No volví a entrenar más con la UDSM. Quería seguir con todo mi ser, pero un sabor amargo me dominaba cada vez que pensaba en el equipo, en mi primer gol, y en la vergüenza de saber que, en el fondo, mis propios compañeros de equipo se reían de mí. Muchos me insistieron en los recreos del colegio para que volviera. Pero era en vano. Tampoco respondía a las preguntas de porqué lo dejaba, ni siquiera a las más insistentes de aquellos que, como verdaderos amigos que eran, no se rieron de mí en aquel funesto partido.
A las preguntas de mi padre, y las de Juan, también contestaba con silencios. Sin embargo ellos no insistieron mucho. Tal fue la impresión que debió de darles verme llegar aquel día y asistir, desde el otro lado de la puerta de mi cuarto, a mi desgarrado llanto. Aquel día mi padre intentó hablar conmigo, sin lograrlo. La mañana siguiente, hizo un segundo y último intento. Mientras desayunábamos juntos, al ver que ni siquiera le miraba a la cara mientras me cuestionaba por lo sucedido el día anterior, se limitó a decir:
- Nunca me cansaré de insistirte en que el fútbol se inventó para disfrutar, no para sufrir.
Para poder llevar mejor mi tiempo apartado de los terrenos de juego, me imaginaba que en aquel último partido con la UDSM había sufrido una terrible lesión de rodilla que me mantendría fuera del equipo durante los siguientes meses. Por otro lado, mis padres, aquel año nos habían anunciado a mi hermano y a mí que tras el verano nos iríamos a vivir a otra casa, a otro pueblo, al campo. Así que, unido a la lesión imaginaria, soñé también con un cambio de equipo. Los periódicos de mi mundo futbolístico imaginario decían con grandes titulares “Gerardo no seguirá en la UDSM”. “-No es por culpa del entrenador, simplemente necesito nuevos retos- ha afirmado el jugador”.
De esa manera, soñando, conseguí que el dejar el equipo no fuera tan duro para mí.
Por suerte, además, pronto llegó el verano y con él olvidé, como cada año durante tres meses, las cuestiones que llenaban mi cabeza en tiempo de rutina.
Todos los años veraneábamos en la Rioja, en un pequeño pueblo llamado Haro. Mi abuelo tenía allí una casa, en la que nos recibía a nosotros y a varios de mis tíos y primos. Así, a la alegría de la llegada de las vacaciones se sumaba la de poder pasarlas con mis primos, en especial con Ander.
¿Por qué los mejores recuerdos de niñez están asociados con el verano? Es algo curioso. Las vacaciones de verano duran un mes, a lo sumo, dos, y sin embargo, a medida que pasa el tiempo y crecemos, los recuerdos asociados a ellas ocupan cada vez más espacio en nuestra mente, como si nuestra vida se concentrara en esas fechas. Hace poco, desempolvando mi bicicleta, que hacía años que no tocaba, me sorprendí a mí mismo jugando en los caminos de gravilla que rodean mi casa, jugando a pisar con la rueda delantera las piedras, bolsas de pipas o envoltorios de chicle, que iba encontrando a mi paso. Tal y como hacía cuando era niño, tal y como hacía aquellos veranos. Fue algo reflejo, de lo que sólo me di cuenta una vez que bajé de la bici y me senté a descansar y a fumar un cigarro en un banco del camino.
En otras ocasiones, cuando llueve después de un día caluroso, el olor de la tierra mojada me lleva, como el sabor de las magdalenas en el té de Marcel Proust, sin que pueda evitarlo, a rememorar los tiempos en los que vivía en traje de baño, y corría de un lado a otro con mis amigos, descubriendo el mundo que se abría ante nosotros, un mundo lleno de ilusiones, sueños imprecisos y magia. En esos momentos siento una terrible nostalgia, y me llena de tristeza pensar que todo aquello es irrecuperable, está perdido en el tiempo, el único torrente contra el que es vano nadar.
¡Qué maldición es crecer!
