El fútbol y yo (XI): Ángel
No decir que jugaba como Maradona, o más bien en su posición, me apartó, pues, de jugar en el MCF. Durante toda aquella temporada, o año escolar, que para el caso venía a ser lo mismo, estuve sin equipo. La falta de entrenamientos “oficiales” no me alejó, sin embargo, del fútbol. Todo lo contrario. Con la confianza de tener un nuevo equipo el siguiente septiembre, comencé a tomar más en serio el mejorar mi juego y entrenaba casi a diario, junto con Schuster –que seguía en su particular cruzada contra el balón-, Juan y algún amigo ocasional que de vez en cuando se acercaba a nuestro jardín. La flamante portería que mi padre nos había instalado, servía de aliciente para no dejar de soñar. Cómo me emocionaba cuando algún balón terminaba en la red, después de una elaborada jugada individual, provocando con su golpe en ella que se sacudiera en un movimiento ondulante que desbordaba belleza; también cuando, sin pensarlo –porque las mejores jugadas en fútbol no son fruto de la razón, sino de la pulsión- alcanzaba de volea un balón y éste, luego de una parábola prodigiosa, golpeaba contra el larguero, o, en el colmo de la perfección, contra la escuadra. Esta es una jugada que siempre me ha parecido violentamente bella. El balón se dirige a gol, el portero surca el aire en un salto enorme, pero no lo alcanza, y, cuando todo el estadio –el real o el que yo soñaba en mis juegos- contiene la respiración, unos esperando que vaya fuera y otros que termine en gol, la pelota, caprichosa, va a dar con el palo, mera línea de madera, sin otro objetivo que delimitar la portería, sin protagonismo ninguno reservado en el juego, pero que se erige entonces en el más claro símbolo de lo que pudo ser y no fue.
Qué habitaba mi mente en aquellos partidos de niñez, qué forma tenían entonces mis sueños, las maravillosas jugadas que me imaginaba realizando a partir de lo que en realidad sucedía sobre el césped del jardín, en los partidos junto a mi hermano, algún amigo y mi perro, es algo que hoy soy incapaz de reconstruir. Sólo una mente infantil, para la que la realidad es algo impreciso, que no se somete a normas implacables, que no es inamovible y no golpea, es capaz de convertir una vivencia nimia, como sin duda lo eran aquellos partidos, en una experiencia extraordinaria. Es la magia de la niñez, momento de nuestras vidas en el que, precisamente por desconocer qué es exactamente lo real, todo lo que nos rodea tiene sentido preciso, un sentido donado por nosotros. El mundo entero, el universo, adopta la apariencia de un lugar en cuyo seno tenemos razón de ser. En esa etapa de nuestras vidas, la creación se muestra como un lugar al que llegamos en bienvenida, y que está entera pensada para que en ella cumplamos sueños y expectativas. Todo tiene sentido, sí. Un diente cae para que llegue un ratón y te deje una moneda bajo la almohada. En navidades, unos seres fantásticos te dejan regalos bajo el árbol, solo por el mero hecho de que eres, de que existes, algo que hay que celebrar. La naturaleza, además, tiene un componente mágico que hace que cada pequeña cosa tenga un sentido en el conjunto del todo. Las ramas de los árboles, la lluvia, la grandeza de las montañas, lo inabarcable del mar, la furia de las tormentas, la nieve… todo tiene su origen razonable, humano, abarcable, comprensible. Pero he aquí que crecemos y, en este movimiento imparable, ante el que nada podemos hacer, el sentido de todo va gradualmente perdiéndose, quedando atrás, irrecuperablemente, en la infancia. Creer en fantasías, nos dicen, es un síntoma de falta de madurez. Hemos de aceptar que la vida es dura, hemos de acatar que el universo real, el mundo, la tierra, es un entorno hostil, al que llegamos por una casualidad genética producida en lo que Cioran definía como “una gimnástica coronada con un gruñido”. Y nada más. Después, la probabilística se encarga de enterrar nuestros sueños. A ellos acceden pocos, muy pocos. La mayoría, nosotros, nos hemos de conformar con que éstos no sean motivo de amargor. Hemos de aprender a convivir con nuestros sueños frustrados, al menos, mientras olvidarlos se nos ocurra imposible.
Pero en aquel momento aún mantenía la vaga esperanza de alcanzar, algún día, el sueño de jugar en un estadio abarrotado, que cantara mi nombre al unísono. Al menos, de vivirlo desde el banquillo, pues ya sospechaba, desde tiempo atrás, que si algún día era un jugador de fútbol, sería cualquier cosa menos una estrella. Esta esperanza, como he dicho, me llevaba a entrenarme casi a diario.
