Desde que aconteció la muerte de Ryszard Kapuściński, escritor y periodista polaco a cuya obra debo tanto que no sabría precisarlo, he estado pensando en dedicarle un homenaje en este blog. Miguel Gutiérrez, compañero en estas páginas, que fue además, quien me dio la triste noticia, me ha animado a hacerlo. No obstante, no sabía cómo hacerlo. No quería escribir, por ejemplo, sobre lo mucho que al escritor polaco le gustaba el fútbol (“Veo fútbol desde hace sesenta años, cuando y como puedo, y a decir verdad, sólo gracias a él hay un televisor en casa”, llegó a decir en una entrevista). Tampoco quería hacer un post que no tuviera relación ninguna con el fútbol, que es el tema de este blog.
Por ello, necesitado de reconocer la importancia que para mí tuvo, vital y literariamente la obra de Kapuściński, he decidido compartir las vivencias de un fin de semana de hace años en Barcelona, en el que pude estrechar su mano. Un fin de semana que pasé junto a dos de mis mejores amigos, teñido de fútbol y literatura.
(1)
En verano de 2002 yo había abandonado un buen trabajo para aceptar una beca de investigación de la universidad de D.. Aunque el motivo oficial de la beca era para investigar, en realidad me había sido concedida para trabajar en la organización de un master en comisariado de exposiciones de arte contemporáneo. Dediqué las mañanas, las tardes y las noches de cuatro meses completos a trabajar una idea que creía que sería de valor tanto para la universidad como para quienes cursaran el master. Sin embargo, cuando todo estaba dispuesto, pendiente ya solamente de aprobación burocrática en junta de universidad, mi proyecto recibió un veto por parte de uno de los decanos de la misma. La excusa oficial, que el master dedicaba créditos de estudio a temáticas que no competían a la facultad en la que el proyecto había sido presentado, sino a la del decano que vetó el mismo. La real, que la facultad de dicho decano tenía un curso de cien horas que si nuestro master se realizaba, más que probablemente se quedaría sin alumnado.
La noticia de la no realización de mi proyecto, sobre todo por las razones que llevaron a ello, me desoló. Por delante se abrió para mí un abismo. A pesar de que me quedaban nueve meses de beca, que la facultad se comprometió a mantenerme, no sabía qué hacer. Poco antes había terminado un trabajo de investigación en filosofía titulado “Número doce. La construcción de la identidad en el fútbol” que se había ganado los peores improperios por parte de los dinosaurios de mi facultad de filosofía, incapaces de ver que las cuestiones que ellos creían urgentes en filosofía ya no ocupaban la mente de nadie, y a los que no respondí debidamente por no ganar enemigos para mi proyecto de master. No tenía, pues, ni ganas ni apoyo para reanudar un proyecto de investigación que nació con la oposición de quien debían apoyarlo. Mis opciones se limitaban a, o bien buscar de nuevo un trabajo digno, cosa realmente difícil para un licenciado en filosofía, o bien atreverme a comenzar con una novela que llevaba tiempo en mi mente.
Mis amigos me animaban a lo segundo. “Te quedan nueve meses de beca. Es tiempo suficiente para escribirla”, me decían. Sin embargo, a mí la idea me aterrorizaba. Hasta ese momento había soñado con escribir la novela algún día. Era un sueño precioso, que mantenía vivo con cada nota, cada apunte sobre la misma que recogía en una libreta de pastas de cuero negro que siempre llevaba conmigo. Pero ahora que mi situación vital y laboral me permitía realmente dedicarme a la escritura, ahora que podía convertir las notas que nadie leería en páginas mecanografiadas, el sueño se tornó una posibilidad demasiado real para ser bella. No es algo tan extraño. Los sueños deben parte de su magia precisamente a que son sueños. Cuando, poco a poco, comienzan a tornarse algo real, el miedo a que no sean como hemos imaginado, incluso el miedo a perderlos precisamente por dejar de ser lo que eran, sueños, nos invade, se hace dueño de nosotros.
En fin, el caso es que necesitaba pensar qué hacer con mi vida. A veces el mejor modo de hacerlo es alejarnos de la realidad del día a día, y ver las cosas desde la lejanía. Decidí planear un pequeño viaje, y me convencí definitivamente en hacerlo cuando leí, una mañana, que Ryszard Kapuściński impartiría dos conferencias en Barcelona.
