Hace un par de semanas, recién consumado el descenso de la Samp, a Palombo, su capitán, le atrapó un llanto inconsolable. Se dirigía de un fondo a otro del Luigi Ferraris, convertido en un quejido colectivo. Las lágrimas rodaban sin vergüenza por las mejillas de los hinchas genoveses. Era aquella la rúbrica inesperada y atormentada a una temporada que arrancó en un mes de agosto que se veía entonces tan lejano como irreal. El verano, la previa de la Champions con el Werder Bremen, el gol encajado en el tiempo añadido de la vuelta, que desembocó en una prórroga de aciago final. Que desembocó, también, en una crisis estructural. Ahí nació la herida que se convirtió en muerte, nueve meses más tarde. Se fue Cassano, se fue Pazzini, y se fueron los anhelos de grandeza de la escuadra. En el barro, el equipo, o lo que quedó de él, se enredó de tal manera que el postre no fue otro que la desgracia. Palombo, la grada repleta e impotente, y las lágrimas húmedas y saladas. Y el drama, justo veinte años después de la felicidad absoluta, invadió el césped más venerable del barrio de Marassi.
Porque veinte años atrás, en 1991, sobre ese mismo césped en el que mostraba su dolor el capitán Palombo, daban los jugadores locales la vuelta de honor. Eran campeones. Era la tarde gloriosa del primer y único Scudetto de la Sampdoria. Ahí correteaban, perseguidos por una nube de fotógrafos, portando un escudo y observando dichosos la triple cortina de humo que tapaba el fondo más bullicioso del estadio. Tres colores, verde, blanco y rojo, que simbolizaban la distinción que les otorgaba el tan deseado triunfo sobre el Lecce, gracias a tres goles marcados, también, en la portería de ese fondo que veinte años después, se compadecería de las lágrimas célebres de Palombo.
Pero en 1991, en la culminación del proyecto del presidente Mantovani, la Sampdoria de Boskov se hizo con el título. Era el Calcio entonces, sin discusión, el fútbol más poderoso y competitivo del mundo. Estaba el Inter del astuto Trapattoni, del Matthäus Balón de Oro y campeón mundial; estaba el Milan del maestro Arrigo Sacchi, de la tripleta holandesa; estaba el Nápoles decadente de Maradona, que dio positivo en marzo e inició el derrumbe; estaba la Roma del gran Giannini, la Juve del joven talento Roberto Baggio. Estaban todos, los mejores equipos de Europa, y a todos venció aquella Sampdoria irreverente, que concretaba varias de las virtudes de aquel fútbol musculoso, marcial y vertiginoso.
En la tarde decisiva, en la penúltima jornada, la Samp recibía al Lecce de Boniek, que dirigía a dos campeones del Mundo, uno pasado y otro futuro: Pasculli, que trató de buscarse la vida en punta, sin éxito, y Mazinho, que intentó ordenar la salida de balón de los suyos, sin mucho peso. Con los locales no estuvo Mancini, pero sí estuvieron todos los demás. Gianluca Pagliuca bajo palos, sobrio, sereno. Ese perro de presa llamado Vierchowod en la defensa, con las señas de identidad consabidas: anticipación, asfixia, contundencia. La brújula y la cadencia de Toninho Cerezo en el medio, la zancada elegante de Katanec, el despliegue intuitivo de Dossena… Y, sobre todo, el galope desbocado de Lombardo en la derecha, y el olfato excepcional de Vialli en el área. Todavía con pelo, máximo goleador y estrella multicolor.
El Lecce le duró un rato a la Sampdoria, que se lo merendó envuelto por el aura mágica del estadio. Ambientazo creciente en una grada repleta de banderas y corazones negros, rojos, blancos y azules, esos que luce la camiseta más bella del Calcio. Al segundo minuto, Lombardo arrancó con furia por la diestra, sin que nadie lo pudiera detener. Su centro al área lo descolgó Vialli, que presentó la pelota en la frontal, a la llegada de Cerezo. El golpeo seco del brasileño fue el uno a cero que, pronto, tuvo continuidad con el segundo. Fue otro golazo, aún más espectacular. Mannini escapó de su rol de reparto para cazar una volea preciosa desde lejos, tras el despeje que siguió al saque de un córner. Antes de la media hora, en pleno éxtasis local, llegó el tercero y definitivo. Fue Vialli, cómo no, coronando su magnífica temporada a la media vuelta, empalando un pase de testa en el interior del área.
