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El fútbol y yo (IX): Un problema terminológico

beckenbauer.jpgTerminó el verano. La rutina que nos espera cada fin de vacaciones, ese año no llegó. Hasta el momento en que entramos todos juntos, mis padres, mi hermano y yo, en la nueva casa, aún vacía, sin muebles, no me di cuenta de que ese lugar, desconocido para mí, sería el espacio en el que desarrollaría toda mi vida. Atrás habían quedado el que durante toda la vida había llamado mi pueblo, la UDSM, mis amigos, el colegio en el que siempre había estudiado…, en fin, todo lo que conocía.

Nuestra nueva casa estaba en una pequeña urbanización las afueras de la localidad de M.. Era un caserío antiguo, que mis padres habían rehabilitado, y en el que depositaban la esperanza de que su sueño, vivir en el campo, alejados de las fábricas y ruidos de nuestra anterior casa. Su ilusión, aquella tarde en la que entramos por primera vez en nuestro nuevo hogar, contrastaba con mi ansiedad, al darme cuenta de la importancia de aquel cambio.

Recuerdo como si fuera hoy la primera noche que pasamos en nuestra nueva casa. Aún no teníamos más muebles que las camas, por lo que tuvimos que cenar –leche con Cola-Cao y galletas-, sentados en las escaleras que daban al piso de arriba. Mis padres nos hablaban excitados, explicándonos a mi hermano y a mí lo maravilloso que iba a resultar vivir allí. Después, salimos todos al jardín. Aquella noche, de principios de septiembre, era particularmente despejada, y en el cielo, sin la contaminación de las luces de la ciudad, se podían ver incontables estrellas que jamás podría haber contemplado en nuestro anterior pueblo. La vista del firmamento, insondable, enorme, desconocido, no hizo sino aumentar mi ansiedad ante la incógnita de los tiempos que venían.

Las dos primeras semanas en nuestra nueva casa no estuvieron acompañadas, por suerte, por la obligación de ir al colegio. De ese modo, mi hermano y yo tuvimos tiempo de sobra para explorar los alrededores. Nuestra casa estaba más o menos aislada. La más cercana a la nuestra, era un moderno chalet que situado a unos doscientos metros de nuestra puerta. Estaba inhabitado, presentaba ciertos síntomas de abandono –pintura descascarillada, persianas rotas- y tenía una enorme valla que lo rodeaba, coronada por cristales de botellas rotas para intimidar a los ladrones. Como no podía ser de otra manera dado nuestro carácter, mi hermano y yo no tardamos en saltar aquella valla que, al ser un símbolo de prohibición –subrayado por un cartel que rezaba “propiedad privada, no pasar”, se nos antojaba un umbral tras el cual descubriríamos grandes secretos -un cadáver, un fantasma, una asociación oculta que conspiraba contra la paz mundial, quién sabía-. Saltar aquella valla era a nuestros ojos, un paso para vivir fantásticas aventuras.

Nada más lejos, como es de suponer, de la realidad. Sólo encontramos una piscina llena de un agua verduzca y repugnante, en la que flotaba el cuerpo de una enorme rata ahogada. Un cadáver, sí, pero muy diferente del que nuestra imaginación nos había hecho prever.

Frente a nuestra casa, se abría un pequeño bosque, que ocupaba las parcelas entonces no edificadas –hoy sí- de la urbanización. Allí encontramos especies nuevas para sumar a nuestro pequeño Museo de Ciencia Natural, y que archivamos consecuentemente en la caja de muestras que nos habíamos traído de Haro. Serpientes enormes, brillantes escarabajos de formas redondeadas, arañas de todo tipo y tamaño, fueron completando nuestra colección. En el bosque también construimos nuestra nueva caseta, que amueblamos con una mesa, unas sillas y una destartalada televisión que encontramos en una vieja casa abandonada, bastante lejana a la nuestra y que transportamos hasta allí a duras penas sobre nuestras espaldas y, sobre todo, aterrorizados por ser cazados in fraganti por la policía o, lo que sería peor, por nuestro padres.

