Fútbol, narcotráfico y violencia en Colombia (1974-1995) Parte III

El fútbol proporcionaba a los narcos de los 80 dos de sus objetivos principales: blanqueo de dinero y exhibicionismo social. Al igual que la financiación política, el continuo flujo de pesos en unas cuentas ya de por sí oscuras facilita tremendamente el blanqueo. Los ejemplos de mecenazgo más conocidos son los de Pablo Escobar sobre el Atlético Nacional y el Independiente de Medellín, su socio el Mejicano sobre el Millonarios y el de Fernando Rodríguez, del Cartel de Cali, sobre el América de Cali. Sin embargo, muchos otros equipos más humildes también recibían, de uno u otro modo, financiación ilegal.

Al fútbol no sólo llegaron los carteles, también lo hizo la guerra que los enfrentaba. Nacional y América se convirtieron en los dos equipos más potentes de Colombia y su rivalidad (unida al dinero de las apuestas y al ego de los capos) excedió con mucho el terreno de juego. El árbitro Álvaro Ortega fue asesinado en 1989, supuestamente por órdenes de Pablo, tras un Independiente-América, provocando la suspensión de la liga doméstica en el mismo año en que se coronaron campeones de Sudamérica. Nunca nadie fue procesado por el asesinato.

Pero esta nueva etapa de violencia en Colombia excedió los mundos del fútbol y el narcotráfico. El experimento de intentar combinar las élites públicas y narcos terminó en un divorcio irreconciliable. El diario El Espectador destapó diversos asuntos ilegales de Pablo y el ministro de Justicia, Rodrigo Lara, provocó su expulsión de la Cámara. La respuesta fue el asesinato de Lara, truncando así el período de paz del mandato Betancour. El estado terminó entonces con su tolerancia y declaró la guerra sin tegua los narcotraficantes, con guerrillas y paramilitares complicando la dimensión del problema. Ante la persecución, las FARC comenzaron entonces a cobrar el impuesto de protección de los cultivos campesinos de coca, lo que redundaría en un fortalecimiento de narcos y guerrilleros. Los paramilitares hicieron las veces de seguridad privada, al mismo tiempo que de contrapeso ideológico y físico de las FARC. Se le atribuyen a Pablo, además de la de Lara, las muertes de Guillermo Cano (director de El Espectador) y del candidato a la presidencia y pro-extradición Luís Carlos Galán. El intento de asesinato del futuro presidente César Gaviria costó la vida a 107 personas al estallar un avión en ruta. Jhon Jairo Velásquez, alias Popeye, antiguo sicario de Pablo, admite la autoría de algunos de ellos, además de provocar 540 muertes, 800 heridos y 1.000 deserciones sólo entre las filas de la policía.

El objetivo que Pablo y los otros carteles tenían en común se basaba en la frase “prefiero una tumba en Colombia a una cárcel en Estados Unidos”. Precisamente por ello, se les conocía como Los Extraditables. Popeye declaró en la Comisión de la Verdad que Los Extraditables habían pagado al M-19 dos millones de dólares para que se realizara la toma del Palacio de Justicia. Su interés y esfuerzos por la derogación de la extradición hacía que el proceso de negociación forzosamente pasara por este asunto. Una vez conseguido, Pablo se entregó en junio de 1991. Fue encarcelado en la prisión La Catedral, donde contaba con todos los lujos y la capacidad de continuar liderando el Cartel. También recibía habitualmente visitas, incluidas las de su amigo René Higuita y del resto de la mejor selección colombiana de fútbol de todos los tiempos.

Tras clasificarse para el Mundial de 1990 y alcanzar dos semifinales de la Copa América, el combinado colombiano vivía su mejor momento futbolístico. Pero era el Mundial de 1994 el que debía marcar el cénit de la generación. Por si fuera poco, el campeonato se celebraba en los Estados Unidos. Entre julio de 1992 y abril de 1994, Colombia jugó 26 partidos y sólo perdió uno, además por penaltis. El momento cumbre fue sin duda el histórico 0-5 a Argentina, que valió para clasificarse de forma brillante para el Mundial por delante de la albiceleste. Sobre este partido gira en torno la película “Golpe de Estadio” (Sergio Cabrera, 1999).

El film refleja el conflicto entre las FARC y el ejército en clave de comedia. Se trata de una obra mayor en cuando a ambiciones y presupuesto dentro del cine colombiano, pero menor cualitativamente. Su reparto internacional (con la madrileña Emma Suárez y el italiano Andrea Giordana), unido a los personajes sencillos y tópicos da muestras de su orientación hacia el mercado extracolombiano. Muy promocionada e incluso levemente premiada en su estreno, el tiempo ha terminado por colocarla en su lugar dentro de la historia del séptimo arte. Nos narra la historia de dos destacamentos del ejército y de la guerrilla que, ante el inminente Argentina – Colombia, terminan condenados a entenderse después de que los dos televisores de la zona hayan sido destruidos. Aunque como el propio autor muestra en los créditos iniciales: «esta historia no está basada en hechos reales… por desgracia».

Realmente la euforia se disparó en el país hasta tal extremo que el propio Carlos Valderrama confunde la anécdota de la película con la realidad. El fútbol sirvió como pegamento social y proyectó una imagen exterior positiva tras unos años dramáticos. El capitán del combinado admite que eran conscientes de la utilización que sufrían por parte de los políticos en un país huérfano de símbolos, pero «estaban contentos de entrar en esa campaña […] inaugurando una imagen que estaba quebrada». Mientras, el presidente César Gaviria presumía de «la mejor selección del continente». Su presencia en los Estados Unidos sería en calidad de «embajadores» y para «representar al país», en palabras de Andrés Escobar. El fracaso de todas las instituciones, políticas e ideológicas, había terminado con la responsabilidad de la construcción de la identidad nacional colombiana en las botas de la selección nacional de fútbol. El mismo equipo que debía disfrazarse cuando visitaba en la cárcel al mayor criminal del país.

Parte I.
Parte II.

Texto original de Emilio Pons Guia, editado por Diarios de Fútbol.

foto: Henry Agudelo/Archivo Semana

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1 Comentario

  1. tubilando

    22 de diciembre de 2010 a las 7:13 pm

    El gol de Rincón a Alemania en el último minuto es uno de los momentos futbolísticos más excitantes que recuerdo. Pasaban casi tres minutos del tiempo del tiempo reglamentario, pero aún así los colombianos seguían tocando en corto, como siempre, nada de balones a la olla, hasta que trenzaron la jugada y Rincón batió a Illgner por debajo de las piernas. Aquel mediocre Mundial de 1990 nos dejó, sin embargo, grandes sensaciones: Camerún con el abuelo Milla, Colombia y su toque, y Costa Rica con el imbatible y religioso Conejo. Hoy podemos ver a todas las selecciones mundiales en la tele o Internet, pero entonces eran una auténtica incógnita.

    Colombia llegó como favorita o una de las favoritas al Mundial de EEUU. Pero cayó estrepitosamente. Se puede decir que no era para tanto y tal, pero era una gran selección. Supongo que el mundo se les vino encima sobre todo en el primer partido ante Rumanía. Asprilla era una especie de George Best, con un poco de cabeza hubiera sido el número uno mundial. Valderrama era el gran organizador, el que marcaba el ritmo del equipo. Aquel equipo tenía cierto parecido con el Barcelona actual.