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    El fútbol y yo (V): la visita a San Mamés (2)

    2.
    sola.jpgEl sábado por la mañana, nada más despertarme, corrí al salón. Mi padre desayunaba ya, como solía hacer, mientras leía el periódico. Me senté a su lado, y comencé a intentar ojear la sección de deportes, abriendo el periódico por la parte central, mientras él leía el principio. Como le estaba molestando, protestó y me preguntó a ver que quería.

    - Deportes –contesté escuetamente. No estaba para conversaciones. Quería ver quién formaría por la tarde y, sobre todo, si al final jugaría Schuster, quien, como habían dicho el día anterior por televisión, era duda para el partido.

    Mi padre suspiró. Dividió el periódico en dos partes y me alcanzó la que recogía la información previa del partido.

    - Anda, desayuna algo antes, que no es bueno leer en ayunas –me dijo.

    Con el desayuno ya en la mesa (mi madre me obligó a tomarme un zumo de naranja bajo la amenaza de no dejarme leer), pude por fin estudiar lo que El Correo escribía aquella mañana del gran partido.

    El titular era escueto, pero directo: “Schuster no viajó”.

    Me decepcioné bastante, hay que decirlo, no sólo por la baja del alemán, sino porque el diario afirmaba que tampoco jugaría Archibald, ese delantero escocés, bajito y rapidísimo, que tenía un nombre que a mí me sonaba a Caballero de la Mesa Redonda.
    Pero, como bien me recordó mi padre tras comentarle mi decepción por las ausencias blaugranas, no iba a San Mamés a ver al Barcelona, sino al Athletic, así que centré mi atención en los rojiblancos.

    En aquel entonces al Athletic lo entrenaba Javier Clemente, que había conseguido en los años anteriores dos ligas y una copa. Era la quinta jornada, y el equipo se encontraba segundo en la tabla, empatado a siete puntos con el Real Madrid, mientras que el Barcelona, que el año anterior había sido campeón de liga, estaba el octavo, a tres puntos de nosotros. Si ganábamos, serían ya cinco los puntos que les llevaríamos. Clemente, según ponía en el periódico, nunca daba las alineaciones, por lo que lo único seguro es que jugarían Zubizarreta en la portería, Goikoetxea y De Andrés en defensa, y Argote en la banda. Los demás, podían ser cualquiera. Yo pregunté a mi padre por lo que acababa de leer.

    - Bueno, no sé –respondió mientras daba un trago al café-, seguro que juegan también Sarabia y Dani, ¿no? –y siguió leyendo.
    Yo hice lo propio. El periódico no daba la lista completa de convocados, pero sí incluía información sobre otro partido que ese mismo día se disputaba, el Osasuna-Cádiz. En el equipo navarro jugaría, según el diario, Miguel Sola, un excelente interior zurdo que había pertenecido al Athletic de las dos ligas de Clemente, y que aquel verano había sido traspasado al club rojillo. Esto me llenó de pena. Yo tenía un cariño especial por aquel jugador, y al ver que ahora estaba en otro equipo sentí una nostalgia parecida ala que hoy siento cuando recuerdo a un amigo o familiar que reside en la lejanía y al que añoro.

    En aquellos años, cuando jugábamos fútbol en el recreo y nos pedíamos los jugadores que seríamos durante el partido –no sé si los niños de hoy mantienen aquella costumbre-, yo nunca tenía conflicto con aquellos que se pegaban por ver quién se había pedido antes ser Argote, Sarabia o Dani, porque siempre elegía el mismo: Miguel Sola. Mi idolatría por el rubio interior zurdo comenzó, quizá como todos los grandes amores, de la manera más circunstancial. Yo tendría siete u ocho años. En aquella época no había comedor en mi escuela, por lo que volvíamos a casa a comer, antes de las clases de la tarde. En mi casa casi siempre comíamos con el telediario puesto. Un día, durante los deportes, pusieron un gol de Sola de falta directa. Al verlo en la tele, sin demasiado interés, mi padre dijo para sí “este Sola es el puto amo”, sin reparar en que aquellas palabras tuvieron en mi un efecto inmediato. A partir de ese día, siempre que los niños de mi clase discutíamos sobre quién era el mejor jugador del Athletic, yo afirmaba que, sin duda, Miguel Sola. Mi argumento era definitivo y de autoridad: “es el puto amo”.