El curso escolar pasó. Por primera vez llegué a verano con asignaturas suspendidas. Mucho tenía que ver en ello el hecho de que hubiera pasado clases y clases diseñando una nueva equipación para el Lagun-Bi por cada campeonato de papel que comenzaba. Cada liga ganada por mi equipo soñado, me temo, equivalía a nota en rojo en mi cuartilla. Por ello, aquel verano tuvo algo de amargo. Mientras mis amigos jugaban en la piscina, o disputaban partidos de fútbol después de comer, yo debía acudir a clases particulares, en un frío y oscuro cuarto de una academia de verano, frío y oscuro, al menos, en contraste con el calor y la luz que, tras las rendijas de la persiana bajada, podía intuir que habitaba la calle. Academia de verano. Aquel nombre, que aprendí ese año me acompañaría desgraciadamente muchos veranos más.
El primer día de septiembre, de vuelta ya en nuestra casa tras las vacaciones, mi padre me dejó sobre la mesilla de mi cuarto un cartel recogido de una pared del pueblo en el que aparecía la típica imagen de reclutamiento del ejército estadounidense, en la que un hombre de pelo blanco coronado con un sombrero con los colores de la bandera norteamericana señala con el dedo al espectador diciendo que los Estados Unidos le necesitan. La única diferencia con el original era que en este cartel los colores del sombrero eran verdes y blancos, y en lugar del ejército de los Estados Unidos, quien requería los servicios del lector para la casa era un equipo de fútbol llamado Unión Deportiva Laukariz. Era el equipo de un diminuto pueblo cercano al nuestro.
- Qué, ¿probamos? – me preguntó mi padre al verme con el cartel en la mano, sentado en mi cama.
- Probamos –respondí-. Al menos, el cartel es gracioso…
Y probamos. Resultó que “la Unión”, como pronto sabría que se conocía al club, era un equipo de nueva formación y que ese año debutarían en categorías inferiores. Por ello, todos los jugadores éramos nuevos. Fui inmediatamente admitido, sin prueba ninguna.
- No estamos para descartar a nadie –nos explicó el presidente del club.
Al ser todos rebotados de otros clubes, nuestros primeros entrenamientos fueron para conocernos. El entrenador puso como norma que cada día, tres de los dieciocho niños que formábamos la plantilla, narraran a los demás su particular historia, por qué le gustaba el fútbol, en qué otros equipos había militado, cuál había sido su experiencia en los mismos, y, finalmente, por qué quería jugar en la Unión. Esto sirvió para que cada uno nos hiciéramos una idea de cómo eran los que iban a ser nuestros compañeros a partir de ese momento.
Desde los primeros días sentí una especial simpatía por uno de ellos, Ángel. Nuestra amistad comenzó después de uno de los entrenamientos, en el que Ángel comentó en voz alta que ese año el Málaga seguro que se salvaba del descenso porque había fichado a Lauridsen. La mayoría de nuestros compañeros miraron a Ángel como si hubiera pronunciado unas palabras indescifrables. Sin embargo, yo estaba casi emocionado, creo que era el primer chico de mi edad al que oía hablar de Lauridsen, un jugador que me encantaba, lo cual para mí, futbolero empedernido, eran palabras mayores. Al salir del vestuario, me acerqué a él y me atreví a decirle que estaba de acuerdo con lo de Lauridsen, y, casi con miedo de parecer un bicho raro, lancé dos o tres nombres más en la conversación.
- ¿Qué tal será el portero yugoslavo que ha fichado el Valladolid? Mauro Ravnic, creo que se llama…-dije.
- No sé, la verdad. Con los porteros del este nunca se sabe. También han fichado un delantero del mismo país, Janko Jankovic, que dicen que es buenísimo. El domingo metió dos charros y los pucelanos ganaron tres cero –me respondió Ángel con absoluta naturalidad, como si este tipo de conversación fuera habitual en él.
- Al Elche, sí. Vi los goles en Estudio Estadio –añadí intentando demostrar que yo también sabía de lo que hablábamos-… por cierto, me encanta la camiseta del Elche
- Sí, a mí también. A ver cómo es la de la Unión. Aún no han tenido el detalle de enseñárnosla…
Caminábamos juntos hacia la parada del autobús. Pateando de vez en cuando alguna piedra, intentando meter gol en las alcantarillas. Me dijo que él también era de M., pero que nunca me había visto por el pueblo. Le dije que vivía en las afueras, en un chalet, y que no tenía vecinos, que este pueblo, al que había llegado el año anterior, no me gustaba nada. Me preguntó donde estudiaba, y yo le expliqué mi terrible desazón porque en mi colegio no jugaban a fútbol. Dijo que comprendía lo que decía, y añadió, como dando trascendencia a la conversación, que él no podría vivir sin el fútbol. Yo le escuchaba y le miraba con una mezcla de admiración y alegría. Admiración, porque demostraba que sabía muchísimo de fútbol, más que nadie a quien yo conociera. Cada poco, aún cuando no venía a cuento, nombraba un jugador que me decía que tenía que ver porque “era buenísimo”, subrayando sus palabras con un movimiento de las manos, para que quedaran muy claras. Habló de Chilavert, un portero paraguayo que acababa de llegar al Zaragoza, de Iskrenov, del mismo equipo. También de Zoltan Maric, del Celta, del que dijo que el año pasado no demostró casi nada, pero que seguro que este año “se saldría”. Y también le escuchaba contento, porque por primera vez estaba ante alguien que parecía tan loco por el fútbol como yo, y porque de vez en cuando Ángel hablaba de un jugador al que sí había visto jugar, sí lo conocía, y, entonces, yo podía demostrar ante mi nuevo amigo que yo también sabía de lo que hablaba. Cuando esto sucedía, cuando Ángel nombraba un jugador también por mí conocido, sentía algo parecido a cuando alguien nos habla de un familiar lejano al que hace tiempo que no ves pero por el que guardas especial cariño, o cuando oyes nombrar a un amigo de la infancia.