Yo había leído por primera vez a Kapuściński a principios de ese mismo año. Encontré una referencia a su libro “La guerra del fútbol” en una revista virtual y pensé que debía leer aquel reportaje para complementar, de alguna manera, el enfoque que estaba dando a mi trabajo de investigación. El encuentro con su obra fue para mí como descubrir un tesoro. Leí con voracidad aquel volumen, y a ese siguieron todos los demás que Ágata Orzeszek había traducido hasta el momento al castellano.
Pocas, muy pocas veces, me ha sucedido en mi vida lo que me sucedió al leer al autor polaco. En sus textos se abrió un mundo nuevo para mí. No es una frase hecha, es una realidad: África, América Latina, la extinta Unión Soviética, el Irán de Reza Pahlevi, el palacio de Haile Selassie en Etiopía, las vidas de Nkrumah, Bel Bella, Nasser, Patrice Lumumba… tantos lugares, tiempos y personas de las que jamás había tenido noticia pasaron de algún modo a formar parte de mí, que he de reconocer que tras conocer su obra, yo fui otro, distinto. Recuerdo con emoción cuando, tomando un café, hablé por primera vez a mis amigos, que también soñaban como yo con ser algún día escritores, de mi gran descubrimiento. Pronunciando mal su nombre, resumí las sensaciones que se apoderaban de mí cuando le leía, narré con emoción sus mismos reportajes, como si yo los hubiera escrito, y terminé con la frase normativa con la que concluyen todas las conversaciones en torno a un gran escritor que nuestros interlocutores no conocen: “tenéis que leerlo, ya. No hacerlo no tiene perdón”.
Desde el despacho de la facultad, llamé por teléfono a mi hermano Javier y a mi primo David, amigos también, a quienes había contagiado mi pasión por el escritor polaco y con quienes también compartía otra pasión, más mundana: los tres éramos seguidores del FC Barcelona. Rápidamente, el viaje estaba organizado. Saldríamos un jueves por la noche, en tren. Dormiríamos en él, y el viernes por la mañana, recién llegados a Barcelona, iríamos a la primera de las conferencias que Kapuściński impartía, en la Universidad de Barcelona. El sábado por la mañana acudiríamos a la siguiente, en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona y, el domingo por la noche, los tres animaríamos a nuestro equipo en el partido de liga frente al Sevilla. La vuelta, el lunes por la noche, de nuevo en tren. Para mí serían cuatro días en los que pensar, hablar con dos de las personas que más me han ayudado en mi vida –y asistir con ellas por primera vez juntos al estadio de nuestro querido equipo- y poder ver, en persona a quien en poco tiempo se había convertido en mi máximo referente literario.
La noche que salimos yo no pude dormir. A la incomodidad del tren se sumaron mis nervios. De entre todos los libros que tenía de Kapuściński, me había llevado, para releer por el camino y con la vana esperanza de atreverme a pedirle que me lo firme, “El Sha o la desmesura del poder”. Sobre las dos de la mañana, mientras releía, con el sonido de fondo del tren, intentaba imaginarme cómo sería Kapuściński en persona. Debía de ser un tipo rudo, sin duda. Alguien que ha curtido su personalidad en cientos de viajes a zonas de guerra, que ha vivido entre habitaciones de hotel de barrios de segunda de ciudades como Kinshasa o Lagos, que se ha enfrentado a penas de muerte, a miles de funcionarios de aduanas, que ha visto morir a cientos de personas, debía tener una personalidad fuerte, aguerrida. Me imaginé un encuentro fortuito con él. ¿Qué podría decirle alguien como yo, un triste licenciado en filosofía que casi no ha salido del cascarón de su pequeña ciudad y que tenía miedo de afrontar un proyecto literario a él, viajero incansable, escritor consagrado? Nada, probablemente, nada.
Por un momento, me sentí mal conmigo mismo. La sensación de no ser nada, de no tener tampoco “nada que decir” se apoderó de mí. Una novela era mucho decir, para mí, que no había vivido nada, que tenía la misma reducida visión del mundo que cualquier otro…
Poco a poco, con el regusto amargo del miedo a afrontar mi sueño de ser escritor, me fui quedando dormido, contagiado por la visión de David y Javier, que dormían, acurrucados como podían, en asientos frente al mío.