Sin embargo, no teníamos un lugar en el que jugar a fútbol. El jardín estuvo durante las primeras semanas sin hierba. Habían removido la tierra para plantar un nuevo césped y sobre nosotros pesaba la prohibición expresa de nuestro padre de pisar el jardín hasta nuevo aviso. Sólo una vez nos saltamos aquel mandato. Durante las obras, uno de los obreros, amigo de mi padre, que trabajaba en metal, nos regaló dos enormes espadas que había realizado en el taller. Tenían un flamante mango de cuero, y, aunque los filos estaban redondeados para evitar riesgos innecesarios, a nosotros se nos antojaban con la misma Excalibur, sobre todo después de que mi padre grabara en ellas con un buril nuestros nombres, acompañados de maravillosas celosías. Cuando decidimos desobedecer la prohibición de no pisar el jardín hasta que surgiera el césped, fue para enterrar las espadas. No sé porqué lo hicimos. Quizá porque pensábamos que espadas como aquellas eran dignas de ser encontradas por arqueólogos del futuro. Quizá porque simplemente nos cansamos de jugar con ellas, y enterrarlas se nos ocurría un juego mejor que seguir imaginando que éramos caballeros de la Mesa Redonda en busca del Santo Grial. El caso es que ahora, cada vez que visito a mis padres, que siguen viviendo en esa casa, cuando estoy en el jardín intento localizar el lugar exacto en que enterramos las espadas, probablemente perdidas para siempre. He hablado innumerables veces con mi hermano del tema, y ambos hemos trazado un plan para intentar recuperarlas, para lo cual habremos de plantear toda una excavación. Al final, los arqueólogos del futuro con los que soñábamos de niños, seremos nosotros mismos. Seguro que nadie, por otro lado, apreciará más el descubrimiento de las espadas que aquellos que las enterramos.

El caso es que no podíamos jugar a fútbol en el jardín. Tampoco los terrenos cercanos eran propicios para ello, ya que eran parcelas sin limpiar, llenas de zarzas y hierbas salvajes. Durante semanas, cada mañana nos asomábamos a la ventana para ver si el jardín era ya propicio para ser el escenario de nuestros partidos. En balde, nunca sospeché que el césped tardara tanto tiempo en salir y durante todo ese incalculable tiempo, nos tuvimos que conformar con jugar en el pasillo de casa con una pelota de trapo.

Por fin, comenzaron las clases. En mi anterior colegio, todos los años llegaban uno o dos niños nuevos a nuestra clase, pero nunca me había imaginado que algún día yo tendría que cumplir ese papel. Es algo desagradable. Llegas el primer día, sin conocer a nadie, y mientras los demás se saludan y se dan la mano contentos de volver a verse, se cuentan unos a otros lo que han hecho el verano y hacen planes para el nuevo curso, tú estás en una esquina, educadamente apartado, y triste, pensando en que la misma escena se está desarrollando en tu anterior colegio, pero sin ti. Pensando que eres uno menos en ambos lugares, el anterior colegio y el nuevo. No te atreves a acercarte a los demás, a no ser que te insten a ello, y sabes que el primer grupo con el que te juntes será decisivo, pues hay muchas probabilidades de que esos sean tus amigos para los próximos años.

Por suerte, alguien inventó el balón. El balón en esos momentos sirve de elemento de unión. Basta que lleves el primer día de clase uno, para que en el recreo se forme todo un grupo de chavales dispuestos a montar un partido. Yo lo sabía bien, y, tras las tres primeras horas de clase, que se me hicieron eternas, llegado el recreo saqué de mi mochila el fantástico Tango que mi abuelo había donado en verano al Lagun-Bi. Salí al patio con él bajo el brazo, esperando que en minutos, de la nada, surgiera toda una final, un partido digno de ser jugado. Pero, ay, no podía imaginarme que el fútbol no era el juego al que se dedicaban los chavales de aquel colegio de pueblo. En su lugar, en el frontón del centro se formaron varios partidos de pelota-mano. Nadie quería jugar, pues, conmigo, y allí, solo en una esquina del frontón, la pared fue la única que devolvía mis pases. Creo que aquel fue uno de los peores momentos de mi vida hasta entonces, nunca me había sentido tan solo.

Cuando volví a casa, entre lágrimas, pregunté a mi padre qué clase de pueblo era aquel al que nos habían llevado, en el que los niños preferían darle con la mano a una pelota que parecía una piedra, antes que jugar al mejor deporte que existía.