La casa de mi abuelo se llamaba “Lagun Bi”. Era un adosado que mi abuelo había construido junto a un amigo, para pasar los veranos uno cerca del otro. De ahí el nombre, que en euskera significa “Dos Amigos”. Aquel verano estábamos allí todos los primos. Ander y yo éramos de la misma edad, y cuatro años menores que nosotros eran Juan, mi hermano, y David e Iker. Disfrutábamos muchísimo juntos. Hacíamos excursiones al río, donde nos bañábamos y jugábamos a construirnos casetas que eran los centros de operaciones en los que planeábamos nuestras gamberradas. También teníamos una colección enorme de bichos que encontrábamos por ahí, escarabajos, arañas, lagartijas, culebras, etcétera, que guardábamos en el pequeño museo de nuestra caseta. Y sobre todo, jugábamos al fútbol. Cada día, disputábamos, entre nosotros o junto a otros niños, tres, cuatro, cinco partidos distintos. Por eso, cuando Ander, en una de nuestras reuniones en la caseta, tuvo la idea de que creáramos nuestro propio equipo, la idea nos fascinó a todos.
¡Nuestro propio equipo! Esa sería la oportunidad perfecta para organizar partidos, liguillas, campeonatos…
Lo primero a decidir fue el nombre. Tenía que ser alguno que resumiera aquello que nos unía a los cinco. Como poner nuestro apellido común como nombre del equipo nos parecía una idea horrible, decidimos llamarlo “Lagun Bi”, como la casa. Ahora, necesitábamos un traje. No hay equipo en el mundo sin unos colores.
Ander sugirió que nuestros colores fueran el rojo y el blanco, como los del Athletic. Todos teníamos una gran pasión por aquel Athletic campeón, por lo que su sugerencia (como casi todas las que hacía, pues era el mayor y más fuerte de nosotros) fue aceptada. Volvimos a casa, no sin antes cerrar bien la improvisada puerta de nuestro refugio, y allí cada uno cogió una camiseta blanca de su armario. En el jardín, y entre baño y baño en la piscina –la casa de mi abuelo tenía una flamante piscina en la que disfrutábamos horas y horas-, coloreamos con rotuladores y como pudimos nuestras camisetas. El resultado fue desolador. En nada se parecían aquellas franjas más rosáceas que rojizas a las de nuestro Athletic. Además cada camiseta resultó desconcertantemente diferente a las demás, por lo que menos un equipo conjuntado, parecíamos cualquier cosa. Pero no podíamos aspirar a más, y ese era el fruto de nuestro trabajo, por lo que las asumimos con orgullo. Después, en un cuaderno de mis deberes de verano –aún tengo pesadillas al recordarlos-, yo dibujé un escudo. Era como el del FC Barcelona. Cuatro espacios entre los cuales había un balón del tipo antiguo, y en los que dibujé banderas con nuestros colores. Bajo el mismo, puse, con la mejor caligrafía de la que era capaz, el nombre de nuestro equipo: “FC Lagun Bi”.
Nombre, escudo y camisetas, no necesitábamos más. Ya éramos un equipo, el FC Lagun Bi.
Cuando llegó la hora de cenar, los cinco aparecimos en la mesa con nuestras camisetas. Mis padres, mis tíos y mis abuelos, se rieron de lo lindo mientras nosotros les contábamos que habíamos creado un equipo de fútbol con el nombre de la casa y que íbamos a organizar ligas y copas con otros chavales. Ligas y copas que, como no podía ser de otra manera, íbamos a ganar.
- Pero necesitaréis un presidente –dijo mi abuelo sonriendo-. No hay equipo sin presidente.
Después, él mismo se ofreció para ocupar el cargo. Dijo que correría con los gastos de nuestro equipo y que, aunque nuestras camisetas eran muy bonitas, al día siguiente a primera hora iríamos con él al pueblo a comprar equipación completa para el Lagun Bi, incluido un balón de reglamento.
Y cumplió su promesa. La mañana siguiente nos despertó a cada uno y nos sorprendió con un enorme desayuno que él mismo había preparado. Mientras lo devorábamos con toda la prisa del mundo –ya que se interponía entre nosotros y nuestras futuras nuevas camisetas- afirmó solemnemente que ahora que éramos un equipo y él nuestro presidente, se encargaría de cuidar nuestra alimentación y entrenamiento.
- Ahora vamos a por el equipamiento, pero luego os espera una sesión de entrenamiento de lo más dura –concluyó.