(2)
La mañana del viernes comenzó mal. Siendo casi de pueblo, no podíamos imaginar que la Universidad de Barcelona estuviera tan lejos de donde nos encontrábamos. Desayunamos tranquilamente, conversando, y para cuando quisimos darnos cuenta se nos hizo tarde. El viaje en metro hasta la universidad estuvo, pues, dominado por la tensión de llegar tarde, de que quizá no nos dejaran entrar a la conferencia para la que habíamos recorrido tantos kilómetros. Discutimos los tres, repartiendo culpas de nuestro desorden.
Al fin llegamos. La conferencia había comenzado y el auditorio estaba a rebosar. Nos quedamos de pie, en el fondo de la sala, con miedo a molestar si buscábamos asiento. En la mesa de conferencias, Kapuściński hablaba. Lo hacía con un castellano impecable, coloreado por un acento sudamericano. Hablaba con voz suave, proponiendo con humildad sus argumentos más que mostrándolos con orgullo. Tan diferente era su modo de hablar de la imagen que de él me había construido el día anterior, que me quedé desconcertado. Habló de sus viajes, del oficio de reportero, de cómo abordar la cuestión de “el otro”, con tal modestia que me costaba imaginar que aquella persona hablaba desde la experiencia de cincuenta años cubriendo guerras y revoluciones, que aquella persona era la misma a la que rociaron con gasolina guerrilleros en Nigeria, a la que casi ajustician por la muerte de Lumumba en Kinshasa, aquella que casi perece de sed en el desierto del Sahara, solo, perdido. Yo registraba cada una de las palabras que pronunciaba, guardándolas con esmero para pensar después en ellas. También cada uno de sus gestos y los giros lingüísticos que ofrecía para abordar un tema. Kapuściński balbuceaba en ocasiones, nervioso, tartamudeaba cuando no encontraba la palabra precisa en un idioma que no era el suyo, pero en el que prefería hablar para tener mayor cercanía con su audiencia.
La conferencia terminó y en torno a Kapuściński se reunió un grupo de personas felicitándole por la charla y pidiéndole que les firmara sus libros. Mi hermano y mi primo se unieron a ellos. Mi cobardía, me impidió hacerlo y, desde la distancia, observé con envidia cómo ellos compartían unas palabras con él, mientras les firmaba los libros. En la mesa, durante la conferencia, junto a Kapuściński había estado, sonriente, una mujer. Yo me imaginé que sería Ágata Orzeszek, su traductora al castellano y organizadora de la conferencia, a quien yo había escrito semanas antes pidiéndole información sobre la misma y agradeciéndole su trabajo, gracias al cual yo, inútil para la cuestión de los idiomas, había tenido acceso a una obra que había cambiado mi visión del mundo. Me acerqué a ella y le pregunté si, efectivamente, se trataba de su traductora. Cuando me lo confirmó, le agradecí la información sobre la conferencia, y le dije quien era. Amablemente, me preguntó si me había gustado la conferencia y añadió:
- Ahí tienes al maestro –mientras me hacía un gesto de invitación a acercarme a él.
Me ruboricé y me excusé. No tenía valor para estrechar su mano. No tenía nada que decirle, y me aterraba quedarme ante él con cara de bobo, sin pronunciar palabra alguna.
Cuando salimos del salón de actos, mi hermano me acercó mi libro, que él llevaba en su mochila, firmado por Kapuściński con una dedicatoria con mi nombre.
- Toma, cobarde –me dijo.
El gesto me llenó de alegría. Mi hermano, en lugar de darle su nombre, dijo el mío, para que tuviera un ejemplar firmado por Kapuściński. Así, a pesar de mi falta de valor, gracias a Javier conseguí un tesoro que ahora guardo con cariño, en un lugar preferente de mis estanterías.
(3)
La mañana del sábado desayunamos comentando la conferencia del día anterior. Hablamos largo y tendido sobre las cuestiones que Kapuściński había puesto encima de la mesa, y que calaron hondo en nosotros tres. Después, cambiando radicalmente de asunto, fuimos al Nou Camp a comprar las entradas para el partido del día siguiente.
Aquella no era la primera visita a la meca blaugrana de ninguno de nosotros tres, pero sí iba a ser la primera vez que los tres estaríamos juntos. Eso nos hacía especial ilusión porque juntos, poco a poco, fuimos asumiendo desde hace años nuestra simpatía por el equipo catalán. Sobre todo por eso, por que la experiencia la íbamos a vivir juntos, los tres nos mostramos excitados.
