Si alguien se decidiera a buscar donde se halla la piedra filosofal del fútbol europeo, haría bien en comenzar el rastreo por algún lugar de Europa Central, no demasiado lejos de los Alpes, el Danubio o el mar. No es normal que la mejor selección europea jamás vista haya salido de un pequeño país llamado Hungría, donde además se habla una lengua casi incognoscible. Tampoco lo es el vivero de futbolistas que producía y produce la antigua Yugoslavia, de los que durante muchos años han vivido tantos equipos europeos. Y menos aún, sin duda, es habitual lo de Checoslovaquia; un país con quince millones escasos de habitantes, que ha sido dos veces finalista del campeonato del Mundo y tres de la Eurocopa, que ha producido un mundo de enormes jugadores en diferentes generaciones –uno de ellos, Masopust, podría mirar a los ojos casi a cualquier grande- y que dado momentos inolvidables al fútbol, con exhibiciones de esas que ganan la simpatía del neutral a perpetuidad (véase Eurocopa 2004). En 1976, en Yugoslavia, el juego le dio a esta admirable nación el trofeo que se merecía, y lo hizo además asociando su nombre a una de las mayores demostraciones de clase y sangre fría jamás vista en un campo: el penalty de Panenka.
Pero hasta llegar a ese momento supremo y a una fase final extraordinaria, se recorrió un largo camino, que empezó de nuevo en una durísima fase previa dónde sólo pasaba el primero de cada grupo. Los propios checoslovacos dieron la campanada –o quizá no tanto- eliminando a Inglaterra, después de que el partido que los enfrentaba en Bratislava hubiera de suspenderse temporalmente por la niebla, y en la siguiente ronda pudieron con los eternos soviéticos, entrando así en semifinales. Fue notable también la prestación en la previa de Gales, que se clasificó por delante de Hungría, y de Bélgica, que pasó a una Francia en horas muy bajas, y con la que no perdió ninguno de los dos enfrentamientos cara a cara. Ambos equipos caerían luego en cuartos; los británicos honrosamente frente a Yugoslavia –que luego organizaría la fase final- y Bélgica con gran estrépito frente a sus vecinos holandeses, que los barrieron en De Kuip por 5-0 (hat-trick de Rensenbrink) y luego les asaltaron también a domicilio. España hizo una buena serie de clasificación y pasó el corte, pero caímos también en cuartos ante Alemania; un muy buen equipo, muy competitivo, con la columna vertebral de la campeona del mundo, pero sin el toque de excelencia que los había hecho reyes.
Las semifinales, que se presentaban apasionantes -la clase de los checoslovacos contra el fútbol total de Cruyff y compañía; el anfitrión contra el campeón- no defraudaron a nadie, que es lo que suele ocurrir en estos casos. La primera se disputó en Zagreb, ante un aguacero imponente, en un partido lógicamente físico en el que los holandeses –a pesar de contar con jugadores de carácter como Cruyff o Johan Neeskens, que acabó expulsado- perdieron la batalla del centro del campo. Pivarnik y Ondrus anularon a los grandes creadores de la oranje, el Flaco y Wim van Hanegem, y a partir de ahí todo fue más sencillo. En realidad, el melenudo Ondrus fue el gran protagonista, pues anotó los dos goles del tiempo reglamentario, uno en la portería rival y otro en la propia cuando sólo faltaban diez minutos. La prórroga fue muy tensa, con ambos equipos rotos y jugando con uno menos, y fue resuelta por los centroeuropeos en los últimos minutos, goles del gran Nehoda y de Vesely. Perdía así Holanda una nueva oportunidad de certificar con trofeo a la mejor generación de su Historia, pero en su defensa hay que decir que cayeron ante un gran rival.
La otra semifinal fue más movida, aunque seguramente no más intensa. Los yugoslavos, que tenían de nuevo una escuadra sensacional –el ya veterano Dzajic, Katalinski, Acimovic en su mejor momento- apabullaron a los germanos en la primera parte, que si terminó “sólo” 2-0 fue por el partidazo del portero del Bayern, Sepp Maier. El perro de presa Vogts no podía con Dzajic, y Zungul, velocísimo, hacía diabluras por la banda derecha. Así se llegó al descanso, y en la segunda mitad cambió la decoración, aunque no de modo radical. Beckenbauer asumió galones y fue sacando poco a poco a su equipo de la cueva, mientras que los balcánicos se desfondaban poco a poco. Había escasa claridad en Alemania, en cualquier caso, y la sombra de los ausentes Netzer y Gerd Müller se iba haciendo alargada, cuando mediada la segunda conseguía Flohe acortar distancias. A partir de ese momento se empezó a palpar el “miedo a ganar” en los yugoslavos, un problema que ante Alemania suele ser fatal. A falta de diez minutos salió Dieter Müller para reforzar el ataque, y él solo, como solía hacer su homónimo, finiquitó la contienda: primero con un remate de cabeza que supuso el empate, y después con un doblete en los minutos postreros de la prórroga, mientras los yugoslavos se preguntaban aún dónde y cuándo se les había ido un partido que tenían ganado en la primera parte. Perdieron también en la prórroga (2-3) de la consolación.
