[Hace unos meses, el compañero Miguel Gutiérrez publicó un minucioso artículo sobre Eric Cantona, centrándose en la parte menos conocida de su trayectoria, justo hasta el momento de su fichaje por el Manchester United. En ese punto, recogemos el testigo y compartimos recuerdos, de la gloria en el verde de El Teatro de los Sueños, al palmeo en la alfombra roja de Cannes, pasando por el fulgor acrobático propio del fútbol playa]
Y arranco con una anécdota. En junio, en la playa del Gurugú, en Castellón, se celebró la fase de clasificación para el Mundial de Dubai de fútbol playa. Me tocó trabajar ahí y, bueno, jugaba un hijo italiano de Maradona, y se escribía rápido y bien de los partidos, y ganó España, para jolgorio multitudinario de bikinis y gafas de sol, pero lo mejor no era eso. Lo mejor, por una parte, era sentarse en la sombra, para empezar, bien acompañado en la carpa para los medios, con las animadoras revoloteando alrededor, ahora el dossier de prensa, ahora las repeticiones televisivas, mientras intentaba darle a la tecla y, de repente, dos de las alegres muchachas necesitaban algo donde y con lo que escribir, y era yo el único a mano, y me pedían un boli y decía «sí, sí», y luego un papel y decía «sí, sí» al tiempo que ofrecía mi bloc para que apuntasen sus respectivas direcciones de correo, para dárselas a no sé quién, con tanta energía que se quedaron marcadas en la página siguiente, y pude descubrirlas rayando con el lápiz por encima, sintiéndome tan astuto como El Nota en la mansión de Jackie Treehorn, guardándome el material, que nunca está de más, y nunca se sabe.
Y lo mejor, por otra parte, era el seleccionador francés. Sí, Eric Daniel Pierre Cantona andaba por el recinto, barbudo y canoso, medio despistado, tratando de pasar desapercibido luego en la ciudad, echando cañas en alguna terraza, algo feo para ser Dios, pero imponentes esos hombros, y esos gemelos de piedra maciza, y esa mirada oscura y desafiante. Cantona, el mismo, al servicio del circo en la arena del fútbol playa, en el que fue campeón y capitán francés, en su día, y en el que no supo clasificar a los suyos para Dubai, al lado de mi casa, sudoroso, pisando arena entre el banquillo y la cancha, quien fuera, probablemente, el futbolista más espectacular de la primera mitad de la década de los noventa.
El fútbol de Cantona era arte parido desde las entrañas. Si la honestidad se mide en la naturalidad, no hubo futbolista más honesto, ni técnica más genuina. Veloz y potente, intimidatorio, listo y preciso, atesoró en los estadios justo las virtudes necesarias para sobrevivir en las calles de la Marsella de su infancia. Cantona fue una de las últimas estrellas rebeldes de fútbol arrabalero y, al mismo tiempo, uno de los primeros extranjeros en triunfar, a lo grande, en el antaño hermético fútbol británico.
En las islas, The King fue un astro revolucionario en varios aspectos. Icono publicitario gracias a su arrebatadora imagen de barro y piel y su insobornable personalidad, bajó la pelota al césped para liderar al gran United de primeros de los noventa, que firmó el primer doblete de la historia, rubricado con un glorioso tanto de L’enfant terrible en Wembley ante el Liverpool.
Más allá de sus títulos y de sus números, el mayor logro de Cantona (con la ayuda de otros, como Zola) fue el de conseguir que el fútbol inglés dejara de construirse hacia dentro, en una especie de autarquía complaciente, y comenzase a dejarse permear por las mejores influencias del continente. Fue el primer ídolo global que exportó la recién instaurada Premier League y el punto de inflexión al que se aferró Inglaterra para edificar la que hoy es la liga más seguida en el planeta.
Cantona se retiró de manera definitiva en lo más alto, campeón, con apenas 31 años, ya lo saben, porque «no se divertía» y había perdido «la pasión» por el juego. Atrás quedaron las definiciones implacables, el sentido colectivo, los frenazos a golpe de cadera y los cuellos subidos de un futbolista irrepetible. La colección de Ligas y Copas. También en la memoria, la incorregible indisciplina que marcó su carrera y la patada que respondió al insulto de aquel ultra del Crystal Palace, que conllevó una suspensión ejemplar –aprendió entonces a tocar la trompeta–, la pérdida de la capitanía en la selección francesa, a la que nunca regresaría, y aquella rueda de prensa en pleno escándalo en la que se pudo escuchar a Cantona en estado puro, artista: «Cuando las gaviotas persiguen al barco, es que alguien va a lanzar sardinas al mar».
Colgadas las botas en 1997, dos espinas. En el 98, Francia fue campeona del Mundo, con un delantero como Guivarch en la titularidad. En 1999, sir Álex Ferguson culminó esa época dorada que provocó Cantona al conquistar la Champions League, en el Camp Nou.
En el retiro, no se apartó de los focos. Exportó su talento a la arena, y en 2005 fue jugador-entrenador en la Francia campeona del mundo de fútbol playa. Además, descubrió el cosmos cinematográfico, en el que alcanzó el reconocimiento en el festival de Cannes, donde danzó triunfante por la alfombra roja junto a Ken Loach, cuya última película, Looking for Eric, protagoniza. En ella Cantona, como toda la vida, se interpreta a sí mismo.
Versión revisada y ampliada de artículo publicado en Levante de Castelló en junio de 2009.






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#1 El Pase De La Muerte dijo,
13 marzo 2010 8:29 pm
Genial artículo.