El Barcelona, entrenado entonces por un Van Gaal que afrontaba su segunda etapa en el equipo catalán, había perdido la semana anterior frente al Rayo Vallecano, encadenando su segunda derrota consecutiva y su cuarto partido consecutivo sin ganar. El equipo se alejaba casi definitivamente de la lucha por el título, mostrando además muy pocos recursos sobre el campo. Sin embargo, nosotros, felices de estar allí juntos, como tantas veces nos habíamos imaginado viendo a nuestro Barça por televisión, estábamos convencidos de que al día siguiente el Barcelona aplastaría al Sevilla.
- Notarán, de algún modo, que los tres culés más grandes del mundo estamos aquí –decía David, sonriendo mientras pagábamos las entradas.
(4)
Con nuestros flamantes y caros boletos en los bolsillos, fuimos al Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona a ver la segunda de las conferencias de Kapuściński.
No llegamos tarde, como el día anterior, pero era tal la fuerza de convocatoria del autor polaco, que los organizadores habían habilitado una segunda sala, en la que se proyectó la conferencia en pantalla gigante. Nos vimos obligados a ver la charla desde ahí, y mientras Kapuściński realizaba sus reflexiones, yo pensaba que menos mal que acudimos el día anterior a la Universidad de Barcelona, que nunca me habría perdonado haber recorrido tantos kilómetros para no poder ver su rostro en vivo. Por suerte, la conferencia, como la del día anterior, fue magistral, y pronto olvidé la condición virtual de la misma, para seguir la senda que las palabras de Kapuściński señalaban a quienes les oíamos. Aunque, ciertamente, me dio pena no haberme atrevido a estrecharle la mano el día anterior y decirle lo mucho que agradecía su labor de años. Nunca más, pensé, tendría esa oportunidad.
Cuando la conferencia terminó, mi hermano y mi primo decidieron ir a tomar un café a la cafetería del CCCB. Yo, por mi parte, fui a la librería del mismo centro para ver si en ella tenían la biografía de Marcel Duchamp, de Calvin Tomkins, un libro que llevaba tiempo buscando, que estaba en ese momento descatalogado y que con un poco de suerte se podía encontrar en el stock de alguna librería. No lo encontré, pero en su lugar compré una compilación de textos “patafísicos” de Alfred Jarry.
Tenía precisamente ese texto en la mano cuando mi espalda chocó, sin querer, con otra persona que ojeaba los libros. Me di la vuelta, para pedirle perdón, y me quedé helado. Frente a mí estaba nada menos que Kapuściński, que, como yo, ojeaba libros. Me quedé sin habla, y él se me adelantó, disculpándose por nuestro choque.
Detrás de él, sonreía Ágata Orzeszek, que me reconoció del día anterior. A ella me dirigí, pidiendo permiso para saludar al maestro.
- Por supuesto –me respondió.
Estreché la mano de Kapuściński. No recuerdo bien qué le dije. Estaba nervioso y, probablemente, no hice más que balbucear. Lo que quise decirle, de todas maneras, era que gracias a sus libros la visión que yo tenía de la realidad había cambiado, sin duda a mejor, era más compleja. Quise decirle también, que cada minuto de su vida que él dio en sus años de viajes por lugares difíciles, cada noche que durmió en fríos suelos o en colchones llenos de chinches, toda su vida y obra, en fin, merecía la pena, ya que para nosotros, sus lectores, tenía un incalculable valor.
Pero en lugar de eso, como he dicho, tartamudeé palabras que ahora ya no recuerdo. Ágata, no obstante, le dijo a Kapuściński que yo era un chico de Bilbao que había recorrido muchos kilómetros en tren para asistir a sus conferencias. El escritor, oyendo aquello, sonrió y apretando fuerte mi mano, que aún tenía cogida, me dio las gracias humildemente.
- No, a usted, para mí ha sido un maravilloso placer –logré decir.
En ese momento, una chica se acercó a nosotros y le dijo a Kapuściński que le esperaban para la entrevista y para la foto. De nuevo con un tono extremadamente suave, dulce, humilde, Kapuściński me dijo que lo sentía, pero que tenía que marchar. Ágata se despidió de mí con un gesto con la cabeza y allí quedé, embobado, observando como desaparecían de mi vista a través del patio del CCCB.