La finalísima se disputó en Belgrado, y fue tan dramática y apasionante como los partidos anteriores. En realidad se pareció mucho a la segunda semifinal, con un tiempo para cada equipo, aunque el fútbol de los checoslovacos estuvo muy lejos del tiralíneas que desarrollaron los yugoslavos. Sin embargo, sí que fueron efectivos, primero aprovechando un fallo de Vogts para armar una centelleante jugada que culminó Jan Svehlik, y después con un buen tiro de Dobias tras despeje del Kaiser. Reaccionaron rápido los alemanes, acortando distancias de nuevo Dieter Müller –que se había ganado la titularidad- pero a partir de ese momento se agigantó la figura del arquero Ivo Viktor, que lo paró casi todo, y a quien además favoreció la suerte en alguna ocasión, como en el famoso tiro de Bonhoff que tocó poste y le fue a las manos. Como en la semi, Beckenbauer –que cumplía su centésimo partido como internacional- sacó a su equipo de las cavernas en el segundo tiempo, y el asedio se hizo por momentos insoportable. Los checoslovacos, más fuertes atrás que los yugoslavos, resistieron a pie firme, y consiguieron retrasar lo inevitable hasta el minuto favorito de los alemanes: el noventa. Ahí fue donde, tras el típico corner que siempre se concede en momentos de desesperación, Holzenbein cazó el balón con la testa y lo mandó parabólico, imposible para el portero. La cuarta prórroga en cuatro partidos no resolvió nada.
Había llegado el momento del debut de los penaltis en un gran torneo. Tan novedosos eran, que el acuerdo para emplearlos se había tomado el día anterior, y los checoslovacos ni siquiera sabían que iban a practicarse, de ser necesarios, en el momento supremo. Empezaron tirando ellos, y los siete primeros lanzamientos besaron red. El octavo lo lanzó el alemán Hoeness, y según su propia expresión, se le fue el balón tan arriba que tardaron un año en encontrarlo. Así pues, la suerte final quedó a pies de Antonin Panenka, un exquisito centrocampista del Bohemians que había cuajado un gran torneo, y que era popular entre sus compañeros por su gracejo peculiar, adornado con un punto de excentricidad. Algo así, y también unos nervios de acero y una confianza arrolladora en sus propias posibilidades, fue lo que mostró cuando picó el balón con suavidad, para que entrase, prácticamente llorando, por el centro de la portería. El lance lo había practicado hasta la saciedad en los entrenamientos para ganarle apuestas a Viktor, y el portero le había dicho que si lo practicaba alguna vez en un partido oficial, no volvería a dirigirle la palabra. Parece que el bueno de Ivo se retractó cuando vio el balón entrar.
También lo vio, con mirada desesperada, el gran Maier, quien se lanzó como un leopardo hacia un lado, y después declararía que jamás olvidaría esa jugada. Ni él ni ningún aficionado al fútbol, porque un solo toque había bastado a Panenka para, de una tacada, inventar una nueva suerte, darle una Eurocopa a su gente, y ganar la inmortalidad.







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#1 NIPO dijo,
2 junio 2008 12:34 am
Es realmente la manera de entrar en la historia siendo un jugador normalito, lo comunmene llamado innovar para triunfar en la musica se aplicó al fútbol
Psdt: Creo que en el primer párrafo se refiere a la Euro 2004
#2 Pepenbauer dijo,
2 junio 2008 1:11 am
Nos cogen en la Eurocopa y nos pulen.
#3 okruz dijo,
2 junio 2008 1:56 am
Una auténtica obra de arte. El mejor penalty dela historia
#4 ruben garcia dijo,
2 junio 2008 3:02 am
a lo Panenka! todo un adelantadoooo…
abrazo de gol
http://www.tremendamentemotivados.blogspot.com
Ruben
YA ESTAN LOS TITULOS DE LA FECHA
#5 Dadan Narval dijo,
2 junio 2008 8:41 am
Algo tiene, sí, Ramón, centroeuropa para producir tamaños futbolistas… pero también artistas, músicos y escritores.
En lo relativo a las artes no tengo teoría, pero en cuanto al fútbol tengo una, de lo más peregrina, pero que creo que tiene algo de verdad: son sus apellidos, tan sonoros, que acojonan al rival.
#6 Irureta10475 dijo,
2 junio 2008 10:17 am
Tengo que puntualizar un asunto, la fase final de la Eurocopa, lo que ahora llamaríamos “final four”, hasta ese año (1976), se designaba entre los semifinalistas, cuando ya estaban clasificados. Por eso Yugoslavia no podía faltar a “su” eurocopa. A partir de ese torneo, se elige previamente la sede de la fase final y se ampliaron sus participantes primero a 8 y después a 16.
#7 Ramón Flores dijo,
2 junio 2008 12:00 pm
Gracias por vuestras correcciones, @Nipo e @Irureta. Ya está rectificado.
@Dadan, yo en cuanto a las artes pienso que puede tener que ver con estar en un lugar central, en un cruce de caminos entre lo germánico, lo latino y lo eslavo. Y claro, los nombres son maravillosos: Magyarorszag, Ceskoslovenska, Jugoslavija…
#8 La enviada Eslovaquia » Diarios de Futbol dijo,
13 octubre 2009 2:37 pm
[...] en el 34 (en la Italia musssoliniana y ante la anfitriona) y en el 62 (ante el Brasil de Pelé) y campeona de Europa, Panenka mediante, en el 76, la selección checoslovaca será siempre recordada con idéntica nostalgia con la que se rememora [...]
#9 La envidiada Eslovaquia | Blotic Deportes dijo,
13 octubre 2009 8:40 pm
[...] en el 34 (en la Italia musssoliniana y ante la anfitriona) y en el 62 (ante el Brasil de Pelé) y campeona de Europa, Panenka mediante, en el 76, la selección checoslovaca será siempre recordada con idéntica nostalgia con la que se rememora [...]
#10 La envidiada Eslovaquia | fútbolWatch dijo,
14 octubre 2009 9:01 am
[...] en el 34 (en la Italia musssoliniana y ante la anfitriona) y en el 62 (ante el Brasil de Pelé) y campeona de Europa, Panenka mediante, en el 76, la selección checoslovaca será siempre recordada con idéntica nostalgia con la que se rememora [...]