    Leyendo la alineación posible que Osasuna sacaría aquella tarde, al ver el nombre de mi ídolo en otro equipo, recordé la mañana del anterior verano en la que, mientras desayunábamos en la cocina con la radio puesta, el boletín de noticias terminó con un repaso al mercado de fichajes de la liga en el que dijeron que el Athletic había vendido a Sola a Osasuna. Fue tal el disgusto que me llevé en aquel momento, tal el amargor que se alojó en mi garganta, que no pude seguir desayunando y me fui al baño a llorar desconsoladamente. Mis padres, al escuchar mi llanto, tocaron a la puerta y me obligaron a salir. Allí me encontré, frente a ellos, con la cara llena de lágrimas que me llenaban de vergüenza. Cuando me preguntaron amorosamente, preocupados por mi desgarro, qué es lo que me sucedía, decidí mentir. Les hablé de una pelea con mis amigos que nunca ocurrió y, de ese modo, salvé la vergüenza que me dominaba por llorar por cosas que, como siempre me repetía mi padre, “no tienen ninguna importancia”.

    3.
    sanmamesss.jpgEl día se me hizo eterno. Nada conseguía centrar mi atención. Fuimos todos, mis padres, mi hermano y yo, a dar un paseo, como hacíamos siempre los sábados y domingos por la mañana. Aunque siempre me divertía en esas ocasiones –de hecho, mis mejores recuerdos de infancia residen en aquellas excursiones que organizaban mis padres-, aquel día mi atención estaba centrada exclusivamente en lo que sucedería por la tarde. Ninguna otra cosa lograba centrar mi atención, y en mi mente recreaba posibles escenarios que sucederían en el campo por la tarde. ¿Y si el Athletic llega al descanso con tres a cero? ¿Y si el Barcelona resulta que juega como el año pasado y nos mete un saco de goles? ¿Cómo responderá hoy Zubizarreta?

    Cuando regresamos a casa, después de comer, la situación tampoco varió. No conseguía dotar a mis juegos del punto de imaginación necesaria para que se puedan disfrutar. Me veía como un niño al que ya no le atraían los juguetes que tenía de pequeño, así que aparté la fantástica reproducción del Halcón Milenario –la nave de Han Solo en la Guerra de las Galaxias- que mi padre me había regalado por mi cumpleaños, y con la que tantas y tantas aventuras había recreado en mi cuarto, y me tumbé en la cama, a la espera de la gran hora. Durante qué sé yo cuanto tiempo –quizá minutos, pero fueron horas para mí- me dediqué, como un viejo insomne, a mirar al techo e, intranquilo, a dar vueltas y más vueltas en la cama. Así estuve hasta que, por fin, llegó el momento esperado.

    Mi madre tocó en la puerta.

    - Gerardo, tienes visita.

    Abrí ansioso, esperando encontrarme a mi abuelo, pero en lugar de él, allí estaba mi primo Ander.

    - Hola – me dijo sonriendo-. Yo también voy.

    Ander era de mi misma edad, sólo seis meses mayor que yo. En aquel entonces aquella diferencia, ahora ridícula, era enorme, y para mí, él era poco menos que la voz de la experiencia, una especie de guía en la vida al que creía cada palabra, seguía en cada gesto. Cuando él hablaba, yo le escuchaba como lo hace el alumno a su maestro, creyendo a pies juntillas cada una de sus lecciones, que hacía mías. Además, era más fuerte y más hábil que yo, y a sus lecciones teóricas añadía otras prácticas, de gran utilidad en aquella época de nuestras vidas, como por ejemplo, cómo saltar una valla en dos movimientos, o cómo trepar a un árbol con un trozo de cuerda como ayuda.

    Era mucho más que mi mejor amigo. Nos conocíamos desde que nacimos, veraneábamos juntos, pasábamos mucho tiempo uno en casa del otro, y juntos habíamos vivido las pocas pero intensas experiencias que con nuestros diez años de vida teníamos en nuestro bagaje. De hecho eso es algo que con el paso de los años no ha variado. Hoy, que lo vivido ya comienza a ser algo, quizá aún poco, pero lo suficiente para que la realidad se imponga a los sueños y para que la vida nos haya llevado por caminos diferentes, aún cuando nos vemos –cosa que sucede raramente- tenemos la capacidad de trascender todas las diferencias que nos separan para mantener esa amistad nacida en aquellos años. Tras unos instantes en los que nos observamos el uno al otro, y nos realizamos preguntas simples que sólo requieren monosílabos para ser respondidas, pronto volvemos al estado de plena confianza en el que ambos sentimos que podemos abrir nuestra alma a la visión del otro, que jamás nos juzgará, sino que comprenderá hasta nuestras manchas más impuras. Entonces la conversación fluye desde los temas más triviales, hasta las cuestiones más íntimas, esas de las que sólo somos capaces de hablar el uno con el otro. Qué se yo, el sentido de nuestra vida, la felicidad que pareces asir con una mano, pero huye, volátil…

    En estos treinta años con los que ambos contamos ahora, han sido muchas las experiencias que juntos hemos vivido y que han ido tejiendo entre nosotros una red, invisible para los demás, que nos une más allá de todo lo que pueda suceder. De entre todas ellas, quizá, sobre las demás, la muerte de mi abuelo, aquel que en vida nos unía, y cuyo acontecer nos mostró cuando aún éramos unos niños –a pesar de que ya nos empeñábamos en no serlo- que hay cosas en este mundo que escapan a todo sentido y toda lógica, y que abren heridas que jamás se superan.

