Hace algo más de un mes, estuve presente en los encuentros de escritores que el Ministerio de Cultura realiza cada año en una casona de indianos en la localidad de Verines (Asturias), un evento pensado para propiciar un intercambio de ideas entre literatos. La razón de que me invitaran: este año se trataba la relación entre la literatura y el fútbol.
En ese encuentro, improvisé un texto intitulado “Por qué escribo de fútbol” que después llevé al papel. En él, intentaba desmigar algunas de las pequeñas cuestiones que hacen que el deporte del balón sea tan recurrente cada vez que tecleo ante el ordenador. Os traigo aquí ese texto -en dos partes, debido a la extensión del mismo-, que intenta explicar una pasión que creo que compartimos todos los que entramos en este pequeño espacio llamado DDF.
Voy a hablar de dos aspectos del fútbol, a partir de mi propia experiencia. El primero de ellos es aquel que hace referencia al fútbol como juego, que en mi caso se vincula a la infancia. La segunda parte de mi intervención hablaré, sin embargo, del fútbol espectáculo, y a mi condición actual de hincha.
1. El fútbol como juego. La infancia.
Me gustaría comenzar leyendo unos versos del poeta sueco Bengt Cidden Anderson, que conozco gracias a la traducción de Francisco J. Úriz, aquí presente. Dicen así:
Un puñado de futbolistas
pertenecen a la élite.
Unos mil jugadores
son bastante buenos.
Pero nosotros somos decenas de miles
que no somos nada,
ni podremos ser algo.
Cuando el médico
me miró el maltrecho menisco
y dijo: típico de futbolista,
sentí una cierta alegría
a pesar del dolor.
Porque había dicho:
futbolista.
La cita tiene una doble razón. La primera de ellas es que con estos versos quiero agradecer la invitación a este encuentro, la cual me llenó de alegría –sin dolor-, pues para mí la palabra “escritor” es como para el protagonista del poema la palabra “futbolista”. Para mí, que aún sólo he publicado ensayo, y sueño con poder llevar a imprenta mi primera novela de la misma manera y con la misma intensidad que cuando era niño soñaba con anotar mi primer gol, ser citado bajo la categoría de “escritor” fue un motivo de enorme alegría y cierto rubor.
La segunda razón es que, dado que mi intervención es una de las últimas, me gustaría que ésta hiciera de cierto contrapeso a lo que hasta el momento hemos venido tratando. Hemos hablado del deporte como un ámbito de formación, de desarrollo personal; hemos compartido experiencias enriquecedoras, ejemplarizantes, casi místicas; hemos conocido historias admirables, vidas ilustres de deportistas. Sin embargo, me quedo con la sensación de que hemos hablado poco, muy poco, de ese lado oscuro que tiene el deporte y que se refiere a los sueños y las vidas de todas aquellas personas que, como expresa Cidden Anderson, “no somos nada / ni podremos ser algo”.
Esta es una faceta del deporte, la del fracaso, que me interesa enormemente, debido a una experiencia personal, ya que fui futbolista. Lo fui, al menos, hasta los once años. Y no me retiré: me retiraron.
No sé si hay razones que lo expliquen (tampoco me interesan demasiado), pero si había algo que cuando era un niño me apasionara con toda la fuerza de mi ser, era el fútbol. Soñaba cada noche y a cada instante de cada día con el balón. Me imaginaba a mí mismo saltando al césped de San Mamés –el lugar más sagrado de la tierra-, recibiendo el aplauso de apoyo y cariño que sólo los futbolistas del Athletic Club reciben. Caminaba hacia la escuela pateando piedras que jugaba a encajar en alcantarillas, a modo de balones y porterías. Observaba las matrículas de los coches imaginando que el primer y el último dígito de las mismas era el resultado de un partido que mi equipo disputaba: 4-1, 2-5, 1-0… Si el mismo se me antojaba demasiado abultado, restaba la cantidad menor a la mayor. Así, un 7-5, por ejemplo, se convertía en un 2-0.