Corrí a la cafetería y con la emoción de quien ha vivido algo que considera terriblemente importante, narré mi encuentro a mi hermano y mi primo.
(5)
El Camp Nou estaba a rebosar. El himno sonaba por megafonía y los tres lo cantábamos, inventándonos las partes que no nos sabemos, mientras nuestras palabras se fundían con las de los demás, formando un único y homogéneo sonido.
- Me huele a goleada –me dijo Javier al oído, justo en ese momento.
Ay, quien iba a decir que las palabras de mi hermano acertarían, pero en sentido contrario a su intención. En el minuto cinco el árbitro, Losantos Omar, bilbaíno como nosotros, de quien ya nos acordamos un par de años antes por un fuera de juego que pitó a Rivaldo en el Bernabéu, metió dentro del área una falta que Christanval había realizado a Antoñito fuera de la misma. Casquero batió a Bonano y subió el 0-1 al marcador. El Camp Nou se mostraba gélido. Nadie animaba, y parecía como si pudieras hablar con alguien que estaba en otra grada sin forzar demasiado la voz. Ante aquel silencio, mi hermano, mi primo y yo intentamos, inútilmente, que nuestros gritos animaran a quienes nos rodeaban. Éstos, socios del Barcelona de toda la vida, nos miraban extrañados, como si estuviéramos gritando en un cine o en un teatro.
- Tranquilo, esto se gana –me dijo mi hermano palmeándome la espalda, al ver mi gesto de preocupación.
Pero no. El partido fue malo. Nunca habíamos visto jugar así a nuestro equipo. El Barcelona lo intentaba, infructuosamente, y el Sevilla intentaba llevar peligro a la contra. Fue una noche tan extraña que incluso Toedtli, un mediocre delantero argentino que jugaba en ese momento en el Sevilla, hizo sus dos primeros goles con la camiseta sevillista, cosa que nunca pudo volver a realizar. Tras el segundo, que estableció el definitivo 0-3 en el marcador, mi primo David sacó el pañuelo, sumándose a la gran protesta en la que todo el Camp Nou se había convertido.
- ¿Pero qué haces? – le dije, medio enfadado.
- Hay que echar a ese de la presidencia –respondió señalando al palco, en el que Gaspart, con la mirada en el suelo, ofrecía su cuerpo a la furia popular, como un santo que disfruta sufriendo en silencio lo que antes sufrió Nuestro Señor.
¡Dimisión, dimisión!, rugía el estadio, tan blanco por los pañuelos que parecía que las banderas del eterno rival se habían apoderado de nuestro feudo.
Yo me senté y, triste, contemplé aquel espectáculo. Era incapaz, siempre lo he sido, de pitar a mi propio equipo. Mi silencio y mi rostro, en el que la sonrisa de una hora y media antes había desaparecido, era toda la protesta de la que era capaz.
(6)
Dedicamos el lunes a hacer una visita turística de la ciudad. Fue un día demasiado silencioso para nosotros, acostumbrados a largas conversaciones, y con pocas risas, para lo que es común cuando los tres nos juntamos. No sé hasta qué punto eso era debido a la bochornosa derrota del día anterior y la consecuente decepción, al cansancio acumulado de tres días de trajín o a la tristeza de saber que nuestro pequeño viaje –el primero que hacíamos los tres solos- llegaba a su fin.
Por la noche, cogimos el tren de vuelta a Bilbao. Dormimos en camarotes. Cuando estaba sólo en el mío, comencé a leer los periódicos que el día anterior había comprado. El dominical de El País incluía una entrevista a Kapuściński. En la fotografía que la ilustraba reconocí la corbata granate de puntos blancos que llevaba el día anterior, cuando estreché su mano en el CCCB.
La leí, dando por primera vez a las palabras del escritor el tono de voz en el que realmente habían sido pronunciadas. La anteúltima pregunta era: “¿Qué espera conseguir con sus libros?. A lo que Kapuściński respondía: “Desde ese punto de vista, soy feliz. Mis libros llegan a todo el mundo, y en especial a los jóvenes que vienen a verme desde lejos para saludarme y pedir una dedicatoria”.