    Pero esa es otra cuestión de la que quizá hablaré más adelante.

    El caso es que a la alegría de ir a San Mamés aquella tarde de sábado se unía la de hacerlo acompañado de mi primo. Ahí estaba él, con su camiseta del Athletic bien visible bajo la cazadora, sonriendo. Hice lo propio y vestí la mía, que los Reyes Magos, que ya sabía inexistentes, pero seguían teniendo para mí la misma magia de cuando aún era más niño, me habían dejado bajo el árbol las navidades anteriores, y acompañado de Ander fui a la cocina, donde mis padres preparaban café mientras hablaban con mi abuelo.

    - ¡Aitite! –grité con todas mis fuerzas, y le di un enorme abrazo.

    Mi abuelo se reía en alto.

    - Vaya, vaya, ya veo que estás hecho todo un león, como tu primo –dijo, al ver que yo también me había puesto la camiseta del Athletic.

    Y mirando a mis padres, añadió:

    - A ver qué tal se portan estos dos lagurrios hoy.

    Lagurrio. Creo que esta palabra no está recogida en ningún diccionario. Además, creo que nadie, excepto mi abuelo cuando se refería a nosotros, sus nietos, la ha usado nunca. Desconozco absolutamente de dónde procede, cuál es su génesis, su historia, cómo llegó a su boca. De hecho, tras la muerte de mi abuelo, nunca más la he oído pronunciada, ni siquiera por parte de mis padres o tíos, quienes, quizá por respeto, porque les evoca la imagen de una persona amada y desaparecida, o quizá simplemente porque la han olvidado, nunca la usan. Alguna vez he indagado la cuestión, comentado de pasada el caso con amigos escritores, o con gente que sabe euskera, porque sospechaba que quizá provenía de ese idioma. Todos me han contestado que la palabra, simplemente, “no existe”. Pero, ¿de verdad no existe? ¿Acaso no basta con que alguien pronuncie una serie de sonidos, y los dote de algún significado, para que nazca una palabra? Para mí, “lagurrio” es una palabra que existe, es, y con más intensidad, seguro, que cientos de palabras recogidas en cientos de libros y diccionarios, que jamás usaré, y cuyo significado nunca se abrirá a mi mente. Esa palabra inventada, por el contrario, a pesar de que sólo haya sido usada en un tiempo, y por una sola persona, tiene entidad suficiente, para mí, que me dedico precisamente a coleccionar y combinar palabras, como para ocupar un lugar bien alto en lugar donde residen las mismas.

    Cuando mi abuelo terminó de tomar el café, salimos de casa –no sin antes tener una pequeña pelea con mi madre, que me obligó a tapar mi querida camiseta del Athletic con una burda chamarra. Aparcado bajo el enorme edificio en el que vivíamos –que en mi pueblo se le llamaba “el rascacielos”- estaba su flamante nuevo coche esperándonos para conducirnos al paraíso del fútbol. Era un BMW 528i. El único coche del que he recordado el modelo. Incluso, cuando a mis amigos les dio por coleccionar cromos de automóviles, mientras yo lo seguía haciendo de futbolistas, llegué a cambiar uno en el que aparecía una foto y las especificaciones técnicas de aquel coche, por dos de mis queridos futbolistas. Cuando ya estábamos rumbo a Bilbao, mi abuelo puso una cinta en la que sonaba el himno del Athletic, y los tres cantamos con todas nuestras fuerzas.

    - ¡Athleeeeeeetic! ¡Eup!

    Mi primo y yo no cabíamos en nosotros de felicidad. Mi abuelo lo sabía y reía en alto cuando, a través del espejo retrovisor, veía nuestras sonrisas. Nos animaba a gritar más y más alto, ya que en San Mamés, si queríamos que nuestros ánimos lleguen a los jugadores, así deberíamos hacerlo.

    Después, apagó la cinta y nos contó que quizá hoy no fuera un gran día para nuestro equipo. Nos dijo que había una leyenda, una regla no escrita, que decía que cuando llovía suavemente –lo que en Bilbao se llama “sirimiri”-, el Athletic goleaba. Pero aquella tarde era soleada y calurosa, algo raro en septiembre y en Bilbao.

    - Aunque todo se puede solucionar con uno de los famosos manguerazos de Clemente –matizó.

