Las dos caras de Milán

Suena el silbato y aparece el sueco, altivo, confiado. El equipo le ha dado todas sus voluntades individuales para que las administre, juegue y las convierta en un futuro de éxito. Si resulta un buen gestor, pueden levantar un título. Si fracasa, el Milan quedará embarrado en una temporada de partidos tibios y agonías improductivas. Es un pacto agrio, pero firmarlo no es una opción. Ibrahimovic anda los primeros quince minutos. Otea la defensa contraria, busca sus puntos flacos. Acepta intervenir de vez en cuando para bajar un balón, cabecear en el centro del campo o caer a un costado. Solo puntualmente. Mientras él no quiere, no se muestra, escondido entre los defensas del Auxerre. El Milan, que le necesita a cada acción, sufre sin su guía y se limita a defenderse. El grupo padece y el sueco se divierte con una coz innecesaria. Una de tantas, como la que le propinó a Materazzi. Acciones que realzan su carácter arisco, el que aparece en los medios, directamente o Raiola mediante. Pero llega el momento oportuno, Ibrahimovic recuerda el pacto y decide el partido con un golpe de fuerza. Lo celebra alzando sus brazos y permite que el resto, en otra categoría, tengan un instante para acercarse y felicitarle, mientras el público local obra silencio. Les ha convencido una semana más. Volverán a entregarle sus esfuerzos en el próximo partido.

Si recientemente Ronaldinho ha hecho algún pacto futbolístico, probablemente lo haya olvidado. Cuando parece que recupera un poco el ritmo y en un partido se va de dos contrarios, tiene un contratiempo y su entrenador le sanciona. Tras su última salida nocturna, ayer esperó en el banquillo, suplente de Robinho en el campo del Auxerre. Quedando cinco minutos entró en el terreno de juego por Ibrahimovic, que había terminado su función. Al sueco le temían, a él le compadecen. Allegri es optimista y piensa que el brasileño puede aguantar un poco el balón. Otros creen que resuelto el partido, sin necesidad de una asistencia mágica, cualquiera podría salir, correr más que Dinho, robar un balón y enviarlo al tercer anfiteatro. Habrá perdido muchas cosas, pero no la sonrisa. Se pone la cinta del pelo, empieza el trote y se clava en el frente del ataque. Al rato le llega un balón, quiebra a su marca y lo envía al fondo de la portería. Solo podía pasar por aquél pequeño hueco. Si había alguien en el campo capaz de imaginarlo, era él. Celebra el tanto en comunión, sus compañeros bailan al compás y se sienten participes de algo maravilloso. Es otra versión de Ronaldinho, demasiado lejana a la de 2006. A nadie se le pasaría por la cabeza entregarle sus esfuerzos en el próximo partido. Pero si cada jornada tuviera el instante de ayer, la elección de un guía terco no sería obligada.

El Milan eligió cuando fichó a Zlatan. Probablemente una decisión acertada. Son líderes de la Serie A y octavo finalistas en Europa. Para medir sus capacidades nos fijamos demasiado en sus enfrentamientos ante el Real Madrid. Les solemos calificar como un equipo viejo, de otra época, que juega poco y camina mucho. Sin embargo, su situación no es ni mucho menos tan dramática. Más cuando se le compara con el vecino tricampeón, que entre trayectos al hospital se debaten entre echar o no a su técnico. El misterio del Inter es asombroso. Ahora es fácil recurrir a la falta de hambre, pero hace un mes las cosas no eran así. Sneijder y Diego Milito se habían perdido, pero Samuel Eto’o marcaba más goles que nadie, Coutinho parecía el nuevo Kaká y, excepto Biabiany, el Inter jugaba un fútbol atractivo. A su llegada, Rafa Benítez habló de calcio bello y no le creímos. En aquel momento parecía lograrlo, pero todo se fue al traste. Los jugadores importantes empezaron a caer lesionados, uno detrás de otro. Se perdió un partido, también se cayó en el siguiente. El técnico cambió el esquema, dio entrada a jugadores nuevos, pero las modificaciones no funcionaron. El domingo pasado el Inter tocó fondo en Verona, ante el Chievo. Hizo un partido horrible, al que contribuyó Eto’o con un homenaje fuera de sitio. Esta noche vuelve el fútbol al Giuseppe Meazza. Muy mal tendría que hacerlo el Inter para no pasar a la siguiente fase. Pero sin un guía, ni en el campo ni en el banquillo, todo es más complicado. Son pocos, y algunos de los que están no parecen ellos mismos. Ahora mismo los interistas desconocen a quien deben entregarle sus esfuerzos en el próximo partido.

En DDF | Productos suecos en Milán

Eleonora Giovio, El País | Al Inter se le apaga el motor

Fotografía | Uefa.com

7 Comments

  1. juanpe

    24 de noviembre de 2010 a las 10:17 am

    Todo lo que haga de bueno el Milan este año se lo debe al señor Rossell y al señor Guardiola y el regalo a coste 0 que que ha recibido de estos dos señores.

    De todos modos, yo creo que más tarde o más temprano se la van a pegar en Europa a nada que les toque algún rival algo serio en las eliminatorias. En la liga tal y como está de barata este año la italiana igual son campeones pero todo depende de Ibra.

  2. IcegatoR

    24 de noviembre de 2010 a las 10:56 am

    Saludos

    Enhorabuena por el blog, tiene mucho contenido y bastante bueno, ojalá el mio llegue a tener un éxito similar al tuyo 🙂 Te lo dejo por aquí por si quieres visitarlo

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    Saludos!!

  3. Max

    24 de noviembre de 2010 a las 11:15 am

    Este sí!
    Gran post, objetivo, detallista, ameno y bien escrito.

    Gracias! 🙂

  4. Piliniak

    24 de noviembre de 2010 a las 11:49 am

    Gran post, pero no pasan de octavos ni de coña.

  5. Pol Gustems

    24 de noviembre de 2010 a las 1:55 pm

    @Max

    😉

  6. Tan Solo Fútbol

    24 de noviembre de 2010 a las 4:22 pm

    Cierto Max (#3), brillante post. De los que terminas de leer y quieres más. Y eso que el Milán este año me da bastante igual… (más mérito aún al autor).

    Un saludo

  7. Teje

    24 de noviembre de 2010 a las 7:57 pm

    Fantástico post.

    Ibra para el Milan es un referente inmejorable. En el Barcelona era un mal complemento.
    Futbolista único, por ello su fútbol es tan selectivo y caprichoso.