Cantoná, algunos de mis primeros borrosos recuerdos futbolísticos le tienen como protagonista. Grandísimo jugador, como Zola, muy acertada la cita del talentoso italiano. Ya no existen futbolistas como Eric.
#2 juni dijo,
13 marzo 2010 9:30 pm
Muy buen artículo.Todavía me acuerdo del mítico anuncio de Nike(quién no se ha subido nunca el cuello y ha intentado tirar un trallazo por la escuadra imitando a Cantona), en el que Cantona destrozaba al demonio que osaba ponerse de portero.
Aunque supongo que muchos lo sabréis, la primera incursión de Cantona en el cine, es en la película ‘La fortuna de vivir’ donde el papel de gran boxeador loco venido a menos le viene al pelo a su carácter, ajaja. Para quien no la haya visto, es una pelí muy bonita y sencilla:
http://www.filmaffinity.com/es/film477080.html
un saludo
#3 @blog_RMCF dijo,
14 marzo 2010 12:29 pm
Me ha gustado mucho el artículo. No se puede añadir más en cuanto a Cantona, seguramente el último crack con personalidad, ahora todos se limitan a actuar de cara a la galería y a responder igual a todas las preguntas, metiendo la pata lo menos posible.
Un saludo.
#4 sila dijo,
14 marzo 2010 2:07 pm
Yo siempre fuí del Valencia, mi primer recuerdo sobre el futbol es cuando mi abuelo me sacó el pase con 5 añitos en segunda división, fuí un aficionado de esos que solo veian el futbol en el campo, ya que a mi padre no le gusta el futbol y en la tele de mi casa nunca se veia. A rincipios de los 90 me apunté a un equipo de futbol y quedabamos todos los domingos para ir a ver partidos de la liga inglesa. Allí nació mi pasión por el Manchester y fué sin duda alguna por dos jugadores de ese equipo. Peter Schmeichel y Eric Cantona. El primero por ser portero al igual que yo y ser el mejor que, en mi opinión, he visto nunca, con todas las virtudes que un chaval como yo soñaba con tener algún día en un campo de futbol. El segundo por su futbol, por su caracter y su innegable carisma. Era un jugador exquisito, de una técnica increible y una inteligencia pocas veces vista en un campo de futbol y pese a todo ello destacó mucho más por la raza, por el caracter, por negarse a aceptar la derrota y sobretodo porque esa hambre de triunfos tan solo parecia ser una parte de un hambre mucho mayor, el hambre por divertirse en un campo de futbol, el trasladar al futbol profesional el “espiritu” de un partido en el patio de un colegio, donde ganar era una cosa de orgullo personal, donde no pensabas en los puntos, ni en reservarte para el proximo partido, donde no se jugaba con el reloj y en donde cada jugada no era sino una oportunidad para lucirte y demostrar que eras mucho mejor que el contrario, donde intentar una jugada imposible no era perder un balón tontamente sino un “y si me sale…”, donde cada vez que perdias te enfurruñabas, te negabas a aceptarlo y reaccionabas de mala manera simplemente “porque te salia de …”. Tenias que ganar, por supuesto y no porque te acercará más a la victoria en una competición mayor, tenias que ganar porque eras mejor y punto.
Por todo ello, cuando me preguntan por el mejor jugador que he visto sobre un campo de futbol no pienso en la exquisitez de Zidane, ni en la mezcla de magia y letalidad de Romario, ni en los pases imposibles de Laudrup, ni en los títulos de Raul, Del Piero o giggs, ni en el manual de como se debe jugar al futbol que escribe Xavi cada partido. Pienso en ese delantero de números mediocres que me hizó creer que en el futbol aún queda sitio para los “niños grandes” para el que la expresión “mantener la cabeza fría por el bien del equipo” no existía. Él era raza, furia, pasión, hambre ¿como pedirle que tenga la cabeza fria? Si la hubiera tenido, si alguna vez no hubiera hecho lo que le hubiera apetecido hacer en un campo de futbol… no sería Cantona. Y si sus innumerables expulsiones y sanciones es el precio que había que pagar por tener un jugador de su caracter en el campo, el precio se paga con gusto.
Pocos años después de su retirada mis sueños se hicieron realidad, el Manchester y el Valencia se cruzarón en la liguilla de la Champions. Mi Valencia bronco y copero contra el Manchester herencia de Cantona. Llegarón al último partido de la liguilla en Mestalla que a los dos les servia el empate, pero una derrota podía dejar fuera a cualquiera de los dos, como es de esperar en el futbol de hoy en día el partido acabó 0-0 y el público de Mestalla acabó coreando un “que se besen”. Ese día algo murió, son mis dos equipos, pero hubiera firmado sin duda que cualquiera de los dos acabará eliminado porque hubiera significado que al menos ese día ninguno de mis dos equipos hubiera perdido sus señas de identidad. Mientras en la segunda parte los dos equipos se dedicaban a hacer pases insulsos en el medio del campo, pidiendo casi perdón cada vez que se acercaban por error al area rival, no podía evitar imaginarme a Cantona en su casa, viendo el partido pegandose cabezazos contra la pared más cercana porqué su Manchester no estaba jugando para ganar. Quizas soy un iluso, pero creo que con él en el campo eso nunca hubiera pasado.
PD: perdón por el tocho
#5 Enrique Ballester dijo,
15 marzo 2010 2:44 am
tiene buena pinta “La fortuna de vivir”. No la he visto, me la apunto!
#6 Enrique Ballester dijo,
15 marzo 2010 2:46 am
@Sila
no pidas perdón, aquí nos gustan los tochos, sobre todo si tienen sentido como el tuyo
un saludo
#7 La revolución de Cantona » Diarios de Futbol dijo,
27 noviembre 2010 12:22 pm
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