“La pelota es de cuero, el cuero viene de la vaca, la vaca come pasto, así que la pelota se echa al pasto” (Alfredo Di Stéfano)


El fútbol y yo (V): la visita a San Mamés (1)

Esta quinta entrega de “El fútbol y yo”, dada su extensión, la dividimos en dos partes. Mañana publicamos la continuación.

1.
tigana.jpgUn viernes por la noche, mientras veíamos la tele, telefoneó mi abuelo. Mi padre estuvo un buen rato colgado al teléfono. Asentía con la cabeza, y respondía a lo que decía mi abuelo con monosílabos, y con algún que otro “bien”. Mientras tanto, jugaba con los dedos de la mano izquierda con el cable bucleado que unía el auricular al teléfono, y de vez en cuando me miraba sonriendo y guiñándome el ojo. Yo sabía que hablaban de algo bueno, primero porque era mi abuelo el que estaba al otro lado, y luego porque siempre que mi padre sonreía de esa manera, después de su boca salía alguna frase que me alegraba.
No me equivocaba:

- Mañana vas a San Mamés a ver el Athletic-Barcelona con aitite –me dijo mi padre en cuanto terminó la llamada.

Casi di un bote en el sofá. A partir de ese momento, todo lo que me rodeaba –el programa que estábamos viendo en televisión, mi preocupación por una tremenda discusión que había tenido con Roberto, un amigo de clase, en el recreo, las anginas de mi hermano pequeño-, todo, perdió importancia para mí. Sólo una cosa ocuparía mis pensamientos durante los dos siguientes días: el partido en San Mamés.

No era la primera vez que iba a un gran estadio de fútbol, tampoco la primera que iba a San Mamés. El primer partido que recuerdo que había visto fue un Francia-Inglaterra del Mundial 82 que se disputó en Bilbao. Mi abuelo nos regaló entradas para toda la familia, y fui con mis padres y mi hermano. Entonces yo tenía siete años, y Juan sólo tres. Recuerdo que por aquel entonces, una caja de ahorros regalaba camisetas de los equipos que participaron en el Mundial y que yo tenía la de Inglaterra, una preciosa camiseta blanca con dos franjas, una azul grande, y otra roja más pequeña, en la parte superior. Por ello, por tener su camiseta, fui al partido queriendo que gane Inglaterra. Pero después, poco a poco me fui decantando por Francia. En primer lugar, porque en la parte de exterior del estadio los hinchas ingleses montaron una tremenda bronca. Antes, cuando pasamos en coche en dirección al estadio, les habíamos visto bañándose en las fuentes de la Plaza de España y de la Plaza Elíptica, y ya en los alrededores de San Mamés, hubo varias peleas contra la policía y los hinchas franceses. Había furgones policiales, y tanquetas, y mi madre incluso comentó la posibilidad de volvernos a casa, porque decía que ese no era ambiente para niños.

- No pasa nada, cariño –le respondió mi padre-. Sólo hay que tener un poco de cuidado.

Yo iba con la camiseta de Inglaterra, y varios ingleses que se cruzaban con nosotros me sonreían, guiñándome el ojo, o mostrándome el pulgar en alto, pero eso no quitaba la imagen que yo ya me había hecho de ellos. ¡Habían estado a punto de dejarme sin partido! Ya dentro del campo, una vez empezado el juego, la policía cargó contra los hinchas ingleses que iban con ganas de pelea, y éstos derribaron varias vallas, lo que hizo que mi madre lo pasara aún peor.

Siempre se ha dicho que el fútbol en Bilbao tiene mucho de inglés. San Mamés es un estadio de estilo británico, e incluso el modo de juego del Athletic se ha relacionado con el de las islas. En aquel partido, sin embargo, el comportamiento de los hooligans hizo que todos los presentes, excepto los ingleses, fueran con Francia. A mí me sucedió lo mismo, pero no sólo por su comportamiento, sino porque, para mi sorpresa, mi padre, al que no le gustaba demasiado el fútbol, declaró su admiración por el juego de los azules. Me dijo que en Inglaterra jugaba uno de los mejores porteros del mundo, Peter Shilton, y que también eran muy buenos Trevor Francis, Brian Robson y, sobre todo, Kevin Keegan, aunque este estaba en el banquillo. Pero sobre todo habló bien de los franceses. Dijo que ojalá que ganaran el Mundial, porque junto a la Brasil de Sócrates y Zico (¡qué pena que no jugaran aquí!) eran los que mejor fútbol iban a hacer, seguro. Mientras me señalaba con el dedo de quién se trataba, hablaba con emoción de los Michel Platini, -“el número 10, el de pelo rizado, el jugador más elegante del mundo”-, Alain Giresse –“mira, ese bajito que tiene ahora la bola, el número 12, parece poca cosa, pero es capaz de poner la pelota en la escuadra cuando quiere y desde donde quiere, y no para de correr”, o Marius Tresor –“aquel, el negro, el del número ocho; es defensa, un muro por el que no pasa nadie, que además sabe jugar la pelota desde atrás con una clase increíble”. Aunque, decía, el mejor estaba en el banquillo.

