lo enfilaban en consecuencia (felices o cabizbajos, dependiendo del resultado), a mi mente acudía la imagen que me esperaba al día siguiente: los niños desfilando por el pasillo a través del cual se accedía al colegio. Entre ellos yo. Pero a diferencia de los jugadores de fútbol, nuestra actitud no dependía del resultado. Los lunes a las ocho de la mañana siempre se estaba derrotado.
De ese modo, en cierto sentido el final del partido en San Mamés anunciaba el regreso inevitable de la rutina del día a día. Era un sentimiento complejo. El camino de ida hacia el estadio, a donde nos llevaba mi abuelo, estaba teñido de alegría absoluta. Mientras subíamos Artxanda y antes de llegar a ver desde allí la panorámica de Bilbao con las luces de San Mamés ya encendidas aitite nos comentaba cómo llegaba el equipo al encuentro, qué nos jugábamos realmente, lo buenos que eran los rivales de ese día (los rivales siempre eran buenos para él), la historia de enfrentamientos históricos que precedía aquel choque. Después, la entrada a San Mamés siempre era mágica. Uno nunca se acostumbraba a ver a sus ídolos tan cerca, allí calentando antes del partido. También ojeábamos a los rivales, intentando adivinar cuál de ellos sería el mejor, el más peligroso, comentábamos la talla del portero, la mirada de los jugadores –si era temerosa o confiada-. Todo ello hasta que se hacía atronadoramente presente el himno de nuestro club, que cantábamos a voz en grito al tiempo que nuestros jugadores emergían al verde prometiendo una tarde épica.
Una vez comenzado el partido, te implicabas intensamente en el devenir del juego, celebrando o lamentando los goles –según fuera su color-, maldiciendo las ocasiones erradas, protestando al árbitro su siempre discutible actuación. A veces, este trance duraba noventa minutos, la tensión llegaba hasta el último suspiro. Pero otras, el encuentro se sentenciaba –a favor o en contra- mucho antes de que terminara el partido y desaparecía la pasión por el juego. Entonces, el tiempo transcurría con lentitud, pesado, aplastante. En esas ocasiones, se abría una brecha de realidad en estadio, y el lunes se colaba por aquella rendija. Cuando esto pasaba, los minutos del colorido marcador Mitsubishi Electric (todavía canturreo a veces su publicidad) no solo marcaban lo que quedaba de partido, sino que era la cuenta atrás hacia la odiada rutina.
Y así llegaban los funestos tres silbidos, y con ellos, el abatimiento total, la consciencia de la inmediatez del lunes, al que uno nunca se acostumbraba.
Después, cuando volvíamos a casa, la tristeza contrastaba con la felicidad de la ida. Solía ser ya de noche. En el coche de mi abuelo siempre estaba presente la radio deportiva, que yo escuchaba con la cabeza apoyada en el cristal de la ventanilla, sintiendo así la carretera en la sien. Como narra el escritor Jordi Puntí en su cuento “Los niños” (incluido en el volumen “Voces”, editado por Anagrama), el desfilar de resultados de la jornada era una música llena de melancolía. Pero era una melancolía extraña, pues estaba jalonada de sobresaltos, como una etapa de un tour con puertos de montaña. No eran tiempos de globalización informativa, del iphone, de conexión total, por lo que cuando comenzaban a dar los resultados, aún los desconocíamos. Era cierto que en San Mamés un sonido chirriante y metálico precedía un dibujo en el marcador que rezaba “Gol en….” y el lejano estadio en cuestión, y tras el que salía un resultado que se recibía en la grada con indiferencia, aplausos o silbidos. Pero no era un método fiable. A veces no atendías al marcador, porque el juego lo impedía, otras la acumulación de goles en varios partidos impedía que el responsable de subirlos a la pantalla atendiera a todos. Así, llegábamos al coche ansiosos por saber qué habría sucedido en otras tierras, en otros campos.
Qué tensión aquella. Comenzaba el desfilar de nombres y números, y nosotros conteníamos la respiración, intentando retener todos los marcadores, posponiendo los comentarios para después, pues la radio exigía total atención. El narrador decía Real Madrid 0 Málaga 1 y en el coche se procedía una contenida exclamación de sorpresa, que debía durar lo justo para no solapar el siguiente resultado. Sólo después de que la radio terminara con la segunda división comentábamos todo, las sorpresas, las decepciones, los resultados de los rivales directos. Para ello, reconstruíamos los resultados en grupo, pues nadie había conseguido memorizar toda la jornada completa. ¿Cómo había quedado la Real? Unai se acordaba. ¿Y el Betis, qué ha hecho? 2-2, ¿no? ¿Con quién? Era curioso: todos sabíamos que el Betis había empatado a dos goles, pero ninguno de los tres era capaz de recordar contra quién. Por eliminación, intentábamos dar con el rival.