    Cuando nos acercábamos al campo, buscando aparcamiento, mi primo y yo nos pegamos a las ventanas del coche, contemplando absortos el mundo que a través de ellas se abría. Todas las calles cercanas al estadio estaban abarrotadas de gente vestida con la camiseta del Athletic o llevando banderas rojiblancas, algunas enormes. La gente sonreía, y se abrazaban unos a otros, como si se tratara de una enorme fiesta en la que todos participaban. El ver a todas aquellas personas, a mí, que vivía en un pueblo y que no estaba acostumbrado a ver grandes grupos de gente, me impresionó sobremanera. Se lo comenté a mi abuelo, y él, siempre sonriendo, me dio un dato que hizo que aún me sobrecogiera más: en San Mamés cabían cuatro veces más personas de las que vivían en mi pueblo.

    ¡Cuatro veces más! Mi mente no podía concebir tal número.

    Una vez aparcamos, como aún había tiempo, mi abuelo nos llevó a un bar en el que él saludó a sus amigos con los que habitualmente acudía al estadio, y nos sacó unas coca-colas. Al llegar, uno de los amigos de mi abuelo reparó en nosotros, y dijo:

    - Aquí está el futuro del Athletic –dándonos unas palmadas en la espalda a los dos.

    - No lo dudes –respondió mi abuelo, y todos rieron.

    En ese momento, Ander y yo nos miramos. No dijimos nada, pero sé que ambos soñamos por unos instantes en el día en el que él fuera Zubizarreta y yo Sarabia y que juntos levantáramos una nueva copa del Rey y la pasearíamos por la ría con la Gabarra.
    Después, los mayores se enzarzaron en conversaciones en torno al partido, que nosotros escuchábamos ávidamente, intentando prever en sus sabias palabras cuál sería el resultado del mismo. Hablaron de la posible alineación –desdiciendo, por cierto a mi padre, que por la mañana afirmó que iban a jugar Dani y Sarabia-, y también de los últimos enfrentamientos que el Barcelona y el Athletic habían tenido esos últimos años. Escuchándolos, supe que el Barcelona, que a mí siempre me había sido simpático, en aquellos años no estaba nada bien visto en Bilbao, debido a una pelea que hubo entre los jugadores de ambos equipos en una final de copa anterior –y que yo recordaba vagamente-, y a cierta sanción que cayó sobre Goikoetxea por una terrible entrada que hizo a Maradona. Algunos decían que se la tenía merecida, y otros afirmaban que aquello no iba con el espíritu del club, palabras estas últimas de las que yo desconocía el significado. Por otro lado, en aquel tiempo se comenzaba a gestar una polémica entre Sarabia, el mejor delantero del equipo y Clemente, el entrenador, que meses después, dividiría a los seguidores del Athletic en dos bandos. En aquella conversación yo supe que mi abuelo iba con Sarabia, algo que desconocía hasta el momento. Obvia decir, que sólo por ello, y sin necesidad de más argumento ninguno, yo a partir de ese momento también estaría siempre a favor del delantero rojiblanco.

    Mi abuelo se despidió de sus amigos, y nos dijo que ya era hora de ir al estadio. Los nervios, siempre presentes en aquella tarde, se dispararon, y yo sonreía alelado, dominado por las sensaciones, que procuraba registrar adecuadamente, para después recordar siempre. Caminamos cogidos de la mano por la Gran Vía, donde la gente rojiblanca se agolpaba. Varios policías dirigían un tráfico completamente colapsado, mientras los peatones se colaban entre los huecos de los coches, para desesperación de los guardias, que hacían aspavientos con las manos y se dejaban sus pulmones en tremendos silbidos que se imponían al sonido de fondo de miles de conversaciones en torno a lo que nos esperaba en el estadio.

    Mi abuelo nos advirtió entonces que saldríamos de San Mamés cinco minutos antes del final del partido, porque si no el tráfico que nos encontraríamos sería terrible. Eso me entristeció un poco -¿cómo íbamos a perdernos el final del partido?- y le pregunté que si iban empate también saldríamos antes. Me miró sonriendo, siempre sonriendo, y me dijo:

    - Si el partido es bueno y nos lo estamos pasando muy bien, entonces el atasco de después merecerá la pena –y con esas palabras volví a recuperar el ánimo.

    En la parte exterior del estadio, entre los ríos de personas que se formaban en las puertas del mismo, había una serie de puestos en los que se vendían pipas, chuchearías y banderas y bufandas de ambos equipos. Nos detuvimos ante uno de esos puestos y mi abuelo nos dijo que nos compraría una bandera a cada uno si le prometíamos que no dejaríamos de animar al Athletic por nada del mundo.

    - Aunque vaya perdiendo cuatro a cero, ¿eh? –nos advirtió.