- Se llama Jean Tigana –me explicaba-. No sé porqué no juega hoy, pero ojalá que salga, porque nunca veremos mejor jugador en este campo.

La admiración que mi padre me transmitía por el equipo francés, a pesar de que iban perdiendo por 1-0 desde el primer minuto, hizo mella en mí de tal manera que a medida que me explicaba las maravillas del juego de aquel equipo, su formación en el campo, y me describía la habilidad de sus jugadores, yo sentía cada vez con más intensidad que Francia tenía que ganar. Por ello, celebré el gol que Gerard Soler marcó en el minuto veinticuatro como si yo mismo hubiera empujado el balón. Salté emocionado de mi asiento, a pesar de que no vi la jugada, porque justo en ese instante observaba el rostro de preocupación con que mi madre contemplaba la grada en la que los hinchas ingleses realizaban su particular espectáculo.

El descanso llegó con empate. Mi hermano pequeño se había quedado dormido –esto es algo que, en nuestras conversaciones actuales sobre fútbol siempre le recuerdo- y mi madre lo tenía en brazos, sin retirar en ningún momento su mirada de la zona donde loso ingleses coreaban, aun en el descanso, sus cánticos ininteligibles. Creo que nunca antes alguien había estado en un estadio de fútbol sin poner tan poca atención en el juego. Mi padre, mientras tanto, me seguía describiendo el partido. Me dijo que era posible que el mister francés diera entrada a Tigana para ordenar el juego de los galos, que había sido un tanto anárquico. Me dijo también que el empate era bueno para las dos selecciones, porque la primera ronda era una liguilla y los otros dos rivales del grupo eran Kuwait y Checoslovaquia, y que ninguno de ellos llegaba al nivel de Francia o Inglaterra. Me habló de Antonin Panenka, un jugador checoslovaco que tiraba los penaltis suavecitos, por encima del portero, que se tiraba al suelo antes incluso de que él hubiera golpeado la bola. Me dijo que ese era probablemente el mejor jugador de los checoeslovacos, pero que ya estaba un poco mayor.

Yo registraba cada palabra suya como si se trataran de lecciones importantísimas para la vida. Nunca había visto a mi padre vivir tanto un partido, y notaba que disfrutaba abriéndome a los conocimientos sobre fútbol. Yo, por mi parte, estaba feliz, viendo como en aquel escenario, mi padre mostraba una pasión por el fútbol, algo que era tan importante para mí, que nunca antes me había mostrado. Además, alucinaba con sus conocimientos sobre jugadores y tácticas, que parecía que había guardado durante todos estos años, a la espera de un acontecimiento como este para donármelos.

Sobre la mitad de la segunda parte, Inglaterra se adelantó de nuevo en el marcador.

- Me temo que ya está todo perdido- me dijo mi padre, sonriendo y enseñándome el pulgar hacia abajo.

Justo después del gol, el entrenador francés dio entrada a Didier Six. El estadio aplaudía al jugador que abandonaba el campo mientras mi padre se acercaba a mi oído para decirme que Six era delantero, que no era malo ni mucho menos, pero que o el entrenador daba entrada a Tigana para que pusiera un poco de orden en el juego francés o no había nada que hacer.
Yo no comprendía la actitud del entrenador del equipo de Francia. Si mi padre decía que tenía que jugar Tigana, es que tenía que jugar. Las palabras de admiración de mi padre por aquel jugador francés, del que yo nunca antes había oído hablar, hicieron que en mi mente se formara una imagen del mismo absolutamente mítica. Me imaginé a Tigana saliendo al campo, recibiendo el primer balón y tumbando regate tras regate a todos los jugadores ingleses, hasta llegar a la portería contraria y marcar por toda la escuadra.

