Me he tomado el segundo café de la mañana leyendo la entrevista que le hace Luis Martín a Kenny Sansom, lateral izquierdo del Arsenal desde 1980 hasta 1988 y me ha sabido a gloria. A Sansom, miembro honorario del club de crápulas que coparon el vestuario de Highbury años atrás, le llamaban White por su amor a la botella de vino blanco. Con éste currículo, claro, no es extraño que la entrevista supure momentos impagables por donde la mires. Sus problemas con la bebida, las relaciones jugador-entrenador, su amor por el Chelsea, el recuerdo a Henry, etc. Sin embargo me interesa especialmente su reflexión sobre el estilo de vida del futbolista inglés de antaño. Sobre lo que el considera los buenos viejos tiempos. “Antes era mucho más divertido ser futbolista. Éramos gente normal, nosotros también terminábamos los partidos en los pubs” Me interesa y me hace recordar a otro personaje, secundario a todas luces, que también arrimó lo suyo el hombro para construir ese lugar común que tanto nos hace salivar a algunos periodistas: el inglés corriente y moliente que torna en futbolista pendenciero. Hablo de Perry Groves, extremo que figuró en la nómina del Arsenal desde 1986 a 1992 y héroe de culto del fútbol inglés para los restos.
Salido de la chistera de George Graham para reforzar la plantilla londinense durante el primer año del técnico en Londres, Perry Groves no fue mucho más que el tipo común al que alude Sansom en la entrevista. Apenas un futbolista con buena punta de velocidad, currante eso sí y desde luego no muy goleador. Un mago del saque de banda como él mismo repite con sorna en su autobiografía (un éxito de ventas en el Reino Unido desde su publicación en 2007) Que alguien con tan escaso equipaje haya conseguido llegar a ser considerado una figura de culto es un milagro que sólo se puede explicar por su comportamiento fuera del campo. Y quizás ayude a entenderlo el hecho de que Groves fue uno de los habituales, junto con Tony Adams y su inseparable Paul Merson, del infame “Tuesday Club” que cada martes se convertía en la prolongación, ruta de pubs mediante, del entrenamiento diario. Si lo pensamos no es extraño que cualquier hincha se pueda sentir identificado antes con un tipo como Groves, con querencia por trasegar hasta bien entrada la madrugada, que con los superatletas de hoy en día.
Imaginen a un profesional del equipo de sus amores declarando ante la directiva que él no era el mismo Perry Groves al que habían visto salir de un burdel acompañado de Paul Merson. O hablando sin tapujos de sus escarceos en las giras de pretemporada. O al tipo que reconoce, y habla por todos sus colegas de profesión, que no se movía un pelo del flequillo cuendo el equipo perdía miserablemente siempre y cuando él hubiese jugado como los ángeles. Piensen que su Real Madrid o Barcelona del alma le paga los garbanzos a un señor que reconoce abiertamente que jamás ha conseguido los favores de ninguna mujer por otro método que no sea el alardear de ser un futbolista famoso. Visualicen a uno de los suyos, con el pelo cortado a lo Tintín (fue su marca de fábrica durante años) saltar al campo con el pantalón arremangado para disimular una más que incipiente barriga. Así era Perry Groves: un tipo de personaje que ya no existe.
Los jaleos con los entrenadores, sus frecuentes problemas con el alcohol y la incapacidad reconocida para establecer el más mínimo compromiso con ninguna de las mujeres que se le pusieron a tiro marcaron la carrera de Perry Groves. Y a buen seguro le granjearon el favor del aficionado medio. Pero además a ésto hay que añadir la entrega incondicional que mostraba en cada partido (Groves pertenecía a la clase de futbolistas que saltan al terreno de juego con una revolución extra) y un par de acciones para la posteridad: el pase de gol a Charlie Nicholas en la final de la Copa de la Liga ganada en 1987 y la participación en la agónica victoria en Anfield, que a la postre valió un título y que con maestría describió Nick Hornby en “Fiebre en las Gradas”.
Sin embargo, creo que lo que ha hecho legendario a Groves, lo que aun le sigue llevando a ser motivo de conversación en cualquier reunión de aficionados, ser un columnista apreciado y mantener su propio club de admiradores es su afilado sentido del humor. Para que se hagan una idea, Groves se ha cansado de repetir que Thierry Henry, leyenda viva del club, nunca ha sido un jugador completo principalmente porque jamás ha llegó a dominar una suerte esencial del fútbol: el saque de banda al estilo Perry Groves. También narra con orgullo lo que considera un momento clave de su carrera cuando, celebrando un gol de Nigel Winterburn, se golpeó la cabeza con el banquillo y cayó noqueado al suelo. Por éstos pequeños detalles uno entiende que el Emirates aun siga coreando su nombre, once veces seguidas excepto el verso dedicado a Liam Brady, cuando cantan aquello de “We all live in a Perry Groves world” al ritmo de Yellow Submarine.






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#1 FutbolGol dijo,
6 abril 2010 3:47 pm
Estos ingleses son genio y figura, aquí en España ni se estila tanto este tipo de jugadores.
Un saludo desde: Futbolgol: Puyol y Cesc.
#2 miguelbuke dijo,
6 abril 2010 5:59 pm
Hombre, en españa hemos tenido personajes tremendos: Jesus Gil, Juanito, Camacho, Clemente… el fútbol español también ha tenido su bestiario particular, lo que pasa es que en aquellas epocas en españa no se estilaba la prensa sensacionalista experta en sacar trapos sucios y airear problemas, mientras que en inglaterra los tabloides han existido siempre y son los que nos han descubierto la otra cara de este tipo de futbolistas.