    Así lo hicimos, y entramos al estadio más felices si cabe, con nuestras flamantes banderas rojiblancas, con la intención de ondearlas con tal fuerza, que nuestro equipo se contagiara de nuestro ánimo y goleara sin piedad al rival. Mi abuelo localizó los asientos que nos correspondían, al lado justo del que, cada domingo ocupaba él. Ander y yo nos sentamos, mientras él se daba la mano y saludaba a todos los que le rodeaban y les explicaba que éramos sus nietos, “auténticos leones, que algún día tú y yo veremos golear desde aquí”.

    De pronto, cuando las bocas de entrada al estadio aún goteaban espectadores rezagados, los jugadores del Barcelona saltaron al campo, y desde el centro del mismo, levantaron sus brazos, dando palmadas en alto, saludando al público. Todo el murmullo de voces que hasta ese momento dominaba el estadio, se convirtió de pronto en una tremenda pitada de desaprobación, de tal intensidad, que tuve que taparme los oídos. Miré a mi abuelo, a ver si el también silbaba, pero contrastando con las personas que nos rodeaban, que abucheaban al rival y proferían insultos que no puedo reproducir aquí –pero que sí lo hice, días después en mis discusiones de recreo-, él sonreía, como durante toda la tarde, como durante toda su vida, y nos dijo:

    - Chicos, comienza lo bueno.

    Los silbidos dieron paso al aplauso general, cuando mientras salían al campo los jugadores del Athletic, por megafonía comenzó a sonar el himno del club. Después, los tres “Athletic” que abren el himno fueron escuchados en un silencio respetuoso, pero cada vez que el cantante terminaba uno de ellos, todo el estadio entonaba un tremendo “¡Eup!”. Ander y yo agitábamos con fuerza nuestras banderas, que sólo eran dos entre cientos y cientos que habitaban las gradas. Sabíamos que eso no les restaba importancia, sino al contrario, que las banderas de fútbol nacieron para ser ondeadas en grandes grupos. Finalmente, los jugadores del Athletic saludaron también desde el centro del campo, y éstos fueron aplaudidos a rabiar por todos los presentes, nosotros incluidos.

    - Administrar los aplausos –nos dijo mi abuelo con un guiño-, que creo que esta tarde va a ser rica en ellos.

    Los capitanes de cada equipo se reunieron en el centro del campo, para sortear balón y portería. En ese momento, mi abuelo nos explicó a Ander y a mí que las porterías de San Mamés tienen nombre. Una se llama “portería de ingenieros”, porque detrás está la facultad de la universidad donde se estudia esa carrera, y la otra se llama “portería de la misericordia”, porque tras ella se encuentra la calle de ese mismo nombre. Nos dijo que el Athletic tiene la costumbre de empezar atacando la portería de ingenieros, y que algunos equipos, que saben de esa costumbre, suelen elegir ese campo para atacar durante la primera parte, con la intención de fastidiar a los rojiblancos. De todas maneras, nos precisó que él, que había visto cientos de partidos en San Mamés, a veces prefería que el equipo rival pinchara un poco de ese modo a los jugadores del Athletic, para que éstos comenzaran el partido un poco más encendidos.

    - A veces salen demasiado dormidos –concluyó.

    Tras la entrega de un premio al centrocampista del Athletic Urtubi –de quien mi abuelo nos dijo que era capaz de romper las redes de la portería de un disparo desde fuera del área-, por fin, el partido comenzó. Desde el primer minuto se vio que el Barcelona y el Athletic en aquellos años eran dos equipos que no se guardaban mutua simpatía. Hubo varias entradas duras, y cada vez que tocaba el balón alguno de los jugadores del Barcelona, que yo no llegaba a identificar, el público silbaba al unísono. No habían transcurrido ni diez minutos, cuando la tensión devino violencia. En un corner a favor del Barcelona, y tras una jugada embarullada, Goikoetxea cayó al suelo llevándose las manos a la garganta. El balón fue despejado y la jugada siguió, a pesar de los gestos de atención hacia al árbitro que realizaba Zubizarreta. Cuando el juego se paró, los jugadores de uno y otro equipo se acercaron al defensa rojiblanco, que seguía en el suelo, revolviéndose de dolor, y se montó una pequeña tangana. El público rugía. Todo el estadio estaba de pie, protestando. Algunos decían que había sido una agresión clara de Migueli.

    - ¡Un codazo tremendo! ¡Un codazo tremendo! –repetía una y otra vez, gritando hacia el campo, un señor que se situaba dos asientos a mi derecha.