Solo, en el camarote, a las dos o tres de la madrugada, una enorme sonrisa apareció en mi rostro. De alguna manera, me sentí representado en esas palabras. Probablemente aquella fue la entrevista que Kapuściński realizó justo después de despedirse de mí, y aquella felicidad declarada en esa pregunta tenía algo que ver con el hecho de que supiera de los kilómetros que había realizado para poder verle en persona. O al menos, eso quería yo pensar ya que, haciéndolo, dormí plácido, a pesar del ruido del tren.
Epílogo
Intenté escribir la novela, he de reconocerlo, pero infructuosamente. A medida que iba acumulando páginas y páginas me di cuenta de que la idea no era tan buena como al principio me parecía y que ni mucho menos yo estaba preparado para llevarla a buen puerto. Recuerdo ahora aquellos meses en los que lo intenté del modo en que se evocan los malos momentos de los que se ha aprendido algo valioso. Una mezcla de pena, por verme a mí mismo creyéndome un escritor durante unos meses, anotando apuntes que a nada condujeron, rellenando páginas y páginas con una historia que nació muerta, y de orgullo, por haberlo intentado, tiñe ahora mis recuerdos de aquella experiencia. Al fin y al cabo, aprendí varias cosas en aquel intento y, desde luego, me sirvieron para afrontar mi segundo intento de novela, que sí terminé y que ahora, inédita, mecanografiada, languidece en mis estanterías.
En lo referente a nuestra visita al Nou Camp, cuando nos despedimos en la estación de tren, de regreso, nos prometimos regresar, juntos otra vez, a la espera de que la siguiente pudiéramos asistir a una victoria de los nuestros. Unos años después, mi hermano se trasladó a vivir por un tiempo a Barcelona y allí nos recibió, a David y a mí, con el motivo de otro partido en el que, por fin, el Barça mostró su verdadero juego. Aquella derrota, pues, quedó matizada por la gran victoria a la que asistimos tiempo después.
En cuanto a Kapuściński, he seguido leyendo cada una de las obras que Ágata ha ido traduciendo estos años. A cada nueva página, mi admiración por su obra y su persona ha ido aumentando. Hace unos días, cuando Miguel Gutiérrez me comunicó su muerte, sentí una profunda tristeza. Ésta quedó después matizada, al comprobar que la admiración que yo sentía por él era compartida por millones de personas, que agradecieron su vida y su obra en tantos textos y gestos que se han realizado en los días sucesivos a su muerte. Sé que, como yo, hay millones de personas que nunca le olvidarán, que regalaran sus libros a las personas más queridas, y que le seguirán leyendo. Hay personas, que, de este modo, libran la muerte. Siempre seguirán, a través de su obra, entre nosotros. Kapuściński es una de ellas.
Eso, al menos, matiza, de algún modo, el llanto por la pérdida.

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#1 Andres dijo,
13 Febrero 2007 1:31 pm
Gracias por el artículo, Dadan. Me ha gustado mucho.
#2 fanshawe dijo,
13 Febrero 2007 1:39 pm
Jé… diría que yo también tengo esos textos patafísicos, Dadan
Te comprendo perfectamente, viví algo parecido con Paul Auster en el círculo de Bellas Artes, también hice 600 km para verlo y también me lo encontré por casualidad, esta vez antes de la conferencia. Y también tartamudeé en inglés, que es algo que no sabía que podía hacer
Gran texto, como siempre. Retoma eso de escribir novelas, cojones, que en la estantería no hacen nada.
#3 karchman dijo,
13 Febrero 2007 1:49 pm
Impresionante, Dadan. Me encantan tus artículos.
#4 Borjamari dijo,
13 Febrero 2007 1:51 pm
Sinceramente, estos textos me recuerdan a los clásicos blogs personales que inundan internet con el argumento de “soy la hostia y debo hacerlo público, la humanidad necesita saberlo”. La vida privada del señor Narval me interesa muy, pero que muy poco. Cada vez que leo menos las entradas firmadas por Dadan Narval.
Es una opinión.
#5 Pibe dijo,
13 Febrero 2007 5:26 pm
Hace tiempo que sigo esta página, aunque la primera vez que escribo y lo que más me gustan son este tipo de artículos que se refieren a recuerdos. Seguid así
#6 NIPO dijo,
13 Febrero 2007 5:50 pm
Dadan excelente, no se como lo consigues para cada vez que escribes haces como si yo fuera uno de ellos, seguro que escribiendo novelas no te iria nada mal, termina ese proyecto!