Yo era feliz viendo que mi abuelo jugaba con nosotros a eso del nuevo equipo.
En la tienda nos llevamos una terrible decepción. No tenían camisetas rojiblancas. Sólo había camisetas de un color, con una franja blanca en las mangas. Había, por supuesto, casimetas del Real Madrid o del Barcelona, pero no cinco de nuestras pequeñas tallas. Mi abuelo pidió cinco camisetas naranjas, y cinco pantalones negros. Los analizó detenidamente y nos los ofreció. Como no nos vio muy decididos a aceptar sin más el cambio de colores, decidió convencernos de la grandeza del naranja, y para ello, habló de nombres que nosotros nunca habíamos escuchado antes, pero que a nuestros oídos sonaban como los de míticos guerreros de tiempos pasados.
- De naranja jugó uno de los mejores equipos que nunca he visto –nos dijo con el tono solemne de aquel que narra hechos extraordinarios-. Estaba formado por jugadores como Cruyff, Rensembrink, Rep, Neeskens, Krol… y les apodaban “La naranja mecánica”. Eran tan Buenos que sus rivales temblaban sólo de pensar que se tenían que enfrentar a ellos…
Y así siguió, un buen rato, contándonos las victorias y las injustas derrotas que en los mundiales recibió aquel equipo. Nos dijo, y lo subrayó varias veces, que para nosotros había de ser un honor que nuestro equipo compartiera colores con uno como aquel.
- Posiblemente, el mejor de todos los tiempos –concluyó.
Un rato después, estábamos en el jardín de casa los cinco vestidos con camiseta naranja y pantalón negro, corriendo anárquicamente detrás del flamante Adidas Tango con el que nuestro abuelo puso la guinda al pastel que suponían para nosotros nuestras nuevas camisetas. El jugaba a darnos órdenes como si fuera nuestro entrenador. Nos mandaba correr un rato, después chutar a puerta –dos jerseys en el suelo-, después hacer flexiones.
Pronto llegó el momento de decidir la estructura de nuestro equipo. Tras largas conversaciones, llegamos a un acuerdo. Ander, el mayor, sería el portero y el capitán. Tenía camiseta naranja como todos, pero mientras jugara de portero usaría la de Zubizarreta –negra y verde-, que su padre le había regalado en su cumpleaños. Yo sería el delantero. Juan, David e Iker serían defensas-mediocampistas. El concepto era extraño, pero lo tuvimos que acuñar para poder cubrir ambas posiciones. Al fin y al cabo, nuestro equipo lo componían sólo cinco jugadores. Cuando Ander quisiera salir de la portería, en ella le sustituiría David. En ese caso, Juan e Iker serían defensas, Ander centrocampista y yo delantero. La jerarquía quedó, pues, definitivamente establecida.
Pronto jugamos nuestro primer partido oficial como Lagun Bi. Fue frente a un grupo de chicos de Haro a los que, como si de un duelo entre caballeros se tratase, retamos pomposamente. Los vimos jugando en una de las plazas del pueblo y como nos parecieron rivales dignos –esto es, ni demasiado pequeños, ni enormes- Ander y yo nos acercamos a ellos y les dijimos que teníamos un equipo y que estábamos buscando rivales del pueblo para jugar partidos. Al principio se negaron, pero terminaron afirmando que nos iban a dar una tremenda paliza, después de que Ander les preguntara si su negativa respondía a que nos tenían miedo. Finalmente, quedamos al día siguiente, a las once, en el campo de futbito de una urbanización cercana a nuestra casa.
Con una puntualidad religiosa, allí fuimos. Para nuestra decepción, el campo estaba ocupado por unos chavales mayores que, además, al vernos llegar con nuestros flamantes nuevos uniformes, se rieron a carcajada limpia de nosotros. Por suerte, nuestros rivales conocían un campo cercano, en el que pudimos disputar nuestro partido sin injerencias.
Antes de comenzar, les preguntamos cómo se llamaba su equipo. Sorprendidos, nos contestaron que no tenían nombre, pero tras afirmar nosotros que “lo que no tiene nombre no es” –un dicho que mi abuela repetía constantemente-, decidieron que se llamarían “Los Leones”. Al parecer, ellos, a pesar de ser de Haro, también eran del Athletic.