    Otros gritaban que había sido Amarilla –un jugador paraguayo del Barcelona-, e incluso creo algún aficionado rencoroso y perdido dijo que seguro que había sido Schuster, aunque el alemán no viajó a Bilbao con el resto del equipo.
    En esos momentos, yo no alcanzaba a ver bien el campo, entre las espaldas de todos los que se pusieron de pie delante de mí, y preguntaba ansiosamente a mi abuelo qué es lo que había sucedido. Me dijo que no lo sabía, que no había visto nada, porque él había seguido el balón.

    Las protestas del público siguieron aumentando mientras el árbitro consultaba a uno de sus linieres lo sucedido, y se transformaron finalmente en un atronador grito de júbilo cuando el de negro mostró la tarjeta roja directa a Amarilla. La gente que estaba a nuestro alrededor aplaudía la decisión. Esto me dejó atónito. Yo no sabía que la expulsión de un rival se celebraba como si se tratara de un gol, y aunque aplaudía, siguiendo a todos los demás, no entendía muy bien porqué lo hacía. La ovación, no obstante, terminó pronto, y fue sustituida de nuevo por silbidos, justo cuando Amarilla enfilaba el túnel de vestuarios.
    La euforia se adueñó durante unos minutos de la grada. Según nos explicó mi abuelo, el jugar desde el minuto diez con un jugador más siempre se nota en el desarrollo del partido, y eso suponía una gran ventaja para los nuestros. Quizá por ello, el señor que antes clamaba ante el codazo que él había visto de modo claro y diáfano a tanta distancia, ahora se frotaba nerviosamente las manos, mientras entonaba otras palabras.

    - ¡Se puede!, ¡Se puede!

    Sobre la mitad de la primera parte, y con el Athletic volcado en la portería blaugrana, De Andrés –aquel magnífico jugador que vio truncada su carrera por una desgraciada lesión y de quien mi abuelo nos dijo en aquel partido que era el mejor defensa que había visto nunca- lanzó un increíble disparo desde fuera del área que Urruti, el portero del Barcelona, sólo pudo despejar a un lado. Ahí, Sarabia –que acababa de sustituir a De la Fuente- recogió el balón y, driblando a Urruti, se lo dejó en bandeja a Noriega que sólo tuvo que empujarla, de cabeza al fondo de la red.

    - ¡Gol!

    San Mamés se venía abajo. Mi padre me había hablado muchas veces de que para que un gol fuera de verdad un gol, miles de personas debían cantarlo, que un gol no es sólo un balón entrando en una portería, sino mucho más, algo mucho más grande e importante. Yo no supe del significado de aquellas palabras hasta ese preciso momento. La gente saltaba de alegría, se abrazaba –yo me fundí en un enorme abrazo con Ander-, mostraba su euforia. San Mamés empezó a corear el nombre del equipo, y las banderas, también las nuestras, volvieron a ondear.

    Si en ese momento me hubieran preguntado qué significaba para mí la felicidad, sin duda hubiera contestado que aquello que en ese momento estaba viviendo.

    4.
    El descanso llegó, y con él el tiempo del puro. Todos los estadios en España huelen a puro, y San Mamés no es menos. Mi abuelo colaboró con la humareda general, encendiendo un enorme Habano. Como Ander y yo le observábamos detenidamente –nunca antes le habíamos visto fumar-, dijo:

    - Este en honor a Sarabia –y nos guiñó el ojo.

    El tiempo de descanso lo aprovechamos Ander y yo para ponernos al día de las trayectorias de nuestros respectivos equipos. Ander era portero del Baskonia, uno de los mejores equipos de la zona, pero rara vez era titular. A pesar de ello, yo tenía plena confianza en sus posibilidades, y siempre pensé que algún día llegaría lejos en el mundo del fútbol. Probablemente eso era más debido a mi amistad, rayana en la idolatría, hacia él, mi primo seis meses mayor que yo, que a sus posibilidades reales. Una prueba de ello, es que él también confiaba en mí.

    - Tienes que mejorar la posición en el área, pero por lo demás, yo que te conozco bien, sé que eres un buen delantero – me decía, y eso me llenaba de ánimo.

    Estábamos comentando que ojalá que la UDSM subiera de división para poder enfrentarnos algún día –el Baskonia estaba en una división superior-, cuando comenzó la segunda parte.

    El Barcelona, a pesar de jugar con uno menos, se hizo inmediatamente con el partido. Empató nada más reanudarse el juego, en una jugada a balón parado desde un corner. El Athletic, a partir de ese momento, se dedicó a defenderse como podía. Por unos minutos, San Mamés se vio dominado por un silencio desolador. El hombre sentado dos asientos a mi derecha se lamentaba ahora en alto –“son buenos, joder, son muy buenos”-, y me contagiaba con su desánimo. Miré a mi abuelo, buscando con mi mirada una respuesta a lo que sucedía.

