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Un clásico en la distancia

florencia1.jpgHacía dos meses que tenía elegidas estas fechas para pasar unos días en Florencia. Debía a la ciudad toscaza una nueva visita. Pasé por allí hace unos años, en pleno agosto y todas mis expectativas se vieron frustradas por las hordas de turistas que, como invasores contemporáneos, hacían suyas las calles de la que fuera cuna del Renacimiento. Imposible sufrir nada siquiera parecido a lo que pasó Stendhal, cuando cada escultura, cada edificio, cada esquina de la ciudad estaba habitada por miles de soldados que, con cámaras de fotos y bermudas en lugar de espadas y escudos, velaban porque nadie con un poco de inquietud cultural pudiera hacer suyo un ápice de la grandeza artística de la ciudad. Y doy fe de que hacían bien su trabajo.

Por ello, estaba ilusionado con esta nueva visita. Unos días lejos de la oficina, con la perspectiva de poder vivir lo que años atrás no pude y, además, junto a mi amor. Se acercaban las fechas del viaje y cada día que pasaba más ansioso estaba porque tuviera lugar. Pero, he aquí, que un par de semanas antes de marchar, un amigo me recordó que el Clásico se jugaba precisamente uno de los días que yo estaba en Florencia. Ay, en ese preciso instante, toda mi ilusión quedó matizada por el hecho, más que probable, de que por estar lejos pudiera perderme el gran partido.

Así, nada más llegar, me puse manos a la obra para localizar tres cosas. La primera, obviamente, la Gallería de los Uffizi, donde me esperaban algunas de las pinturas más grandes que jamás se hayan creado. La segunda, la Basílica de Santa Croce, donde junto a Maquiavelo y Miguel Ángel descansa una persona cuya historia me conmovió hace años y a la que dediqué varias páginas de mi primer intento juvenil de novela: Antonio Meucci, inventor, por amor, del teléfono, que murió solo y pobre después de que un tal Bell le robara su invento. La tercera, pero no menos importante, un pub, un bar, algún sitio, donde, el domingo, ¡por favor!, poder asistir al partido. Para los dos primeros lugares no encontré dificultad, pues aparecían en todos los mapas y guías. El tercero, por desgracia, no. Semejante omisión me pareció, en ese momento, imperdonable.

La chica de la recepción del hotel respondió a mi pregunta sobre dónde poder ver el Clásico en su ciudad con una mirada extrañada. Acostumbrada a que la cuestionen por horarios de museos y restaurantes que merezcan la pena, no supo qué decir. Extendió las manos en señal de ignorancia y me respondió que, en todo caso, podría preguntar a algún amigo. Así quedamos, pero, como me han enseñando los años, las cosas verdaderamente importantes no se pueden dejar en manos de otros. Por ello, durante las caminatas por las intrincadas calles de Florencia durante mis tres primeros días, las esculturas, las fachadas de sus magníficos edificios y los escaparates de bares y cafeterías ocupaban mi atención por igual. A éstos últimos les dedicaba miradas furtivas, de reojo, en las que ansiaba encontrar un cartel, una señal, que anunciara la emisión del gran partido. No era de Leonardo la “anunciación” que más anhelaba en ese momento.

Al fin, al tercer día, aconteció. Fue cerca de salida de la Galería de los Uffizi, en una calle que bajaba desde el Palacio Vecchio. En el primer piso de lo que parecía ser un centro comercial, había una cafetería en cuyo escaparte un letrero informaba de la emisión de varios partidos de la Premier y, el domingo, el Inter-Milan. Entré en la misma y pregunté a la camarera no por el suyo, sino por mi clásico. Tras consultar al que parecía ser el encargado, me respondió afirmativamente.
- Pues aquí me veréis –respondí con la misma sonrisa que la del niño al que los reyes le han traído el juguete que más ansiaba.

