Hace muchos años, cuando afectado por las biografías de los escritores que admiraba y a los que soñaba parecerme, me daba por escribir en cafeterías, entre café y café, semioculto por la nube de humo que mis cigarros producían, conocí a Malaguti.
Le llamaban así porque conducía una moto de esa marca, con la que se dejaba ver por la ciudad, quemando rueda y batiendo récords de velocidad, con su pequeño terrier asomando la cabeza entre el manillar de la moto, a modo de mascarón de proa. Solía frecuentar la misma cafetería en la que yo pergeñaba mis textos. Poemas, cuentos y ensayos cuyo único tema era el ardor adolescente que me dominaba aquellos años.
Entraba en la cafetería pidiendo siempre desde la puerta un cubata, mientras su perro ladraba a los presentes, como anunciando que su amo había llegado, exigiendo a los todos la atención que probablemente él creía que Malaguti merecía. Después, el amo echaba un poco del contenido de su bebida en el suelo y mientras el perro lamía su parte del cubata, él observaba detenidamente a los quienes allí nos encontrábamos, haciendo comentarios en alto sobre nosotros, comentarios que nunca obtenían más respuesta que una mirada hacia otro lado.
Un día, cuando la rutina hizo que mi presencia le resultara ya familiar, Malaguti se sentó en mi mesa. Sin preámbulos, cogió mis papeles, y se puso a ojearlos con desdén, riéndose con algunas de mis frases. Después, los dejó de nuevo en su sitio y comenzó a hacerme preguntas: quien era, qué hacía en la vida, el porqué de aquellos folios manuscritos que se agolpaban en mi mesa.
Sin saber muy bien qué hacer –no hacerle caso era descortés y contestarle era un riesgo, pues quién sabe cuándo me libraría de su presencia-, le expliqué que estudiaba filosofía y que algún día quería dedicarme a escribir.
- ¡Filósofo! –gritó Malaguti, y su perro ladró como afirmando las palabras de su amo. Después se levantó y volvió a la barra. Desde allí me miró un buen rato, con un gesto extraño. Hablaba para él y a ratos reía nervioso. Yo seguí escribiendo, molesto con su mirada permanente sobre mí.
Al de un rato, volvió a mi mesa. Se sentó a mi lado y me hizo un gesto, para que me acercara. Quería decirme algo al oído. En un susurro, me dijo:
- Tú que eres filósofo sabrás entenderme. Estos hijos puta cuando hablo de ello se ríen de mí -dijo señalando a la barra-, pero tú seguro que entiendes a qué me refiero… -en este momento, levantó su cabeza, oteando los alrededores, no fuera a ser que alguien escuchara. Señalando a los lados, continuó- Todo esto no es real. Es todo una farsa. En realidad el camarero, esa chicha que habla con su amiga, esos dos que toman café, no son más que actores. Todo está preparado de antemano. Es como una obra de teatro en la que los únicos que no sabemos el guión de antemano somos unos pocos. Todo está previsto. Si tienes un accidente, es porque ha sido provocado por ellos. Si te toca la lotería, igual. Responde a su plan. Incluso si tienes un hijo. Durante años, tu mujer habrá tomado píldoras a tus espaldas, hasta que ellos le dicen que deje de hacerlo. Están compinchados y trajinan en la sombra. Y créeme, nada bueno…
Dicho esto, se levantó como un rayo. Cogió a su perro en brazos, terminó el cubata de un trago y salió del bar. Al de unos segundos volvió a asomarse por la puerta y, señalándome con el dedo, me gritó:
- ¡Medita!
Y lo mismo debió decir su perro con el ladrido que me dedicó.
Seguí yendo a la misma cafetería, pero cada vez escribía menos y escuchaba más a Malaguti.
Su teoría abarcaba todas las facetas de la realidad posibles. Un libro no existía hasta que, por algún modo, ellos querían que tú te interesaras por un tema. Entonces, lo escribían y creaban todo un montaje que hacía parecer que el libro fue escrito hace mucho, mucho tiempo. Heidegger, Nietzsche, Unamuno –cuyo busto lucía en la plaza en la que se encontraba nuestra cafetería- nunca habían existido. Ellos habían creado todo para que pareciera que existía, pero nada era real.
Cuando, durante sus largas disertaciones le preguntaba a Malaguti, quienes eran ellos, una sombra aparecía en su mirada y contestaba, en susurros “los de negro”. Después, daba un trago a su cubata, y repetía constantemente, “los de negro”, “los de negro”. Y así, sumido en una especie de trance, tardaba en volver a su discurso.
…
Un día, Malaguti me debió de ver contento.
- ¿Por qué estás tan feliz? –me preguntó.
Yo le dije que debía de ser, sin duda, porque mi equipo la noche anterior había arrasado en su partido de Champions League.
- ¡Bah! – respondió, haciendo un ademán de desprecio con la mano-. Si eso sí que es un montaje. En el fútbol todo está amañado. Desde el principio de cada campeonato, de cada liga, todo está decidido. No hay casualidad en nada de lo que pasa. Ellos deciden el resultado de un partido antes de que comience. Ellos deciden cuando habrá un gol, cuando se pitará un penalti, una falta. Ellos son los que hacen que un jugador sea expulsado.
Después, cambió de tema y siguió profundizando en su particular teoría de la conspiración, aplicada al precio de la gasolina de su moto. Precio que, como no podía ser de otra manera, ellos decidían.
Hacía años que no veía a Malaguti. No sabía nada de él, si seguía viviendo en nuestra ciudad. Si seguía teniendo la moto, su perro. No sabía siquiera si vivía.