De pronto, mi padre me dio un toque en el brazo, exigiendo mi atención:

- Mira, Gerardo, ahí está. Ya sale.

En la banda, pegado al centro del campo, un jugador francés, negro, delgado y de pelo rizado, a la espera de que el balón saliera fuera para poder él sustituir a un compañero, daba pequeños saltos y realizaba calentamientos de piernas y cintura, acompañado de un hombre vestido con chándal que le hablaba al oído. Cuando se paró el juego y Tigana entró en el campo, todo el estadio rompió a aplaudir. Mi padre, que aplaudía de pie, sonriendo, me animó a que hiciera lo mismo.

- Aplaude, Gerardo, que es el gran Tigana.

Creo que fue la primera vez que de mis manos salió el reconocimiento hacia un jugador de fútbol. Mirando intermitentemente al campo y a mi padre, aplaudía con todas mis fuerzas, quizá no tanto al Tigana real como a la imagen que de él me había hecho a través de las palabras de mi padre, pero tanto da. En realidad, poco importa la base de realidad sobre la que se cimientan los sentimientos. Desde ese momento, he sentido siempre una tremenda admiración por el genio francés del centro del campo. Cada vez que, muchos años después, le he visto jugar o dirigir a un equipo desde el banquillo –Mónaco, Fulham, Besiktas- he recordado aquel momento en el que le aplaudí con toda la fuerza de mi ser, antes incluso de verle jugar. Y cada vez que eso ha ocurrido, he sabido que mi admiración por él es heredera de mi amor por mi padre.

Poco más recuerdo de aquel partido. Sé que después Inglaterra terminó con nuestras esperanzas, con un tercer gol y que mientras volvíamos en coche, mi padre dijo que si Tigana hubiera jugado desde el primer minuto el resultado habría sido completamente diferente. También recuerdo que, al día siguiente en el recreo, yo narré el partido a mis compañeros de clase. Les conté las peleas que había visto fuera de San Mamés, lo terriblemente buenos que eran Platini, Tresor y Giresse y sobre todos, Tigana. Les dije que aunque Francia había perdido no estaba eliminada porque era una liguilla –esto también me lo explicó mi padre-, y terminé mi descripción del partido diciendo que “si Tigana hubiera jugado desde el primer minuto, seguro que los franceses habrían ganado”.

Aquel Mundial fue la primera competición de la que tengo recuerdos, aunque, exceptuando el partido al que me llevó mi padre, el resto son borrosos, vagos. Recuerdo que tenía unos muñecos Airgamboys que reproducían jugadores de las selecciones que participaron. Yo pasaba horas en las que me imaginaba que la alfombra del salón de mi casa, rectangular, era el césped de un estadio de fútbol, y allí escenificaba partidos imaginarios en los que el resultado era increíble (5-4, 6-5), que se resolvían todos con jugadas de ensueño en el último minuto. En papel escribía las eliminatorias, que después se resolvían en la alfombra. Era mi Mundial soñado.

También recuerdo que vi la semifinal Alemania-Francia en la localidad en la que veraneábamos, en una pequeña tele en blanco y negro, junto con mi padre. Como no podía ser de otra manera, los dos íbamos con Francia, con Tigana. Recuerdo la increíble derrota en aquel partido de los franceses, y aquella violenta entrada que el portero alemán, Schumacher, realizó contra Battiston. Sé que aquella tarde me puse muy triste y que incluso llegué a derramar alguna lágrima. Mi padre me explicó –lo tuvo que hacer muchas veces después- que no merecía la pena llorar por el resultado de un partido de fútbol, que el fútbol era para disfrutar, no para pasarlo mal.

Continúa…

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12 Comentarios »

  1. #1  BoVeS  dijo,

    2 Enero 2007 5:53 pm

    Ya tenía ganas de una nueva entrega, a ver que cuentas mañana. Que grande esa Francia también en el Mundial del 86.