Los siguientes días pude disfrutar mucho más plenamente de la ciudad. Mi atención se dedicó al cien por cien a lo que realmente había ido a ver y aunque, por momentos, me sorprendía a mí mismo ante murales de Giotto o Vasari o esculturas de Giambologna o Donatello, pensando en si definitivamente jugarían Ronaldinho y Deco, Florencia me atrapaba totalmente. ¡Qué ciudad! Pero, a medida que se acercaba el domingo, la mitología moderna que en cierto sentido es el fútbol se iba abriendo paso en mis pensamientos, dejando atrás tanto a los dioses y héroes griegos de mármol que el Renacimiento recuperó, como a las imágenes religiosas cristianas. Si dos días antes me esforzaba por intentar ponerme en el lugar de un visitante de la Iglesia de Santa María Novella que en el s. XV se situaba frente a las imágenes del purgatorio pintadas por Nardo di Cione -¿qué indecible terror le procuraría la recreación de tales tormentos?- ahora, unas horas antes del gran partido, ya nada me alejaba de Barcelona, de lo que allí ocurriría horas después. Mi mente se situaba en el futuro inmediato, no había lugar en ella, ya, para el pasado, por muy grande que éste fuera.

Al fin, llegó el momento. Ella prefirió descansar en el hotel, así que fui solo. Mientras caminaba hacia la cafetería me cruzaba con los florentinos que apuraban sus compras navideñas. Pensaba en que, si unas horas antes era uno más entre ellos, qué lejos me encontraba ahora de allí donde realmente estaba. Llegué a la cafetería a las siete en punto. En ella cenaba un amplio grupo de turistas chinos y, para mi terror, en la televisión del local estaba puesto un terrible programa de variedades, tan propio de la televisión italiana. Ante mi indignación -¿¡pero ustedes no saben que hoy es el Gran Partido!?- cumplieron la promesa y, casi sin volumen, comenzó el choque.

Creo que brindé un bonito y tribal espectáculo a los chinos de las mesas de detrás de mí con la especie de Baile de San Vito que me dominó en cuanto comenzó a rodar el balón. También creo que en algún momento uno de ellos sacó su diccionario Chino-Italiano para buscar el significado de la palabra “Mejuto”, pues yo no dejaba de gritar su nombre mirando a la televisión y abriendo mis manos en señal de súplica.

- ¡Mejuto! ¡Pita algo, por Dios!

Poco a poco el partido-a-distancia comenzó a ser habitado por más espectadores. Entraron al bar varias personas que supuse españoles, pues se acercaban ansiosos a la barra y cuando veían que el Clásico se estaba emitiendo, hacían un gesto de victoria. Dos franceses, por su parte, discutían a voz en grito cada jugada. Al parecer, uno era de cada bando y, por la pasión con la que vivían el partido, se diría que mucho. Al poco, éramos ya unas veinte personas, entre los dos franceses, unos cinco o seis españoles, varios italianos y yo, los que veíamos el partido. Cada ocasión de gol me giraba para intentar saber, a partir sus gestos, los colores del resto de los que estaban en el bar. Buscaba desesperadamente un correligionario entre todos ellos. A parte del francés, al que no quería acercarme, pues había riesgo real de que ambos acabaran a tortazos y yo implicado si veía el partido junto a ellos, no había allí ni un solo culé. Ni uno solo.

- ¿Pero tan mal está el mundo que todos son del Madrid? –me preguntaba.

Así, me fijé en que en una de las mesas, se sentaba un padre junto a su hijo. Hablaban en castellano. El hijo estaba visiblemente enfadado, diciendo que había sido una encerrona y que ya sabía él que iban a terminar viendo el partido. El padre, le pedía que estuvieran al menos un rato ahí, justificando su petición en que ya habían visitado la Galería de los Uffizi y pateado Florencia durante toda la jornada. El hijo, resignado, abrió un libro y se puso a ojearlo, mientras el padre, libre, veía el partido. Yo miraba al niño –que debía tener unos veinte años- e inmediatamente me vino a la cabeza una imagen de un día anterior. Mientras paseaba por la misma Galería de los Uffizi, me fijé en un chico que pasaba sala a sala sin dedicar siquiera un segundo a los cuadros que en ellas colgaban. Embobado en la música de su Ipod, ese pobre idiota pasaba por entre algunas de las más grandes obras de arte de toda la historia, sin contagiarse siquiera una milésima de toda su grandeza. En aquel momento ese chico me dio verdadera pena. Estar así de cerrado ante a las maravillas que le rodeaban. Ahora, viendo a este otro chaval, que hacía lo mismo, pero en un sentido para algunos contrario, sentía lo mismo.

En esas, llegó el golazo, absolutamente inapelable de Babtista y, para mí, el comienzo del fin. El francés de Madrid comenzó a saltar de alegría y con él, para mi desesperación, todos los españoles del bar.