    - Tiempo al tiempo, Gerardo –me tranquilizó-. Sarabia aún ha de sacar otra jugada de su sombrero.

    Sin embargo, los minutos continuaban sucediéndose con el dominio blaugrana. Así, el Barcelona dispuso de alguna oportunidad clara para adelantarse en el marcador, cada una de las cuales fue acompañada con un vuelco de mi corazón. También el Athletic pudo marcar, pero el desánimo de la grada, debido al inesperado empate de los culés, parecía haber dominado asimismo a los jugadores. Nadie creía la victoria, quizá solamente Ander y yo.

    Al menos así se lo hicimos ver a nuestro abuelo cuando el marcador electrónico marcó el minuto cuarenta de la segunda parte, y él nos preguntó si nos íbamos ya, para evitar el atasco. Le rogamos con todo nuestro ser que nos dejara ver el final. Él protesto un poco, pero no quería desilusionarnos, y se arriesgó a un horrible atasco por no quitarnos la ilusión.
    De este modo, llegó el último minuto, cuando Sarabia intentó driblar a Migueli pegado a la línea de fondo y el balón salió a corner. Argote se dispuso a sacarlo. Todo el estadio, de pronto, resucitó y comenzó a jalear a los leones ante esa última jugada.

    - Aquí viene –nos dijo mi abuelo sonriendo-. ¡Un corner en San Mamés es medio gol!

    Yo me frotaba las manos. Si mi abuelo decía que iba a ser gol, seguro que lo sería. El extremo rojiblanco lanzó el balón, largo, al segundo palo. Allí, Goikoetxea saltó por encima de su marcador y la bola se dirigió con fuerza hacia la portería. Urruti, sin embargo, estaba bien situado, y el balón parecía ir directo a sus manos. Sin embargo, en ese momento, de la muchedumbre de jugadores, surgió, inesperada, la figura de Sarabia. Dio un paso al frente, y antes de que el meta blaugrana agarrara aquella bola, que era suya, el espigado delantero del Athletic cambió su rumbo, cabeceándolo al fondo de la red.

    - ¡Gooooool!

    Lo de la primera parte no fue nada, nada, en comparación con esto. Ahora sí que sabía lo que era un verdadero gol. Ahora sí que sabía lo que era la verdadera y plena felicidad.

    Las gargantas de San Mamés se rasgaban manteniendo alta la nota musical que celebraba aquel magnífico gol. Mi abuelo, Ander y yo, abrazados, saltábamos locos de alegría, como, por lo demás, hacían todos los que estaban a nuestro alrededor.
    Cuando el árbitro entonó los tres pitidos que significaban el final del partido, el rugido de la catedral aún sonó más vivo. Mientras los jugadores del Barcelona abandonaban el campo cabizbajos, y los del Athletic se abrazaban y saludaban al público desde el centro del campo, una sola palabra brotaba, repetida, de las bocas de los presentes: ¡Athletic! ¡Athletic! ¡Athletic!
    En el viaje de vuelta a casa nos mantuvimos los tres en silencio. Habíamos atendido a una experiencia tan grande, tan enorme, que nuestras mentes preferían respetarla no lanzando palabras a nuestras bocas. Escuchábamos la radio, en la que los comentaristas hablaban de una “noche mágica en San Mamés” y yo pensaba en que algún día, como había dicho mi abuelo, sería yo quien marcara en el último minuto frente al Barcelona o el Real Madrid.

    Después de dejar a Ander en su casa, mi abuelo me llevó a la mía. Como no había sitio donde aparcar el coche, paró frente al portal y tocó al portero automático para que mi padre o mi madre bajaran a buscarme. Mientras esperábamos, ahí, los dos en silencio, me preguntó si me lo había pasado bien.

    - Muy bien –respondí.

    Pero eso era decir muy poco. Me faltaban palabras para poder describir las sensaciones que me habían dominado durante la tarde. No sólo por el partido, el ambiente, las banderas, sino por haber pasado esas horas con mi abuelo, y haber comprobado cómo se alegraba sólo por vernos a Ander y a mí felices.

    - Habrá que repetirlo, entonces –sonrió mi abuelo, justo en el momento en el que mi padre abrió el ascensor.

    Y así fue. Esa sólo lo fue la primera de muchas, muchas, tardes de alegría compartida en un estadio –y muchas también de pena-, de las que viví con él.

    Entrega anterior: El fútbol y yo (V): la visita a San Mamés (1)

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    18 Comentarios »

    1. #1  Sergio Cortina  dijo,

      4 Enero 2007 1:30 pm

      Emocionante Dadan!!!!

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    2. #2  Andrés  dijo,

      4 Enero 2007 1:42 pm

      Impresionante Dadan.