Así, pasamos un buen rato en la parada lanzando nombres al viento. Finalmente, mi autobús llegó. No nos despedimos, porque sabíamos que nos veríamos en el siguiente entrenamiento. Cuando estaba pagando al conductor, que aún mantenía la puerta abierta, Ángel me llamó. Al darme la vuelta me dijo:
- Casi se me olvida… Kevin Moran, un central irlandés que ha fichado por el Sporting… ¡Buenísimo! Apúntate ese nombre. Ha llegado nada menos que del Manchester United.
El conductor cerró la puerta sin darme tiempo a contestar. Por la ventana, con el autobús ya en marcha, le mostré a mi nuevo amigo el pulgar el alto, en gesto de complicidad. Tomé asiento. “Kevin Moran”, pensé, e intenté hacerme una imagen de cómo sería ese fantástico central irlandés que viene “nada menos que del Manchester United”.
Ángel y yo fuimos amigos durante años, una amistad teñida siempre de fútbol, como contaré más adelante. Pero no fue el único amigo que hice compartiendo la afición por el fútbol comentado, por los nombres exóticos y extraños de clubes de fútbol de países lejanos, de jugadores por los que hacemos una apuesta personas, que “se van a salir”, como solía decir Ángel. Al contrario, han sido muchas las ocasiones en las que una duradera amistad ha comenzado con una conversación sobre la Camerún de 1990, sobre la defensa de aquel Arsenal formada por Dixon, Adams, Keown y Winterburn, sobre la genialidad intermitente de Ian Wright, en aquel mismo equipo, sobre el gol de Owairan a Bélgica en 1994 y qué habría sido de aquel jugador si no fuera por su nacionalidad o sobre Kalusha Bwalya, aquel delantero de Zambia que triunfó en México, pero que nunca jugó en Europa. La pasión por el fútbol, por sus recovecos más desconocidos por el público general, por desvelar sus secretos, ha sido siempre en mi caso un modo de conocer personas con las que comparto una probablemente absurda, pero sin duda, maravillosa pasión. De hecho, como escribió Nicolai Berdiaff en su caso con Dostoievski, creo que divido las personas entre dos tipos, las que saben quienes son Okocha, Mladen Krstajic o Jermaine Jenas, y las que no.
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#1 SuWoN dijo,
25 Julio 2007 1:09 pm
muy bueno.
#2 NIPO dijo,
25 Julio 2007 5:39 pm
Soy un poco como Gerardo, mas de nombres que de clase futbolistica
Como siempre, magnifica dadan
#3 Matty dijo,
25 Julio 2007 5:46 pm
Es inevitable el sentimiento de identificación, como siempre. Aunque digas que no eres capaz de reproducir lo que pensaba tu mente infantil, tienes muy buena memoria en lo emocional. Seguro que muchos, como yo, volvemos a recordar cosas cuando leemos esas introspectivas.
Me adhiero a esa clasificación humana que apuntas, aunque posiblemente sí que estemos un poco locos los que conocemos esos detalles de la cultura futbolística y, por ejemplo, no sepamos otras cosas más útiles, pero, qué coño, las pasiones son eso, pasiones.
Saludos.
#4 Fran Reyes dijo,
25 Julio 2007 11:27 pm
Me gustan mucho estos artículos. Primero porque están muy bien hechos, y segundo porque me identifico con ellos. Para mí es siempre una alegría encontrar a alguien que sepa quién es Jankovic (el serbio del Mallorca) o que sepa quiénes son los dos porteros del Nástic. Y si en lugar de hablar de fútbol de “segunda clase”, hablamos de ciclismo de tercera división… ¡éxtasis!
#5 Estoja dijo,
26 Julio 2007 10:31 am
A mi me ha gustado mucho pero me he quedado un poco jodido porque no se quien es Mladen Krstajic. Me tendré que informar. ;-p
#6 BoVeS dijo,
26 Julio 2007 4:52 pm
Ya hacía falta otra entrega… muy buena como siempre.
Krstajic el del Schalke?
Cómo resultó ser Kevin Moran?