El fútbol y yo (VII): Mi primer gol
Llegó el minuto ochenta y cinco del partido frente al RDS. Sé que era el ochenta y cinco porque cuando comenzábamos cada encuentro, ponía el cronómetro de mi flamante reloj digital para saber, con precisión, en qué momento exacto del partido nos encontrábamos. El RDS era un equipo menor. Una panda a la que, como era de prever, les estábamos pasando por encima. Seis a cero, y porque tuvieron suerte. Yo calentaba en la banda desde hacía ya un buen rato. Lo hacía de modo serio, científico, aplicado, como si fuera un profesional a punto de salir al campo en los últimos minutos de una final con empate en el marcador. Como si fuera uno de mis ídolos, interesados no sólo en realizar los ejercicios bien para evitar lesiones, sino en que se vea que, efectivamente, lo dan todo, incluso en la banda.
De pronto, mi entrenador me llamó. Iba a salir. Sonreí.
Por cierto, el lector atento habrá caído en la cuenta que hasta el momento no he dicho el nombre de mi entrenador, pero es que lo he olvidado. Es curioso cómo funciona la mente en estos casos. Alguien que fue tan importante para mí, en aquellos años, primero para bien, porque fue un hombre amable que supo lidiar con mi timidez y falta de valentía en el campo y vestuario, y posteriormente para mal, por los hechos que narraré en las líneas que siguen, y su nombre ha quedado perdido en mi memoria, sepultado por otros nombres, otros recuerdos. En realidad, empero, poco importa. Para mí, él siempre será “mi entrenador”, una figura que se me antojaba en aquel tiempo tan importante como la de mi padre, o mi profesor y cuyos recuerdos, que ahora convierto en relato, aún están teñidos para mí con el color de lo trascendente. Era, en fin, alguien de quien dependían mis más valiosos sueños, de cuyo comportamiento dependía que me acostara, cada noche, con lágrimas en los ojos o, por el contrario, con la sonrisa que la esperanza de jugar el domingo siguiente dibujaba en mi rostro.
Me quité el chándal con movimientos ansiosos. Poco importaba que, una vez más, la falta de confianza en mi juego por parte de mi entrenador me confinara a los minutos de la basura. Íbamos seis a cero, pero si lograra, al fin, marcar mi primer gol con la UDSM, éste sería tan importante para mí, como si fuera el gol de la victoria, un gol definitivo, único, el del último segundo de una final de la Copa de Europa.
Mi entrenador reclamó la atención del árbitro a gritos.
- ¡Cambio! ¡Arbitro, cambio! –repetía sin cesar, hasta que éste se percató y dio permiso
para realizar la sustitución. En consecuencia, mi entrenador cambió su canción por el nombre de Eduardo, el sustituido, a quien llamaba a gritos con la misma intensidad que antes al árbitro.
Éste respondió a la insistencia del entrenador con un gesto de desaprobación. Se acercó andando despacio a los banquillos, arrastrando sus piernas como si hubiera recorrido a pie todo el desierto del Sahara, o si sus pasos le condujeran a la meta menos deseada de todas las posibles. Cuando estuvo a mi altura, le ofrecí la mano para “chocarla”, como había visto tantas veces en televisión que hacían los profesionales, pero él, que había marcado dos goles en aquel partido, me miró con desprecio, esbozando media sonrisa, y pasó de mi gesto.
Eso me entristeció. Eduardo era, sin duda, el mejor jugador de nuestro equipo. Con Azibar, que jugaba en punta, formaba la pareja letal que hacía que ganáramos nuestros partidos, cuando los ganábamos. Igualmente, cuando alguno de los dos no estaba, perdíamos irremediablemente. Eran el alma y los pies de la UDSM. Sin embargo, las virtudes que Eduardo demostraba sobre el campo contrastaban con las que carecía fuera de él. Era un niño mimado, malo, arrogante. Un crío de esos que ha sido educado bajo la premisa de que el mundo todo le pertenecía, de que los millones de personas que estamos con él, en la misma gigante bola que gira y gira, estamos aquí para servirle, adorarle, amarle. En resumen, un imbécil, que además, se empeñaba en demostrarlo en cada acción para con sus compañeros de equipo. En aquellos años, él estaba tan convencido de que algún día sería el cerebro del Athletic que intentar matizar su sueño era casi insultarle. A nosotros nos decía que no éramos malos, en general, pero que como mucho podríamos aspirar a jugar en Tercera o Segunda B. Él no, él estaba destinado a la gloria.
Entré en el campo con el miedo habitual. Como siempre, mientras lo hacía, con la cabeza gacha, observaba mi camiseta. Mi entrenador me dijo mil una veces que no la mirara, que la camiseta era para identificarme ante los demás, no para mí. Pero yo no podía evitarlo. Me gustaba jugar con camiseta, porque podía imaginarme que era un profesional, que jugaba en San Mamés o en el Nou Camp, o en el Bernabéu. También, al correr miraba mis rodillas, llenas de heridas causadas por las piedras que habitaban en nuestro campo de arena, y mis piernas, tan delgadas, tan tristes. Y me daba vergüenza verlas.
