La montaña rusa de Dmitri Sychev

sysef.jpg Nadie puede dudar de la capacidad del fútbol como uno de los más grandes generadores de emociones en el mundo actual; seguramente tenga esto mucho que ver con su desmesurada popularidad. Está claro que sentarse a ver un partido de un equipo con el que uno está comprometido afectivamente es como subirse a un Dragon Khan de noventa minutos donde, tras un mundo de subidas y bajadas, saldremos con la sonrisa de la satisfacción o con el rostro contraído por el malestar. Esa sensación que tan bien conocía Kipling cuando habló de tratar igual al éxito y el fracaso, esos impostores.

Una cosa así, pero de dimensiones ciclópeas, deben haber sido los últimos días –y muy especialmente las últimas horas- del internacional ruso Dmitri Sychev. Saludado en su momento como una de las más firmes promesas del fútbol de su país desde sus tiempos en el Spartak Tambov, su decepcionante bienio en el Olympique de Marsella y su discreto periplo por un Lokomotiv en horas bajas le habían condenado a un triste anonimato fuera del círculo de incondicionales del fútbol internacional. A su vez, una buena generación de delanteros en el fútbol ruso reducía su peso en el equipo nacional, donde el Mago Hiddink le ha utilizado habitualmente de suplente de gente como Arshavin o Kerzhakov. Hasta la pasada semana sólo había marcado dos goles intrascendentes en la fase de clasificación, y disputado minutos de la basura.

Así, no es difícil adivinar los pensamientos de gloria y fama, pero también de revancha, que debieron pasar por la cabeza de Sychev cuando controló el balón delante de Awat en el estadio Ramat Gan de Tel Aviv, en el último minuto, sabiendo que marcar era el billete a la Eurocopa. Fácil es imaginar la incertidumbre que debió asaltarle cuando su tiro, bueno pero no tanto, salió de la bota camino del marco, y difícil calibrar la decepción, oscura y profunda como pozo negro, que debió sentir cuando el balón fue escupido por la madera. Muchos sueños, suyos y de su país, parecían difuminarse en esos centímetros que le sobraron o faltaron a su golpeo. Para que el infierno fuera completo, sólo faltaba el gol postrero de Israel, que Dmitri contemplaría desde la lejanía con la descarnada claridad de las peores pesadillas. Quizá, después de todo, una vida gris trabajando en las extracciones de gas natural de su Omsk natal hubiera sido mejor que vivir ese momento terrible.

Pero una de las grandes ventajas o desventajas del fútbol es que nunca para, así que tras tres o cuatro noches de mal sueño ahí está nuestro hombre en el césped del modesto Comunal de Andorra la Vella. Sabe que sólo un milagro a miles de kilómetros podría extender un confortable manto de olvido sobre su error, así que trata de olvidarse de todo y concentrarse en su trabajo. Quizá Hiddink, psicólogo como pocos, le ha dado el puesto de titular para que, con la clasificación ya casi perdida, la poca entidad del rival le permita clavar al menos algún gol y rehabilitar, sea de modo insuficiente y pasajero, su maltrecha autoestima.

Sin embargo, nada parece ir como está previsto. Las noticias que llegan del banquillo son tan buenas como improbables: Croacia, sin nada que ganar ni que perder, está profanando Wembley. No puede ser, quizá haya oído mal, pero seguramente vislumbra Dmitri una pequeña esperanza de redención cuando, muriendo el segundo tiempo, pone la testa en ese balón que viene de la derecha, servido por un Torbinsky que se ha disfrazado de Beckham. Apenas ve nuestro protagonista, aturdido tras el choque con el portero, cómo entra el balón.” Nosotros ganaremos, pero difícil será que Inglaterra no remonte”, debió pensar. “Bueno, al menos he marcado.”

Pero todos sabemos que cuando la esperanza ha entrado en un corazón y la vida recobra su color, no hay sensación más dolorosa que el desengaño. Así de horrible tuvo que ser la zozobra de Sychev durante todo el segundo tiempo, mientras iban llegando las noticias de los goles de Inglaterra. Pocas emociones provocan tanto sufrimiento como ésta, el preso al que detienen cuando ya corría hacia la libertad, el ciego que vio por un instante esa luz que ya se apagó para siempre. Y muy pocas veces, aún menos personas viven, en pocos minutos, también la opuesta: la luz tras la oscuridad, el amor tras la soledad, la vida tras la muerte. El gol de Petric.

No creo que erremos demasiado, pues, si creemos que los últimos diez minutos debió de vivirlos nuestro hombre en medio de la parálisis mental, y que a ésta debió seguir una especie de catarsis. Quizá haya olvidado todo lo que pasó después, la expulsión de Arshavin, los minutos eternos achicando balones, el silbido final. Pero es que pocos se habrán sentido, en tan poco tiempo, tan héroes y tan villanos, tan buenos y tan malos. La alegría y la pena. El cielo y el infierno. La gloria. El fracaso. El fútbol.

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9 Comments

  1. NIPO

    22 de noviembre de 2007 a las 6:33 pm

    Bonito articulo Ramón. me has hescho sentirme ruso por un momento :p

  2. xapa

    22 de noviembre de 2007 a las 7:12 pm

    tremendo relato ¡¡¡¡¡ asi da gusto leer

  3. Thom Yorke

    22 de noviembre de 2007 a las 8:20 pm

    Uaaaaaaaaaaa, que final de artículo, increible!!! Seguro que te sentiras como Sychev al leer estos halagos!! La desmesurada poluparidad del FUTBOL tambien tiene mucho que ver con lo pasado ayer en Andorra.

  4. R1Molano

    23 de noviembre de 2007 a las 12:32 am

    Precioso…..

  5. ElDiez

    23 de noviembre de 2007 a las 1:35 pm

    muy bueno; has conseguido identificarnos con Sychev…

  6. figu

    23 de noviembre de 2007 a las 3:27 pm

    Magnífico

  7. Rivaldo91

    23 de noviembre de 2007 a las 10:01 pm

    es la grandeza del futbol la escencia nada es definivo todo es pasajero transitorio y siempre hay una revancha por jugar.

  8. Gontxo

    24 de noviembre de 2007 a las 7:17 am

    Me ha gustado esta narración.

    PD Algun dia habria que hablar de Hiddink y su capacidad con el futbol de selecciones, porque meter a Rusia en la EURO, a Australia en el mundial en octavos, semifinales con Corea, etc… Me parece grandioso

  9. SauronCT

    28 de noviembre de 2007 a las 5:55 pm

    Genial forma de narrar los sucesos de un partido. Chapeau!