- Vaya por Dios –me dije-, estoy en territorio comanche…

Llegó el descanso. En Italia, país civilizado para todas las cuestiones, no está permitido fumar en los espacios públicos, tampoco en los bares. Así, mi tormento era aún más grande. Fumador y culé, todo esto estaba comenzando a ser una pesadilla. Salí a la calle, encendí creo que cinco cigarros a la vez y llamé por el móvil a esa alma gemela y blaugrana que a cientos de kilómetros sabía que estaba sufriendo tanto o más que yo: mi hermano.

- Javier… -dije-, dime, por favor, que vamos a ganar.

Él siempre tiene las palabras adecuadas. Me tranquilizó escucharle. Me dijo que se ganaba “fijo”, que Ronnie iba a callar bocas y que Pepe no estaría a ese nivel todo el partido, seguro. Marcamos pronto y se da la vuelta a esto en un pispás

–Cuando termine el partido hablamos concluyó-.

Le respondí que solo si ganábamos, que para llorar no le iba a llamar, que para eso me valía solo.

- Entonces hasta dentro de cuarenta y cinco minutos –dijo.

Apuré el cigarro pensando en las posibilidades de la segunda parte. Pensé en Ronaldinho y a la cabeza me vino, sin poder evitarlo, las imágenes de sus mejores momentos, asociadas al epitafio de la tumba de Maquiavelo, que esa misma mañana había visto en la Basílica de Santa Croce y que rezaba algo así como “No hay elogio suficiente para tan gran hombre”. Entré, les dediqué una serie de miradas entre reticentes y envidiosas a mis compatriotas del otro bando y me senté en el mismo lugar que antes. Si fuera supersticioso me habría sentado en otra mesa… y quizá debería serlo, porque el partido siguió por los mismos derroteros. No había nada que hacer. Se llegaba por garra –eso que se suponía que faltaba a este equipo-, pero no por juego. Poco a poco se agotaban los minutos y, con ellos, mis esperanzas. Al fin, un minuto antes de lo indicado por el cuarto árbitro, cosa que me encendió soberanamente –sí, así es el fútbol, que nos agarramos a cualquier excusa en determinados momentos- se terminó el partido.

Los madridistas celebraban la victoria abrazándose, sonrientes. Yo estaba sentado en la mesa, con la mirada fija en la televisión, embobado, esperando, qué se yo, que comenzara el partido de nuevo, que eso fuera un sueño, una pesadilla momentánea, lo que fuera. Pero la realidad es a veces aplastante. Estaba allí y se había perdido. No había vuelta atrás.

Me quedé en la silla durante un buen rato, viendo cómo los alegres madridistas –pero, ¿por qué hay tantos?- dejaban el bar dedicándome a mí, único culé en tierras lejanas, miradas de reojo. Los franceses también se fueron, discutiendo aún a gritos. Al de un rato, sin embargo, el francés de Barcelona volvió a entrar. Se dirigió hacia mí, que ya estaba de pie, poniéndome el abrigo y la bufanda y, sin mediar palabra, me dio un abrazo fortísimo. Y se fue por donde vino.

Volví hacia el hotel caminando despacio por las calles de una Florencia que ahora, de noche y teñida por una derrota que a ella le era absolutamente ajena, me parecía una ciudad oscura y triste. Recibí varios mensajes al móvil de amigos de todos los colores, pero especialmente blancos. No les respondí. Pensaba en cuántos meses quedaban hasta la revancha. Podían ser cuatro o cinco, pero también un año… o dos. El tiempo se relativizaba. El Duomo, del s. XIV, estaba ahí, presente. No había distancias entre el tiempo en que fue construido y éste. Y sin embargo, ¡nuestro renacer se antojaba tan, tan lejano!

Sólo, paseé mi abatimiento por las calles de la ciudad italiana, pensando en que una derrota entre los tuyos es mucho menos derrota. La gente con la que me cruzaba se me antojaba cruelmente ajena a lo que se había vivido en Barcelona. En ese momento, sin embargo, frente a mí me encontré con dos chicos cuyas cabezas gachas estaban coronadas por dos gorros del Barça. También llevaban bufandas. Caminaban en sentido contrario al mío. En el instante justo en que nos cruzamos, sin poder evitarlo, les dije:

- Arriba ese ánimo, coño, que esta liga se gana.

Me miraron atónitos. Sonrieron lo dos y uno de ellos me contestó:

- Ya me jode que la ganemos, pero… ojalá.