Nada más entrar yo al campo, Joseba sacó de banda hacia Azibar, que intentó irse del lateral izquierdo, pero éste consiguió tocar el balón. Córner. El mismo Azibar se dispuso a sacar. Mi entrenador nos dijo que “todos arriba”. Ahí, en el área, nos reunimos todos los jugadores, de los dos equipos, excepto Miguel, uno de nuestros laterales.
Qué mundo, el area. Nunca supe muy bien cómo moverme en ella. Nunca supe muy bien si quería estar cerca del balón, de su trayectoria, o lo más lejos posible del mismo, en ese espacio en el que lo que uno haga es intrascendente, allí donde nadie mira.
Me peleaba con el defensa que me marcaba, que me sacaba una cabeza, como poco. Tal y como nos había enseñado mi entrenador, me movía de un lado a otro, intentando que él perdiera la marca. Pero era imposible, por más que lo intentaba él estaba siempre pegado a mí. Al fin, Azibar sacó. Colgó el balón al primer palo, lejos de mí. Un defensa despejó la pelota de cabeza, y Gorka la golpeó al vuelo desde fuera del área. La pelota dibujó una extraña trayectoria en el aire, yendo a parar, perra ella, a mi cara. Caí al suelo, fulminado, mientras mis compañeros de equipo gritaban felices.
¡Gol!
Lo que ocurrió después quedó registrado en mi memoria a fuego.
Todos se echaron encima de mí, cantando el gol, riendo
- ¡Ha metido Gerardo! ¡Ha metido Gerardo! Repetían una y otra vez. Y se reían. Se carcajeaban.
Me levanté del suelo. La cara me abrasaba. Tenía unas terribles ganas de llorar, pero a pesar de estar a punto de hacerlo, de romper en llanto desgarrado, me contuve, pensando en que si lloraba, todos reirían con más ganas, con más motivo, con más fuerza.
Mientras todos me abrazaban, burlándose, mi mirada buscó, instintiva, a mi entrenador. Entre los huecos que dejaban los brazos de mis compañeros, sus cuerpos, pude verle en la distancia. Como todos, reía. Sus brazos se apoyaban en el techo del banquillo, y su cabeza descansaba entre ellos, de donde solo se levantaba, de vez en cuando, para mirar hacia donde yo me encontraba. Reía y volvía a ocultar su risa entre los brazos, una y otra vez. Sin descanso.
Al verlo, creo que sollocé, pero mis compañeros no se dieron cuenta.
Me dirigí, andando, arrastrando mis pies, hacia el centro del campo, con la vista en el suelo, pensando si algún día se levantaría de ahí. Los oídos me silbaban, por el impacto del balón. La cara me abrasaba. Me acaricié, suavemente, la parte del rostro donde este me golpeó y me miré instintivamente la mano, para ver si había sangre. Obviamente no la había, pero por un momento deseé que no fuera así. Deseé haber caído muerto, fulminado por el impacto del balón, y que las risas de mis compañeros se ahogaran al constatar que nunca me levantaría.
Dos de ellos me adelantaron en el camino al centro del campo, y me dieron una toba medio amistosa, medio burlesca.
- ¡Figura!
- ¡Maradona!
Yo seguía sin quitar la mirada del suelo. No lo haría por nada del mundo. Ya no me miraba la camiseta. Solo las rodillas, que se me antojaban más enclenques que nunca.
Me situé al lado del círculo central. Los otros sacaron. Corrí un poco detrás del balón, sin ganas, sin ánimo, hasta que el árbitro pitó el final del partido.
En el vestuario el entrenador nos felicitó.
- Si mete hasta Gerardo, muy bien hemos debido de jugar –dijo, guiñándome el ojo, quizá pensando que no le había visto carcajearse de mí, quizá pensando que todo aquello no me dolía.
Algunos rieron.
Decidí que ya me ducharía en casa. Me puse el chándal, me cambié las botas por playeras y me fui, sin mirar atrás.
- Hasta el martes –dije, con voz baja, con miedo, y casi seguro de que el martes no iría a entrenar, tampoco el jueves. Ya sabía, creo, que nunca más pisaría aquel vestuario
- Hasta el martes, figura –dijo alguno.
- ¡Maradona! –añadió otro.
Todos rieron, a mis espaldas.
