Quince años de USA’94

_1994-logoSon quince años, pero algunas cosas continúan igual. Mi madre lloraba cuando me dejó aquellos días a solas con mi abuela, y llora ahora que me voy a vivir con mi novia. Tampoco ha variado la desdicha de los veranos impares, aún más con el cambio de fecha de la Copa América, el viejo consuelo contra el hambre de fútbol estival. Tres lustros atrás, descubriendo la vida despreocupados y apasionados a la vez, disfrutábamos de la Copa del Mundo de la FIFA de 1994, en Estados Unidos de América.

Quizá no fue el mejor torneo de la Historia pero sí, considero, el campeonato perfecto para admirar de niño, y a solas. Los partidos nocturnos con Coca-Cola, el insuperable álbum de Panini, y el inagotable merchandising creado para la cita son sólo buenos e impagables recuerdos de la infancia. Mucho color y mucho calor. En cambio, si uno explora un poquito en la memoria encuentra la última gran tarde de Diego Armando Maradona, a Italia salvar partidos en inferioridad para pasar como tercera de grupo y llegar a la final en un alarde competitivo, a España caer en cuartos sin justicia, al anfitrión cumplir con dignidad, a la exuberancia africana quedarse por el camino y a Brasil campeonar. No es poco, es la base de todo el negocio. Faltaban Inglaterra y Francia, vale, y Alemania andaba de transición, pero no concedo nada más.


Comenzaremos por Maradona, y por su maravilloso golazo ante Grecia, el de las infinitas paredes en dos palmos y el latigazo a la escuadra. Y también el de la celebración posesa ante la cámara, merendándosela, pero de celebraciones míticas ya hablaremos luego. El entusiasmo por el Diego duró pocos días, hasta que se anunció su positivo por efedrina. “Me cortaron las piernas“, resumió.

Con Maradona o sin él, íbamos con España, aunque se dejasen aquellas horribles perillas. A esa edad (11 años pelados) desconocía cualquier indicio de polémica respecto al seleccionador Javier Clemente, la lista de convocados, las alineaciones o su estilo de juego y, la verdad, se vivía mucho más tranquilo y feliz. En mi cabeza inocente una idea era segura: en las selecciones juegan los mejores de cada país y los que juegan con España son los mejores de España. No cabía otra posibilidad.

Así, pese al tropiezo en el partido del estreno (a la 1.30 horas, me dormí y me puse el despertador para verlo, ojo), el 2-2 ante Corea del Sur, contra el Caballo Loco, con Cañizares por el sancionado Zubizarreta, la expulsión de Nadal y la remontada en cinco minutos, el gol inverosímil de Goikoetxea ante Alemania me llenó de ilusión para el último envite de la primera fase. No sin algún sufrimiento, Guardiola tirando un penalti y Caminero en plan estrella, se ganó a Bolivia y, en un notable partido de Hierro se goleó a Suiza para llegar a cuartos. Entonces mi ilusión era ya confianza plena.

Veía que Italia había sido tercera en su grupo y en octavos había volteado el marcador a última hora (Santo Dio, era ora!) ante Nigeria. Bueno, Roberto Baggio había despertado en el noventa, con el empate, y en la prórroga había marcado el segundo, pero eso lo advierto ahora, claro. Total, el otro Baggio, Dino, adelantó a la escuadra azzurra en el primer tiempo, pero Caminero empató con un disparo venenoso y España dominaba el partido, encastillada con Abelardo, Ferrer, Otero, Sergi, Alkorta y Nadal en una misma alineación (más Hierro luego), casi nada, y con Julio Salinas saltando desde el banquillo para fallar aquel gol cantado ante Pagliuca, preámbulo del balón al espacio a Roberto Baggio, el mago budista, y ese Zubi que no sale nunca, o sale tarde, y el quiebro escorado, y el remate mordido que se cuela entre las piernas de Abelardo. Como corolario, el codazo de Tassotti, las lágrimas, la sangre y la rabia de Luis Enrique.

Eso era Italia, el fútbol, Sandor Puhl, España y los cuartos. Una recurrente pesadilla.

Los que triunfaban de verdad en el Mundial yankee eran los porteros. Todos con personalidad. Cegaba la camiseta de Jorge Campos, a quien imitábamos algunos en la playa. Falló Higuita, que purgaba en la cárcel o recién salía de ella, a quien imitábamos todos en la playa. Pero había más: el príncipe Rufai, el sueco Ravelli con aquella cara de loco con la que festejaba cada penalti parado, el búlgaro Mihjailov que luego dirían que llevaba peluquín, Gianluca Pagliuca que fue expulsado contra Noruega y regresó en cuartos para ser héroe, nuestro Zubi justo después del final del Dream Team en Atenas, el brasileño Taffarel, el local Tony Meola y , por último, el belga Preud’homme, algo efectista y palomitero bajo su melena rizada, elegido mejor guardameta del torneo.

Una de las novedades en el Mundial fueron las impresiones de los nombres de los futbolistas en las camisetas, sobre los números. Unas camisetas por cierto, plenamente noventeras, es evidente. Adidas se llevó la palma con esos ribetes inconfundibles, en España o Argentina, o la variación que no sé cómo calificar para Alemania. La de USA, con las estrellas estampadas, o la de Nigeria, con el motivo ¿tribal?, también destacaron en unos estadios en los que normalmente se jugaba a fútbol, pero americano. Lo nuestro, allí, era soccer.

En definitiva, el Mundial lo ganó Brasil, en el primer triunfo de lo que ahora ha devenido en el Dunguismo. Ya se sabe, laterales largos, el blindaje en el centro del campo (Mauro Silva, Mazinho, Dunga) y pinceladas de talento arrebatador (Romario y Bebeto, algo de Raí y de Zinho) El partido ante Holanda fue de lo mejorcito del torneo. La genética irredenta de los brasileños asomó en un golpeo de tres dedos de Branco y en un amague finísimo de Bebeto, cuya celebración, bebé en camino, cruzó el Atlántico para popularizarse en mi barrio. Hay que ver.

Hablando de celebraciones, inolvidable la de Yekini, la mejor, agarrando la red dentro de la portería ante Bulgaria. Y, resumiendo, menciones para el golazo del saudí Al Owairan ante Bélgica, los penalties sin carrerilla del zurdo García Aspe, el batacazo de Colombia y la desgracia de Escobar, los cinco goles de Salenko a Camerun, la esplendorosa Rumanía de Gica Hagi, la Bulgaria letal y directa de un Stoichkov en estado de gracia escoltado por el calvo Letchkov y Balakov, o la mejor Suecia en color, con el tridente Brolin, Dahlin y Kenneth Anderson. Fue la primera final, Brasil-Italia, que se decidió en una tanda de penas máximas. Falló Baresi. Falló Roberto Baggio y la gloria y el Balón de Oro fueron para Romario.

Tantas cosas, que me bajo a por el álbum.

Archivo DDF | 1994: Brasil, tetracampeón sin brillo

Castellón, 1983. Escribo en el diario Levante. A veces de fútbol y a veces de música.

57 Comments

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