- Ojalá no –le corregí-. Se gana.

Y me separé de ellos, pensando que lo más probable es que hubiera actuado con esos dos culés como mi hermano una hora antes conmigo. En fin, la esperanza es lo último que ha de perderse y lo primero que hay que avivar en los espíritus derrotistas.

Llegué a la habitación del hotel. Ella hacía la maleta. Al día siguiente volvíamos a casa, con escala de siete horas en el aeropuerto de París. Pensé que me esperaba un día larguísimo y que ojalá no hubiera allí prensa española, porque seguro que terminaba leyéndola.

- ¿Cómo han quedado? –me preguntó.

- Esta liga se gana –respondí. Y ella no necesitó preguntar más. Por mi mirada y el modo de decirlo, más propio de alguien que intenta convencerse de algo que de quien describe un hecho, supo que el partido lo habíamos perdido. Tanto me conoce.

- No pasa nada –me dijo, mientras me daba un beso-. Es sólo fútbol.

- Sí, sólo eso –respondí entre dientes y caí en la cama, derrotado.

Derrotado por 0-1 y, paradójicamente, fuera de casa. Gol de Baptista.

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Secciones: Barcelona, Cultural, Real Madrid

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20 Comentarios »

  1. #1  rago  dijo,

    28 Diciembre 2007 9:15 pm

    ves?
    MAGNIFICO.
    El segundo mejor post que he leido en la web, despues de ese en el que contabas la historia del filosofo conspiranoico de cafeteria

    hazme caso, olvidate de analizar cosas tan indescifrables como el futbol, tu vales mas que eso. vales mas que una pandilla de espermatozoides con patas discutiendo quien es el mejor.

  2. #2  Joseilillo  dijo,

    28 Diciembre 2007 9:51 pm

    Sencillamente sublime. Al nivel de “El fútbol y yo”, o aún más: con eso lo digo todo.

    Y soy madridista hasta la médula.

  3. #3  martin foro  dijo,

    28 Diciembre 2007 10:02 pm

    En fin, al menos tu ya has cumplido uno de mis sueños(y dos veces, seras…), que es visitar Florencia, supongo que despues de eso lo demas no importa realmente…(y un carajo, si lo se yo que no puedo evitar estar inquieto mientras juega el Sevilla algo, este donde este…que cosa tan jodida y hermosa es el futbol ;-)

    Precioso post claro, tu eres de los poco que consigues que no me sienta como un maldito idiota analfabeto porque me guste el Futbol…(asco de que todos tus amigos piensen en el futbol de forma despectiva…)

  4. #4  NIPO  dijo,

    28 Diciembre 2007 10:21 pm

    Como siempre de lujo, Dadán, pero espero que no te sientas nunca tan mal por perder. Uno se siente bien cuando se gana y se olvida cuando se pierde. El futbol está hecho para disfrutar un rato!

  5. #5  Dadan Narval  dijo,

    28 Diciembre 2007 11:07 pm

    Bueno, gracias…
    NIPO, por supuesto que no.

  6. #6  Nightshade  dijo,

    28 Diciembre 2007 11:57 pm

    Dadán, un post cojonudo, magnífico. Esto es el fútbol y así se siente. La sensación de, ¿pero todo el mundo es del contrario? la tenía yo hace un par de años cuando arrasábais :P

    Mis felicitaciones desde el otro lado de la trinchera por esta pequeña maravilla.

  7. #7  Totti_Rosa  dijo,

    29 Diciembre 2007 12:00 am

    Creo que esta derrota ha dolido tanto porque se sabe que este equipo pude chutar más de 3 veces a puerta y que se ha quedado la sensación de que ha sido un triunfo fácil del Madrid. A los aficionados blancos: ¿Sufristeis en algún momento? Creo que no. Y no quiero decir que el Madrid no hiciera un gran partido. Hizo lo que Perarnau llamó en su día “el partido perfecto”: Entre otras cosas, no provocó ninguna falta peligrosa para que Ronaldinho tuviera la oportunidad de lanzar un tiro franco (aparte queda el debate del arbitraje de Mejuto. La amarilla de Milito fue de libro pero aun me pregunto que tiempo pudo perder Ronaldinho cuando su equipo perdía, cosa que le propició una amarilla).

    Por no hablar de que no vi a nadie enchufado, con nervio, jugando un derby, salvo Touré, Bojan y Eto’o.

    Felicidades por esta delicia de post.

