En 1988 se otorgaba por primera vez la organización de la Euro a Alemania Federal, único equipo bicampeón en ese momento. El favoritismo de los teutones en su torneo era indiscutible, pues habían aparecido jóvenes valores de altísima calidad –como el cazagoles Jürgen Klinsmann o el tremendo central Jürgen Kohler- y el equipo, que ya estaba hecho, venía de ser finalista de la Copa del Mundo. Sin embargo, saltaría la sorpresa, y sería la Holanda de Gullit y Van Basten –jugadores que acababan de comenzar su mágico periplo en San Siro- quien vengase la injusta sequía de títulos de la naranja mecánica y se llevase a casa el jarrón.
Los holandeses, de todos modos, ya habían avisado de su potencial en la fase de clasificación, pues con seis victorias y dos empates habían ofrecido la mejor prestación de todos los participantes. Como anécdota, clavaron un 8-0 a Chipre que fue anulado por incidentes de público, y en la repetición hicieron exactamente la mitad de los goles. Otra sorpresa agradable fue la Unión Soviética, que de regreso de la travesía del desierto pasó por delante del campeón, Francia. La selección española, basada en esta ocasión en los jugadores de la Quinta del Buitre, entró a última hora gracias a que Rumanía no fue capaz de meterle ningún gol en Austria al formidable arquero Lindenberger, imbatible ese día. La Eurocopa de Alemania fue el último torneo del llorado Miguel Muñoz.
España quedó encuadrada en un grupo temible, junto con la anfitriona, una Italia completamente reconstruida, y Dinamarca. Precisamente contra los nórdicos fue el primer partido, en el que muy bien dirigida por Míchel –que metió un gol y falló un penalty- la selección dominó y mereció la victoria final por 3-2. Los daneses mantenían el equipo de cuatro años antes, pero varios jugadores como Lerby o Elkjaer-Larsen ya no estaban al mismo nivel. El torneo comenzó bien para España, pues, pero pronto las cosas se torcieron. La nueva Italia, con una columna vertebral de futbolistas del Milan –Baresi, Maldini, Ancelotti, Donadoni- fue muy superior, y el resultado de 1-0, gol de Gianluca Vialli, puede considerarse corto. Algo parecido pasó frente a Alemania, que dominó y decidió el partido con un doblete de Völler. Los puestos de semifinales fueron para los anfitriones e Italia; ambos habían vencido a los daneses, y después empatado entre sí en un partido que estuvo más cerca de ganar Italia, pero que igualó el poderoso Andreas Brehme transformando un libre indirecto desde dentro del área.
El otro grupo incluía a Inglaterra, Holanda, la Unión Soviética y, gran sorpresa su presencia, la República de Irlanda. Pero los irlandeses no se conformaban con el papel de convidados de piedra, y lo demostraron pronto tumbando a Inglaterra en el partido inaugural, la victoria más soñada por su gente. El extraordinario equipo inglés (al menos en cuanto a nombres: Lineker, Robson, Beardsley, Barnes, Waddle) no fue capaz de igualar el gol conseguido por Roy Houghton en el inicio del partido, y comenzó ya el torneo con un pesado lastre. También fue sorprendente el otro partido, donde la Unión Soviética de Lobanovski arrolló por momentos a Holanda, y logró un merecido triunfo gracias al cañonero Rats. Los soviéticos no mantuvieron su nivel en el siguiente partido, donde empataron a uno con Irlanda, mientras que Inglaterra y Holanda jugaron en Düsseldorf un partido agónico. Los ingleses vieron como se les iban dos balones a la madera antes de que Van Basten adelantara a Holanda; aunque Robson empató poco más tarde, dos tantos más del genial tulipán –que sorprendentemente no había sido titular en el primer partido- mantuvieron con vida a Holanda y se la quitaron a los británicos. Estos, desmoralizados, entregaron pronto la cuchara ante los poderosos soviéticos en el partido final (1-3) mientras que un solitario gol de Kieft confirmaba el pase de Holanda y echaba de Alemania a una Irlanda que había exprimido al máximo su fútbol tosco y había rozado la gloria. Volvieron a su isla en olor de multitud.
