Cuando la situación colombiana se estabilizó, el poder quiso cerrarle el grifo a Pablo Escobar. Éste se enteró antes de que fueran a por él y escapó de la prisión junto con Popeye y otros de sus hombres. No fue una fuga espectacular, simplemente se marcharon de un centro de máxima seguridad por la puerta de atrás, en un episodio que todavía no ha sido aclarado por la justicia. Por año y medio sufrió el acoso del ejército y de los Pepes (paramilitares antiguamente socios del Cartel de Medellín) hasta que fue asesinado en diciembre de 1993.
Su desaparición dividió a la sociedad colombiana entre los que le consideraban un terrorista y aquellos que veían en él un Robin Hood moderno. Estos últimos acudieron a su multitudinario entierro. Con su muerte y las detenciones posteriores, el Cartel de Medellín acabó desintegrándose, pero la violencia no hizo sino aumentar, sobretodo en Antioquia. Por su parte, los paramilitares, que formaban los Pepes o protegían las propiedades narcos de las FARC, terminarían formando las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), lideradas por los hermanos Castaño.
Ocho meses después de la muerte de Pablo, Colombia asistió en masa a otro funeral: el de Andrés Escobar tras su participación en la Copa del Mundo. No era sólo «el fin del fútbol de Colombia», según el escritor Ricardo Silva Romero, sino el fin del sueño en que el fútbol podría ganar la batalla a la violencia. Diversos incidentes enturbiaron el camino del equipo durante esos meses: Higuita fue encarcelado (cometió el error de dejarse ver durante una de las visitas a La Catedral), falleció el hermano de Luis Herrera (viajaba en un autobús abarrotado que se vio involucrado en un accidente de tráfico) y todo el equipo fue amenazado de muerte en caso de que Barrabás Gómez volviese a ser alineado. Todos son un ejemplo de cómo el fútbol no podía ser ajeno a los problemas de Colombia. Pero además, las dos últimas ocurrieron ya en el torneo, tras el primer partido. Ante tal entorno, nada pudo salir en lo deportivo y Colombia fue la primera selección en ser eliminada, tras el segundo partido. Andrés Escobar marcó en ese encuentro, precisamente contra los Estados Unidos, un gol en su propia portería que desencadenaría la discusión final que le costó la vida.
Contradiciendo las versión oficial del asesinato (una simple discusión a las puertas de una discoteca) o la popularmente difundida (provocado por los hermanos Gallón a causa de sus pérdidas en apuestas deportivas), Popeye nos ofrece una tercera vía. Según él, los hermanos Castaño, con el ego crecido tras la caza de Pablo, asesinaron también a Andrés tras un fatídico encuentro nocturno. Lo único cierto es que Humberto Muñoz, quien pagó la pena de prisión de 43 años y cumplió sólo 11, resultó ser un simple chófer.
Desgraciadamente, no sería éste el único encontronazo entre futbolista y narco que acabaría en tragedia. Diez años después, el antiguo compañero de Andrés en el Atlético Nacional y en la selección, Albeiro Usuriaga, fue tiroteado por un chico de 15 años. En septiembre de 2010 fueron detenidos en Valencia El Ronco y El Pollo, dos antiguos sicarios del Cartel de Cali a quienes se acusa, entre muchos otros, del asesinato de Usuriaga.
Así que es indudable la existencia de relaciones, no ya sólo entre el fútbol y el narcotráfico colombianos, sino de ambos con lo más profundo de la sociedad. En palabras de los directores del documental: «[la muerte de Andrés Escobar] es la culminación de un período en la historia de Colombia que realmente tenía varios actores», también entre ellos «la autoestima de Colombia en esa época, necesaria para entender lo que pasó». El fútbol es una metáfora de esa autoestima y de los verdaderos intereses populares. Uno de los pocos méritos de la película de Cabrera es seguramente ese retrato de la tiranía de las élites. El comandante Felipe de las FARC y el sargento García del ejército, los máximos representantes, son los únicos que se niegan en un principio a detener el conflicto para ver el partido, al considerar el fútbol vulgar e inferior a sus propios principios. Puede que lo sea o no, pero lo que sí es seguro es que esta decisión acarrea el enfrentamiento, y como se señala en la película «es tan imposible prohibir el fútbol como la guerra».
Cabrera afirma que:
«Yo he querido que el público colombiano y que cualquier público que esté cerca de la guerra, recuerde durante la proyección lo hermoso que puede ser tener en la paz el extinguido privilegio de estar en un juego como en el fútbol, con reglas claras, objetivos claros y victorias claras. Una paz que como la urgencia de ver el partido no puede esperar si se quiere ver en vivo y en directo».
Desgraciadamente para Cabrera (que tuvo que abandonar su tierra ante las amenazas por un proyecto precisamente sobre la vida de Pablo) y los colombianos su fútbol no cuenta con unas reglas tan claras. Porque el fútbol es una «arena dramática privilegiada» donde leer o ver el reflejo de la sociedad en la que vive. Y la sociedad colombiana puede ser muchas cosas, pero desde luego no simple ni homogénea. Su principal problema no es ya que el interés privado prevalezca sobre el público, sino que éste no deja de ser otro interés privado: el de las élites. Y en un mundo así, otro poder privado, incluso una organización criminal, puede llegar a ser el mejor representante del beneficio público.
Texto original de Emilio Pons Guia, editado por Diarios de Fútbol.
foto: dedomedia.com







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#1 Mario Escobar dijo,
26 diciembre 2010 12:09 pm
Las drogas y su tráfico han sido convertidos en motor estratégico del imperio como herramienta de intervención económica, política y territorial pero además presta otros servicios no menos importantes: Se utiliza el lavado de activos para impedir o retardar el colapso de economías nacionales en tiempos de crisis; se ha usado como fuente de financiación del terrorismo contra-terrorista y anti-comunista; como medio para incrementar la desigualdad social; y como un mecanismo de control social… Por esto, la institucionalidad de los países ha terminado a su servicio y muchos integrantes de los organismos creados para combatirlo en todo el mundo, sean civiles o militares, han terminado corrompidos y al servicio de los capos de las drogas: Desde el general Phao de Tailandia, quien terminar distribuyendo morfina por todo el mundo, especialmente hacia EE.UU., el ex coronel Luis Arce Gómez (1980-1981) organizador de hordas de paramilitares, el General Mata Ballesteros de honduras, el coronel norteamericano Oliver North en los 80s, en tiempos de Donald Reagan; El grupo de élite Aeromóvil (GAFE) del Ejército mexicano que en los 90s se convirtió en el actual brazo armado Los Zetas del Cartel del Golfo; El D.A.S (Departamento Administrativo de Seguridad) de Colombia, durante varios años estuvo al servicio de las bandas narco-paramilitares hasta ex-presidentes de la talla de Manuel Antonio Noriega (1988-1989) de Panamá, Alfonso Portillo (2000-2004) de Guatemala, Jaime Paz zamora (1989-1993) y Luis Garc Meza T (1980-1981) de Bolivia, y el más recién Alvaro Uribe Vélez (2002-2010) de Colombia a quien estudiosos sociales lo señalan de haber co-gobernado durante los 8 años con los narco-paramilitares.
#2 dinamo_y dijo,
26 diciembre 2010 5:44 pm
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