Salí del vestuario. Seguí con la vista en el suelo, a pesar de que ya no había riesgo ninguno de que mi mirada se cruzara con la de alguien del público que se fuera a reír de mí, de mi incapacidad. Caminé despacio hacia casa, más despacio que nunca. No tenía prisa por llegar. No tenía prisa porque mi hermano me preguntara qué tal el partido, a ver si había jugado y, como siempre, a ver si había marcado, como siempre hacía, indefectiblemente, aunque ya supiera de antemano que el partido habrá ido mal, que no habría jugado y, por supuesto, que no habría marcado.
Pero esta vez, había marcado, y eso me dolía aún más.
Iba pateando piedras, pero aquel día no me apetecía tirar hacia las alcantarillas, imaginándome que eran porterías, soñando con goles marcados por mí en San Mamés. En un momento dado, me senté en la acera. Cogí un palo del suelo y jugué durante un rato a hacer dibujos en la gravilla, mientras pensaba.
Pensaba que tenía solo once años y que ya sabía que nunca sería lo que quería ser. ¿Qué equipo querría tener un delantero como yo? Pensé también que ojalá que Eduardo nunca jugara en el Athletic. Azibar no me importaría, pero Eduardo… Pensaba en por qué los peores niños, los más malos, son siempre los que mejor juegan dentro del campo. Sentía vergüenza por dentro, una mezcla entre la ansiedad del llanto y la rabia, que me ardía. Aún me dolía, además, la cara. Mis labios estaban curvados hacia abajo como nunca antes lo habían estado. Con un nudo en el estómago, me preguntaba:
¿Por qué demonios me gusta el fútbol? ¿Por qué lo siento tanto? ¿Por qué es tan importante?
Y después pensé que ojalá me dejara de gustar y que nunca más quisiera jugar, nunca más. Pero sabía que era imposible.
Me levanté. Mejor que fuera a casa, llevaba ahí un buen rato y mis padres estarían preocupados.
Mi mirada continuaba en el suelo.
Había soñado mil y una veces con marcar un gol con la camiseta de la UDSM, pero nunca había imaginado que pudiera ser algo humillante.
Llegué a casa. Juan corrió a recibirme, y, como todos los días, me hizo la pregunta. Aquella que esa mañana esperaba, vanamente, que no me hiciera. Le miré, triste, y le di una palmada en la cabeza, sin contestarle.
Entré en mi cuarto, saqué la camiseta y las botas de la bolsa de deporte y estuve mirándolas no sé cuánto rato. Después, me tumbé en la cama, y con mi rostro apretado en la almohada, rompí en un desgarrador llanto que aún, hoy, tantos años después, resuena, a veces, en mi cabeza.
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#1 Ark dijo,
22 Febrero 2007 4:45 pm
Te entiendo perfectamente.
A mi me paso mas o menos lo mismo, pero con el frontenis, el deporte familiar.
Y a día de hoy todavía recuerdo con pena y rabia lo mal que lo pase de nano por culpa de ellos.
Porque digan lo que diga a mi me gustaba el deporte…fueron ellos los que me lo amargaron.
Sin embargo en mi caso tengo una certeza: Yo era pequeño…ellos eran grandes.
Ahora ellos se hacen viejos y yo cada día estoy mas fuerte, mas contento con mi cuerpo.
Algún día agarraré la raqueta y les enseñaré que es fácil hacer sufrir a un niño, pero aún mas fácil a un viejo.
Y entonces, cuando me quite la espina, podré volver a jugar por placer.
Me plantaré en mi frontón, con mi pelota amarilla, y le daré de hostias hasta que me sangren las manos.
Por placer. Por el placer del deporte.
Jugaré hasta que no pueda mas.
Ojalá algún día tu también puedas marcar un gol que te devuelva la alegría que ese día debiste sentir.
#2 juanma dijo,
22 Febrero 2007 8:20 pm
No sé qué me ha gustado más, si el genial relato (como siempre) de Dadan o el comentario de Ark cargado de rabia.
Creo que somos muchos los que alguna vez hemos sentido todas esas angustiosas sensaciones derivadas de la impotencia por querer tan poderosamente algo para lo que, antes o después, sabemos que no es para lo que hemos nacido. En mi caso, no recuerdo un sólo día de mi vida en el que no me haya imaginado en medio del Bernabéu, en una agónica e igualadísima final, logrando anotar el gol con el que hacer felices a los millones de personas que amamos el mismo escudo que yo. Sin embargo, mi primer gol “oficial” fue cuando, en el último partido de la liga de benjamines en la que jugaba, el equipo de mi colegio ganaba 5-0 a un conjunto de niños aun mas paquetes que yo y mi entrenador me sacó para que tirara un penalty recién pitado a nuestro favor. Se apiadó de mí y de mi inutilidad atacante y me permitió acabar la liga con al menos un gol.
