El adiós de Luis Figo

figoEl pasado sábado, el Inter conquistaba su cuarto Scudetto consecutivo sin siquiera saltar al césped. La derrota del Milan en Udine anticipó una fiesta esperada, y convirtió el partido ante el Siena en un choque intrascendente. Pero, amén de las salidas de tono, cada vez más habituales, de Zlatan Ibrahimovic, hubo quien quiso dar una trascendencia especial al partido de los interistas.

Luis Filipe Madeira Caeiro, Figo, anunció, al término del partido, y con su cuarto Scudetto bajo el brazo, que dejaba el fútbol profesional. No obstante, el portugués se dejaba una pequeña puerta abierta de cara al futuro, al afirmar que podría aceptar una ‘oferta especial y que viniera de fuera de Europa’.

La carrera de Luis Figo, brillante y exitosa donde las haya, ha estado marcada por varios sucesos concernientes a asuntos contractuales y de traspasos.

Aún en Portugal, incurrió en la primera de las duplicidades de contratos que adornarían su carrera. Siendo jugador del Sporting, con edad juvenil, hubo de indemnizar al Benfica por haber rubricado un contrato mientras formaba parte del club franjiverde. Fue la primera, pero no sería la última. Pocos años después, y antes de producirse su definitivo salto a una liga grande, Figo dirimió su ‘amor eterno’ en Italia, concretamente a medio camino entre el Parma (por aquel entonces potente escuadra bajo el cálido auspicio de las liras de la Parmalat) y la Juventus. Pero ni unos ni otros.

Josep Lluis Núñez, ávido cazador de emergentes futbolistas tras la Liga conquistada por el Madrid de Valdano, acertó al rellenar la chequera con 30 millones de pesetas más de los que ofrecía el Real Madrid por el joven luso. Porque Figo, no lo olvidemos, terminó en Can Barça por 30 millones de pesetas.

Empezaba a forjarse la leyenda de un futbolista sin escrúpulos, un mercenario de la banda, un deportista ansioso por mejorar sus emolumentos personales… y un extraordinario extremo derecho.

Sin duda, los años de Luis Figo en el Barça fueron los más notorios de su carrera. Se erigió en ídolo de la afición azulgrana, convirtió la banda derecha del Camp Nou en su intocable coto privado y, tal fue su excepcional acoplamiento al entorno barcelonista, que acabó luciendo el brazalete de capitán.

Pero a Figo no le bastaba con el cariño y el reconocimiento infinito de la afición culé. Figo quería más. Probablemente poco le importaba si quería más títulos o más dinero, pero lo que estaba claro es que quería más. De lo que fuera.

En la primavera de 2000, Florentino Pérez, candidato por segunda vez a la presidencia del Real Madrid, le puso en bandeja la oportunidad de convertirse, de la noche a la mañana, en el personaje más detestado por el barcelonismo. Si Pérez triunfaba en las elecciones, Figo vestiría la camiseta del eterno rival (aquella de la que 30 míseros millones de pesetas le habían separado cinco años atrás), previo pago de la cláusula de rescisión de 10.000 millones que figuraba en el contrato entre el club catalán y el futbolista portugués. Llegados a ese punto, poco le importó a Figo el cariño y las muestras de idolatría de los que habían sido sus seguidores durante cinco temporadas. El dinero se había entrometido en aquella idílica relación (seis millones de euros netos por temporada durante seis años), y ya no había nada que detuviese el desenlace.

El fichaje de Luis Figo por el Real Madrid, quien fue presentado oficialmente el 24 de julio de 2000 de la mano de su mentor, marcó un antes y un después en el fútbol español. Desató las hostlidades económicas, en las que únicamente los dos grandes partían con ventaja sobre el resto. Todo valía a la hora de fichar, y cualquier gasto era escaso. Las consecuencias en el FC Barcelona fueron aún peores. Al club azulgrana llegaron, en los años siguientes, futbolistas como Alfonso, Petit, Dutruel, Geovanni, Rochemback, Christanval, Saviola o Coco. Casi nada. Todo valía para tapar la marcha del ídolo portugués.

