Pellegrini vuelve a casa


Pellegrini regresa el domingo a El Madrigal, allá donde vivió los mejores días de su carrera deportiva. Era aquel un tiempo de sonrisas serenas, sol mediterráneo, vistas al mar y sosiego en el campo de golf. En el ecosistema idílico que envuelve al club amarillo, como si de un gran lazo de calma se tratara, Pellegrini fue feliz durante cinco largas temporadas. No hay más entorno en el Villarreal que Fernando Roig, y el presidente siempre anduvo encantado con su empleado, incluso en el choque de gallos que precedió a la salida de Riquelme, otrora estrella del equipo. Sin apenas presión, al agradable calor de la tranquila afición local, al monótono aplaudir de la dócil prensa provincial, el entrenador chileno creció hasta instalarse en la aristocracia mundial de su profesión. En junio de 2009, atendió la llamada del Madrid de Florentino. Hizo las maletas, aceptó el desafío y rompió su universo de paz. Porque si en Vila-real la exigencia es asunto propio, en Madrid pesa más el interés ajeno.

En su única temporada en el Bernabéu, la ilusión se convirtió pronto en hastío. Pellegrini aguantó estoico el azote mediático hasta su mordaz despedida nocturna (“Cuando tu ego supera a tu inteligencia, cometes muchos errores“). Antes, el Madrid llenó el granero de puntos, pero perdió la Liga tras pelearla hasta la última jornada con el Barcelona, quizá el mejor equipo que hayamos visto jamás. Cayó con estrépito en Copa, la noche del Alcorconazo, y reincidió en el muro de octavos en Champions. No había chance en Chamartín para premios de consolación, y nadie lo sabía mejor que el propio entrenador. Durante muchos meses, Pellegrini no escapó de la pesadilla. Trabajaba sin nada en el horizonte que perseguir, consciente de su fecha de caducidad.

Ahora, en Málaga, Pellegrini anda metido en cuitas poco habituales. El miedo al fracaso sabe distinto cuando la amenaza del descenso planea en el vestuario. De pelear por la gloria, a bracear por evitar la muerte. Al borde del abismo, salvar al Málaga es el primer e indispensable paso para cumplir los objetivos a medio plazo de la inversión exótica. No habrá futuro sin salvar el presente. El domingo, en El Madrigal, sin Baptista, sin Asenjo, sin Duda y con un puñado de bajas, Pellegrini reconocerá el trazo estilista que impregnó al equipo amarillo, la base sobre la que ha construido su juego el Villarreal de Garrido. El valenciano es cuarto, juega a menudo muy bien, y ha heredado ese gran lazo de calma y serenidad. El mismo que tanto echó de menos, en plena tortura sistemática, el ingeniero Pellegrini.

foto: malagacf.com

Castellón, 1983. Escribo en el diario Levante. A veces de fútbol y a veces de música.

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