El gol es sentimiento. Puede ser de felicidad, si lo marca nuestro equipo, nosotros, o de tristeza, si por el contrario, en lugar de marcarlo, lo encajamos. Es la base sobre la que se sustenta el fútbol. Puede haber un partido enorme, precioso, sin goles. Pero no lo habrá, nunca, sin intención decidida de marcarlos. A quienes nos apasiona este deporte, soñamos con goles. Sueños bellos, si en ellos los goles los realizamos nosotros, o pesadillas, sin somos los que los encajamos. Esto es algo que los profanos a este deporte no pueden comprender. ¿Cómo puede alguien sufrir o alegrarse por algo tan trivial como un balón que choca con una red?
Sin embargo, ¿qué es lo importante y qué es lo fútil en una vida humana?
El antropólogo Nigel Barley escribió, en el libro “Bailando sobre la tumba”, que conocía el caso de una mujer que estuvo varios meses de luto por la muerte en un culebrón televisivo de su personaje favorito. Barley subrayó que, cuando era niño, aquello le impresionó terriblemente: “toda su conducta era de un dolor tan hondo, que hay pocas razones para suponer que no lo sintiera realmente”.
Para muchos, la actitud de esta señora es poco comprensible. Mientras que el dolor por la muerte de una persona real, la conozcamos o no, es algo que nos ennoblece, sentir tristeza por la desaparición de alguien que no existe, es poco menos que risible. Quienes así piensan distinguen los sentimientos por las razones que los causan. Un sentimiento es noble si nace de causas reales. Por el contrario, los sentimientos producidos por causas aparentes, fútiles o anecdóticas, suelen ser vilipendiados.
Siendo niños se nos enseña esta diferencia, en una lección que hemos de guardar para toda la vida. Cuando lloramos viendo una película, cuando tenemos miedo a lo que se esconde dentro del armario por la noche o cuando desbordamos felicidad por algo soñado, nuestros padres nos advierten de la irrealidad de lo que origina nuestros sentimientos. En este sentido, poco a poco, a medida que crecemos, comenzamos a distinguir entre emociones que, a ojos de los demás, nos ennoblecen o nos degradan, hasta el punto de que, a pesar de sentir ciertas emociones en lo más profundo de nuestro ser, las ocultamos a la mirada de los demás. Sentimos verdadera vergüenza de las mismas.
De hecho, el grado de madurez de una persona se evalúa según este criterio. Una persona adulta es aquella cuyos sentimientos nacen de lo real. Una persona adulta se alegra por cosas tangibles, como un aumento de sueldo, un coche nuevo, y se entristece por la pérdida, también, de las mismas cosas tangibles. Por el contrario, un hombre inmaduro es aquel cuya alegría y tristeza proviene de cosas sin importancia, irreales, que no se pueden calibrar, tocar, palpar. Para quienes así piensan, la alegría o tristeza por el gol, pertenece a la categoría de sentimientos ridículos.
Hay pensadores, por el contrario, que se han rebelado contra esta dualidad. Jean Amery, por ejemplo, en su defensa filosófica del suicidio, ese paso “del absurdo de la existencia al absurdo de la nada”, duda de esta distinción, navegando por aguas oscuras. Para él no hay diferencia entre el hombre que se quita la vida, o que la mantiene, lo mismo da, por causas tangibles –la ruina económica, la muerte de todos los seres amados-, o incluso nobles –honor, el romántico amor del poeta-, y aquel que lo hace por algo que, a ojos de los demás, es una nimiedad, una nadería –un suspenso en bachiller, un amorío infantil, qué se yo-. “Es el autor quien decide lo que ha de ser vodevil y lo que ha de ser tragedia”, escribe Amery. Quien decide quitarse la vida está sólo ante sí mismo, y sólo él sabe del tono, del color, que, en lo más profundo de su corazón, distingue lo nimio de lo trascendente. Como anotó Kierkegaard en sus diarios, “no se hallará entre los repliegues de mi alma el texto que todo lo explica y que a menudo convierte en acontecimientos de enorme importancia las que son para el mundo simples bagatelas y que yo mismo considero fútiles si les quito la nota secreta que es su clave”.
Ante quien, con su muerte voluntaria, grita “no puedo más”, pregunta Amery, “¿se atreve alguien a esbozar una sonrisa irónica o una palabra erudita?”. Ante la muerte de alguien para quien el mundo todo, lo real, tomó el cariz de lo hostil, por una causa dada, ¿quién osa trazar la línea que separa lo importante y lo fútil?