Sampstoria!!!, rezaba la portada conmemorativa de Guerin Sportivo. La Sampdoria ganó aquel Scudetto como antes había levantado Copas nacionales, y la Recopa del año anterior, en el momento más dulce de su historia. El curso siguiente perdió en Wembley y contra el Barcelona la final de la Copa de Europa, en la prórroga, tras aquel zapatazo de Koeman. Milímetros, detalles, separaron al vencedor del vencido. Dos décadas después, no podrían haberse alejado más. Uno se carcome en su quebranto, masticando la caída a la Serie B; el otro, instalado en la felicidad continua, celebra su cuarta Liga de Campeones.
foto: http://twb22.blogspot.com







RSS
#1 tubilando dijo,
31 mayo 2011 8:52 pm
Barcelona y Sampdoria disputaron, cada uno, tres finales europeas en un periodo de cuatro años. Por lo tanto, la final de 1992 no fue casual, ya sus jugadores llevaban bastante tiempo jugando juntos, por lo que eran bloques muy trabajados. Pero el paralelismo acabaría ahí porque la Sampdoria no contaba con el poderío económico del Barcelona.
Una curiosidad: aquel mismo año nació Thiago Alcantara, en Italia.
#2 Torreblanca dijo,
31 mayo 2011 9:42 pm
¡Qué equipazo! Y que algunos sigan a día de hoy intentando ningunear a aquella escuadra. Claro que lo que intentan realmente es desprestigiar a otro equipo que consiguió vencerles. ¿Capisci?
#3 Leon dijo,
31 mayo 2011 10:33 pm
Siempre me encantó esa camiseta “blucerchiata” que combina los colores del Andrea Doria y el Sampierdarenese. La verdad es que tenía un equipazo en el 92, igual por esas cosas de la infancia-juventud pero Toninho Cerezo me parecía un jugador de otro planeta. Y el estadio más inglés de Italia, con unos derbis tremendos con el Genoa.
Sampdoria, querido compañero de fatigas este año de descenso que hemos bajado nosotros, con el West Ham, el Eintracht, el Monaco…
#4 cityground dijo,
31 mayo 2011 11:42 pm
Gran recuerdo al scudetto del 91, ese año me hice de la Samp cuando me compre su preciosa camiseta en el viaje de estudios, aun la guardo como un tesoro.
Gran equipo el dirigido por Boskov, muy completo y con Vialli y Mancini arriba que marcaban las diferencias. El nivel entonces de la Serie A era impresionante.
A pesar del descenso siempre FORZA SAMP!
#5 nigelman dijo,
1 junio 2011 3:45 am
Pero al año siguiente (92-93) Cerezo ya se fué al Sao Paulo, creo, y ahí empezó el declive.
#6 Rober dijo,
1 junio 2011 9:52 am
Tristemente esta temporada han descendido una serie de equipos que hicieron historia en la Copa de Europa y que quizás en algún momento merecieron llevarsela. El Depor, el Mónaco, la Samp… clubs sin los recursos de la élite europea que, aprovechando tiempos de bonanza, mecenazgos o buenas gestiones de sus dirigentes, lograron colarse y plantar cara a la aristocracia futbolística.
En estos tiempos en los que parece claro que nos dirigimos hacia un oligopolio, donde cualquier equipo que asoma la cabeza es sistemáticamente desmantelado por los clubs TOP, que aprovechan el poderío económico que la audiencia global les da para acabar con cualquier atisbo de rebelión de los pequeños, me ha gustado leer este artículo recordando al club genovés.
#7 Cristian dijo,
1 junio 2011 9:55 am
@nigleman,
Vialli también abandonó el club en la 92-93 para fichar por la Juve. Demasiados pesos pesados fuera de golpe para poder aguantar la situación, sin contar que no es sencillo mantener una buena política de fichajes cuando tienes que suplir a tus mejores hombres y pretender seguir rindiendo a tan alto nivel.
#8 Jarke dijo,
1 junio 2011 10:20 am
¡Qué jugadorazo era Lombardo! Revisionando el otro día la final de Wembley, fue el mejor de la Samp sin discusión, cada vez que la tocaba en la banda había peligro.
#9 Marcel dijo,
1 junio 2011 1:02 pm
Y no solo las bajas de Cerezo y Vialli, tras la final de Wembley Boskov también abandonó el equipo, yéndose a entrenar a la Roma.
Para completar las desgracias, a finales de 1993 falleció su presidente, Paolo Mantovani, y si bien todo quedó en familia haciéndose cargo su hijo Enrico, el equipo estaba en una caída libre que culminó con el descenso a la serie B en 1999.
Yo soy del Inter pero siempre me ha simpatizado la Samp, a ver si los volvemos a tener pronto en la serie A.
#10 Enrique Ballester dijo,
1 junio 2011 6:32 pm
#Jarke
totalmente de acuerdo. viendo el partido contra el Lecce, el que más me impresionó fue Lombardo. era tremendo cómo arrancaba. un caballo desbocado.