Figo aterrizó en Madrid con el mejor de los carteles. Balón de Oro en el año 2000, el portugués pronto se ganó a la afición merengue, tal y como había conseguido con la barcelonista. Fue el primero de un gran proyecto.

No fue el primero en utilizar ese ‘puente aéreo futbolístico’. Otros lo habían empleado antes, en ambas direcciones. Schuster, Michael Laudrup, Luis Milla, Nando o Luis Enrique, son algunos ejemplos recientes. Pero ninguno, ninguno de ellos, fue recibido con una muestra de odio equiparable a la que hubo de sufrir en sus carnes el portugués. La famosa imagen de la cabeza de cochinillo, yaciendo sobre el césped del Camp Nou como señal de ‘bienvenida’ dio la vuelta al mundo y forma ya parte de nuestro particular imaginario futbolístico patrio.

Figo debió haberse dado cuenta de que la carrera de un futbolista no es eterna. Sus condiciones físicas ya no eran las de antaño, y eso, unido a los problemas deportivos que terminaron por desmembrar aquel ‘Madrid Galáctico’ ensamblado sin reparar en gastos por Florentino, y una pésima relación con Vanderlei Luxemburgo, precipitaron la salida del portugués rumbo a Italia, en el verano de 2005. No había cumplido aún su contrato con el equipo madridista.

Su trayectoria en el Inter, manifestando un evidente ocaso físico a cada temporada, ha estado permanentemente marcada por una sensación de incomodidad. A nadie le hubiera extrañado que, en cualquier momento de estos últimos cuatro años, Figo hubiese anunciado su marcha a cualquier club de Oriente Medio que le hubiera garantizado una prejubilación cómoda y saneada económicamente. Pero el portugués se ha dejado querer en la cómoda y cosmopolita Milán. Se ha dejado querer hasta que el fútbol ha terminado por cansarle. Dudo que haya ningún equipo que esté dispuesto a ofrecerle una nómina que satisfaga sus pretensiones. Porque su calidad futbolística ya no es la que era, hace tiempo que dejó de serlo. Pero sus ansias y su búsqueda del mejor postor sin apego a colores y sentimientos, siguen intactos, como en sus inicios en Lisboa. http://www.tb-credit.ru/zaimy-online.html

54 Comments

  1. desde la barrera

    21 de mayo de 2009 a las 11:54 pm

    No me ha gustado el post, tanto decir que Figo era un mercenario, y que poco de que ha sido el mejor extremo derecho de los 90.

  2. Ramón Flores

    22 de mayo de 2009 a las 2:13 am

    Está muy bien tu ejemplo, Leon, pero hay que hacer una precisión: Figo ha dejado una huella mucho más profunda en el fútbol que Rui Costa, fue un jugador mucho más consistente y regular.

    Saludos

  3. Hikaru

    22 de mayo de 2009 a las 10:50 am

    La cruz de Figo con el Barça supongo que será del mismo palo que la que llevo y llevará siempre Mijatovic con el Valencia.

    Lo que dolió en Valencia (y supongo que en Barcelona) es el hecho de la falsedad del jugador. A un jugador que cambia de club por dinero, se le pita, se le tiene algo de tirria, pero se comprende y salvo los ultras, no se levanta las pasiones e ira que produjeron estos dos traspasos.

    El caso, que comentan ya por arriba, es que en el caso de Figo y Mijatovic, el mismo jugador negaba que se fuera a ir, enarbolaba la bandera del club, del sentimiento y del apego a los colores, negando en multitud de ocasiones que se fuera a ir, cuando luego se decubrió que cuando decía eso ya había firmado por el otro club. Siendo todo por temas económicos no se suma, si no que se multiplica el efecto de ambos aspectos, para crear una antipatía que se extendió al RM (en el caso del Valencia) y al jugador a lo largo de muchos años, con pitadas espectaculares cuando volvió al campo que lo hizo triunfar.

    Creo que lo diferencial es ese detalle, de cuando un jugador crea ese odio… es la forma de hacerlo, no el hecho de irse al equipo rival por más dinero.

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