  2. #2  Leon  dijo,

    2 Enero 2007 6:40 pm

    Precioso relato. De verdad. Esos recuerdos de pequeño no se borran. Luego vas a otros partidos, quizá más importantes pero no te quedas igual con los detalles. Yo recuerdo hasta el olor de los puros que se fumaban en tribuna de pequeño. Como se me hacían eternos algunos partidos, zampando pipas sin parar. Recuerdo haber ido a ver al hotel a la selección de Camerún, que jugaba en Galicia en el mundial y fueron muy majos con todos los niños que estabamos allí. De aquella Francia alucinante sí que recuerdo la elegancia increíble de Tigana. Toda la prensa hablaba de Platini, pero Tigana era una pasada, parecía un bailarín por el césped. Y de Amorós, que era el numero 2, siempre nos recordaban que era hijo de emigrantes españoles. Cosas que se te quedan en la cabeza. Si las televisiones respetaran un poco a la audiencia nos dejarían escuchar enteros los himnos, empezando por la maravilla de la Marsellesa. De San Mamés que se puede decir… puro fútbol.

  3. #3  NIPO  dijo,

    2 Enero 2007 8:01 pm

    En tu línea!

    Ojala viniera otra vez a España una gran cita, que quiero vivirlo en primera persona!

    Ya estoy contando los minutos pàra la 2º entrega, podia haber sido junto, uno de los relatos ocupo mas del doble que el de hoy

  4. #4  Ferni  dijo,

    2 Enero 2007 9:37 pm

    Yo también me acuerdo de mi primera visita a San Mamés (y segundo partido de fútbol al que iba, siendo el primero un Getxo - Athletic de pretemporada): fue un Athletic - Sevilla de la 88-89, cuando tenía 7 años. Fui con mi aita y un amigo suyo, que fue quien compró las entradas: nos llevó a uno de los fondos, y recuerdo que no se veía la portería contraria (o eso creo). Tengo idea de que ganó el Athletic 2 a 0, pero lo que más recuerdo era el ambiente de antes del partido, los alrededores de San Mamés llenos de gente, el sonido de la gente cantando el himno del Athletic… No sé explicarlo ni la mitad de bien que Dadan, pero tengo un recuerdo imborrable de aquel día!

  5. #5  áLEks!  dijo,

    3 Enero 2007 12:34 am

    Que fantástico jugador era Tigana. Me encantaba a mi también.

  6. #6  JosePose  dijo,

    3 Enero 2007 3:24 am

    1. Como jode perderse un gol cuando estas en el estadio.
    2. Lo de creer que un jugador va a revolucionar el partido es magnifico siempre creia que iba a ocurrir, y nunca ocurria pero partido tras partido uno piensa que algun crack va romper el partido.
    3. Lo de jugar en la alfombra lo hemos hecho todos tanto simulando partidos como simulando carreras con los coches o motos jajaja que divertido era.

    Magnifico Dadan, felicidades cada relato es mejor.

  7. #7  Nacho  dijo,

    3 Enero 2007 10:39 am

    Qué buena historia. Yo vi en el Calderón el Francia-Irlanda del Norte, pero poco recuerdo de ese partido. Creo recordar que ganó Francia 2-0.
    Saludos.

  8. #8  natxo  dijo,

    3 Enero 2007 1:50 pm

    Qué buen relato!

  9. #9  NIPO  dijo,

    4 Enero 2007 1:11 am

    Porque no se puso la II parte hoy! Estoy ya impaciente por ver como sigue :p

  10. #10  El fútbol y yo (V): la visita a San Mamés (2) » Diarios de Futbol  dijo,

    4 Enero 2007 12:44 pm

    […] Entrega anterior: El fútbol y yo (V): la visita a San Mamés (1) […]

  11. #11  Dadan Narval  dijo,

    4 Enero 2007 12:45 pm

    @ NIPO,
    Aunque lo prometí para ayer, no tuve tiempo de colgarlo. Ya lo he hecho, perdona el retraso.

  12. #12  Arnaldo Musa  dijo,

    12 Enero 2007 8:56 pm

    Magnífico este relato que te hace ver las cosastal cual es, sincero, desde el pounto de vista de la infancia, de admiración al padre y su pasión por el fútbol. Para mi, periodista en ejercicio, fue una clase de periodismo.
    Aprovecho paea decir que vivo en Cuba, nací en Jatibonico, que acaba de inaugurar su primer terreno de fútbol, que se llama Vicente Santiago García “Santi”, en honor al asturiano introductor de ese deporte en esa localidad. Pero tenemos falta de equipos, principalmente balones. Si puieras ayudarnos con una pelpota de fútbol, no importa su calidad, será grato. Pudieras enviarla a Haydée Musa, Maceo 158, Jatibonico, Cuba, que es activista de la peña futbolíustica Vicente Santiago García, una de las mejores de Cuba.
    Perdonen el aprovechamiento, pero necesidad obliga.

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