En la semifinal de Stuttgart se enfrentaron los dos equipos que quizá habían mostrado mejor imagen hasta ese momento, Italia y la URSS. A la hora de la verdad, la maquinaria de Lobanovski pasó por encima del animoso y joven equipo italiano, a quien quizá este campeonato cogía un poco pronto. Los rusos, con Dasaev en la portería, Kuznetsov de mariscal en el centro de la defensa, Litovchenko repartiendo juego y Mikhailichenko moviéndose arriba como un bailarín, no dieron opción a los italianos; los goles del propio Litovchenko y de Protasov los llevaban a su cuarta final. El otro partido, Alemania-Holanda, resultó más interesante por lo que le rodeaba (venganza de la final del Mundial 74, anfitrión contra sensación, etc.) que por el juego en sí, pobre y lleno de precauciones en ambos bandos. En el segundo partido se animó algo cuando Matthäus adelantó a los teutones y enloqueció el Volksparkstadion, pero Koeman y Van Basten dieron la vuelta al marcador y confirmaron la victoria holandesa en un partido que podía haber caído para cualquier lado. Bien liderados por el mejor jugador del partido, Ruud Gullit, los holandeses habían alcanzado su primera final de Eurocopa.
La final en el Olímpico de Munich resultó un partido de pierna fuerte, tenso y varonil, con buenos detalles de calidad. La primera media hora podía considerarse de tanteo, con Holanda examinando a su poderoso rival y la URSS tratando de sobreponerse a la baja por sanción de su baluarte Oleg Kuznetsov. Es dudoso que si hubiera estado el jugador del Dinamo de Kiev, Gullit hubiera podido cabecear con comodidad el balón que, a la media hora de juego, supuso el primer balón del partido. Así se llegó al descanso, y a poco de reanudarse el juego, llegó la jugada del torneo: balón diagonal larguísimo de Arnold Muhren, de izquierda a derecha, que llega a Van Basten; el delantero está pegado a la línea de meta, sin ángulo alguno hacia la portería, pero cuando ve venir el proyectil, arma una volea altísima e imposible que se cuela como un tiro en la puerta de un Dasaev que tarda unos segundos en darse cuenta de lo que ha ocurrido: quizá el gol más bello nunca visto en una final de la Eurocopa. En el haber de los soviéticos hay que anotar que no se vinieron abajo tras la acción celestial –cosa que suele ocurrir- y en la media hora restante cercaron la portería holandesa. Fue bastante injusto que acabaran con su casillero a cero, e incluso desperdiciaron un penalty, que lanzó Belanov y detuvo Van Breukelen; vaya dos meses del portero, por cierto, que había dado la Copa de Europa al PSV en los penaltis y ahora detenía otro en la final de la Euro. Tras ese tiro asumieron los soviéticos su suerte, y el torneo concluyó sin más incidencias. No fue la mejor versión de la selección oranje la que se proclamó campeona, pero al menos, supo aprovechar el momentum del genio. Al fin y al cabo, eso es lo que permanece en la memoria.







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#1 ruben garcia dijo,
4 junio 2008 5:30 am
que hermosa camiseta tenia Holanda! y que jugador fue Marco Van Basten!
abrazo de gol
http://www.tremendamentemotivados.blogspot.com
Ruben
#2 guerra dijo,
4 junio 2008 9:45 am
Me parece que tienen que arreglar los rss o similar, en la página de “blogs de futbol” dice “Suecia 88: la recomensa de Holanda”
#3 NIPO dijo,
4 junio 2008 2:36 pm
Fue este portero, el de Holanda, que jugaba con el nº8 y sin guantes o ese fue en el mundial 74?
#4 tubilando dijo,
4 junio 2008 5:18 pm
@ NIPO
No, el portero era Van Breukelen, del PSV que se cruzó en el camino de la Quinta del Buitre.
El del Mundial-74 era Jongbloed, que era un poco estrafalario; jugaba con rodillera, con el nº 8, de amarillo chillón…