Minuto 20 de la primera mitad y aún no he tocado balón. Espero en la zona izquierda, casi pegado a la línea de cal. Es mi hábitat. En Highbury no cabe un alfiler. Lo más sorprendente son las aglomeraciones que se forman detrás de las porterías. Cuando el ataque progresa y el equipo se acerca al arco -siempre lo hace a una velocidad atropellada, no dominamos el sigilo- parece como si todo fuera a caerse. Es una extraña sensación de vértigo. Los últimos quince metros hacia el gol se transitan como si hubiera un desnivel exagerado. Arriba el juego y abajo el gol. La pendiente lo hace todo más fácil. El área es una zona de obligatorio paso vertical. Sobre todo cuando llevo el esférico. ¡Ahí viene! Controlo con el pie derecho y media vuelta, ya en campo contrario. El público jadea. Una arrancada endemoniada. ¿Es que el contrario no ha visto los vídeos? ¡Uno! ¡Dos! Ya se han quedado atrás. Los despido con un leve toque hacia un costado y un par de zancadas. Movimientos rápidos, pero nunca hay que perder la elegancia. Ahora son demasiados. Una pared. ¡Toma Robert! La vuelvo a recibir. El área ya se huele. Solo hay que pisar la línea, después está hecho. Vértigo. Es el último defensor. ¡Finta izquierda! ¡Salgo por derecha! Entro en el área. Y entonces es cuando descubrís que os he engañado completamente. Una pausa eterna. El guardameta lo sabe. El técnico rival, también. El aficionado gunner de sobras lo conoce. Un disparo meloso al palo largo. Rosca fina que insinúa con perderse pero siempre acaba entrando, pegada al poste. De nuevo a la realidad. El gol es un hecho. Vuelve la velocidad frenética. Destenso con carita de superhéroe. Sigo corriendo con los brazos en alza. Una jugada meteórica y la camiseta no ha sufrido daños. Un gesto de genio aquí, otro por allá. Cuanta gente. Un día de estos habrá que cambiar el estadio.
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Minuto 75 de la segunda parte. Estoy muerto. Como sigamos así vuelan otros tres puntos del Olímpico. ¡Bah! ¡Basta! Tanto nuevo fichaje y no le podemos meter un gol al Novara. El cansancio es enorme. No estoy para más, pero que no se le ocurra sacarme al tipo de la banda si quiere conservar su empleo. Mi partido es horrendo, pero el público sigue coreando mi nombre. Avanza el cronómetro y el calcio lento duerme a los más avispados. Buen momento para leer. ¿Sabéis que escribí un libro? Es un recopilatorio de ocurrencias graciosas: “Francesco Totti va al bar con un amigo y ambos piden un café. El amigo le dice: <<Tómatelo deprisa, porque si no pierde el aroma>>. Y Totti: <<¿Que pierde la Roma? ¿Y qué más te da? ¿Acaso tú eres del Lazio?>>. Volvemos al partido. Se aproxima el final y sigue el trote cansino del equipo. Nadie me dirá que no peleo cuando el balón está por mi zona. Llevo el club en el corazón. Cae Bojan en el borde del área. ¡Falta! Es mi oportunidad. - Aparta Osvaldo, esto no es para ti. No tenía suficiente con invadir mi espacio el resto de partido que encima quería lanzar la falta. Aquí hay una jerarquía. ¿Cuál? Emulando a Luis XIV, ‘La Roma soy yo’. Las dos manos para colocarla. Pasos hacia atrás. El balón parado es lo único que me queda. Suficiente, hasta el momento, para ser el mejor del equipo. El segundo está a una diferencia abismal. Mirada de perro. Ya sabéis como va. Corta carrera, vistazo al portero… ¡Impacto! El fuerte disparo se cuela en la red y la Roma vuelve a ganar. La leyenda continúa un día más.
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#1 pele dijo,
17 septiembre 2011 3:02 pm
Fantastico, he visto los goles en mi mente.
#2 jucarl dijo,
17 septiembre 2011 4:46 pm
Grandisimo artículo. Cuantas veces hemos visto esas jugadas y tantas otras de otros jugadores y hemos pensado que eramos nosotros.