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    3. #3  NIPO  dijo,

      4 Enero 2007 4:45 pm

      :-) Perfecto!

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    4. #4  Ryo7nShot  dijo,

      4 Enero 2007 5:10 pm

      Un par de cosas… Si es De Andrés quien chuta, como el gol lo marca Sarabia que acababa de sustituir a De Andrés?¿? Por ahó tb aparece Uturbi… en vez de urruti creo.

      Por lo demás genial, ansioso del siguiente! Great Job Dadan!

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    5. #5  Dadan Narval  dijo,

      4 Enero 2007 7:05 pm

      @ Ryo7nShot,
      Gracias por la advertencia. Ya está correguido. Obviemente no era De Andrés el sustituido, sino De la Fuente, y tampoco era Urtubi el portero del BCN, sino Urruti.
      Errare humanum est ; )

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    6. #6  espigamendi  dijo,

      4 Enero 2007 7:45 pm

      Impresionante, solo los del Athletic sabemos lo ke es eso, la carne de gallina se me ha puesto.saludos

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    7. #7  Poti  dijo,

      4 Enero 2007 9:19 pm

      No tendremos el estadio mas bonito ni mas grande del mundo, pero tenemos el estadio mas especial que hay, en el que las sensaciones que se viven en el, no se viven en ningun otro

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    8. #8  Leon  dijo,

      4 Enero 2007 11:15 pm

      Estás que te sales. Otro post memorable. Sarabia era un fenómeno.

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    9. #9  Toni  dijo,

      5 Enero 2007 12:03 am

      “…como por ejemplo, cómo saltar una vaya en dos movimientos…”

      Si no estoy equivocado, sería valla:

      valla.
      (Del lat. valla, pl. de vallum, estacada, trinchera).
      1. f. Vallado o estacada para defensa.
      2. f. Línea o término formado de estacas hincadas en el suelo o de tablas unidas, para cerrar algún sitio o señalarlo.

      5. f. Dep. Obstáculo en forma de valla que debe ser saltado por los participantes en ciertas competiciones hípicas o atléticas.

      Enhorabuena por los cuentos ;-)

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    10. #10  Cancionera  dijo,

      5 Enero 2007 7:44 am

      Gracias por las entregas. Desde el principio las he seguido atentamente.

      Dadan,

      Era la quinta jornada, y el equipo se encontraba segundo en la tabla, empatado a siete puntos con el Real Madrid, mientras que el Barcelona, que el año anterior había sido campeón de liga, estaba el octavo, a tres puntos de nosotros. Si ganábamos, serían ya cinco los puntos que les llevaríamos.

      Si ganaban, la diferencia no serían 6ptos?….Bilbao llegaría a 10pts y el barsa quedaría con 4ptos.

      Saludos

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    11. #11  filiu  dijo,

      5 Enero 2007 10:25 am

      Excelente artículo.

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    12. #12  Dadan Narval  dijo,

      5 Enero 2007 10:53 am

      @ Toni,
      Vaya, vaya….racias por la corrección. Obviamente, es “valla”.
      @ Cancionera,
      Ay, por fin algo en lo que no he metido la pata. Gracias por el comentario, pero en aquellos años, la victoria daba dos puntos, no tres como ahora.
      Un saludo a todos.

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    13. #13  fer  dijo,

      5 Enero 2007 12:23 pm

      joder, menos mal que eras del barça…..saludos!!

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    14. #14  Ikke Leonhardt  dijo,

      5 Enero 2007 12:53 pm

      ¡Gallina en piel! Bravo, sr. Narval. Seguramente la mejor entrega hasta el momento.

      Un par de erratas:

      “no sin antes tener una pequeña pela con mi madre” -> pelea

      “Goikoetxea calló al suelo” -> cayó

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    15. #15  Tribas  dijo,

      5 Enero 2007 7:31 pm

      joder sacar un libro sobre fútbol anécdotas o historia de los clubes!!! todas esas batallitas tan interesantes recogidas en un librazo

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    16. #16  Cancionera  dijo,

      6 Enero 2007 1:08 am

      No sabía que por el triunfo se otorgaban 2pts, Dadan. qué pena y gracias por sacarme del error.

      Saludos

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    17. #17  Pancho  dijo,

      6 Enero 2007 5:29 pm

      Excelente como siempre!!!

      Sugerencia: ya deberías ir pensando en hacer un anime con “el fútbol y yo”, tipo Oliver Atom (imaginas el San Mamés dibujado en anime¿? ) colosal!!!!

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    18. #18  Pestaluzzi  dijo,

      30 Enero 2009 12:12 am

      Perdonen estas mayúsculas: APOYO INCONDICIONAL AL COMENTRIO DE TRIBAS, EN DDF HAY CALIDAD DE SOBRA PARA HACER ESO.

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