Recuerdo cómo, instintivamente, contesté a su “que lo tire Juanma” con un “¿yo?, yo no que lo fallo”. No creo que nadie de mi equipo, ni de cualquiera de los que jugábamos aquella competición de barrio tuviera más ganas que yo de marcar. Tampoco creo que hubiera nadie con más miedo a que su padre o sus compañeros pensaran que era tan malo que ni regalándome lanzar ese penalty, fallase el gol cantado.
Después de golpear al balón con el tobillo hacia el centro de la portería, de que el portero se dejara caer hacia un lado y de que el balón cruzara la línea de gol, grité por fin lleno de emoción. Mis compañeros me abrazaron en medio del cachondeo generalizado y diciendo comentarios del estilo de “joder tio, casi lo fallas y todo”, “¿no vas a llorar de alegría?”, o “ahora a lo mejor te fichan para el Real Madrid Z”. Pero me daba igual, había marcado. La alegría que sentía en ese momento era mucho más fuerte que las burlas con las que intentaban ocultar sus respectivos complejos…
Han pasado algunos años desde entonces y en ese tiempo han pasado bastantes cosas. Yo comprendí que, aunque nunca podría ser el heredero natural de Raúl, sí podría usar mi arrojo y concentración en el campo para ser un central aceptable. Y comprendí que hay condiciones con las que debes nacer, pero habilidades que, con mucho trabajo, puedes desarrollar para compensar en parte lo que Dios o la genética no quiso darte.
Ahora, con 21 años, la gran mayoria de esos burlones compañeros no quieren jugar pachangas en el barrio porque tienen miedo a que su barriga les haga quedar en ridículo delante de la novia (los que la tienen). Yo lo haré mejor o peor, pero al menos aguanto 90 minutos corriendo detrás del que haga falta.
Por cierto, mi entrenador se llamaba Goyo; y a menudo le veo por el barrio paseando cuando yo salgo de entrenar al equipo de benjamines de mi colegio. Os aseguro que mis experiencias con él me ayudan muchísimo para afrontar el planteamiento de los partidos que juegan los niños a los que dirijo y con los que, a veces, me siento enormemente identificado.
Un saludo.
Juanma
#3 juanma dijo,
22 Febrero 2007 8:35 pm
Una última cosa y no me enrrollo más.
Creo que tienen parte de razón los comentarios de aquellos que dicen que un entrenador que haya sido jugador de alto nivel tiene mucho ganado por eso de conocer el ambiente de la competición, el de un vestuario, la psicología, etc. Sin embargo, confío especialmente en los entrenadores jóvenes que han forjado su carrera a base de trabajo y estudio intensivo de un deporte al que quisieron servir como goleadores y en el que no llegaron a pasar de jugadores mediocres de ligas menores.
Me parece que desde el banquillo, y guiados por el orgullo y la rabia de la que antes habló Dadan, han conseguido calmar ese hambre de fútbol con la que nacieron. Hablo de los Víctor Fernández, Rafa Benítez, Mourinho, Fernando Vázquez…
PD: Y bueno, para los que tampoco valgamos para entrenadores, deberemos resignarnos a ser toreros, cantantes o actores y jugar un partido contra la droga en el que intentar marcar a Garzón… XD
Un saludo.
Juanma
#4 natxo dijo,
22 Febrero 2007 10:32 pm
Yo recuerdo mi primer gol de manera un tanto borrosa. Recuerdo que jugábamos contra el líder ( en 2ª cadete) y marqué de falta desde el medio del campo ( se la tragó con patatas vamos). Fue el gol del empate, aunque luego perderiamos 1-3.
Recuerdo una frase de mi entrenador ( me ha costado recordar el nombre a mi tambien) que decia q teniamos que tirar desde casa para ver si se nos volvia a aparecer la virgen xD.
#5 mourinho dijo,
23 Febrero 2007 12:41 am
No por haber menos firmas es peor artículo.
No hay mucho que decir en los comentarios, pero escribo esto para decir que estos artículos que haces son buenisimos y estas cosas son las que diferencian DDF de cualquier otro sitio.
eres un crack, Dadan!
#6 Arcanis dijo,
23 Febrero 2007 1:54 am
Yo recuerdo q a esa edad (11 años) era d los suplentes d mi ekipo. Nunca he sobresalido mucho, y marcaba goles muy rara vez. Pero recuerdo perfectamente el primer partido de la competicion. Ibamos perdiendo 1-0 pero en la segunda mitad me cambiaron x el delantero centro y yo fui el q le dio la vuelta al marcador con mis 2 goles. Fue d los dias mas felices d mi infancia.
#7 V&T dijo,
25 Febrero 2007 1:26 am
Muy bien escrito, muy bonito.
#8 isaac.ronaldo dijo,
3 Marzo 2007 12:04 am
q eros editar mis botas
#9 roberto dijo,
5 Agosto 2007 2:06 am
recuerdo mi primer gol y aunque mi situacion era diferente porque me consideraban buen jugador me siento identificado con el articulo