Veía los partidos en televisión con interés obsesivo, no en vano, en ellos siempre jugaba yo. Antes de que comenzaran, elegía un equipo y un dorsal –generalmente el ocho, mi número favorito- y seguía cada movimiento, cada gesto, cada intervención del jugador de turno imaginando que era yo quien los protagonizaba. Los comentarios de los locutores, elogiosos, críticos, mordaces, compasivos, se dirigían a mi persona.
En el colegio, pasaba las horas de clase dibujando equipaciones de clubes que yo mismo creaba, buscando en los mapas del Atlas ciudades en las que ubicarlos, urbes de nombres exóticos, Eskisehir, Novosibirsk, Kragujevac, cuyos equipos se enfrentaban en competiciones europeas soñadas a un Athletic del que yo era el delantero centro y en el que me acompañaban amigos y compañeros de clase, en una alineación de lujo, que todos los hinchas conocían de memoria.
Era un mundo soñado, falso, propio de un niño. Pero tantas veces me acosté convenciéndome de que, tal y como todo el mundo me decía, si me esforzaba lo suficiente, si dedicaba a ello todas mis energías, algún día mis sueños serían reales, que terminé creyéndomelo.
Pero la realidad era otra. Su escenario: un campo de pesada arena a las afueras de un pueblo industrial de la Vizcaya de mediados de los ochenta, ubicado en los lindes de una fundición de acero. Un vestuario de paredes desconchadas, decoradas con manchas negras de humedad; un lugar frío, triste y abandonado como el cuarto de torturas de la comisaría de un pueblo perdido de la Unión Soviética. Los protagonistas: una serie de niños hijos de la inmigración obrera de los sesenta y setenta, de nueve, diez, once años, criados en un paisaje fabril, negro y oscuro, curtidos en juegos que harían palidecer hoy a cualquier pedagogo. Entre ellos, estaba yo, que entonces era un crío esmirriado y tímido, incapaz de dar una voz más alta que otra.
No quiero aburriros con el relato de aquellas experiencias. Solo os diré que no fueron buenas, ni edificantes, ni mucho menos educativas. Solo os diré que aún hoy a veces me entristezco evocando lo vivido en aquel campo de arena y charcos en el que siempre llovía y hacía frío, y en el que sólo había algo más temible que los gritos del entrenador: las recriminaciones y burlas de tus propios compañeros.
A cada entrenamiento, a cada partido atendido sentado desde un lado del campo, a cada golpeo a aquel balón duro como una bola de cemento, mi sueño se iba alejando. No sólo el mío. Muchos niños dejaron de venir a entrenar. Así, poco a poco, se fue haciendo el filtrado necesario, y el equipo fue librándose de los gorditos, de los timoratos, de los sensibles, de los mariquitas, de los enclenques, de las nenazas, en definitiva, de la morralla.
Un día, yo también dejé de acudir a los entrenamientos. No fue una decisión meditada, ni siquiera fue una decisión. Simplemente dejé de ir, porque, supongo, fui consciente de que no había sueño que mereciera el día a día en aquel escenario de pesadilla. El entrenador no llamó a casa. Los compañeros de equipo con los que también compartía aula, no insistieron para que volviera. No me sorprendió. En realidad, fue como si nunca hubiera estado allí.
Yo creo en la construcción de la identidad en una clave que se podría decir levinasiana, en el sentido en que no se trataría tanto una tarea que le compete a uno –tal y como reza la mitología moderna al uso-, sino como una labor en la que la mirada del otro tiene un papel fundamental y definitivo. Pensemos lo que pensemos de nosotros, nos veamos como nos veamos, me temo que es el otro el que determina en última instancia lo que somos. No me cabe ninguna duda de que en esta creencia tiene mucho que ver lo que viví en aquellos años en mi primer equipo.
En la sociedad contemporánea occidental –y me temo que también más allá-, los deportes grupales cumplen la función de una suerte de rito de paso en el que el niño descubre su realidad social. Y en una sociedad en la que el criterio fundamental es el de la competitividad, esa realidad social no siempre es amable. El fútbol y muchos otros deportes, sirven hoy para ayudar en el proceso de socialización de los niños, es cierto. Pero no lo es menos que ese proceso tiene una vertiente oscura. En el vestuario, un ámbito en el que impera una suerte de códigos inamovibles y muchas veces crueles, al niño se le impone una segunda piel, una nueva identidad ante la que no cabe apelar. Dentro del terreno de juego, el cobarde y el débil quedan retratados como tales por sus propios compañeros, y no tienen dónde esconderse.