Les destrozamos. El partido, como no podía ser de otra manera, terminó con un resultado abultadísimo en goles para cada equipo. No recuerdo exactamente cuál fue el resultado exacto, pero sé que yo marqué nada menos que veinte fantásticos tantos en un solo partido. Nunca había sido tan feliz.
La razón de que recuerde mi número de goles después de tantos años es que tengo un documento que lo corrobora. Lo tengo ahora mismo en mis manos. Se trata de un diccionario-enciclopedia de fútbol que se había editado con motivo del Mundial 82 y que mis padres me habían regalado hace tiempo, intentando así saciar mi sed por saber más y más cosas relacionadas con el fútbol. Se titula “Fútbol de la A a la Z” y en ella, junto a las reglas, hay entradas ordenadas alfabéticamente, en las que se realizan descripciones biográficas de los más grandes jugadores de la historia. Ahí estan Platini, Tigana, Peter Shilton, Maradona, Kempes, Pelé, Garrincha, Cruyff, Di Stéfano, Kubala, y un larguísimo etcétera de jugadores que yo conocí por primera vez gracias a aquel libro. Aquel verano, cuando mis padres al comienzo del mismo nos dijeron que nos lleváramos un libro para leer, yo no lo dudé y cogí ese. Aquella noche, tras el partido frente a los leones, escribí, en la primera página del libro, el comienzo de mi biografía como jugador, que posteriormente continuaría en varias entregas, con bolígrafos diferentes, en años diferentes. Lo escrito aquella noche, rezaba así:
“Gerardo Apellániz (Bilbao, 1975). Delantero centro de gran habilidad que comenzó su carrera en la UDSM. Tras varias temporadas en el equipo blaugrana, fichó en el verano de 1986 por el Lagun Bi, en el que permaneció unos meses. En su primer partido con la camiseta naranja marcó nada menos que veinte goles frente a Los Leones de Haro.”
Tengo el libro entre mis manos, y no puedo evitar que en mi rostro aparezca una sonrisa amarga. Siento una extraña mezcla de fascinación y de tristeza evocando aquel niño que fui, recordando ahora su sueño de ser un gran jugador de fútbol, digno de aparecer en esta enciclopedia. Escritas con la ilusión y la letra de un niño de diez, de once años, esas líneas son probablemente, de las cosas más sinceras que nunca haya escrito. Dicen tanto de mí incluso a mí mismo…
En cuanto al Lagun Bi, a veces cuando ahora, ya mayores, nos juntamos los cinco primos, aparece en nuestras conversaciones, teñidas de nostalgia. Cuando eso sucede, nos reímos de la ilusión de aquel verano, de cómo jugábamos a ser un equipo (disputamos con nuestra camiseta naranja muchos partidos), y recordamos con cariño la actitud que con nosotros tenía nuestro abuelo, del que los cinco guardamos maravillosos recuerdos.
Lo que no les cuento a mis primos es que, el Lagun Bi siguió vivo durante muchos años, pero en mis sueños. Fue un equipo soñado al que di vida cuando comencé a tener la afición de crear, con papel, bolígrafo y rotuladores, ligas y torneos internacionales, plantillas con traspasos millonarios. Un mundo entero del fútbol que sólo respondía a mi imaginación y a la soledad de mi cuarto. Pero esa es otra historia, y será contada más adelante, a su debido tiempo.

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#1 nostramorus dijo,
12 Abril 2007 8:08 pm
Buah que bonito! Cuando yo era pequeño también creábamos equipos con los amigos, que grandes recuerdos!
Por cierto, el libro del Mundial 82 es uno blanco con una carta de Quini?
#2 Matty dijo,
12 Abril 2007 8:17 pm
Enhorabuena, Dadán, como siempre. Sigo encantado de saber que también hay gente con cierta (Tanta) sensibilidad en este mundillo, y con una gran carrera de futbolista frustrada.
#3 martin dijo,
12 Abril 2007 9:02 pm
Jo, que bonito, yo entendi que me hacia mayor justo el dia que deje de soñar con jugar en mi equipo…
Y me alegra ver que no soy el unico que se dedicaba a inventar equipos…(yo les diseñaba el nombre, las camisetas, el escudo, hacia ligas…40 equipos, 4 divisiones, 27 temporadas disputadas…)
#4 Abraham dijo,
12 Abril 2007 11:55 pm
tu historia es mas o menos la mia, y de seguro la de muchos.