Algunos sentimos el fútbol como algo importante porque en nosotros genera sentimientos. Cuando mi padre me decía que un gol no es un gol hasta que no lo cantan cuarenta mil gargantas, se refería precisamente a esto. El gol no es tanto el balón que cruza la línea de la portería, sino la felicidad o la tristeza que genera en las personas que lo contemplan. Quienes no gustan del fútbol, es porque no comprenden las reacciones del público en el campo. Umberto Eco, por ejemplo, escribió que la primera vez que sufrió la sombría sensación del absurdo de la vida fue en un campo de fútbol.
A mí, que sin embargo adoro el fútbol, me ha ocurrido lo mismo muchas veces, en el mismo escenario. Estoy en un estadio, sufriendo lo inenarrable por el destino de la pelota, mordiéndome las uñas ansioso de que ese trozo de cuero relleno de aire entre en la portería, y cuando le da por hacerlo –a veces sospecho que el balón se tiene consciencia y se ríe de nosotros cada vez que da en un poste-, mientras levanto las manos al cielo, dando gracias a quién sabe quién, o me las llevo a la cabeza, entre lamentos, pienso: “¿pero qué estoy haciendo?”. Entonces contemplo a las miles de personas que, conmigo en el estadio, celebran o lloran lo sucedido, y me aborda una terrible angustia.
La imagen es desoladora. Yo, entre tantos otros, celebrando o lamentando la nada: una esfera rellena de aire que cruza una línea marcada en el suelo.
En esos momentos, recae sobre mi alma el peso de la trascendencia. Pienso en toda la historia de la humanidad, en el ser humano, en la muerte, el amor a la vida, el apego a las cosas. Todo se me antoja un absurdo, y veo a toda la humanidad como una colección de seres imperfectos, “hijos de un dios malvado o subnormal”, como escribió Emile Cioran, una especie de subproducto que espera que pase la vida, o que llegue la muerte, lo mismo da, y que necesita en ese suspiro que va del nacimiento a la muerte, del ser al no-ser, simular una trascendencia para el mundo, que en realidad no tiene. No sólo el fútbol, sino la vida toda, se me antoja como un mero entretenerse a la espera de la muerte; una manera de matar el tiempo, un juego grotesco que necesita de una importancia simulada para no ser insoportable. Nada más.
Sí, estas cuestiones también se piensan en un estadio.
En otras ocasiones, sin embargo, estoy menos sensible. No miro al cielo, y sólo llego a cavilar si tendrán razón aquellos para los que la vida es algo importante sólo si sabemos diferenciar, como personas adultas, entre las cosas que de verdad le dotan de importancia y de las que no, diferenciar entre el gol, absurdo, y lo material, real. En estas ocasiones, muy a mi pesar, sin embargo, nunca termino de ver el supuesto contraste entre unas cosas –las relevantes- y las otras –las anecdóticas-. Tiendo a confundir ambas, y pienso que, una de dos, o nada importa, o todo tiene valor.
Milan Kundera se cuestionaba, en “La insoportable levedad del ser” por estos asuntos. ¿Importan objetivamente los miles de muertos de una guerra acaecida en el siglo XIV entre dos estados africanos, o el paso del tiempo los ha convertido en nada?- y enlazaba sus reflexiones con el mito del eterno retorno, formulado por Friedrich Nietzsche. Quizá, como apuntaba el alemán, nada importa si no se repite infinitas veces. Quizá el viento del tiempo no se lleva sólo las palabras, sino también la vida de los hombres y todo lo que a ellas, a cada una de ellas, dio aparentemente sentido.
Nada será de nosotros, de aquello que hoy ilumina o nubla nuestras mentes, en cien años. Las lágrimas de Jerjes estaban fundamentadas.
Pero, si nada en el fondo importa, todo puede ser igualmente celebrado. Por ello, y a pesar de que parezca contradictorio con lo hasta ahora escrito, para mí el gol es algo maravilloso. Es un estado en el que la felicidad y la tragedia, esas cuestiones que parecen dar sentido al todo, se concentran. Lo hacen, igualmente, sin motivo real, pero lo hacen. El gol no es nada, es cierto, pero la vida tampoco, y aún así ambas provocan felicidad o tristeza. El gol es un estado momentáneo, inmediato, efímero. Nada si lo comparamos con una vida entera. Pero también una vida entera no es más que un instante en el tiempo del universo e igualmente, la felicidad de una vida plena o la tristeza de una vida errada, empequeñecen hasta no ser nada, si las comparamos con la inmensidad del universo. Todo el destino de los hombres, el ser de la humanidad, carece de relevancia ninguna en la escala universal.
Si podemos elaborar metáforas que den sentido a la vida -“el bien más preciado”, se suele decir-, y que de ese modo la hagan soportable, también podemos hacer lo mismo con cada segundo que compone una existencia. Entre los millones de ellos, hay algunos, sueltos, perdidos en un océano de tiempo, en los que la felicidad o la desdicha se hacen manifiestas, ocultando así la nada de la existencia. A este tipo de momentos corresponden los goles.