Dejé el fútbol, pues, por primera vez con once años. Como una estrella que se niega a la retirada, volví sin embargo, varias veces al verde –en otros campos, con otras edades-, pero con idéntico resultado. Siempre me alejó algo de los grupos de vestuario, del ambiente opresivo de los colectivos, de las demostraciones de virilidad, de los gritos, de las patadas, de los otros niños.
Dice Calvin, el personaje del cómic de Bill Watterson, que sospecha que la vida comienza a perder sentido cuando dejas de llegar a casa con las rodillas machadas de verdín. Yo, gracias al fútbol, me preguntaba entonces, aún con las rodillas manchadas, si realmente merecía la pena.






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#1 Full Norbert dijo,
29 octubre 2010 6:42 pm
Otro gran texto, Dadan. La verdad es que llevo poco tiempo leyendo el blog y descubrí tus magníficos relatos del Fútbol y yo. Y, en este tiempo, hacía mucho que no escribías. Se te echaba de menos. Parece peloteo puro y duro, pero la verdad es que es un texto magnífico. Espero la segunda parte.
#2 Erik Bretos dijo,
29 octubre 2010 6:45 pm
Gracias por escribir esto.
#3 Lobo dijo,
29 octubre 2010 7:19 pm
Me ha gutado el texto porque me identifico con él en no menos de un 80%. Yo dejé el fútbol a los 22 años por una lesión de menisco y ligamento. Aunque si no hubiera sido por ello quizá lo hubiera hecho un par de años después por la ausencia de futuro en el balón y la apertura de nuevos caminos tras la universidad. En cualquier caso, la infancia que describes, si cerramos los ojos estoy seguro que muchos encontraremos recuerdos muy similares y obsesiones con la pelotita casi idénticas.
Por otro lado, mi enhorabuena porque quizá no en el fútbol, pero desde luego en la faceta de escritor encontraste una vocación que te llena. Es evidente.
#4 Hugo dijo,
29 octubre 2010 8:24 pm
Magnifico el post, y creo que muchos nos identificaremos con este escrito tuyo
#5 Francisco Ortí dijo,
30 octubre 2010 8:19 pm
Muy bueno el artículo, Dadan. Me ha encantado.
#6 Mariano Jesús Camacho dijo,
31 octubre 2010 2:12 am
Fantástico relato autobiográfico, con el que muchos de nosotros nos podríamos sentir identificados.
Me encantó.
Un abrazo.
#7 Héctor Pérez Della Valle dijo,
7 noviembre 2010 2:10 am
Excelente artículo Dadan. Me felicito y vuelvo a hacerlo por haber descubierto este blog al que leeré consuetudinariamente.
Me he sentido reflejado absolutamente pues yo escribo de fútbol por idénticos motivos.
Mis felicitaciones desde Argentina y un abrazo de gol …
“campana sonora de la emoción sin par del fútbol, que es para el pueblo pasión, locura, impulso, arrebato, ira, estruendo, llanto, risa, fiesta”
#8 Por qué escribo de fútbol (2) » Diarios de Futbol dijo,
18 noviembre 2010 1:02 pm
[...] justificado retraso -uno no es ya, y felizmente, dueño de su tiempo-, publico la segunda parte del texto que improvisé para el encuentro de escritores que el Ministerio de Cultura organiza cada año en la localidad asturiana de [...]
#9 Por qué escribo de fútbol (2) dijo,
18 noviembre 2010 7:05 pm
[...] justificado retraso -uno no es ya, y felizmente, dueño de su tiempo-, publico la segunda parte del texto que improvisé para el encuentro de escritores que el Ministerio de Cultura organiza cada año en la localidad asturiana de [...]
#10 theblues dijo,
19 noviembre 2010 12:13 am
Nadie habla de este deporte como tú. Enhorabuena. Y gracias.