#5 Anonimizer dijo,
13 Abril 2007 2:59 am
Simplemente genial.
#6 Arcanis dijo,
13 Abril 2007 7:03 am
Dadan Narval, no t conozco d nada, ni tu a mi. Pero tio, me has hecho saltar un par d lagrimillas haciendome recordar cosas d las q ya ni pensaba hace años sobre mi infancia. Genial el articulo.
#7 cone1899 dijo,
13 Abril 2007 10:23 am
Muy bueno Dadan como siempre.
Los recuerdos de infancia son lo mejor que la gente puede tener, e incluso, algunas veces los recordamos más como nos hubiera gustado que pasarán que como realmente ocurrieron.
Espero impacientemente la siguiente entrega.
Saludos.
#8 _luke_ dijo,
13 Abril 2007 10:54 am
mi mas sincera enhorabuena!!
muy bueno, es un recuerdo muy bonito en el que todos nos podemos ver reflejados!
yo me lo estaba imaginando como corto de cine, creo que quearia bastante bien… que os parece?
ah! vaya abuelo tan majo que tenias!
#9 txolo dijo,
13 Abril 2007 12:17 pm
Que grande
Con mis primos y varios amiguetes del pueblo (Denia) hacíamos todos los veranos un torneo llamado “Villa San José”, dado que así se llamaba (y se llama) la casa de mi abuela, en cuyo cesped jugábamos al principio, con los árboles de porterías. De más mayores ya nos íbamos a disputarlo al campo de fútbol del instituto más cercano.
Comprábamos una copa para el equipo ganador y medallas para todos los miembros del equipo que ganase. Si sobraba alguna se la dábamos al máximo goleador.
Hacíamos dos equipos cuya composición se decidía al azar para que estuviese equilibrado. Hacíamos una lista con los cracks, los medianos y los malos y los distribuíamos. Era más o menos como “Amigos de Zidane vs Amigos de Ronaldo”.
Había un niño con síndrome de Down, Tito, que quería jugar. Al principio ninguno queríamos tenerle en el equipo. Cayó en mi equipo y en los años sucesivos nos peleábamos por tenerle en nuestras filas. El motivo: aunque, pobrecillo, debido a su situación no coordinaba bien los movimientos, tenía muchísima fuerza en las piernas y muy buena puntería, y se limitaba a, cada vez que le llegaba la pelota, localizar la portería y lanzar tremendos chupinazos que casi siempre terminaban en gol, era nuestro Schwarzenbeck.
Antes de eso jugábamos a los mundiales a fútbol 3, elegíamos países al azar, hacíamos cuatro equipos y jugábamos todas las rondas. Huelga decir que cada equipo representaba a varios países.
En fin, que recuerdos de aquella infancia
#10 Pibe dijo,
13 Abril 2007 1:00 pm
Buenísimo el relato. Seguro que casi todos nos identificamos con lo que se cuenta. yo también formaba equipos y retábamos a otros barrios del pueblo, al pueblo de al lado (menuda aventura era esa), creo que casi todos hemos debido tener una infancia similar.
También es verdad que siempre recuerdas mejor aquellos veranos que el resto de la época. Joer esto llega a la fibra sensible de uno.
Por cierto Nostramorus, ese libro que nombras blanco y con la carta de Quini a la afición también lo tenía yo: salían todas las selecciones de España 82 y la historia de jugadores y mundiales, la verdad es que era muy bueno. Creo que ese libro tuvo mucha culpa de que me interesara por el fútbol y su historia. Esperaremos impacientes la póxima entrega del relato.Enhorabuena.
#11 Migranol dijo,
14 Abril 2007 10:33 pm
como siempre, gran relato dadan!
Me habria gustado tener un abuelo tan futbolizado como el tuyo, ojala que el mundo aguante hasta que me llegue la hora de tener nietos para poder organizar mi propio equipo de futbol y hacerlos jugar con mis propias tacticas!
jajaja, saludos!
#12 mourinho dijo,
15 Abril 2007 12:35 am
grande, Dadan!
Eres un artista, es un placer leer tus relatos.