Una final para continuar

El ‘todo sigue igual’ o la revolución. La historia de finales de Copa de Europa que ha disputado el F.C.Barcelona tiene un significado más allá del resultado. Ganar o perder resulta a veces, y de forma relativa, empequeñecido ante las reacciones a un marcador, sea o no favorable a la entidad azulgrana. Las derrotas siempre han llevado consigo el cambio. Con las victorias nunca se sabe.

La primera negación a la gloria aconteció en la final de Berna, el 31 de mayo de 1961, la de los postes cuadrados ante el Benfica (3-2). Los probaron Kocsis y Kubala, tres palos de firma húngara en dos minutos fatídicos, ya en la segunda mitad. Ese día Kocsis vaticinó la tragedia antes de que aconteciera. Un día antes de la final dijo: «Este campo, mierda». Después de Berna el Barcelona aceptó el traspaso de Luis Suárez al Inter de Milán, Czibor se marchó al Espanyol, a Kubala -el culpable de la inauguración del Camp Nou- le quedaban apenas cuatro regates, Ramallets también se despedía… La mejor década de la historia del club, donde Les Corts se había quedado pequeño para ver a ese genial equipo, se deshizo en mil pedazos. Los sesenta fueron una travesía por el desierto, sequía sólo aliviada por dos títulos de Copa del Rey. En Berna terminó todo, se enquistó en la madera y nunca más se supo.

Sevilla tenía color azulgrana el 7 de mayo de 1986, con más de 50.000 aficionados del Barcelona en las gradas del Pizjuán. Allí cayó el proyecto de Terry Venables, que cambió postes por penaltis en la maldita tanda donde brilló Helmut Ducadam, el portero del Steaua de Bucarest que paró cuatro penas máximas. La historia posterior de Ducadam, que desapareció después de aquél hito, es de lo más estrambótica. Se dice que el presidente rumano Nicolae CeauÅŸescuz le había torturado porque no podía soportar que fuera más popular que él. La derrota en Sevilla propició el estallido del ‘caso Schuster‘, que terminó con el alemán un año inactivo, en disputas legales con la directiva de Nuñez y que condujo al motín del Hesperia en la siguiente temporada. Se fueron hasta trece futbolistas, acabando con la parroquia inglesa en Can Barça.

Tocará Stoichkov, parará Bakero y chutará Koeman. El 20 de mayo de 1992 Vialli falló todas las que tuvo, Stoichkov la envió al palo y Salinas empezó a escribir su cuento de horrores junto a Pagliuca. Solo Koeman, en un tiro seco y colocado, permitió por fin al barcelonismo abrazar la orejona, en Wembley, desde entonces palabra de dulce pronuncia en Barcelona (1-0). La historia continúo teniendo sentido. Las derrotas significaban revolución, las victorias continuidad. El Dream Team siguió su camino de éxitos con unos futbolistas irrepetibles. La mayoría de ellos volverían a estar presentes dos años después en Atenas.

Perder una final de Copa de Europa es muy doloroso. Berna, Sevilla y Atenas no han sonado igual en el oído azulgrana desde que se perdieran allí las finales. El aficionado lo percibe en cualquier referencia, en sus viajes, cuando se dirige a la agencia o busca los vuelos en Internet. Los nombres de esas ciudades se tiñen de un color rojo tirando a oscuro, que aún escuece en el corazón azulgrana.

De rojinegro vistió el Milán en Atenas, el 18 de mayo de 1994, cuando borró del mapa al Barcelona (4-0). En el avión de regreso Cruyff y Nuñez se cargaron a Zubizarreta, al que le dijeron allí mismo, en pleno vuelo, que no continuaría en el club la temporada siguiente. Laudrup ya tenía previsto recalar en el Bernabéu, Romario se fue en invierno. Se había acabado un ciclo, como siempre tras la derrota más dolorosa.

Dennis Bergkamp viajó a París en coche, hacia el estadio que llevaba su nombre, como lo hicieran miles de aficionados desde Barcelona. No jugó el holandés el 17 de mayo de 2006, y restó en el banquillo para ver cómo su Arsenal no le despedía con el mayor de los regalos. El Barcelona remontó el gol de Sol Campbell con tantos de Eto’o y Belletti, héroe inesperado de la segunda Copa de Europa azulgrana. París rompió los esquemas. Hasta entonces los fines de ciclo habían llegado tras los batacazos más sonados. El Barcelona ganó la final, pero se terminó una era. Corta, pero de éxito intenso. La de Frank Rijkaard en el banquillo, Ronaldinho en la magia y Deco en el puesto de mando.

Roma locuta, causa finita, tituló Dadan Narval en la previa de la final de 2009. Habló Roma, y ahora Londres llama, queriendo dictar sentencia de nuevo, dos años después de la última batalla. Barcelona y Manchester United viven en el Olimpo de los triunfos, en un ciclo de victorias que parece inacabable. Así sucedió en 2009, cuando tras la victoria azulgrana todo siguió igual. Y así se encara el partido de esta noche. Ganar o perder lo es todo, pero se augura complicado pensar que sea cual sea el resultado este Barcelona tenga fin. Irremediablemente lo tendrá, pero nadie ni nada lo insinúa, como sí sucedía en el pasado, con dudas tras cada final perdida o ganada.

Antes de conseguir la primera Copa de Europa, Alexanko, Koeman, Begiristain y compañía celebraban la primera liga de Cruyff agarrando un micrófono, destrozando una melodía y convirtiéndola en canción. Éxito había uno y cualquier forma de interpretarlo valía. Después de ese verano musicalmente movido, el Barcelona encaró la temporada que culminó en Wembley. Ahora las canciones se cuentan por decenas y los triunfos del Barcelona son tantos, y tan parecidos, que la interpretación ha ido afinando sus referentes. En la última, antes siquiera de vencer en Londres, se versiona una de las escenas más populares de Mar i Cel. Gane o pierda, nada indica que el ciclo vaya a terminar esta vez. La comparación del Barcelona con un caballo desbocado es una sensación que comparte el barcelonismo en su totalidad. No se percibe que ningún equipo pueda frenar su curso esta vez, ni siquiera derrotándole en una final.

Fotografía | Blaugranas.com
Más información| El libro de Oro del Barça

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