Llegábamos a casa, finalmente, y el domingo a su fin. Quedaban aún unas horas –cena, baño, ¡los deberes!-, pero esas eran ya de lunes, por mucho que el calendario las considerara aún festivas. Cuando te acostabas, pensabas que ojalá todavía estuvieras todavía en el campo, buscando a aitite con la mirada en la grada superior, riendo con tu primo Unai, cantando Athletic, Athletic, con toda la fuerza de tu ser, ondeando la bandera que tanto quieres y que ahora descansaba plegada al lado de tu cama. Pero no, para volver a San Mamés todavía faltaban al menos quince días. Y dos semanas, cuando apenas tienes doce años de vida, es mucho, demasiado tiempo.
Pero por suerte, siendo niño también olvidas pronto. Las penas son más intensas, pero también más leves. Así, al día siguiente, cuando llegas a casa tras el colegio, al tiempo que devoras la merienda lees la clasificación en el periódico hasta aprenderla de memoria, ojeas los resultados de toda la temporada en el recuadro a modo de crucigrama que tanto te gusta, soñando con los partidos que vendrán y evocando los pasados. Y lo haces de prisa, rápido, porque en un rato toda la tristeza del lunes se evapora, el peso del mundo desaparece, justo en el momento que vestido de rojiblanco pateas un balón en el parque soñando que San Mamés al unísono corea tu nombre. Eres un niño, y lo bueno que tiene ser un niño es que, si quieres cualquier día de la semana lo puedes convertir en un domingo.







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#1 NIPO dijo,
19 octubre 2011 1:03 pm
Una vez más, sobran las palabras. Guau Dadán
#2 cityground dijo,
19 octubre 2011 1:07 pm
Pedazo artículo, esa sensación de final de domingo la hemos tenido muchos. Y esa vuelta en coche escuchando los resultados de 1ª, 2ª y hasta 2ªB memorable, eso pasaba cuando jugaban todos a la vez, ahora eso ya no existe.
#3 Cronicasderick dijo,
19 octubre 2011 2:00 pm
Me has emocionado, has hecho que recuerde esos domingos de la mi infancia, llenos de futbol. Gracias.
#4 Cristian dijo,
19 octubre 2011 2:14 pm
Gracias por recordarme los domingos de mi infancia
DoceAUno.com • Primera División, Segunda División, Selección Española
#5 figu dijo,
19 octubre 2011 2:51 pm
Espectacular, cambio San Mamés por Mestalla… y he vuelto a mi infancia.
#6 Viriato Lusitano dijo,
19 octubre 2011 11:13 pm
Es curioso como los sentimientos son exactamente los mismos, aunque varíen lugares y tiempos. Cambiemos Bilbao por León, la primera división por la tercera, los leones vizcainos por los de la Cultural, ir en coche a ir andando, el marcador electrónico de Dadan por mi marcador “simultáneo Dardo” donde camisas Ike era Osasuna – Las Palmas. Y una diferencia fundamental, a mi el domingo me quedaba ” el partido de la tele” los domingos a las 8, el único que había y en blanco y negro. Después, el abismo del lunes. El homo fútbolensis es igual en cualquier parte del planeta. Por cierto, mi mayor satisfacción futbolística fue el ascenso a segunda de la Cultu, venciendo al filial bilbaíno por 1-0. A años luz (por encima) de las copas de Europa del Madrid o
la Eurocopa mundial de la selección española
#7 akiestoiyo dijo,
20 octubre 2011 1:16 am
Viriato me ha pisado el comentario xD ,pero cambiemos San Mamés y el Antonio Amilivia (supongo) por Pasarón y el Athletic y la Cultural por el Pontevedra,y que además yo también iba andando con mi padre al campo.
Tambien entran dentro de esos recuerdos el momento de angustia del descanso del partido al recordar que estaban sin hacer los deberes de mates o lengua del lunes y que iba a tocar hacerlos a toda prisa antes de ver los resúmenes de Estudio Estadio por la noche.
#8 Djalma8 dijo,
20 octubre 2011 10:57 am
No había tenido tiempo de leerlo hasta ahora… IM PRE SIO NAN TE
Dadan Narval me cae muy mal, ¡qué envidia, qué manera de escribir!
Mi más sincera enhorabuena, qué bueno.
#9 Giorgios Papaloukas dijo,
21 octubre 2011 4:39 pm
De 10.