#7 Martín de Lucenay dijo,
13 Febrero 2007 6:55 pm
¿Por qué cuando te encuentras con la persona a la que admiras, y teniendo la maravillosa oportunidad de compartir unos segundos con ella, sólo tartamudeas, sudas como un loco, te pones de color rojo lava y no dices nada, o nada inteligible en cualquier caso?
Gran artículo, Dadan. Y ya como apreciación personal,¿Por qué en vez de una novela no escribes un libro de relatos o cuentos? Por aquí ya tienes a varios que aprecian tus historias cortas.
#8 Arganboy dijo,
13 Febrero 2007 7:10 pm
Buen post. Una vez más Dada trata un tema con la sensibilidad que le caracteriza. Comparto varias cosas contigo, y tal vez la menos importante es que tampoco me sale pitarle a mi equipo.
#9 Iván Bético dijo,
13 Febrero 2007 7:20 pm
Me sumo a la propuesta, te tienes pinta de buen novelista, al menos tus artículos enganchan y cuando se terminan de leer hacen pensar.
@ Borjamari
Si no te interesan los artículos de Dadan con no leerlos tienes bastante.
Saludos
#10 Guybrush & Rubinho dijo,
13 Febrero 2007 8:10 pm
Estuvimos en tu presentacion del racismo en el futbol celebrada en el mes de noviembre en el Aula Estadio S,A y nos pareció sin mas rodeos que eres EL PUTO AMO,por fin algun bilbaino majo y que sabe de futbol a parte de ablar todo el rato sobre el Athletic de Bilbao.Eres un fiera y nos gustaria que volvieses a impartir alguna charla en Vitoria.
Un saludo desde Gasteiz.
#11 Migranol dijo,
13 Febrero 2007 9:06 pm
Muy buen articulo, yo me inicie en Kapuściński cuando me entere de su muerte (forma bien extraña de inciarse en un autor) y poco a poco me he ido consiguiendo mas textos, aumentando mi adminracion por este autor.
Ademas me intereso harto tu comentario sobre “Número doce. La construcción de la identidad en el fútbol”, me gustaria saber si existe la posibilidad de que pudieras compartir tu obra, ya que me suena bastante interesante.
Saludos!
#12 Dadan Narval dijo,
13 Febrero 2007 9:29 pm
Muchas gracias por los comentarios, también a Borjamari, que hacía ya mucho que no se metía conmigo, y eso me preocupaba, de verdad.
@ fanshawe, NIPO e Iván Bético,
Creo que lo mejor fue que aquella novela no se terminara. Era muy mala. Ahora estoy con otra. Quizá en un tiempo me dé cuenta también de que es muy mala, pero por ahora me aguanta. Gracias por los ánimos.
@ Arganboy,
Es curioso. Nunca, ni en los peores partidos he sido capaz de silvar a mi equipo, de verdad. Creo qeu es algo que compartimos muchos fans. Cuando las cosas van mal, callamos, pero no protestamos.
@Guybrush & Rubinho,
¡Gracias! Yo me quedé con la sensación de que aburrí a los asistentes… así que me hace mucha ilusión saber que al menos para vosotros no fue así. De todas maneras, conozco algún que otro bilbaíno majo por ahí, eh? ; )
@ Migranol,
Parte del contenido de aquel trabajo está en los posts sobre la identidad que de vez en cuando publico aquí y que, como me comprometí, seguiré haciendolo. Quizá falte la parte más teórica, pero algún día intentaré hacer un post no muy aburrido en el que mostrarla.
#13 Gerard dijo,
13 Febrero 2007 11:26 pm
Buen post Dadan. Soy periodista y también un gran seguidor de la obra de Kapuscinsky. Entiendo la emoción que sentirías al verlo en persona. Buen trabajo y visca el Barça
#14 Jgoiko dijo,
14 Febrero 2007 11:44 am
Emocionante, la verdad. Eso sabría reconocerlo incluso un bilbaino del Athletic que ha vivido muchos años en Barcelona… :-)…
Gracias,
#15 V&T dijo,
16 Febrero 2007 8:32 pm
La verdad esque dadan yo lo siento pero hasta que no publiques un articulo pidiendo perdon a todos en genral por tu articulo de oleguer (quedaste como un rojo) no volvere a leer un articulo tuyo