Pero esta mañana ha comenzado con una sorpresa. Estaba en un semáforo, esperando para cruzar, cuando una moto enorme se ha detenido frente a mí con un frenazo en seco. Sólo con ver al perro, asomado al manillar, he sabido que era Malaguti. Se ha quitado el casco y, mientras todos los del semáforo le miraban, ha gritado:
- ¡Dadan! ¡Cuánto tiempo! –acompañadas sus palabras por un saludo-ladrido de su perro.
Sin darme siquiera tiempo a responderle, ha sacado del interior de su chamarra un periódico deportivo de hoy. Ha señalado la portada, riendo y ha dicho:
- ¡¿Qué te dije?! ¡¿Tenía razón o no?! ¡Todo está decidido de antemano! ¡Nada es casual! ¡Ellos han decido quien ganará la liga, y todo se desarrolla según sus decisiones!
Y después, sin haberse puesto de nuevo el casco, ha acelerado, desapareciendo de nuevo, hasta quién sabe cuando.
Aunque, bien pensado, quizá un día de estos pueda leer a Malaguti, en ese mismo periódico hablando sobre ellos, sobre “los de negro”.

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#1 Toni M dijo,
16 Abril 2007 9:32 pm
Fabuloso Dadan… una historia paralela a lo que nos encontramos hoy mismo en los periódicos deportivos de todo el país. Declaraciones de unos, y recaditos para los de negro…
#2 non_grata dijo,
16 Abril 2007 9:34 pm
Dadan eres un crack, en serio.
Malaguti=Relaño
#3 Andres dijo,
16 Abril 2007 10:01 pm
5/5
#4 David P. dijo,
16 Abril 2007 10:30 pm
Supongo que habréis leído el artículo de hoy de Relaño. ¿Creéis que lo dice tan en serio como dice que lo siente, o tan sólo es como el cornudo al que le birlan la novia y al no encontrar explicación lógica - dejarle a él, tan guapo e irresistible - prefiere pergeñar una teoría absurda que tape la cruda verdad - es decir, que ella, simplemente, prefiera a otro?
Porque, no sé, esto de los sentimientos, del enamoramiento, nos hace perder la cabeza…
#5 Miguel Gutiérrez dijo,
16 Abril 2007 11:30 pm
Podría ser Relaño, sí. O Casanovas. La risa va por ciclos y por barrios. No sé vosotros, pero yo conozco Malagutis de todos los colores. Algunos comentan en este blog y todo
#6 Axhell Red dijo,
17 Abril 2007 2:49 am
@#2 non_grata
Ja ja ja ja yo tbm me imaginaba a Malaguti con el rostro de Relaño mientras leia el post, me hizo mucha gracia ver tu comentario posterior.
Dadan enhorabuena, un relato genial.
Saludos
#7 Ariel de Argentina dijo,
17 Abril 2007 3:57 am
Sencillamente fantástico. Mis felicitaciones por esto que escribiste. Realmente lo he disfrutado mucho.
Saludos
#8 Psicoanalista dijo,
17 Abril 2007 9:47 am
Espectacular como siempre.. ¿por qué no encontramos nunca textos así en los periódicos? “¿no interesa no interesa?”
Y pensar que la gente se vea obligada a leer a fulanos como Guasch o Relaño…
#9 mangelram dijo,
17 Abril 2007 12:04 pm
Dadan, genial…deseando que no terminara el texto…..
Saludos!
#10 tartamundos trotamudo dijo,
17 Abril 2007 12:31 pm
Simplemente genial!!!
#11 Las declaraciones de Blatter » Diarios de Futbol dijo,
16 Mayo 2007 1:32 pm
[...] que los partidos y los campeonatos no los decide alguien en la sombra –como decía mi amigo Malguti- sino el bote de una pelota, que tampoco atiende a razones, y que hace que unas veces acabe en la [...]
#12 Sobre la razón y la locura: en defensa de los árbitros » Diarios de Futbol dijo,
3 Marzo 2008 4:13 pm
[...] Hoy la prensa de Barcelona continúa con la denuncia comenzada ayer de lo que para ellos es una confabulación de los árbitros en contra del Barça. Real Madrid marcó un gol al parecer en fuera de juego y debió haber sufrido la expulsión de Heinze. Eso dicen. No sé si es verdad. Yo, que soy del Barça, estaba en esos momentos viendo a mi equipo. De todas maneras, es probable, pues si algo caracteriza a los árbitros es eso: que en ocasiones se equivocan. De hecho se equivocaron el pasado miércoles, no anulando el gol de Xavi por mano previa de Eto´o, como bien se encargaron de incluir a todo color en sus portadas AS y Marca. Pero, convendremos, hay un trecho entre señalar con el dedo uno, dos, tres o incluso diez errores arbitrales, y el montarse a partir de ellos toda una teoría sobre el color de la camiseta interior de los árbitros. Quienes así actúan dicen que tienen “razones” para montarse esas teorías. Y es verdad, tienen razones. Cada error arbitral en contra de su equipo o a favor del eterno rival, son razones para pensar en la conspiración. Lo que sucede es que hacer pasar todo por el tamiz de la razón conduce a la locura. Si uno racionaliza todo lo que se encuentra ante sí acaba convirtiéndose en un paranoico, en un esquizofrénico incapaz de distinguir lo importante de lo trivial, lo relevante de lo anecdótico, aquello que ha de sumarse a nuestra visión de las cosas o aquello que es puramente circunstancial. [...]