Suspense de grueso calibre en el Bernabéu
Un tema que desde siempre ha obsesionado a literatos y directores de cine es el de esas personas que llevan un vida normal y feliz y que de pronto, inesperadamente, deben hacer frente a una situación límite cuyo desenlace marcará, para bien o para mal, el resto de su existencia. Fritz Lang y Hitchcock construyeron magistrales reflexiones sobre ello, inolvidable es la decisión con la que Dustin Hoffman, todo un tirillas, hacía frente a todo un pueblo en Perros de paja, como también el horror de Gregory Peck ante el sádico Mitchum en El cabo del terror, o la irónica, casi patética, mirada de los Coen en Fargo.
Cualquiera de estos cineastas se hubieran frotado de las manos de entregarles alguien un guión cuya introducción fuese el desempeño del Madrid en los últimos meses, cuyo nudo fuese el partido de esta noche, y el desenlace aún estuviera por escribir. Porque la peripecia de los blancos durante esta temporada, con sólo ligeros altibajos, ha sido tan plácida como la de Spencer Tracy en Furia antes de llegar a ese pueblo maldito donde, por error, deciden lincharlo. Una balsa de aceite, pues, donde más que el juego, han sido los resultados de los blancos han acallado las voces críticas.
Sin embargo, una trayectoria en Copa de Europa donde ha acumulado más descuidos que el estupendo psicópata que borda Barry Foster en Frenesí ha llevado al Madrid, piano piano, al borde de un precipicio comparable a los que bordean el Monte Rushmore. Y despeñarse esta noche provocaría, con total seguridad, tal tumulto y conmoción como la que batió el alma de Raskolnikov tras el terrible asesinato que le cambió para siempre. Como cambiaría la temporada en Concha Espina en caso de ocurrir tal eventualidad, de la concesión del disfrute a la huida del sufrimiento, de la sonrisa al horror, de lo blanco a lo negro.
Las circunstancias no son malas, de todos modos: un empate clasifica, una derrota también podría hacerlo, el Madrid anda en dinámica de victorias –especialmente en su feudo- y, además, reaparece Guti, el pistolero que desde la sombra puede abatir al Liberty Valance de turno, una Lazio ruda y rocosa que, de todos modos, ha conocido tiempos mejores. Así que confiemos en que, como en aquellas viejas películas en blanco y negro que hacían morderse las uñas de tensión y aplaudir al final, ganen los buenos; y aunque su amada –esa chica de grandes orejas- aún esté muy lejos, puedan seguir vislumbrándola en la distancia, con la esperanza del enamorado, y no con la nostalgia del perdido. Ya saben, Casablanca, Humphrey Bogart, El tiempo pasará, París, esas cosas.
Secciones: Real Madrid, Liga de Campeones
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