Quizá desvarie, pero creo que el gol no es nada sólo si la vida entera tampoco lo es.
Igualmente, el gol es importante sólo si la vida entera es importante. Somos nosotros, como bien razonó Jean Amery, que estamos solos ante nosotros mismos, a quienes nos corresponde dotar o no de relevancia, de sentido, a todo lo que nos rodea.
Pero, quizá mi visión de la importancia o futilidad del gol esté determinada por aquel que conseguí con la UDSM, mi primer gol, tan ansiado, que habitó durante tanto tiempo mis sueños y que, cuando acaeció me llenó de tristeza, y comenzó a matar los mismos.
Quizá por aquella experiencia, por lo vivido entonces, crea hoy que el gol lo es todo, a la vez que no es nada…






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#1 UN CULÉ DE ALBACETE dijo,
10 enero 2007 7:43 pm
Muy buenos articulos si señor VISCA EL BARÇA Y VISCA ALBACETE
#2 josedaze dijo,
10 enero 2007 7:56 pm
largo pero excepcional!!!
#3 NIPO dijo,
10 enero 2007 8:56 pm
Está muy bien, pero pienso que no tiene demasiado que ver con la fantastica serie de relatos…
#4 BoVeS dijo,
10 enero 2007 9:14 pm
Está genial y muy muy currado, pero me ha aburrido un poco debido a su fuerte carga filosófica, algo que no es mi pasión. También estoy de acuerdo con #3, en que no tiene demasiada relación…
Un saludo.
#5 le tissier dijo,
10 enero 2007 9:15 pm
Sí señor, me ha encantado. ¿Has probado a explicárselo al que tienes sentado al lado en el campo? Seguro que alucina con lo que piensan algunos en el descanso. Qué fútil el descanso, ahora que lo pienso…
Por cierto, supongo, por el final, que esto es una introducción a la continuación de los relatos del equipo de tu niñez, ¿No? En cualquier caso, se agradecen estos posts.
Saludos.
#6 Pancho dijo,
10 enero 2007 9:58 pm
Excelente Dadan:
Por cierto, es en serio, deberías ir pensando en hacer de esto una serie ya sea en animación o actuada. La verdad hay mucho material. Mucho tiene que ver con la sinceridad con que se escribe. Un saludo
#7 markus dijo,
10 enero 2007 11:38 pm
Enorme Dadan. Enhorabuena por esto, y de verdad, muchas gracias por compartirlo. Este blog es gratis, pero no tiene precio.
#8 Dadan Narval dijo,
11 enero 2007 12:55 am
Gracias por los comentarios.
Claro que tiene que ver con el resto de los relatos. Pensad que Gerardo está obsesionado con marcar su primer gol con la UDSM y que tiene un verdadero conflicto porque lo pasa mal porque su Athletic pierde o gana, e incluso llora por ver cómo el su equipo traspasa a su jugador favorito. ¿Son estas cosas para sufrir? ¿Es un gol algo que merezca los gritos de júbilo o las lágrimas que produce cuando sucede? Habrá gente que diga que no, que lo importante, lo que se merece lágrimas o alegrías reside en otras cosas. Otros, sin saber muy bien porqué, se sentirán oblligados a pensar qeu sí, ya que disfrutan o sufren con algo tan nimio como un balón… De aquí la reflexión de este capítulo.
De todas maneras, a medida que avanzo la serie, me apetece combinar hechos con reflexiones, y es algo que espero hacer a menudo. Ojalá que BoVeS y compañía no se aburran demasiado.
@ pancho,
Ponme en contacto con un productor, y comenzamos el guión ; )
@ markus,
Es un placer, en serio. Muchas gracias por tu comentario.
#9 BoVeS dijo,
11 enero 2007 1:06 am
Tranquilo Dadan, aunque preferiría que fuera de otra manera me sigue gustando; y tiene rasgos filosóficos, pero sigues hablando de fútbol, algo que si que es mi pasión y nunca llegará a aburrirme.
Apoyo la idea de expandir la historia, no se… un libro sería magnífico. Dudo mucho que cualquier compañía, viendo esto, no se atreva a financiarte un libro.
#10 Cancionera dijo,
11 enero 2007 7:09 am
Se le agradece una nueva entrega, Dadan. Gracias por compartir sus relatos con los visitantes.
Saludos
#11 Tribas dijo,
11 enero 2007 10:09 am
buen articulo para leerlo na mas levantarte
#12 javixu dijo,
11 enero 2007 12:50 pm
Muy bueno Dadan. Yo ahora estoy empezando en esto del periodismo al acabar la carrera y la verdad es que estaba muy desencantado con el periodismo deportivo, pero con blogs como este e historias como las tuyas recupero el ánimo. Es una forma real de ver el fútbol y siendo imparcial.
seguid así!