Quizá por mis quejas, unos días después, mi padre tuvo una de las ideas más brillantes de cuantas ha tenido en su vida: instalar en el jardín una portería. El encargo de su fabricación recayó en el carpintero que había colaborado en la rehabilitación de la casa. Sin previo aviso a quienes iba destinado tan hermoso regalo, una mañana, precisamente en la que se nos levantó la prohibición de pisar el jardín, llegó a la puerta de nuestra casa un camión. Dos hombres bajaron del mismo la portería, y siguiendo las indicaciones de mi padre, la instalaron en la parte más plana del jardín, un lugar idóneo para jugar a fútbol. Mi hermano y yo dábamos botes de alegría, mientras ellos realizaban su trabajo. Cuando se marcharon, mi padre nos dio una brocha a cada uno de nosotros y nos encargó pintar la parte de los postes hasta la que llegábamos. Él hizo lo propio con el larguero y con la parte más alta de los palos. Por la tarde, pintamos la base de los postes de negro, tal y como se estilaba en las porterías de los años ochenta.

Al día siguiente, después de que mi padre nos diera una nueva sorpresa instalando una red en la portería –toda portería que se precie ha de tener su red-, por fin estrenamos el regalo. Después, durante días, nada más llegar del colegio, mi hermano y yo nos vestíamos con nuestras camisetas del Lagun-Bi para y pasábamos las tardes enteras, hasta que anochecía y ya no veíamos el balón, jugando en ella, imaginando partidos, campeonatos enteros. Los fines de semana, además, recibíamos la visita de nuestros primos. Cuando venían, jugábamos partidos de dos contra dos a una sola, flamante, hermosa, portería.

¡Qué fantásticas jugadas hacía entonces! ¡Qué golazos marcaba! Lástima que no hubiera un ojeador en mi jardín que tomara buena nota de ello.

Por otro lado, cuando estrenamos la casa, mi abuelo regaló a mi padre un perro, un cachorro de pastor alemán, negro. En la reunión familiar para decidir el nombre, a pesar de las reticencias para con el mismo de mi madre, se decidió llamarlo Schuster.

- ¿No es alemán? Pues no conozco alemán más célebre por aquí que él –dijo mi padre.

Al principio Schuster fue un convidado de piedra a los rondos que mi hermano y yo hacíamos con él. Era tan pequeño que le costaba correr detrás del balón, y cuando conseguía alcanzarlo, su diminuta boca no le daba para hacerse con él. Sin embargo, pronto creció, y con ello, se convirtió en un implacable defensa que frustraba nuestros ataques con una táctica defensiva infalible: pinchar el balón. Para nuestra desgracia, la primera víctima de sus dientes fue el Tango propiedad del Lagun-Bi. La tarde que cayó en sus fauces mi hermano y yo lloramos una vez más por cuestiones relacionadas con un balón, aunque esta vez, mi padre se mostró más comprensivo, y no nos regañó por ello. No sería, por otro lado, la primera vez que lloraríamos por un balón pinchado, ya que durante años, Schuster fue evolucionando su técnica, hasta convertirse en un auténtico genocida de balones. La pregunta de cuántos balones habrán caído ante la potencia de sus dientes no tiene respuesta, como tampoco la tiene la cuestión de cuántos hombres han muerto en guerras desde el comienzo de la historia: tan implacable se mostraba.

Pronto el jardín, a pesar de la hermosa portería, se me quedó pequeño. Yo ansiaba recomenzar mi carrera deportiva en un nuevo equipo, y así se lo hice ver a mi madre. Decidimos ir una tarde al campo del equipo del pueblo, el MCF, para hablar con uno de los entrenadores. Cuando llegamos, un montón de chavales de mi edad corrían en torno al campo –que para mi felicidad, era de hierba-, mientras un hombre de unos cuarenta años, situaba conos en el centro del mismo. Mi madre se acercó, conmigo de la mano y preguntó a aquel hombre con quien habíamos de hablar para que yo me incorporara al equipo. Al ver que los chicos del mismo miraban hacia nosotros, instintivamente, solté la mano de mi madre.

- Pues conmigo, creo –respondió sonriente aquel hombre, mientras me daba una palmada en la cabeza.