  8. #8  Paco Ruiz  dijo,

    29 Diciembre 2007 12:58 am

    Dadan, magnífico.

  9. #9  Paco Ruiz  dijo,

    29 Diciembre 2007 1:03 am

    Totti_Rosa, el que no sufriese es que no era madridista. Cuando acabó el partidoy puse la radio ansioso me encontré con comentarios de ‘Baño del Madrid al Barça’, ‘El Madrid no vio peligrar el partido en ningún momento…’, Joder, pues que cosas. Yo desde el minuto 1 al 90 pensé que el Barça marcaba gol. Cuando la tocaba Eto’o porque es Eto’o, cuando la tocaba Iniesta, porque es un crack. Ronadinho a mi me pareció participativo, con ganas atrevido y peligroso. En la segunda parte su escaso estado de forma le pasó fáctura. Pero en la primera me pareció peligrosísimo.

    Yo, siempre que ‘jugamos’ el Madrid contra el Barça o el Atleti, uf, no lo soporto. Veo el partido de pie, solo (normalmente en PPV lo vemos mi padre, mi tio, mis primos, etc) y me muevo más que Fernando Vázquez. Lo que yo te diga; yo vi un baño del Barça al Madrid. Pero son los colores (blancos) que me nublan. ¿irónico, eh?

  10. #10  rago  dijo,

    29 Diciembre 2007 1:25 am

    lo tengo que volver a decir, magnifico.

  11. #11  nostramorus  dijo,

    29 Diciembre 2007 1:51 am

    Joder, Dadan, me has puesto los pelos de punta.

  12. #12  kMiLiTo  dijo,

    29 Diciembre 2007 1:58 am

    Sencillamente estupendo.

    Y tienes razón. “Arriba ese ánimo, coño, que esta liga se gana.”

    Un culé en Colombia

  13. #13  http://www.latripleg.blogspot.com  dijo,

    29 Diciembre 2007 3:37 am

    http://www.latripleg.blogspot.com

    Desde Argentina les dejo mi blog,espero que lo disfruten.

  14. #14  Totti_Rosa  dijo,

    29 Diciembre 2007 11:34 am

    @ Paco Ruiz

    También es verdad, es un derby y por definición el único que no puede sufrir es el espectador neutral. Gracias por tu punto de vista :D:D

  15. #15  Lagartodeldesierto  dijo,

    29 Diciembre 2007 12:20 pm

    Cada día me alegro más de haber descubierto este blog. Articulos como el de Dadan acaban con el tópico de futboleros simples y huecos. El fútbol es todo de lo que hablas en el post: pasión, emoción, euforia, impotencia…

    PD. Si te sirve de consuelo, siendo madridista, he tenido también la sensación de estar en territorio comanche fuera de España. Yo preguntaba, “¿y por qué sois del Barça?” y me contestaban “Barcelona plays a magic football”. ;)

  16. #16  Toni M.  dijo,

    29 Diciembre 2007 1:02 pm

    Enorme, Dadan.

  17. #17  los4fantaestaticos  dijo,

    29 Diciembre 2007 1:48 pm

    Dadán, jodío, que bueno eres escribiendo. Lástima que tu calidad de escritura sea directamente proporcional a tu antimadridismo.

  18. #18  guerra  dijo,

    29 Diciembre 2007 7:36 pm

    @totti_rosa:

    yo pasé el nerviosismo habitual de cuando juega el madrid contra el barça pero por ahí de los 15 minutos en ningún momento llegué a pensar que el barça podría ganar, creo que desde el 5 - 0 del madrid de Valdano que no veía tan tranquilo un clásico, al final me quedé pensando que habíamos perdido una gran oportunidad de masacrar al barça y vengar lo que hicieron en el bernabeu hace 2 años.

    @ dadan
    gracias, me encanta leerte cuando escribis así… es decir cuando no te sale la imparcialidad culé.

  19. #19  mourinho  dijo,

    29 Diciembre 2007 10:04 pm

    Pues hoy he visto el partido en frio en el canal deporte de digital plus y la verdad es que en la segunda parte el Madrid dominó completamente el partido y al contra-ataque pudieron caer un par de goles más. Y apuntar que la narración de Carlos Martínez me pareció una vergüenza. Vaya culé hasta la medula el tío.

  20. #20  Cervantico  dijo,

    2 Enero 2008 4:17 am

    Gran post, gran escritor.

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