Osasuna, rey de la zona media de la tabla en las últimas temporadas, encaraba su undécima participación consecutiva en Primera división con idéntico objetivo que, al menos, otros diez equipos: eludir el descenso. Las cosas son así. La temporada mágica de Javier Aguirre y la cuarta plaza final suena hoy lejanísima.
Como la mayor parte de los equipos de su zona clasificatoria, el conjunto navarro no tiró la casa por la ventana el pasado verano en materia de nuevas incorporaciones en su plantilla. Con la esperanza de mejorar el bagaje goleador aterrizó en Pamplona el serbio Dejan Lekić, fichaje estrella de los navarros. Junto a él, hombres de un perfil más modesto, como el funcional carrilero Damià, el veterano centrocampista Fernando Soriano, o el exsevillista Lolo. Además, se cerró la incorporación como cedido del portugués Nelson (conocido de Camacho en su época benfiquista) y se recuperaba al cedido Kike Sola, dos hombres que acabarían resultando fundamentales en el devenir de la campaña.
Los mimbres no eran malos, ni de lejos los peores. Sin embargo, la presencia en el banquillo osasunista del siempre controvertido José Antonio Camacho, y la relación ya viciada de éste con la grada del Reyno, no hacían presagiar una temporada plácida.
El arranque de Osasuna no fue bueno. En los dos primeros meses de competición, ya habían probado dos veces el sabor de las posiciones de descenso. La irregularidad era la norma. Lo que se conseguía en casa se perdía, de manera irremediable, fuera de Navarra. Arrastrando una incómoda racha, ya desde la temporada pasada, sin conseguir ganar fuera de su estadio, los pamplonicas a duras penas conseguían mantener la distancia con la zona roja de la tabla. Desde el 0-2 logrado en El Madrigal en enero de 2010, el conjunto rojillo no conseguía sumar tres puntos lejos de casa. Más de un año cuando José Antonio Camacho fue finalmente destituido. Con semejante bagaje, más cerca casi de lo paranormal que de la lógica deportiva, la trayectoria del equipo no podía dejar de ser preocupante.
No vamos a entrar en si los motivos para la destitución del técnico murciano, allá por el mes de febrero, fueron argumento suficiente para su cese. Es algo que sólo compete a los fieles seguidores del conjunto navarro. Lo que sí es una evidencia que los números ponen de manifiesto es que su sucesor, José Luis Mendilíbar, mejoró con creces los resultados del de Cieza.
Con Juanfran, uno de los grandes baluartes ofensivos del equipo, ya en el Atlético de Madrid, a Mendilibar le tocó apostar en firma por el hasta el momento ignorado Kike Sola. El joven canterano acabaría convirtiéndose en una de las referencias del equipo y revelaciones de la categoría en el tramo final de la temporada. Apoyado por la contundencia de un centro del campo batallador como pocos, con el iraní Nekounam, el viejo capitán Patxi Puñal, y la incisividad de dos extremos verticales y profundos como Cejudo, incorporado tras la salida de Juanfran, y Camuñas, el equipo dirigido por el técnico de Zaldíbar acabó la Liga con cuatro trabajadísimas victorias (especialmente memorable la remontada ante el Sevilla en el que quizá fue el partido que decidió su destino en la Liga) en los cinco últimos partidos del campeonato.
Lo mejor: La reacción del equipo con Mendilibar. La irrupción de Kike Sola. Un año más, salvados, que no es poco.
Lo peor: El pobre papel de un supuesto fichaje estrella como Lekić. No se cerró la racha negativa como visitante hasta la jornada 27ª.






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