Después, nos dijo que no había problemas en que entrenara con ellos, pero que como la temporada ya estaba comenzada, probablemente no podría jugar partidos oficiales durante algún tiempo.

- Nunca se ha sumado un nuevo con la liga comenzada –razonó-, así que no sé si podremos inscribirle con ficha.

Mi madre contestó por mí, diciendo que no había problema y que en el próximo entrenamiento allí estaría. Mientras volvíamos en coche hacia casa, me sermoneó diciendo que, en todo caso, lo importante de estas cosas era hacer deporte, nunca competir y que me hiciera a la idea de que no pasaría nada si de mayor no conseguía ser un futbolista profesional.

El martes siguiente fue mi primer entrenamiento con mi nuevo club. Durante los días precedentes, como siempre que se acercaba alguna fecha señalada por lo futbolístico, mi mundo imaginario se puso a rotar. Soñé que iba a estar a prueba en un nuevo club, que quería hacerse con mis servicios después de mi frustrante salida de la UDSM y mis éxitos con el Lagun-Bi. Me imaginé también que las palabras de mi madre con el entrenador eran las negociaciones de mi representante con uno de tantos equipos que estaban detrás de mí. Una vez allí, todo me recordaba a la UDSM. El vestuario me resultaba familiar y las conversaciones en el mismo reproducían exactamente las que teníamos en el de la UDSM, excepto que yo aún no me atrevía a sumarme a ellas.

Cuando salimos al campo, el entrenador nos obsequió con un regalo:

- Hoy, tras sólo cuatro vueltas al terreno, a modo de calentamiento –nos dijo-, echaremos un partidillo.

Pensé que librarme el primer día de entrenamiento físico era algo fantástico. Sin duda, una buena señal. Mientras cumplíamos con las cuatro vueltas al campo, algunos de mis nuevos compañeros me preguntaron quién era, dónde vivía, si antes había jugado, etcétera. Hablé con ellos, explicándoles todo, especialmente mi frustración por haber caído en un colegio en el que en los recreos no se juega a fútbol. Todos rieron, comprendiendo mi mala suerte. Yo era feliz. Parecía que todo estaba de nuevo en marcha y que pronto sería uno más entre ellos.

Antes de comenzar el partidillo, el entrenador me presentó oficialmente a los demás. Dijo que era nuevo en el pueblo y que esperaba que todos me trataran bien, ayudándome en lo que necesitara. Explicó algo que yo ya sabía: que cambiar de vivienda no era fácil y que había que hacerse al nuevo lugar, y lograr nuevos amigos. Después, delante de todos, me preguntó de qué jugaba.

Yo dudé antes de responder. Siempre había sido delantero, pero, no sé por qué, quizá porque todos los niños querían jugar arriba, me resultaba un descaro llegar nuevo al equipo y pretender ocupar una plaza en la delantera. En el momento pensé que ser delantero del equipo era algo que había que ganarse entrenamiento a entrenamiento. Por ello, sin saber muy bien qué responder, dije, con voz entrecortada y lleno de vergüenza, que jugaba “de libre”, queriendo decir con ello que me movía en el campo por donde me daba la santísima gana.

- Bien, perfecto. Es precisamente un libre lo que necesita nuestro equipo ahora –fue la respuesta del entrenador, que me llenó de alegría.

Sin embargo, antes de comenzar el partido, y también delante de todos los demás, me dijo que me situara detrás de los defensas centrales y que tuviera especial cuidado en ayudarles ante las entradas al área de Lander, señalando con el dedo a un tipo enorme que parecía que me llevaba treinta años.

Fue el partido más desagradable que nunca haya jugado. No tenía ni idea de qué hacer ahí, siendo el último en la defensa. Lander se movió por el área como Pedro por su casa e hizo nada menos que cuatro goles, tres en jugadas a balón parado en las que se suponía que yo tenía que ayudar y en las que, sencillamente, no sabía donde meterme. Perdimos seis a uno y, por sus miradas en el vestuario, comprendí que todos los de mi equipo coincidían en hacerme el principal responsable de tan abultada derrota.

Arrastrando la mochila, regresé a casa. Estaba profundamente enfadado con el entrenador, que me había hecho jugar de último defensa cuando yo fui claro al hablar de mi posición: libre. Pensaba que sin duda era un cabrón y que el hacerme jugar ahí respondía solo a una estrategia suya para humillarme. Me dije que, mientras él entrenara al equipo, lo mejor era no volver, a pesar de que la perspectiva de estar otra vez sin club me llenaba de tristeza.

Y nunca volví.

Durante mucho tiempo, años quizá, estuve convencido de que el entrenador de aquel equipo me había jugado una mala pasada. Solo cuando fui un poco más mayor, supe que “libre” o “líbero” es aquel jugador que hace de cierre en las defensas de algunos equipos y que nada tiene que ver el significado del término con el que yo creí que tenía. Un problema terminológico, pues, que hizo que estuviera un año entero sin equipo, que solo jugara al fútbol, mi vida, mi pasión, en el ámbito privado del jardín de mi casa.

Como me dijo un amigo tiempo después, cuando le conté aquel episodio: ¡Con lo fácil que te habría resultado decir que eras Maradona, no Beckenbauer!

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12 Comentarios »

  1. #1  Davor  dijo,

    30 Abril 2007 7:24 pm

    Hasta en los mejores relatos (me ha encantado!) se escapa una ‘h’ de más ;-).

    ‘Frente a nuestra casa, se habría un pequeño bosque…’

    A ver si vamos a tener que decir a Miguel que te saque en la Libreta, Dadan, jejeje.

    Me he reido mucho con lo de los perros genocidas de balones. Por cierto, siento decirte que no fuisteis tan originales con lo de llamar al perro Schuster, dos perros de conocidos míos también se llamaban así (eso sí, nunca habrá un nombre de perro tan común en Mallorca como ‘Trui’).

  2. #2  Anonimizer  dijo,

    30 Abril 2007 7:39 pm

    Genial, como siempre.

    “Frente a nuestra casa, se habría…” Cuidadín con el verbo “abrir”. ;-)

  3. #3  chika!  dijo,

    30 Abril 2007 8:37 pm

    jjaja re emotiva la historia!
    muy buena
    el verbo abrir :)

  4. #4  Dadan Narval  dijo,

    30 Abril 2007 8:50 pm

    Bueno, siento la falta de ortografía. Se perdona, ¿no?
    Gracias por los comentarios

  5. #5  BoVeS  dijo,

    30 Abril 2007 10:07 pm

    Como siempre, impresionante.
    Y esto lo haces en tus ratos libres? Eres bueno tío… xD

  6. #6  NIPO  dijo,

    30 Abril 2007 10:37 pm

    El de siempre, como casi siempre, makinon Dadán.

    Psdt: Hoy escribo con mi camiseta de Egipto puesta :)

  7. #7  Deston  dijo,

    1 Mayo 2007 12:20 am

    Genial como siempre, por una vez estoy de acuerdo con lo que dijo el malogrado Antiheroe: eres “el Segurola de los blogs”…

  8. #8  Arcanis  dijo,

    1 Mayo 2007 1:31 am

    Felicidades, muy buen relato. Por curiosidad podrias decir d cuantos capitulos consta?

  9. #9  Koss  dijo,

    1 Mayo 2007 1:36 am

    Muy bueno, Dadan

  10. #10  Dadan Narval  dijo,

    1 Mayo 2007 9:15 am

    Arcanis,
    No lo sé. Tengo tomados apuntes para unos cuantos más, pero los escribo a medida que van a ser publicados, por lo que no sé exactamente cuántos capítulos tendrán.
    Deston,
    Gracias, supongo que lo dirás con un tono muy diferente al de Antihéroe ; )
    NIPO,
    Yo también la tengo, pero no me la compré yo, sino que me la trajo un amigo hace tiempo. A mis amigos que viajan al extranjero, les suelo encargar que me compren una camiseta de la selección o de un equipo local, y se la pago a la vuelta. Ahora estoy esperando ansioso una que me va a hacer especial ilusión: la de Irán.

  11. #11  NIPO  dijo,

    1 Mayo 2007 2:43 pm

    Dadán lo bonito es comprarsela uno. Cada vez que voy a algun lado hay que pillarse una.

    Este año toca la del Panathinaikos!

  12. #12  Giorgios Papaloukas  dijo,

    3 Mayo 2007 1:18 pm

    Enhorabuena una vez más, extraordinario artículo. Me he sentido como si estuviera allí. Un saludo a todos.

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